martes, 23 de diciembre de 2025

15- La cultura del álbum. Cesta y puntos.

 15-  La cultura del álbum y Cesta y Puntos

 Como creo haber dicho en algún capítulo anterior, mis más lejanos recuerdos del patio del colegio los asocio al intercambio de cromos con los compañeros en el recreo. Se trataba de conseguir con ese infantil mercadeo ejemplares raros y escurridizos, aquellos que nunca salían por más viajes que hicieras al puesto de pipas, golosinas y tabaco suelto que solía plantarse en las plazas. Había álbumes de películas famosas -El Cid, La conquista del Oeste, 101 dálmatas, etc.- y de todo tipo de temáticas: coches, naturaleza, cine, animales, liga de fútbol (ese salía todos los años puntualmente y creo que es el que más se ha prolongado en el tiempo) …

 No tenía precio el momento en que uno se acercaba al quiosco a por cromos. La incertidumbre previa a la apertura del sobrecillo que los contenía aportaba un punto de emoción a las tardes de los sábados. La sobremesa de éstas quizá comenzaba en casa con el concurso televisivo Cesta y Puntos. Allí, aplicando el símil del baloncesto a un torneo sobre saberes académicos entre  estudiantes de toda España, con respuestas a preguntas de Física, Ciencias Naturales, Historia o Lengua cuyo acierto se convertía en canastas y puntos, varias generaciones de españolitos mostraban al país el resultado de sus esfuerzos escolares. En realidad se trataba de un canto a la meritocracia y a la dedicación al estudio. En pabellones deportivos reconvertidos en platós de televisión, con una iconografía relativa al mundo del basket, el concurso lo dirigía el carismático presentador Daniel Vindel.

 Este programa de televisión tuvo un importante componente sociológico. Al fin y al cabo, con él entraba en juego el prestigio de los centros educativos participantes. Los pitagorines que componían los equipos competían por dejar lo más alto posible el pabellón de sus respectivos  colegios e institutos. Fue éste, además, un espacio que dejó una profunda huella en la memoria colectiva de aquel tiempo de televisión. Podríamos considerarlo, aun siendo desconocido para muchas generaciones posteriores,  el germen de tantos otros concursos basados en los saberes más o menos enciclopédicos de los participantes.

Los cromos de Vida y Color y Cesta y Puntos son, entre otros,  algunos de los leitmotiv que marcaron aquellos años de la niñez.

 Entonces la comunicación se daba cara a cara, sin pantallas de por medio, intercambiando esos mismos cromos que con tanta emoción comprábamos, jugando al "churro, mediamanga, mangotero", comiendo los vinagrillos que crecían en los múltiples solares sin edificar que te encontrabas por la ciudad...

14- La Primera Comunión. La vida cristiana y las crisis de fe

 14- La Primera Comunión. La vida cristiana y las crisis de fe

  Diome la Primera Comunión el obispo Ramón Sanhauja y Marcé, el 27 de mayo de 1965. Este egregio y piadoso prelado apacentaría las ovejas de la Diócesis de Cartagena desde 1950 hasta 1965. Me habían iniciado en la Doctrina las catequesis que nos daban en la sede marista frente a la Sucursal, en un inmueble de una sola planta que hacía esquina entre Gran Vía y Acisclo Díaz, donde ahora  se ubica Cortefiel.

 La noche antes de la ceremonia, y consciente de la trascendencia del día que me esperaba, me prometí a mí mismo estar sereno y no dejarme influir por la emoción ni por los nervios de una jornada tan especial. Así, no me tembló la voz cuando proclamé con firmeza y bien fuerte que renunciaba a las pompas y a las obras del “ángel caído”. Luego, cuando todo terminó, tengo el vivo recuerdo de salir de la capilla con todos los demás y alejarme yo solo, casi escaparme a los patios del colegio de los Maristas de la Merced para aspirar muy profundamente el aire primaveral y sentir una plenitud no conocida hasta entonces.

 Como se estilaba por aquellos tiempos, la celebración fue sencilla y entrañable: unas monas con chocolate con la familia y amigos cercanos, el aliciente de los recordatorios, el disfrute de los regalos, el pedir a todos que me escribieran algunas líneas en mi libro de la Primera Comunión...

 Los años pasaron. Viví mi creencia cristiana con convicción e intenté ser coherente en mi vida personal con esos valores. Todo ello me hizo sentir una gran paz espiritual y una gran serenidad.

 Y luego pasaron más años y llegaron las crisis de fe y el replanteamiento de tantas cosas. A buen seguro que los entrañables catequistas que me iniciaron en la Doctrina tanto tiempo atrás pensarían al verme así que las asechanzas de los tres declarados e incansables enemigos del alma habían dado sus frutos y me habían descarriado del recto camino.

 A veces intento rezar pidiendo a Dios, (si es que existe realmente, pero quién sabe), que me devuelva esa fe de mi juventud. Lo hago empleando el Padrenuestro antiguo. El nuevo ya no llegué a aprenderlo. 

13- Nostalgia de la caligrafía.

 13- Nostalgia de la caligrafía.

 Todas las mañanas salía de mi casa en la calle Pasos de Santiago, doblaba hacia la izquierda por la esquina de Acisclo Díaz y me encaminaba hacia la Sucursal con mi cartera de material llena de libros de la editorial Edelvives.

   Pongamos que discurre el curso 64/65. Si es así, entonces estoy matriculado en la Segunda, (según la particular terminología del colegio de la Sucursal marista) y mi profesor es don Francisco, seglar en medio de un universo de ensotanados hermanos de dicha congregación mariana.  

   Durante ese año teníamos una hora de caligrafía por las tardes. Toda la logística para llevar a cabo esta actividad consistía en un hueco circular dentro del pupitre en el que se encajaba un tintero de porcelana blanca. Periódicamente nos lo rellenaban de una tinta, llamémosla así, de garrafón, para hacer un símil con la calidad de la bebida que se da en ciertas cantinas.    Añádase a todo esto una serie de adminículos propios de este arte, tales como el papel secante, las plumillas, los plumines, etc.  (Al evocar esas sesiones de caligrafía comprendo ahora, por lo que diré a continuación, lo justificado que estaba el uso del baby).  

 Pues bien, nunca olvidaré aquella tarde en la que, sin saber cómo, me puse de tinta hasta la camiseta. Don Francisco estaba perplejo. Yo creo que el cuaderno hubo que tirarlo y empezar con otro nuevo, de tan emborronado como estaba. No había papel secante en toda Murcia para adsorber tanta tinta. Mi madre supongo que tuvo que trabajar muy duro para lavar aquella ropa, no sé el alcance de las prestaciones de las lavadoras de aquella época, yo creo que hubo de ser más labor de restregar a fondo en la pila. Aunque lo más probable es que se dieran por amortizadas esas prendas procediéndose a su jubilación. 

 Aquella era una época en que la escritura con pluma estaba mucho más extendida que ahora, al menos esa es mi percepción. Me era entonces muy cercano todo ese pequeño mundo que giraba en torno a la tinta Pelikan, a las Montblanc, las Parker y el papel secante. Pero el hecho de practicar la caligrafía escolar mediante plumines o plumillas insertadas en un soporte de madera requería de una técnica algo distinta a la de escribir con una pluma. Porque había que mojar continuamente en el tintero aquel útil de escritura, con el riesgo de no calibrar la cantidad de tinta cargada. No era raro, pues, echar de vez en cuando un aparatoso borrón y tener el papel secante de continuo en la mano. 

Ahora, al recordar aquellas tardes de caligrafía, soy consciente del paso del tiempo y de mi pertenencia a un mundo que va desapareciendo. Porque esa manera de escribir mojando los plumines en aquellos tinteros blancos de porcelana retrotrae a épocas antiguas de escribanías y de manuscritos arcaicos. A tiempos idos de pendolistas que usaban la péndola o péñola bien entintada, esa heredera de la pluma de ave, para redactar documentos con caligrafías artísticas, a escribanos que levantaban actas con un esmerado oficio y precisaban de "recado de escribir" para llevar a cabo su labor.

Yo, de alguna manera, también me inicié en una suerte de modesta escribanía, con algún borrón que otro, en aquellas lejanas tardes caligráficas de la Sucursal. 

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Todas las mañanas salía de mi casa en la calle Pasos de Santiago, doblaba hacia la izquierda por la esquina de Acisclo Díaz y me encaminaba hacia la Sucursal con mi cartera de material llena de libros de la editorial Edelvives.

   Pongamos que discurre el curso 64/65. Si es así, entonces estoy matriculado en la Segunda, (según la particular terminología del colegio de la Sucursal marista) y mi profesor es don Francisco, seglar en medio de un universo de ensotanados hermanos de dicha congregación mariana.  

   Durante ese año teníamos una hora de caligrafía por las tardes. Toda la logística para llevar a cabo esta actividad consistía en un hueco dentro del pupitre en el que se encajaba un tintero de porcelana blanca. Periódicamente nos lo rellenaban de una tinta, llamémosla así, de garrafón, para hacer un símil con la calidad de la bebida que se da en ciertas cantinas.    Añádase a todo esto una serie de adminículos propios de este arte, tales como el papel secante, las plumillas, los plumines, etc.  (Al evocar esas sesiones de caligrafía comprendo ahora, por lo que diré a continuación, lo justificado que estaba el uso del baby).  

 Pues bien, nunca olvidaré aquella tarde en la que, sin saber cómo, me puse de tinta hasta la camiseta. Don Francisco estaba perplejo. Yo creo que el cuaderno hubo que tirarlo y empezar con otro nuevo, de tan emborronado como estaba. No había papel secante en toda Murcia para adsorber tanta tinta. Mi madre supongo que tuvo que trabajar muy duro para lavar aquella ropa, no sé el alcance de las prestaciones de las lavadoras de aquella época, yo creo que hubo de ser más labor de restregar a fondo en la pila. Aunque lo más probable es que se dieran por amortizadas esas prendas procediéndose a su jubilación. 

 Aquella era una época en que la escritura con pluma estaba mucho más extendida que ahora, por lo menos esa es mi percepción. Me era entonces muy cercano todo ese pequeño mundo que giraba en torno a la tinta Pelikan, a las Montblanc, las Parker y el papel secante. Pero el hecho de practicar la caligrafía escolar mediante plumines o plumillas insertadas en un soporte  de madera requería de una técnica algo distinta a la de escribir con una pluma. Porque había que mojar continuamente en el tintero aquel útil de escritura, con el riesgo de no calibrar la cantidad de tinta cargada. No era raro, pues, echar de vez en cuando un aparatoso borrón y tener el papel secante de continuo en la mano. 

Ahora, al recordar aquellas tardes de caligrafía, soy consciente del paso del tiempo y de mi pertenencia a un mundo que va desapareciendo. Porque esa manera de escribir mojando los plumines en aquellos tinteros blancos de porcelana retrotrae a épocas antiguas de escribanías y de manuscritos arcaicos. A tiempos idos de pendolistas que usaban la péndola o péñola bien entintada, esa heredera de la pluma de ave, para redactar documentos con caligrafías artísticas, a escribanos que levantaban actas con un esmerado oficio y precisaban de "recado de escribir" para llevar a cabo su labor.

Yo, de alguna manera, también me inicié en una suerte de modesta escribanía, con algún borrón que otro, en aquellas lejanas tardes caligráficas de la Sucursal. 



12- De bolsas de agua caliente, orinales, escupideras y algunos usos y costumbres

 De usos y costumbres: bolsas de agua caliente, orinales, escupideras, etc.

12- De bolsas de agua caliente, orinales y algunos usos y costumbres

 Tengo la sensación de que en esos años usábamos más a menudo que ahora las bolsas de agua caliente para combatir el frío por la noche. Todavía recuerdo a mi madre en la cocina poniendo un cazo en el fuego poco antes de acostarnos. No se me olvida el bienestar que sentía al roce de aquel calor bajo las mantas, en esos inviernos tan gélidos y húmedos de la Murcia de entonces. Y también recuerdo el tacto de la bolsa ya fría al despertarme , una forma de aprender desde pequeños que las cosas se acaban, que todo tiene un final. No dejaba de curtir el carácter esa constatación tempranera de que las cálidas sensaciones del sueño nocturno habían quedado atrás  y solo quedaba afrontar los fríos e intemperies de la mañana de invierno camino del colegio.

 Luego vino un artefacto la mar de moderno que por un tiempo convirtió  las bolsas de agua caliente en algo superado. Me refiero a lo que se dio en llamar coloquialmente como calentorines. Por lo menos, con ese nombre los conocíamos en casa. Eran unos aparatos metálicos, con forma cilíndrica y recubiertos por una especie de tela de franela, que se calentaban por medios eléctricos. Tengo de ellos un recuerdo lejanísimo. El caso era combatir el frío de aquella ciudad plantada en medio de la huerta, con toda la humedad imaginable calando los huesos en esas noches invernales en que las sábanas parecían estar empapadas en agua.

Quizá como un atavismo de las primitivas viviendas que tenían los  excusados extramuros de sus dominios, en patios, corredores o corrales, bajo la cama siempre había un orinal. Durante la noche no había necesidad de acudir al cuarto de baño para exonerar la vejiga, bastaba con recoger ese recipiente que dormía con nosotros debajo del somier y aliviarse sin apenas haber despertado, casi entre sueños. Como una más de las tareas domésticas del día siguiente, aparte de hacer las camas, había que vaciar los orinales y lavarlos. Estos utensilios eran de uso generalizado, de grandes y pequeños, no se circunscribían sólo a seniors aquejados de patologías prostáticas, todos dormíamos con nuestro orinal bajo el lecho. 

¿Y qué decir de la escupidera?, se trataba de otro enser relegado casi a pieza de museo, que mucha gente de ahora  verá como un producto de costumbres muy difíciles de entender. Yo llegué a conocerla en mis primeros años. En  locales públicos y en los recibidores de las casas podíamos encontrar unos recipientes, generalmente de porcelana ornamentada con motivos muy diversos, colocados en el suelo para que la gente depositara en ellos sus escupitajos. Las escupideras nos remiten a un tiempo de tísicos y fumadores empedernidos (como cualquier varón que se preciara de serlo, entonces todo el mundo fumaba) que gargajeaban de continuo y necesitaban dar salida a tanta secreción bronquial y salivar. 

Para las mucosidades nasales teníamos el pañuelo. En un tiempo en el que no se concebía el "usar y tirar", en que todo se reparaba o se reutilizaba, la gente no llevaba kleenex de papel como ahora, sino un pañuelo. Después de sonarte  la nariz con él, te lo guardabas en el bolsillo. Tus mocos, personales e intransferibles, permanecían resecos y a buen recaudo hasta la siguiente cita con la lavadora o la pila donde se restregaba la ropa con energía.

También eran de paño las servilletas, nada de consumir celulosa a costa de los bosques. Como si de un restaurante de prestigio se tratara, en la mesa de la comida familiar aparecían primorosamente dobladas por nuestras madres para que nos limpiáramos la boca como recomendaban los tratados de urbanidad al uso. 

Era un mundo donde las cosas se reparaban una y otra vez y no se consideraban amortizadas tan rápido como ahora. No funcionaba la actual "obsolescencia programada". Los electrodomésticos eran para toda la vida. Había muchas tiendas de reparaciones y los aparatos se arreglaban, no se tiraban antes de tiempo. Siempre había algún "tío Mañicas" (como el de la calle Santa Teresa) que prolongaba la vida útil de todo tipo de artilugios. 

El calzado tampoco se jubilaba a las primeras de cambio. En las calles abundaban pequeñísimos bajos con zapateros remendones, responsables de que esos zapatos que había costado tanto adaptar y domesticar tuvieran una larga existencia, para alivio de nuestros sufridos pies.

La ropa también era susceptible de ser remendada hasta cobrar una segunda vida de igual o mayor longevidad que la primera. Las modistas iban por las tardes a las casas para arreglar vestidos mientras sonaban las radionovelas, a las prendas se les daba la vuelta cuando ya no eran dignamente presentables, las sábanas inservibles tenían una segunda oportunidad al reconvertirse en pijamas y todavía recuerdo aquel huevo de madera para remendar calcetines. Los trajes se solían hacer a medida y obviamente admitían posteriores arreglos para adaptarlos a la cambiante anatomía de sus usuarios. 

 Los varones adultos iban trajeados y encorbatados a diario, fuera cual fuera el ámbito en el que desarrollaran su actividad profesional, desde los más humildes a los más elitistas. Hablamos de los 60. En los 70 se fue introduciendo paulatinamente el prêt-à-porter y el sport a la hora de vestir.

En los cafés pululaban los limpiabotas. Los zapatos quedaban bruñidos y relucientes mientras el fulano que los calzaba fumaba y apuraba su carajillo al tiempo que leía algún diario de páginas enormes.

Antes de todo eso, a primera hora de la mañana, ya había pasado el lechero por las casas con sus recipiente metálico lleno de lo recién ordeñado...

Cuando llegaba la noche, después de cenar hervido de bajocas y huevo pasado por agua, en la pantalla en blanco y negro del televisor comenzaba a sonar el “Vamos a la cama que hay que descansar” de la familia Telerín. Entonces nos dirigíamos al reino de las sábanas del dormitorio presintiendo la calidez que nos esperaba, con las bolsas de agua caliente caldeando el lecho y los orinales bien dispuestos bajo su somier.

 Quizá antes, furtivamente, le dábamos un tiento, por una de sus dos aberturas,  al bote de leche condensada que había en la nevera.  Había que irse pronto a dormir, ya comenzaba la película de dos rombos. La tele aún continuaría encendida hasta la despedida y cierre con "El alma se serena". 

11- Murcia y el desarrollismo de la década prodigiosa

 11- Murcia y el desarrollismo de la década prodigiosa

 Decía antes que por mi calle pasaba de vez en cuando algún isocarro o algún seiscientos: aquí entra en escena la Sociedad Española de Automóviles de Turismo (SEAT). Se trataba de un ente fundado por el Instituto Nacional de Industria  de la época, el INI, con una pequeña participación (y bajo licencia) de la FIAT italiana.

 Respondía esta iniciativa pública al incipiente desarrollismo, que comenzaba a dar sus primeros frutos. El golpe de timón de los tecnócratas en los gobiernos de la dictadura durante aquella década, junto a otros factores como la emigración laboral a Europa, consiguió levantar el alicaído PIB de ejercicios anteriores en que el país estuvo al borde de la bancarrota, tras una serie de nefastas políticas económicas, tras la fallida autarquía. Se caracterizaron, pues, aquellos años, los del desembarco de los llamados "lópeces" en el gobierno, (los López Rodó, López Bravo, López de Letona, etc.), por un marcado crecimiento económico. 

Muchos padres se pluriempleaban para acometer las letras generadas por la adquisición de aquellos artefactos rodantes que comenzaban a poblar las carreteras.  En los terrados, las madres tendían sábanas y ropa después de restregarlas con energía en las pilas o de enjuagar algunas prendas en barreños con "azulete". Al mismo tiempo, novedosos electrodomésticos, con prestaciones impensables hasta entonces, comenzaban a hacer más agradable el día a día de los hogares. 

  Mientras la estructura económica de España iba evolucionando tras el fin del aislamiento internacional y los acuerdos con EEUU, todo ello sumado al descubrimiento de otro motor de crecimiento basado en el turismo (que llenaría de suecas las playas según la mitología popular; "Spain is diferent", decía el Ministerio de Información y Turismo de don Manuel Fraga Iribarne), al mismo tiempo que todo eso sucedía, yo pasaba todas las mañanas camino de clase  junto a lo que para la Murcia de entonces semejaba un rascacielos, el edificio de los Nueve Pisos. Ajeno a las fluctuaciones  de los mercados, con la cartera de "material" a la espalda cargada de libros de la Editorial Edelvives y la idea de conseguir en el recreo alguno de los cromos del álbum Vida y Color que más se me resistían, yo transitaba por la niñez abriendo los ojos al mundo a través de los descubrimientos propios de aquella edad. Quizá el SEAT 1.400 de mi padre y el 1.500 de mi tío formaban parte de esos hallazgos primeros, junto a aquella primitiva lavadora cilíndrica con la que mi madre hacía la colada y en la que se veía a cielo abierto el agua llena de detergente.

Sí, yo fui un niño del desarrollismo  que conoció por muy poco la leche en polvo enviada por los americanos. Tras considerar a España un lugar  privilegiado por su situación geoestratégica dentro del marco de la Guerra Fría, los yanquis se habían convertido en nuestros nuevos amigos. 

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Nosotros vivíamos de lo que parecía un rascacielos para aquellos tiempos, el edificio de los Nueve Pisos, en Acisclo Díaz. Por esa calle, con la cartera de material a la espalda cargada de libros de la editorial Edelvives, pasaba yo todas las mañanas camino de los Maristas de la Sucursal con la idea de conseguir en el recreo alguno de los cromos del álbum Vida y Color que más se me resistía, ajeno por completo a cualquier contingencia socioeconómica.

 

10- Tinas y duchas. (Por falta de higiene no sería)

 10- Tinas y duchas. (Por falta de higiene no sería)

 Yo llegué a conocer los tiempos en que la ducha era el colmo de la modernidad, algo propio de una minoría de personas que estaban a la última. El aseo principal de la gente consistía en una inmersión en la tina o bañera, con pastilla de jabón y áspera esponja, hasta que, después de rascar y rascar la piel, el agua adquiriera aquel color oscuro que tanto nos llamaba la atención y que certificaba la falta que teníamos ya de lavarnos. Y ese baño, con un ceremonial mucho más aparatoso que la funcional ducha, no era, obviamente, práctica diaria para la mayor parte del personal. Los más higiénicos puede que se enjabonaran las axilas en el lavabo y se asearan en el bidet los bajos fondos para mantener la higiene entre baño semanal y baño semanal. 

Este último era propio de los días festivos. Está claro que el umbral de sensibilidad de las pituitarias de aquellos inolvidables tiempos era mucho más alto. No sé cómo llevaríamos ahora lo de compartir de continuos ambientes cerrados con quienes tenían entonces como única práctica de aseo la dominical inmersión en la tina. 

Pero ahora, algunos expertos en medicina alertan de que nos pasamos de limpios y por causa del actual exceso de higiene nuestro sistema inmunológico se está desquiciando. Parece ser que cada vez hay más alergias y enfermedades autoinmunes. Cualquiera sabe. 

(En la Europa medieval estaba mal visto bañarse y había muy poco aseo corporal. Se pensaba entonces que las enfermedades se propagaban por el aire mediante unos elementos llamados miasmas. Según la creencia de los físicos y cirujanos de aquellos oscuros y también luminosos siglos, el agua caliente abría los poros de la piel y facilitaba la entrada de los agentes infecciosos. Cuanto menos se lavase la gente, más protegida estaría contra esas epidemias que provocaban tanta mortandad.) 

 En los cuartos de baño de los 60 podías encontrar, entre otras muchas cosas, alguna cuchilla marca "palmera" con la brocha y la crema de afeitar para hacer espuma (¿cuándo la podría usar, pensaba yo, aunque sólo fuera para la incipiente sombra del bigote?), pasta dentífrica Licor del Polo, loción Varón Dandy, perfumes de mujer de la marca Myrurgia, rollos de papel higiénico El Elefante para rudas epidermis, alguna "pera" guardada en un cajón, por si el vientre se volvía de cemento armado, y colonia comprada a granel en la droguería con la que nos peinaban nuestras madres antes de salir a la calle.

 En fin, eran otros tiempos, otras costumbres. Quizá no éramos tan higiénicos como ahora pero el aire era más puro y disfrutábamos de las estaciones. Y, como diría Serrat, las manzanas todavía tenían olor. 

9- FOTOS ORGA

 9- FOTOS ORGA

 Accedías a un portal de la calle Pascual, la que va desde la Plaza de Santa Catalina hasta Jara Carrillo, subías unos escalones hasta un rellano a la altura de un entresuelo, seguías hacia la derecha y entrabas en el estudio fotográfico Orga, de los hermanos Ortega Garzón. Son recuerdos que se pierden en la noche de los tiempos porque allí me hicieron las primeras fotos de mi vida, de bebé, como era costumbre por aquel entonces. 

En una estancia sólo iluminada por focos, con unos densos cortinajes oscuros, de color granate según mi incierta memoria, y con los ventanales cerrados, un fotógrafo bajito y muy amable desplegaba con sabiduría su oficio, modulaba las luces, dirigía discretamente el posado del protagonista o protagonistas del retrato y te emplazaba en unos días para recoger su obra. 

Fotos de boda, de Comunión, primeras imágenes de la vida de los niños posando con una pelota, con un balandro en miniatura, con muñecas en el caso de las niñas, con infantiles palas y cubos playeros, sonriendo ante las cucamonas de los arrobados padres, instantáneas de novios, de hijos, dedicadas a sus amados progenitores, de jóvenes reclutas, de bellas prometidas para sus enamorados, impresiones en cartulina como recordatorios de un momento en fuga, irrepetible... Cuánta historia dormida en sus miles de negativos. En ellos late la crónica silenciosa de aquella Murcia. 

El material que te entregaban al cabo de unos días, delicado y de impecable presentación, levantaba acta, de forma valiosa, de un tiempo de tu vida que quedaba archivado para siempre en los cajones nobles del hogar. 

Eran años aquellos en que las fotografías se valoraban como un legado de la historia familiar, imágenes que se guardaban como la caja negra de la memoria de los que vivían bajo un mismo techo, de los primos y tíos, de los lugares más frecuentados. Era una forma de luchar contra la fugacidad del tiempo. Recuerdos en blanco y negro de excursiones, de veranos en playas de la niñez, de paradas en alguna venta para que se enfriara el motor del seiscientos tras subir el Puerto de la Cadena...

Nada se podía igualar a la emoción de recoger las fotos, días después de haber dejado los negativos, tras jornadas de espera elucubrando sobre el resultado de aquellos clics en la Kodak. Y no tenía precio el aliciente de llegar a casa para compartir con la familia la evocación de aquellos momentos, de aquel tiempo detenido para siempre en imágenes. Sabíamos asumir la espera sin la neurosis de la inmediatez actual. 

Estudios Orga, memoria de una Murcia que solo va quedando en nuestro recuerdo. 

8- Un callejero para recuperar lo que el olvido borra

8- Un callejero para recuperar lo que el olvido borra

 En el cruce de las calles Doctor Marañón y Escultor Roque López hay actualmente tres edificios que ocupan, junto a lo que constituye la vía pública, el espacio donde se ubicaba el Huerto familiar de mis abuelos. A mitad de los 60 se urbanizó la zona y se construyeron los mencionados bloques que se llaman Loac, Luyma-I y Luyma-II respectivamente, en memoria de Luisa y Mariano, madre y padre de mi progenitor. 

 Yo llegué a conocer todo ese entorno previo s su urbanización y aún lo recuerdo, aunque muy lejanamente porque ese pequeño rincón huertano enclavado en lo que ahora es el centro de la ciudad desapareció cuando yo tenía unos siete u ocho años. 

La Murcia de entonces giraba para mí en torno a un triángulo cuyos vértices eran el domicilio familiar en Pasos de Santiago, el Colegio Marista de La Sucursal en la Gran Vía y el Huerto. (Le llamábamos así, "el Huerto", con mayúscula).

 Todo este territorio era excéntrico a la ciudad, eran casi las afueras porque Murcia tenía un casco urbano histórico pequeño, asediado, cuando no invadido, por bancales y acequias. Recuerdo el terreno que ahora ocupa el Corte Inglés de Avenida de la Libertad lleno de caballones de lechugas y, junto a él, todos los solares despoblados, salpicados de arbustos y vinagrillos que iban apareciendo conforme te acercabas desde allí al antiguo Convento de Reparadoras. Ese era uno de los itinerarios entre dos de los puntos de ese triángulo vital. 

 Pero había otro enclave de referencia para mí algo más alejado, en la Calle Pascual, junto al estudio de fotografía de Orga, a espaldas de la Plaza de las Flores. Era el negocio familiar, la sastrería que fundó mi abuelo Mariano. Ocupaba un primer piso, justo encima de una tienda de ropa de moda, también de la familia. Enfrente se encontraban los almacenes Coy. 

 Esa Murcia que quedó al otro lado de la recién inaugurada Gran Vía era parte del hábitat  de mi niñez. Calles y plazoletas con sabor popular y una vida intensa que se sustanciaba en bares con fama de tener buena y fresca cerveza con tapas típicas de la casa, algún ciego que publicitaba con voz rota en su esquina la "niña bonita" o las "mamellas", comercios con nombres imaginativos, peluquerías, floristerías, obradores, etc. donde se captaba el latido más genuino y auténtico de la ciudad. 

 Nos convidábamos en la Tapa o el Rhin (esas cañas, ese bolito para el zagal, esos caballitos...); íbamos a pelarnos a una barbería que ocupaba un entresuelo en la plaza de San Pedro cuyo dueño, Pencho, tenía un pequinés listísimo y muy bien enseñado, (yo creo que el maestro Pepe Garre no había desembarcado aún por la zona); comprábamos luego pasteles de carne en Bonache; conocíamos además a muchos de los comerciantes de aquel entorno con los que la familia, además de compartir oficio, tenía amistades entrañables. (Me acuerdo ahora de Luis Oñate, gran amigo de mi padre y de mis tíos).

En ese ámbito fue donde yo comencé a descubrir el sabor de las calles de una Murcia intemporal y auténtica, que no necesitaba carnéts oficiales de murcianía para mostrarse en toda su pureza, sin necesidad de que nadie tuviera que levantar acta ni preservar ningún legado costumbrista, porque entonces éste se hallaba vivo y palpitante. Y todo ello con la curiosidad y la mirada que sólo dan los pocos años.  

Después de cruzar el Puente Viejo, tras santiguarse uno ante la Virgen de los Peligros, se entraba ya en un territorio con características propias y sabor a barrio histórico. Era otra Murcia, la del otro lado del río, la Murcia carmelitana, con su típica idiosincrasia  y su particular ecosistema. Para mí era casi el extranjero. Hasta que mis primos se trasladaron a vivir durante algunos años al Barrio del Carmen, cerca del  Rollo, y comencé a frecuentar la zona. 


7-Un domingo de invierno

 7-Un domingo de invierno 

 Mañana de domingo. Mucho frío y cielos azules con alguna nube más blanca que el algodón. Después de misa, en la Glorieta, bajo el sol del invierno, un fotógrafo profesional saca instantáneas en las que aparece un niño con una pelota y un gorro mientras sus padres, endomingados con sus mejores galas, lo contemplan arrobados. Ese niño (podría ser yo mismo) ya ha pasado antes por el kiosco y se ha provisto de los tebeos semanales (El Jabato, Pulgarcito, DDT, Pumby...), de chicles bazooka, brea y algunos cromos de Vida y Color. 

Después del aperitivo en el Club Remo, con bolito incluido, los pasos familiares se encaminan a la Plaza de las Flores, hacia un histórico obrador que proveerá a los paseantes de muy sabrosos pasteles de carne, merengues de café y dulces de tocino de cielo. 

Luego, tras la comida familiar, el padre, junto a su peña de amigos, formará parte de la multitud que se acerca a la vieja Condomina para animar al Real Murcia, en medio del clamor de los aficionados, los sonidos del transistor conectando con el Carrusel Deportivo y el inconfundible aroma de los puros. 

No será raro entonces que José Luis Borja evite algún gol tras una espectacular palomita o que Colom cabecee a la red algún centro de Juan Antonio. Todavía viste pantalón azul el equipo pimentonero. Lo cambiará por el blanco como equipación oficial algunos años después. 

Mientras tanto, el niño pasa la tarde en casa jugando a los botones con los primos y leyendo tebeos, después de que Herta Frankel, Franz Johan y Gustavo Re amenizaran la sobremesa. 

Los Juegos Reunidos Geyper también han contribuido no poco en ahuyentar el tedio infantil en esas horas dominicales acechadas ya por la sombra del lunes. 

 Ya casi anocheciendo, el padre de familia regresará a casa y mientras cuelga la gabardina en el recibidor, se sacará de los bolsillos unas chocolatinas para los pequeños. 

El domingo ya da las boqueadas. Cuando se acerque la hora de la cena, el niño recordará que todavía tiene pendientes unos deberes de Aritmética. 

6- Estampas de los 60

 6- Estampas de los 60

  Arrancaba la década y un católico de estirpe irlandesa, que un día se proclamaría berlinés, alzaba un jovial Camelot en medio de los adustos y descarnados laberintos del poder. A miles de kilómetros, su par, un campesino eslavo que hizo revisionismo de la memoria del ogro georgiano y golpeó con un zapato la mesa en un plenario de la ONU, se había propuesto poner un cosmonauta en órbita para proclamar el triunfo del "hombre nuevo". Ambos dirigentes planetarios llegaron al borde del precipicio en torno a una isla caribeña con forma de lagarto, y a punto estuvieron de darle la razón a un inefable y rechoncho párroco a quien yo recuerdo en misa, los sábados por la tarde, conminándonos al más sincero arrepentimiento ante lo inevitable de un apocalíptico conflicto nuclear. Y era así, el mundo estaba polarizado en dos gigantescas placas tectónicas ideológicas que por aquel entonces tenían un interminable y duro punto de fricción, hasta echar chispas, en los territorios de lo que en tiempos fue la Indochina francesa.

 Ese cruel y áspero conflicto en el sureste  asiático conmovía a la juventud del llamado "mundo libre" que renegaba de la generación de sus padres, prefería las flores a los fusiles, y se reunía en multitudinarios festivales musicales. Eran tiempos en que se experimentaba, en medio de una inocencia y una fe en el futuro conmovedoras, con sustancias que disparaban la dopamina y otros neurotransmisores cerebrales hasta que pudieras ver un submarino amarillo volando por encima de los edificios más altos de la ciudad. No había duda de que Lucy estaba en el cielo con diamantes.

 Se hablaba también por aquellos años de un cirujano que trasplantó el primer corazón. Y del terrible régimen de apartheid que había en su país. En los telediarios en blanco y negro de la época una veinteañera en minifalda copaba asimismo las noticias con su defensa de los católicos norirlandés.

 Además, cierta joven cantante italiana llegaba al convencimiento de que no tenía edad para amar; el presidente de la República Francesa reconocía que la bellísima actriz que muchos años después lucharía contra la cruel caza de los bebés de foca, ingresaba en el país con sus películas más divisas que la Renault; el heredero al trono del país que en el siglo XIX colonizó de muy mala manera y con gran crueldad el Congo (Vargas Llosa dixit) se unía en santas nupcias con una española muy pacata dando lugar a un matrimonio sin hijos, con fama de santurrón, y con un cuñado vividor en Marbella; una sublime cantante de ópera, cuyos seguidores parecían profesar una religión, formaba pareja con un multimillonario armador griego de cabellos blancos y enormes gafas de pasta negra, armador que terminaría desposándose con la viuda de quien forjó el Camelot washingtoniano (cuando se hablaba de la Nueva Frontera) ante la inconsolable y augusta tristeza de la intérprete de arias; la princesa repudiada por el soberano  de Oriente Medio que se creía continuador de la dinastía del legendario Ciro deambulaba inconsolable con su tristeza por las fiestas más glamurosas de la vieja Europa y protagonizaba las portadas de las  amables (en esa época) revistas del corazón; Scotland Yard era burlada y uno de los protagonistas del asalto del siglo gozaba de las playas de Río de Janeiro ante la imposibilidad de una extradición que acabara con su aventura  de película; un mediático púgil negro iba a prisión y era desposeído de su título de campeón del mundo ante su negativa a alistarse en la guerra  de las guerras de entonces; una aparentemente quebradiza y muy libre muchacha de duro pasado, de apartamento con gato y suéter de cuello vuelto, merodeadora y anfitriona de fiestas con lo más chic de Manhattan, desayunaba muy elegante frente a una tienda de diamantes, arquetípica del comercio en el que se especializaron los judíos neoyorquinos; una bellísima, rubia y evanescente actriz norteamericana, musa que fue del mago del suspense,  se había casado con un príncipe de un minúsculo país de opereta, con cara de pan, y algo cabezón; un arzobispo ortodoxo que ostentaba la autoridad en una pequeña isla mediterránea aparecía con profusión en cuanto noticiero se preciara en aquellos tiempos; en España, cómo estarían las cosa que unos pocos años después, ante el asombro de los franceses, largas colas de vehículos cruzaban la frontera para ver  El último tango en París

 Mientras tanto, yo, en Murcia, me dedicaba leer tebeos apaisados y en blanco y negro del Capitán Trueno y a jugar al fútbol, justo donde ahora oferta El Corte Inglés móviles y ordenadores. 

5- Mapas de la Guerra Fría para viajar sin salir del dormitorio

 5- Mapas de la Guerra Fría para viajar sin salir del dormitorio

 De mi adolescencia conservo, entre otras cosas, un atlas de bolsillo que consulté en infinidad de ocasiones. Algunas noches, desde mi dormitorio,  me asomaba a las páginas de este pequeño cuaderno y recorría el mundo a voluntad; saltaba fronteras, recorría  regiones, países, imaginaba ríos, islas, cordilleras, penínsulas …

 Sí, después de escrutar la Amazonía del Brasil recién ganador del Mundial de México, (deslumbrando con un equipo capitaneado por Pelé), volaba al país del Nilo donde Nasser, su carismático líder,  acababa de fallecer. Seguía el curso del gran río hasta el delta que lleva su nombre, me embarcaba en Alejandría y navegando  Mediterráneo adelante, después de pasar por el Chipre del mediático arzobispo Makarios, llegaba hasta el puerto de Marsella. Desde allí, atravesaba la Francia de Georges Pompidou, cruzaba el Canal de la Mancha y recorría la campiña inglesa hasta llegar a Escocia en busca del monstruo del lago Ness, después de transitar, conduciendo por la izquierda,  aquella isla aún no perteneciente al por aquel entonces llamado Mercado Común Europeo. Si el sueño aún no me había vencido, conseguía arribar esa misma noche a Reikiavik, en Islandia, donde, en el transcurso de uno de esos veranos, se celebraría el tan recordado Campeonato del Mundo de ajedrez que enfrentó al soviético Borís Spassky contra el estadounidense Bobby Fischer. 

 Después de ese largo periplo siempre llegaba a tiempo de dormir en Murcia. A la mañana siguiente, bien temprano, emprendía otro viaje muy diferente por las calles de la ciudad hasta llegar al colegio de los Maristas de la Merced, en el Malecón. Aún algo somnoliento, recordaba la singladura de la noche anterior. Estudiaría entonces 2º o 3º de bachillerato.

 Recorriendo ahora las páginas de este pequeño libro se puede observar el paso de la Historia a través de sus mapas. Son éstos propios de la Guerra   Fría   y nos hablan de una URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) que nos parece actualmente el producto de una ucronía.   Pero fue muy real aunque conformara un escenario geopolítico impensable en los tiempos que corren. De hecho, nos hace comprender el conflicto de Ucrania y la relación actual de Rusia con algunas ex-repúblicas soviéticas. 

   Esta edición cartográfica reflejaba a su vez el largo conflicto de la  guerra de Vietnam  al aparecer este país escindido en dos estados, el del Norte y el del Sur. Y asimismo hay constancia de la  Ex-Yugoslavia   de   Tito, en un momento en que parecía inimaginable el cruel conflicto de los 90;  y de la   Checoslovaquia   perteneciente al   Pacto de Varsovia, mucho antes de la  Revolución de   terciopelo   que daría lugar posteriormente a los estados independientes de la   República Checa   y   Eslovaquia.  

   También aparecían, por supuesto, las dos Alemanias con sus  fronteras y sus  capitales, Berlín y Bonn. Guerra Fría pura y dura.

 Con este pequeño manual no necesitaba 80 días para dar la vuelta al mundo como proponía Julio Verne. Me bastaba un cono de luz en la oscuridad de la noche y mi pequeño atlas de bolsillo. 

4- Escenas de la infancia que regresan a la memoria sin pretenderlo

 4- Escenas de la infancia que regresan a la memoria sin pretenderlo

Si ahora cierro los ojos me veo en alguna de las aulas de la Sucursal, nombre con el que se conocía un centro educativo perteneciente a la congregación religiosa de los Maristas. Dedicado en exclusiva a la Enseñanza Primaria, estaba adscrito al que se constituía como sede principal, el colegio La Merced, localizado éste en el Paseo del Malecón y que impartía a su vez el Bachillerato de la época junto con el PREU.   

 El primero del que hablo, La Sucursal, se ubicaba en lo que posteriormente serían las antiguas Galerías Preciados de la Gran Vía. Allí, en su patio, delimitado por una tapia que lo separaba de la vía pública y una hilera de eucaliptos en el lado opuesto, intercambiando cromos de álbumes como El Cid, Vida y Color, Las minas del rey Salomón, etc. o jugando al fútbol a balonazo limpio, pasábamos los recreos entre clase y clase de Aritmética, Lengua o Geografía.

 Permanecen los ojos cerrados, sigo tirando de recuerdos y me contemplo ahora absorto ante un televisor en blanco y negro que emitía "Viaje al fondo del mar", en un lejanísimo sábado por la tarde.  Esta serie de aquella incipiente televisión de entonces tuvo mucho éxito. Ese submarino, con aquel diseño imposible mediante el que una luna de vidrio especial a prueba de gigantescas presiones hacía de parabrisas para deleite de la tripulación antes los paisajes de las profundidades marinas, se convirtió en una nave muy especial, generadora de muchas fantasías durante nuestra niñez. Aún recuerdo el sonido de la sala de máquinas con ese tintineo de fondo que llenaba los silencios entre las conversaciones de los protagonistas, sobre todo las del almirante Nelson con el capitán Crane. 
Ya el comienzo de cada episodio, con esa banda sonora tan peculiar que presagiaba misterios marinos, ponía en situación e invitaba a sumarse a las aventuras del submarino Seaview.
Era así, los sábados por la tarde navegábamos por las profundidades abisales asistiendo a prodigios y peligros que nos llenaban la cabeza de fantasías. Yo recuerdo ahora cómo después de terminar algún capítulo me iba a la tina del cuarto de baño, la llenaba de agua y jugaba con una caja de plástico transparente bien cerrada que sumergía en aquel pequeño océano imaginando alguna aventura del Seaview. 

 Y en otra escena de aquellos años, que ya no sabe uno si es real o la ha soñado, estoy tomando un refresco en una cafetería de la Gran Vía en un día muy caluroso de finales de junio, con el curso terminado y a punto de irme a la playa, mientras no deja de sonar "Un rayo de sol" de Los Diablos. 

Era el preludio de aquellos largos veranos que tuve el privilegio de disfrutar junto al mar, en la Torre de la Horadada. Eran días de transición, de asueto total, con el sol y las olas esperando mientras seguíamos en Murcia, con la libertad que daba el haber dado "punto", como se le llamaba entonces a la finalización de las clases. Se podían aprovechar esas jornadas para comprar bañadores, gafas y aletas de bucear y pasarse por la peluquería. Aún puedo rememorar la cara de mi madre, todo un poema, cuando volvíamos mis hermanos y yo de pelarnos, más bien de raparnos. Mi padre no se andaba por las ramas. 

-Páseles la maquinilla. Al cero o al uno. Así irán más frescos y el pelo les crecerá más fuerte. 

(Pero todavía no habíamos llegado a la adolescencia en que lucharíamos por llevar una melena merovingia, como los modernos de entonces, ante la habitual oposición de los docentes, guardianes de la ortodoxia biempensante.)

 Y si continúo dejando la mente en blanco, sigo con evocaciones infantiles que me llevan hacia el algodón dulce, la noria y el tío-vivo de aquellas lejanas ferias de septiembre que clausuraban, antes de volver a clase en octubre, los larguísimos veranos de nuestra niñez.

 Son recuerdos perdidos en la bruma del tiempo, cada vez más inciertos, que viajan a través de la frágil memoria sin rumbo fijo. 

3-GRAN VÍA versus CASCO HISTÓRICO Y MONUMENTAL

 3-GRAN VÍA versus CASCO HISTÓRICO Y MONUMENTAL 

 Siempre he conocido Murcia con la Gran Vía concebida como arteria principal que parte en dos su casco antiguo. Así es para mí la urbe que recuerdo desde mi infancia, allá por la década de 1960. 

La vieja ciudad de la huerta, como tantas otras, mantuvo un perfil invariable durante siglos. El desarrollo de las poblaciones siempre se ha armonizado históricamente con su modelo económico y productivo. Durante mucho tiempo su crecimiento, anárquico y mínimo, no respondía a plan urbanístico alguno que hubiera sido diseñado por las diferentes administraciones. Ese solía ser el proceso habitual en la mayoría de las urbes. 

En el siglo XIX, ciudades con más auge y potencial económico comienzan a planificar ordenadamente su expansión, cobrando carta de naturaleza el concepto de ensanche. Los poderes públicos diseñan esas nuevas extensiones urbanas con amplias avenidas y edificios más aptos para la salubridad y la higiene. No sucedió así con nuestra población. 

En Murcia, es a principios del XX cuando se comienza a plantear la necesidad de un proyecto que propicie el desarrollo de la ciudad y que redunde en la mejora de sus aspectos sanitarios y sociales. 

En los años 20, el arquitecto César Cort diseña un plan que no se terminará llevando a cabo. Se habla ya en él de trazar rondas alrededor de la urbe para mejorar los accesos y de hendir ésta con una arteria que vaya de norte sur. Desde el Arenal y el Puente Viejo hasta la Estación de Caravaca.

Será el arquitecto madrileño Gaspar Blein Zaragoza, técnico municipal del Ayuntamiento de Murcia antes y después de la guerra, quien actualizará el plan Cort en los 50. Ya en los años 30, por cierto, había elaborado el proyecto del histórico edificio Coy, donde más tarde estuvieron el cine y los almacenes de su mismo nombre. 

El plan Blein encontró cierta resistencia, resuelta por la administración con la desestimación de las alegaciones que consideraban traumática la ruptura de un entorno histórico tan valioso. Y eso que estas reivindicaciones no provocaban entonces la actual sensibilización social. 

Por el contrario, se consideraba que el desarrollo económico iba ligado a esa apertura vial que propiciaría un fácil acceso automovilístico a negocios, empresas, bancos y comercios. 

Había un espinoso último asunto a resolver. El nuevo trazado pasaba por los Baños Árabes, declarado monumento nacional. El plan de Blein había intentado resolver esta cuestión desdoblando el itinerario a su paso, que se volvía a unificar tras rodear las históricas ruinas. 

Por lo visto, alguien pensó en economizar el presupuesto obviando dicho desdoblamiento. Y así, con nocturnidad y, por lo que se vio luego, de manera impune, se procedió rápidamente a la demolición del monumento, en una política de hechos consumados. Técnicamente se había cometido un delito, pero la situación de entonces era muy propicia para echar tierra sobre éste y otros asuntos y mirar para otro lado. Lamentablemente, así sucedían las cosas por aquí. 

La Murcia que yo he conocido de siempre, la luminosa y hospitalaria ciudad, es la de la amplia y despejada Gran Vía. De allí proceden mis recuerdos más entrañables, de esa avenida tan vital y moderna que proyectaba futuro y espacios abiertos. Yo crecí desconociendo que esa magnífica arteria había supuesto la muerte de la esencia más pura de Mursiya, la que ahora cumple 1.200 años. Ahora lo considero una tragedia irreparable y un escamoteo de lo mejor que teníamos los murcianos. Nadie nos podrá resarcir del gran expolio de nuestro patrimonio cultural, de tantos monumentos destruidos, de la dilapidación de lo mejor de nuestra herencia histórica a manos de unos ineptos y unos irresponsables. 

Pero también pienso que ya no tiene  solución y que, además, gran parte de mis recuerdos de infancia y juventud tienen a la Gran Vía como paisaje de fondo. Ese fue el entorno en el que muchos de nosotros crecimos y abrimos los ojos al mundo. 

2- La calle Pasos de Santiago, el posible origen de esta historia

 2- La calle Pasos de Santiago, el posible origen de esta historia

  En un cruce de la calle Acisclo Díaz, haciendo esquina y adosada a las tapias de la antigua Fábrica de la Pólvora, hay una mínima capilla, la Ermita del Salitre, que podríamos considerar como uno de los pasos de un Viacrucis que, siglos atrás, arrancaría de la Iglesia de San Miguel para discurrir luego por esa arteria cuyo nombre hace referencia a una de aquellas antiguas devociones: los Pasos de Santiago.   Yo nací y pasé mi infancia en una vivienda de esa misma calle, sometida entonces a un tráfico minimalista que se sustanciaba de vez en cuando con algún seiscientos, algún isocarro e incluso alguna carreta tirada por un burro que transportaba barras de hielo llenas de pipas para las rudimentarias neveras de entonces.

 Justo a la izquierda de mi portal había un bajo diminuto ocupado por dos hermanos tapiceros. Al pasar por allí observábamos cómo trabajaban forrando sillas mientras sonaba la radio. Con la inevitable curiosidad infantil, a veces nos daba por entrar en aquel pequeño recinto. Lo que más me llamaba la atención era que las púas las guardaban en la boca mientras hacían su labor y se las iban sacando poco a poco, según las fueran necesitando. Y mientras, hablaban como si tal cosa. Cuando menos te lo esperabas, escupían una púa y se ponían a dar martillazos.

   Había también un personaje que llevaba a cabo su trabajo diario en una acera de esa misma calle, a la vista de quien pasara por allí.  Juan se llamaba, “Juan el pintor”. Era un hombre al que recuerdo siempre próximo a la jubilación, si no la había sobrepasado ya, cuyo oficio consistía en pintar carteles comerciales. Con abundante pelo blanco, bajo y retaco, vestido con un mono azul, ejecutaba su obra con una minuciosidad   y una lentitud propias de un monje que pintara una miniatura. Era una dinámica de trabajo propia de tiempos menos competitivos, de tiempos no marcados, como los actuales, por la obsesión de la productividad. Su esposa se llamaba María. Siempre andaba por allí, haciendo compañía a su marido y charlando con los vecinos. Mujer muy agradable y campechana, menuda y rechoncha, era la portera de un inmueble cercano.  

   Nosotros habitábamos un edificio de tres pisos sin ascensor, con una sola puerta por planta. En el primero vivía un matrimonio formado por un abogado muy afable que fumaba en pipa y una mujer sevillana, de tez morena, extrovertida y con marcado acento de su tierra. Tenían una única hija, María Rosario, delgada, de piel muy blanca, pelo negro muy liso, con algún año más que yo, no muchos, y a la que casi siempre recuerdo vistiendo el uniforme de su colegio, de Jesús-María.  

   Mi familia residía en el segundo y el tercero lo habitaba una señora mayor, menuda, delgada y con el pelo blanco, que se llamaba doña Caridad. Vivía sola y su hijo iba a visitarla diariamente junto con algún nieto.

En el edificio había también un terrado muy espacioso desde el que se vislumbraban los jardines de la Fábrica de la Pólvora. Aún conservo muy vivo el recuerdo de mi madre después de la colada, tendiendo allí la ropa en días muy soleados.

 El piso en sí respondía a los cánones arquitectónicos de aquellos tiempos. Un largo pasillo, tras el inevitable recibidor, en torno al cual se articulaba todo el plano de la vivienda.

 En esa calle y en ese barrio que giraba en torno a la iglesia de San Miguel permanecen mis primeros descubrimientos de la Murcia de entonces. Era un territorio que llegaba hasta la calle Santa Teresa, con la Antoñica y los Ultramarinos de Matías Ros como puntos de referencia, junto con la panadería  Carlos, ya en el arranque de la calle Sagasta, donde comprábamos panecillos y vienas por la mañana temprano para el almuerzo de los recreos. En el pequeño callejón que comunicaba  Santa Teresa con Acisclo Díaz, a espaldas de la iglesia, se encontraba la tienda del "tío Faroles" y la Josefa, un comercio muy rudimentario  donde recuerdo ver jaulas con conejos vivos, cajas de gaseosa y sifones y recipientes con alfalfa, de la que usábamos la noche de Reyes para dar de comer a los camellos de Sus Majestades. 

Esa calle Acisclo Díaz era la  travesía que seguíamos hasta llegar al colegio de los Maristas de la Gran Vía.  Al recorrer aquel trayecto diario para ir a clase pasábamos junto al edificio de los Nueve Pisos, el lateral de la citada iglesia de San Miguel, la Misericordia y el Manicomio.  

En el bloque de los Nueve Pisos, por cierto, vivía un compañero del colegio, Ángel López del Hierro. Tenía un perro que me recordaba al Milú de Tintín y era asiduo, junto con otros amigos, de los juegos que organizábamos en aquellos solares y descampados que iban desde los Pasos de Santiago hasta lo que ahora es el Corte Inglés.

Estas son algunas de las escenas e imágenes que recuerdo al cabo de tanto años, unas imágenes que me remiten a un tiempo que ahora me parece irreal, como si perteneciese a otra vida.

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2- La calle Pasos de Santiago, el posible origen de esta historia

 En un cruce de la calle Acisclo Díaz, haciendo esquina y adosada a las tapias de la antigua Fábrica de la Pólvora, hay una mínima capilla, la Ermita del Salitre, que podríamos considerar como uno de los pasos de un Viacrucis que, siglos atrás, arrancaría de la Iglesia de San Miguel para discurrir luego por una arteria cuyo nombre hace referencia a una de aquellas antiguas devociones: los Pasos de Santiago.   Yo nací y pasé mi infancia en una vivienda de esa tranquila vía, sometida entonces a un tráfico minimalista que se sustanciaba de vez en cuando con el tránsito de algún seiscientos, gordini, milquinientos o incluso algún isocarro, cuando no pasaba también alguna carreta tirada por un burro que transportaba barras de hielo llenas de pipas para las rudimentarias neveras de entonces.

 Justo a la izquierda de mi portal había un bajo diminuto ocupado por dos hermanos tapiceros. Al pasar por allí observábamos cómo trabajaban forrando sillas mientras sonaba la radio. Con la inevitable curiosidad infantil, a veces nos daba por entrar en aquel pequeño recinto. Lo que más me llamaba la atención era que las púas las guardaban en la boca mientras hacían su labor y se las iban sacando poco a poco, según las fueran necesitando. Y mientras, hablaban como si tal cosa. Cuando menos te lo esperabas, escupían una púa y se ponían a dar martillazos.

   Había también un personaje que llevaba a cabo su faena diaria en una acera de esa misma calle, a la vista de quien pasara por allí.  Juan, así se llamaba, “Juan el pintor”. Era un hombre al que recuerdo siempre próximo a la jubilación, si no la había sobrepasado ya, cuyo oficio consistía en pintar carteles comerciales. Con abundante pelo blanco, bajo y retaco, vestido con un mono azul, ejecutaba su obra con una minuciosidad   y una lentitud propias de un monje que pintara una miniatura. Era una dinámica de trabajo propia de tiempos menos competitivos, de tiempos no marcados, como los actuales, por la obsesión de la productividad. Su esposa se llamaba María. Siempre andaba por allí, haciendo compañía a su marido y charlando con los vecinos. Mujer muy agradable, menuda y rechoncha también, era la portera de un inmueble cercano.  

   Nosotros habitábamos un edificio de tres pisos sin ascensor, con una sola puerta por planta. En el primero vivía un matrimonio formado por un abogado muy afable que fumaba en pipa y una mujer sevillana, de tez morena, extrovertida y con marcado acento de su tierra. Tenían una única hija, María Rosario, delgada, de piel muy blanca, pelo negro muy liso, con algún año más que yo, no muchos, y a la que casi siempre recuerdo vistiendo el uniforme de su colegio, de Jesús-María.  

   Mi familia residía en el segundo y el tercero lo habitaba una señora mayor, menuda, delgada y con el pelo blanco, que se llamaba doña Caridad. Vivía sola y su hijo iba a visitarla diariamente junto con algún nieto.

En el edificio había también un terrado muy espacioso donde se tendía la ropa. Aún conservo muy vivo el recuerdo de mi madre después de la colada, bajo un sol radiante, colgando en las cuerdas sábanas, camisas, toallas, etc.

 El piso en sí respondía a los cánones arquitectónicos de aquellos tiempos. Un largo pasillo, tras el inevitable recibidor, en torno al cual se articulaba todo el plano de la vivienda.

Siendo yo un quinceañero nos trasladamos de vivienda, por lo que todos los recuerdos que tengo de aquel hogar de los Pasos de Santiago quedan ya muy lejanos. En esa calle y en ese barrio que giraba en torno a la iglesia de San Miguel duermen mis primeros descubrimientos de la Murcia de entonces. Era un territorio que llegaba hasta la calle Santa Teresa, con la Antoñica y los Ultramarinos de Matías Ros como puntos de referencia, junto con la panadería Carlos, ya en el arranque de la calle Sagasta, donde comprábamos panecillos y vienas por la mañana temprano para el almuerzo de los recreos. En el pequeño callejón que comunicaba Santa Teresa con Acisclo Díaz, a espaldas de la iglesia, se encontraba la tienda del "tío Faroles" y la Josefa, un comercio muy rudimentario donde recuerdo ver jaulas con conejos vivos, cajas de gaseosa y sifones y recipientes con alfalfa, de la que usábamos la noche de Reyes para dar de comer a los camellos de Sus Majestades. 

Esa calle Acisclo Díaz era la travesía que seguíamos hasta llegar al colegio de los Maristas de la Gran Vía.  Al recorrer ese trayecto diario para ir a clase pasábamos junto al edificio de los Nueve Pisos, el lateral de la citada iglesia, la Misericordia y el Manicomio.  

 En el bloque de los Nueve Pisos, por cierto, vivía un compañero del colegio, Ángel López del Hierro. Tenía un perro que me recordaba al Milú de Tintín y era asiduo, junto con otros amigos, de los juegos que organizábamos en aquellos solares y descampados que iban desde los Pasos de Santiago al actual Corte Inglés.

Estas son algunas de las escenas e imágenes que recuerdo al cabo de tanto años, unas imágenes que me remiten a un tiempo que ahora me parece irreal, como si perteneciese a otra vida.


1-La cerveza negra del Bar Levante.

 1-La cerveza negra del Bar Levante.

 Muchos años después, frente a la aguja de anestesiar del dentista, había de recordar aquel remoto día en que mi padre me llevó a conocer la cerveza negra del Café-Bar Levante de la Plaza Cetina...

Permitidme la broma de parodiar el arranque de Cien años de soledad para comenzar estas desordenadas memorias y recordar aquella ocasión, allá por mi adolescencia, en que mi progenitor me convidó a cerveza negra por primera vez en mi vida. Cuando me lo anunció  el día antes yo pensé que se trataba de una broma ante la rareza de aquella bebida de la que no había tenido noticia hasta entonces. Por lo visto, y supongo que sería así, el Café- Bar Levante era el primer local en traer esa variante cervecera tan desconocida en la Murcia de aquellos tiempos.

 Hay que hacer un pequeño inciso aclaratorio para quienes actualmente vean algo extraño en el hecho de que un adolescente beba cerveza negra. En esa época los menores estábamos familiarizados con el alcohol. Por ejemplo, después de pasar por la primitiva peluquería del maestro Garre, mi añorado padre me llevaba al bar La Tapa o al Rhin, pedía para los dos unas ensaladillas (no me suena que por entonces existieran ya las marineras), y mientras le servían su caña decía: "al zagal, ponle un bolito". El “bolito” era un vaso pequeño, como de tubo, parecía de juguete, lleno de cerveza. Pero cerveza de la buena, no sin alcohol, entonces no existía ese brebaje. Eso estaba a la orden del día y en las convidadas familiares de los domingos era muy habitual ver alguno de esos bolitos en medio de las cañas o los Bitter Cinzano de los mayores 

También era muy común que los pequeños tomáramos un dedo de vino con agua o sifón en las comidas. Sin hablar de las melopeas que cogíamos con la quina San Clemente o la quina Santa Catalina, esas que nos daban en casa para abrir el apetito. 

 Todo esto parecerá un exceso para la gente de ahora, es inimaginable que un niño en la actualidad pruebe una sola gota de alcohol. Pero, como en tantas ocasiones se ha dicho, no se pueden juzgar las épocas pasadas con la mentalidad de ahora. Los paradigmas y las percepciones evolucionan, somos hijos de nuestro tiempo, para bien o para mal.  

El café Levante, con esa peculiaridad suya de la cerveza  negra a la hora del cañeo, seguía aquella corriente de los bares de entonces que mostraban alguna seña de identidad propia utilizada como reclamo para atraer a los parroquianos. La ensaladilla de la Tapa, la gabardina de los Zagales, los caballitos del Bernardo... cada cual tenía su buque insignia, su gancho a la hora de ejercer tirón entre la clientela.

Hablo de una Murcia atravesada por una serie de circuitos que se recorrían de barra en barra de bar, cada cual con su itinerario, con su particular ronda a la hora de convidarse. De todos esos locales de antaño, que surgían en medio de aquellos bureos a la hora del aperitivo o al anochecer, van quedando pocos a día de hoy.   Los que permanecen han ido cobrando un sabor de tiempo antiguo, una pátina de solera que prestigia el paisaje urbano y hace reconocible el territorio por donde deambulamos a diario. Son historia viva de la ciudad.

 A lo que iba, conocí la cerveza negra, de hecho me tomé una caña con unas gambas al ajillo (también eran especialidad de la casa) y me fui con una sensación parecida a la que debió experimentar el coronel Aureliano Buendía aquella remota tarde en que conoció el hielo.

A modo de prólogo. La máquina del tiempo se dispone a despegar

 A modo de prólogo. La máquina del tiempo se dispone a despegar  

 Las páginas que siguen a continuación responden al propósito de hacer inventario de unos años que me son muy fáciles de idealizar, ya que coinciden con la niñez y la juventud, esas edades donde se dan mitologías que nos acompañan para siempre a lo largo de la vida.

 Dijo el poeta que la infancia es nuestra verdadera patria y no le quito yo un punto de razón, mi auténtica patria es la Murcia de aquellos mis primeros años, la que evoco a veces de la mano de la engañosa y traicionera memoria.

  Cuando nuestra generación vaya desapareciendo (todo se andará), una gran cantidad de anécdotas, experiencias, usos, costumbres, modas, formas de vivir, etc. caerá en el olvido. Solo algún ratón de biblioteca que hurgue en los archivos o hemerotecas hará aflorar alguna pequeña parte testimonial de todo aquello. Se trata entonces de dejar constancia aquí de un retazo de tiempo del que depende en gran medida todo lo que somos ahora.  

 Yo recuerdo ahora las sobremesas en que mi padre evocaba sus años jóvenes, los de las décadas de los 40 y 50 del pasado siglo. Su narración se refería a un tiempo muy ajeno al mío, un tiempo que parecía lejanísimo, histórico e irreal a la vez.

 Sin embargo, a través de esos relatos de sobremesa fui recreando una idea muy personal de aquella Murcia tan desconocida para mí. Me quedó desde entonces una idea brumosa de programas  radiofónicos que paralizaban la vida nocturna,  bailes veraniegos con orquesta, zarzaparrillas, radios de galena, tiendas antiguas con protocolos inimaginables hoy en día, muchos bancales y muchas acequias por el centro de la ciudad, veraneos en Lo Pagán, Torrevieja o La Alberca, sábados laborables como cualquier otro día de la semana, diferencias de clase abismales e insalvables con muy poca posibilidad de ningún tipo de elemento que hiciera de ascensor social y códigos de honor que en la actualidad no se conciben y por los que se podría sentir añoranza viendo muchas cosas que suceden  ahora.

  Lo que contaba mi padre pertenecía a un mundo que no era el mío. Yo me limitaba a escuchar y preguntar de vez en cuando al hilo de alguna cuestión que despertara mi curiosidad. Evidentemente, hacer juicios de valor de ese tiempo con los paradigmas de hoy es muy complicado. Cada uno vive el momento que le toca, porque además no hay otro. Está claro que en esencia la Humanidad progresa, aunque también es verdad que se pierden por el camino ciertas cosas cuya carencia nos hará más pobres en algún sentido; pero eso, sobre opinable, pertenece ya al terreno de la sociología.

 Yo siento el privilegio de ser depositario de tan lejanos recuerdos paternos. Pero está claro que todo lo borrará el implacable olvido, como todas las evocaciones de las que en este texto quiero dejar constancia.

Es bueno contar y recordar, somos en esencia memoria. Todo está en fuga permanente y nada se detiene. Soy consciente de la imposibilidad de retener las cosas que se perdieron con los años, pero nos queda el pequeño consuelo de recordarlas, constatar que somos porque fuimos.

 En fin, lo que pretendo ahora es hablar de mi tiempo, ya diferente al de los relatos de mi padre, porque la rueda de las generaciones avanza y nunca se detiene; se trata de dar fe, con la mayor verosimilitud posible, de algunos hechos acaecidos en aquella Murcia de los 60 y 70 del siglo pasado, tan diferente a la de ahora. 

 Por otra parte, la crónica que viene a continuación se reduce a unos muy concretos recuerdos personales. Quizá complete un imaginario mayor compuesto por otras existencias que coincidieron con la mía en el mismo espacio y en el mismo tiempo. Este ensayo de memorias no pretende, por tanto, arrogarse la representatividad general que parece indicar el título de este libro. Quizá debiera decir Mi Murcia de los 60 y 70. 

Levantemos acta de esa época, también condenada al olvido. Abrochémonos, pues, los cinturones. La máquina del tiempo va a despegar.

106- Lavando con azulete

  106- Lavando con azulete   Las pastillas de café con leche de Alonso, las tapias hacia la Gran Vía de la Sucursal, la Casa de Socorro, e...