1-La cerveza negra del Bar Levante.
Permitidme la broma de parodiar el arranque de Cien años de soledad para comenzar estas desordenadas memorias y recordar aquella ocasión, allá por mi adolescencia, en que mi progenitor me convidó a cerveza negra por primera vez en mi vida. Cuando me lo anunció el día antes yo pensé que se trataba de una broma ante la rareza de aquella bebida de la que no había tenido noticia hasta entonces. Por lo visto, y supongo que sería así, el Café- Bar Levante era el primer local en traer esa variante cervecera tan desconocida en la Murcia de aquellos tiempos.
Hay que hacer un pequeño inciso aclaratorio para quienes actualmente vean algo extraño en el hecho de que un adolescente beba cerveza negra. En esa época los menores estábamos familiarizados con el alcohol. Por ejemplo, después de pasar por la primitiva peluquería del maestro Garre, mi añorado padre me llevaba al bar La Tapa o al Rhin, pedía para los dos unas ensaladillas (no me suena que por entonces existieran ya las marineras), y mientras le servían su caña decía: "al zagal, ponle un bolito". El “bolito” era un vaso pequeño, como de tubo, parecía de juguete, lleno de cerveza. Pero cerveza de la buena, no sin alcohol, entonces no existía ese brebaje. Eso estaba a la orden del día y en las convidadas familiares de los domingos era muy habitual ver alguno de esos bolitos en medio de las cañas o los Bitter Cinzano de los mayores
También era muy común que los pequeños tomáramos un
dedo de vino con agua o sifón en las comidas. Sin hablar de las melopeas que
cogíamos con la quina San Clemente o la quina Santa Catalina, esas que nos daban en casa para abrir el apetito.
Todo esto parecerá un exceso para la gente de
ahora, es inimaginable que un niño en la actualidad pruebe una sola gota de
alcohol. Pero, como en tantas ocasiones se ha dicho, no se pueden juzgar las épocas pasadas con la mentalidad de ahora. Los paradigmas y las percepciones evolucionan, somos hijos de nuestro tiempo, para bien o para mal.
El café Levante, con esa peculiaridad suya de la cerveza negra a la hora del cañeo, seguía aquella corriente de los bares de entonces que mostraban alguna seña de identidad propia utilizada como reclamo para atraer a los parroquianos. La ensaladilla de la Tapa, la gabardina de los Zagales, los caballitos del Bernardo... cada cual tenía su buque insignia, su gancho a la hora de ejercer tirón entre la clientela.
Hablo de una Murcia atravesada por una serie de circuitos que se recorrían de barra en barra de bar, cada cual con su itinerario, con su particular ronda a la hora de convidarse. De todos esos locales de antaño, que surgían en medio de aquellos bureos a la hora del aperitivo o al anochecer, van quedando pocos a día de hoy. Los que permanecen han ido cobrando un sabor de tiempo antiguo, una pátina de solera que prestigia el paisaje urbano y hace reconocible el territorio por donde deambulamos a diario. Son historia viva de la ciudad.
A lo que iba, conocí la cerveza negra, de
hecho me tomé una caña con unas gambas al ajillo (también eran
especialidad de la casa) y me fui con una sensación parecida a la que debió experimentar el coronel Aureliano Buendía aquella remota tarde en que conoció el hielo.
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