martes, 23 de diciembre de 2025

A modo de prólogo. La máquina del tiempo se dispone a despegar

 A modo de prólogo. La máquina del tiempo se dispone a despegar  

 Las páginas que siguen a continuación responden al propósito de hacer inventario de unos años que me son muy fáciles de idealizar, ya que coinciden con la niñez y la juventud, esas edades donde se dan mitologías que nos acompañan para siempre a lo largo de la vida.

 Dijo el poeta que la infancia es nuestra verdadera patria y no le quito yo un punto de razón, mi auténtica patria es la Murcia de aquellos mis primeros años, la que evoco a veces de la mano de la engañosa y traicionera memoria.

  Cuando nuestra generación vaya desapareciendo (todo se andará), una gran cantidad de anécdotas, experiencias, usos, costumbres, modas, formas de vivir, etc. caerá en el olvido. Solo algún ratón de biblioteca que hurgue en los archivos o hemerotecas hará aflorar alguna pequeña parte testimonial de todo aquello. Se trata entonces de dejar constancia aquí de un retazo de tiempo del que depende en gran medida todo lo que somos ahora.  

 Yo recuerdo ahora las sobremesas en que mi padre evocaba sus años jóvenes, los de las décadas de los 40 y 50 del pasado siglo. Su narración se refería a un tiempo muy ajeno al mío, un tiempo que parecía lejanísimo, histórico e irreal a la vez.

 Sin embargo, a través de esos relatos de sobremesa fui recreando una idea muy personal de aquella Murcia tan desconocida para mí. Me quedó desde entonces una idea brumosa de programas  radiofónicos que paralizaban la vida nocturna,  bailes veraniegos con orquesta, zarzaparrillas, radios de galena, tiendas antiguas con protocolos inimaginables hoy en día, muchos bancales y muchas acequias por el centro de la ciudad, veraneos en Lo Pagán, Torrevieja o La Alberca, sábados laborables como cualquier otro día de la semana, diferencias de clase abismales e insalvables con muy poca posibilidad de ningún tipo de elemento que hiciera de ascensor social y códigos de honor que en la actualidad no se conciben y por los que se podría sentir añoranza viendo muchas cosas que suceden  ahora.

  Lo que contaba mi padre pertenecía a un mundo que no era el mío. Yo me limitaba a escuchar y preguntar de vez en cuando al hilo de alguna cuestión que despertara mi curiosidad. Evidentemente, hacer juicios de valor de ese tiempo con los paradigmas de hoy es muy complicado. Cada uno vive el momento que le toca, porque además no hay otro. Está claro que en esencia la Humanidad progresa, aunque también es verdad que se pierden por el camino ciertas cosas cuya carencia nos hará más pobres en algún sentido; pero eso, sobre opinable, pertenece ya al terreno de la sociología.

 Yo siento el privilegio de ser depositario de tan lejanos recuerdos paternos. Pero está claro que todo lo borrará el implacable olvido, como todas las evocaciones de las que en este texto quiero dejar constancia.

Es bueno contar y recordar, somos en esencia memoria. Todo está en fuga permanente y nada se detiene. Soy consciente de la imposibilidad de retener las cosas que se perdieron con los años, pero nos queda el pequeño consuelo de recordarlas, constatar que somos porque fuimos.

 En fin, lo que pretendo ahora es hablar de mi tiempo, ya diferente al de los relatos de mi padre, porque la rueda de las generaciones avanza y nunca se detiene; se trata de dar fe, con la mayor verosimilitud posible, de algunos hechos acaecidos en aquella Murcia de los 60 y 70 del siglo pasado, tan diferente a la de ahora. 

 Por otra parte, la crónica que viene a continuación se reduce a unos muy concretos recuerdos personales. Quizá complete un imaginario mayor compuesto por otras existencias que coincidieron con la mía en el mismo espacio y en el mismo tiempo. Este ensayo de memorias no pretende, por tanto, arrogarse la representatividad general que parece indicar el título de este libro. Quizá debiera decir Mi Murcia de los 60 y 70. 

Levantemos acta de esa época, también condenada al olvido. Abrochémonos, pues, los cinturones. La máquina del tiempo va a despegar.

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