13- Nostalgia
de la caligrafía.
Todas las mañanas salía de
mi casa en la calle Pasos de Santiago, doblaba hacia la izquierda por la
esquina de Acisclo Díaz y me encaminaba hacia la Sucursal con mi cartera de
material llena de libros de la editorial Edelvives.
Pongamos que
discurre el curso 64/65. Si es así, entonces estoy matriculado en la Segunda,
(según la particular terminología del colegio de la Sucursal marista) y mi
profesor es don Francisco, seglar en medio de un universo de ensotanados
hermanos de dicha congregación mariana.
Durante ese
año teníamos una hora de caligrafía por las tardes. Toda la logística para
llevar a cabo esta actividad consistía en un hueco circular dentro del pupitre
en el que se encajaba un tintero de porcelana blanca. Periódicamente nos lo
rellenaban de una tinta, llamémosla así, de garrafón, para hacer un símil con
la calidad de la bebida que se da en ciertas cantinas.
Añádase a todo esto una serie de adminículos propios de este
arte, tales como el papel secante, las plumillas, los plumines,
etc. (Al evocar esas sesiones de caligrafía comprendo ahora, por lo
que diré a continuación, lo justificado que estaba el uso del
baby).
Pues bien, nunca olvidaré
aquella tarde en la que, sin saber cómo, me puse de tinta hasta la camiseta.
Don Francisco estaba perplejo. Yo creo que el cuaderno hubo que tirarlo y
empezar con otro nuevo, de tan emborronado como estaba. No había papel secante
en toda Murcia para adsorber tanta tinta. Mi madre supongo que tuvo que
trabajar muy duro para lavar aquella ropa, no sé el alcance de las prestaciones
de las lavadoras de aquella época, yo creo que hubo de ser más labor de
restregar a fondo en la pila. Aunque lo más probable es que se dieran por
amortizadas esas prendas procediéndose a su jubilación.
Aquella era una época en
que la escritura con pluma estaba mucho más extendida que ahora, al menos esa
es mi percepción. Me era entonces muy cercano todo ese pequeño mundo que giraba
en torno a la tinta Pelikan, a las Montblanc, las Parker y el papel secante.
Pero el hecho de practicar la caligrafía escolar mediante plumines o plumillas
insertadas en un soporte de madera requería de una técnica algo distinta a la
de escribir con una pluma. Porque había que mojar continuamente en el tintero
aquel útil de escritura, con el riesgo de no calibrar la cantidad de tinta
cargada. No era raro, pues, echar de vez en cuando un aparatoso borrón y tener
el papel secante de continuo en la mano.
Ahora, al recordar aquellas
tardes de caligrafía, soy consciente del paso del tiempo y de mi pertenencia a
un mundo que va desapareciendo. Porque esa manera de escribir mojando los
plumines en aquellos tinteros blancos de porcelana retrotrae a épocas antiguas
de escribanías y de manuscritos arcaicos. A tiempos idos de pendolistas que
usaban la péndola o péñola bien entintada, esa heredera de la pluma de ave,
para redactar documentos con caligrafías artísticas, a escribanos que
levantaban actas con un esmerado oficio y precisaban de "recado de
escribir" para llevar a cabo su labor.
Yo, de alguna manera, también me
inicié en una suerte de modesta escribanía, con algún borrón que otro, en
aquellas lejanas tardes caligráficas de la Sucursal.
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Todas
las mañanas salía de mi casa en la calle Pasos de Santiago, doblaba hacia la
izquierda por la esquina de Acisclo Díaz y me encaminaba hacia la Sucursal con
mi cartera de material llena de libros de la editorial Edelvives.
Pongamos
que discurre el curso 64/65. Si es así, entonces estoy matriculado en la
Segunda, (según la particular terminología del colegio de la Sucursal marista) y mi profesor es don
Francisco, seglar en medio de un universo de ensotanados hermanos de dicha congregación mariana.
Durante
ese año teníamos una hora de caligrafía por las tardes. Toda la logística para
llevar a cabo esta actividad consistía en un hueco dentro del pupitre en el que
se encajaba un tintero de porcelana blanca. Periódicamente nos lo rellenaban de
una tinta, llamémosla así, de garrafón, para hacer un símil con la calidad de
la bebida que se da en ciertas cantinas. Añádase a todo esto una
serie de adminículos propios de este arte, tales como el papel secante, las plumillas,
los plumines, etc. (Al evocar esas sesiones de caligrafía comprendo
ahora, por lo que diré a continuación, lo justificado que estaba el uso del baby).
Pues
bien, nunca olvidaré aquella tarde en la que, sin saber cómo, me puse de tinta
hasta la camiseta. Don Francisco estaba perplejo. Yo creo que el cuaderno hubo
que tirarlo y empezar con otro nuevo, de tan emborronado como estaba. No había
papel secante en toda Murcia para adsorber tanta tinta. Mi madre supongo que
tuvo que trabajar muy duro para lavar aquella ropa, no sé el alcance de las
prestaciones de las lavadoras de aquella época, yo creo que hubo de ser más
labor de restregar a fondo en la pila. Aunque lo más probable es que se dieran
por amortizadas esas prendas procediéndose a su jubilación.
Aquella era una época en que la escritura con pluma estaba mucho más extendida que ahora, por lo menos esa es mi percepción. Me era entonces muy cercano todo ese pequeño mundo que giraba en torno a la tinta Pelikan, a las Montblanc, las Parker y el papel secante. Pero el hecho de practicar la caligrafía escolar mediante plumines o plumillas insertadas en un soporte de madera requería de una técnica algo distinta a la de escribir con una pluma. Porque había que mojar continuamente en el tintero aquel útil de escritura, con el riesgo de no calibrar la cantidad de tinta cargada. No era raro, pues, echar de vez en cuando un aparatoso borrón y tener el papel secante de continuo en la mano.
Ahora, al recordar aquellas tardes de caligrafía, soy consciente del paso del tiempo y de mi pertenencia a un mundo que va desapareciendo. Porque esa manera de escribir mojando los plumines en aquellos tinteros blancos de porcelana retrotrae a épocas antiguas de escribanías y de manuscritos arcaicos. A tiempos idos de pendolistas que usaban la péndola o péñola bien entintada, esa heredera de la pluma de ave, para redactar documentos con caligrafías artísticas, a escribanos que levantaban actas con un esmerado oficio y precisaban de "recado de escribir" para llevar a cabo su labor.
Yo, de alguna manera, también me inicié en una suerte de modesta escribanía, con algún borrón que otro, en aquellas lejanas tardes caligráficas de la Sucursal.