viernes, 16 de enero de 2026

54- El Café Santos

 54- Las toses del camarero del Café Santos

 Pasé tardes inolvidables en el café Santos, cercano a la Iglesia de San Bartolomé. Tenía dos plantas con un salón en el piso de arriba, de forma más o menos cuadrada, con asientos corridos y pegados a las paredes. Allí quedábamos algunas tardes los amigos para tomar chocolate o café con leche mientras tonteábamos con las muchachas de las mesas cercanas, muchas de ellas con su uniforme del colegio...

El Santos era un establecimiento con mucha historia que había sido escenario de una intensa vida cultural. Diversas tertulias tenían allí su centro de operaciones. Las había de pintores, de escritores y hasta una de médicos, la pionera de todas ellas,  que se reunía en el piso de abajo. Por este local pasó, pues, buena parte de la intelectualidad murciana, gente relevante de las letras y de las artes de aquel tiempo. Miguel Espinosa, Andrés Salom, Francisco Guerrero, Antonio de Hoyos, Teresa Soubrier, Antonio Segado del Olmo, etc. eran asiduos de estos cónclaves. Es sabido que Miguel Espinosa escribió allí mismo su emblemática obra "Escuela de mandarines".

Un personaje central de todo ese tiempo fue Antonio Hernández, Antonio, el camarero del Santos. Entró allí en 1949, con diecisiete años, y se fue en 1982. Fue historia viva de este local. Se dice que cuando subía con la bandeja a servir los pedidos de los clientes tosía aparatosamente para anunciar su presencia, pues solía haber parejas en el piso de arriba que daban rienda suelta a sus efusiones amorosas confiadas en lo recóndito de algunas de las mesas.

Sí, el café Santos forma parte de nuestras vivencias de juventud y ha sido testigo de mucha vida social. Ya digo, yo tengo aún la imagen nítida de algunas tardes de merienda con apuntes, junto a compañeros de clase,  con algún examen o trabajo académico de por medio. Era entonces cuando coincidíamos con aquellas estudiantes que quedaban allí para lo mismo que nosotros. 

Cuánto azoramiento sentías si en alguna de las butacas de enfrente se sentaba, entre un barullo de libros, blocs, tazas y cucharillas, aquella muchacha que comenzaba a despertar en ti cierto sentimiento desconocido hasta ese momento y que te llevaba a fumar los primeros cigarrillos, haciéndote el duro, y a hacer poesías muy ripiosas, no como las de los eximios escritores que se daban cita entre esas mismas paredes para hacer sus tertulias. La infancia iba quedando atrás y llegaban las primeras zozobras de la juventud. Mucha historia quinceañera queda guardada para siempre entre los  ahora derruidos muros de aquel  local. 

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