sábado, 31 de enero de 2026

40- Fórmula V: una reivindicación de la canción de verano

 40- Fórmula V: una reivindicación de la canción de verano

 Un domingo de 1969 asistí con 12 años a una sesión matinal en el Cine Coy acompañado por mi hermana y  un compañero de clase. La película se llamaba A 45 revoluciones por minuto y estaba dirigida por Pedro Lazaga. La recuerdo ahora muy vagamente. Aparecían en ella Juan Pardo, una cantante de la que no he vuelto a saber -Ivana se llamaba-, Los Ángeles y Fórmula V. Este último conjunto fue en realidad el auténtico reclamo que nos llevó hacia esa proyección mañanera. Y es que por aquellos años sus canciones tenían mucho éxito. Para entonces ya tenían publicado un L.P. que terminó siendo lo mejor de su dilatada carrera, con temas que ahora en la distancia se escuchan con agrado, nos provocan cierta sonrisa nostálgica y nos transportan a días de mucha inocencia.  En casa compramos una cassette con esas canciones. Cuéntame, Busca un amor, Tu amor, mi amor, La playa, el sol, el mar, el cielo y tú, Tengo tu amor... Esa fue una de las bandas sonoras de aquellos años en nuestro hogar familiar. Recuerdo también una nochevieja televisiva en que estrenaron Cenicienta como gran primicia. Toda España enchufada a una única cadena, pendiente de la voz del gran Paco Pastor, vocalista del grupo.

 Luego, poco a poco pasaron de ser un conjunto ye-yé a convertirse en los cultivadores de la "canción de verano" más de verano posible, sin complejos y a mucha honra, con himnos como Eva María o La fiesta de Blas, melodías genuinas para las pistas de los coches de choque: ¿Música menor, sin mayor importancia, para pasar buenos y desenfadados ratos en verano mientras tomábamos sangría en el chiringuito playero?  ¿Horterada simpática que a estas alturas cobra cierto prestigio por recubrirse con una pátina vintage hasta convertirse en horterada de culto? Todo pudiera ser. Pero digo yo ¿habrá recuerdos más gratos que aquellos que nos llevan a una verbena de playa en los primeros 70, escuchando música pachanguera, cuando nuestros problemas y preocupaciones eran de juguete y todavía teníamos tanto por vivir y por descubrir?

Los Formula V son ya historia de la música popular. Cuéntame es un himno intergeneracional que dio nombre a una serie de televisión donde se nos mostraba nuestro pasado de forma amable, sin hacer sangre. Y ese tema musical era su auténtico leitmotiv. Hay canciones suyas, algunas de las primeras, que si las versionase ahora algún grupo cool nos sorprenderían al manifestar calidades que tal vez permanecen ocultas, enmascaradas tras ciertos prejuicios.

Y es que cuando nos poníamos trascendentales tirábamos de cosas más serias, de calidad testada, que podíamos escuchar sin complejos. Eva María no es Mediterráneo ciertamente, pero es parte de nuestra historia y quizás quede asociada a algún recuerdo que tal vez ahora, al evocarlo, nos arranque una sonrisa si estamos en un día gris.

 La vieja cinta de cassette se la dejé a un amigo y nunca más la recuperé. Ya no hay matinales en el Coy. Menos mal que nos queda YouTube.

39- Invierno en la Torre de la Horadada

 39- Invierno en la Torre de la Horadada

 Hace unos días, repasando viejas fotos en blanco y negro de esas que componían el archivo familiar y se solían  guardar en cajas metálicas de dulce de membrillo (que también se utilizaban como "caja de los hilos"), me encontré con una instantánea en que aparezco junto a mi hermano Guillermo en medio de una calle sin asfaltar, al lado de unas casas bajas y portando en la mano lo que parece una revista. Puede que tuviera yo 11 o 12 años y él cuatro menos. Estamos en uno de los centros neurálgicos de la Torre de la Horadada de aquellos tiempos, en la calle del Estanco, donde teníamos la vivienda familiar.  Esta arteria, muy frecuentada en los veranos, enlazaba la Rambla de los Jesuitas con los acantilados cercanos al Embarcadero por donde se despeñó años después en una oscura noche de Semana Santa (todavía no había alumbrado público) mi buen amigo Nito, uno de los primeros madrileños que se acercaron por esta localidad costera, con la única consecuencia, milagrosamente, de una muñeca rota.

  La foto, invernal, debe de corresponder a algún fin de semana o a la Navidad. Es posible que la publicación que llevo en una mano sea algún ejemplar del Capitán Trueno o del Jabato, en aquellas reediciones de gran formato que aparecían en color. Si es sábado por la tarde estaríamos haciendo tiempo para ir a la misa de San Pedro del Pinatar, donde un cura rechoncho, muy pintoresco y entrañable, daba la homilía subido en el púlpito y hablaba indefectiblemente de la amenaza latente de la bomba atómica, que podía estallar en cualquier momento (eran los años álgidos de la Guerra Fría). Tras estas admoniciones, mi padre nos llevaba de tapeo por alguno de los buenos bares que había cerca de la iglesia. Luego, recién cenados, regresábamos a casa a tiempo de ver cómo sonaba en la tele una música de banjo y ardía un mapa, lo cual quería decir que comenzaba un nuevo episodio de la serie Bonanza. 

Esa foto, por otra parte,  refleja con fidelidad las costumbres familiares de aquellos años en que solíamos pasar los fines de semana del invierno en la playa. Así, nada más terminar la clase del viernes por la tarde, el maletero del coche se llenaba con lo necesario para pasar esos días lejos de Murcia y ya de noche vislumbrábamos a lo lejos las luces de la localidad costera. Eran esas unas jornadas de juegos al aire libre, de calles solitarias sin asfaltar ofrecidas en exclusiva para nuestras bicicletas, de balonazos y porterías con dos piedras en los descampados que tanto abundaban y de anocheceres muy tempranos con tebeos y programas de televisión. 

 El pueblo estaba prácticamente desierto, apenas permanecía gente del verano a esas alturas del año. Eso propició entablar amistades que se mantuvieron durante mucho tiempo con muchachos que venían del vecino Pilar de la Horadada atraídos por el reclamo de los partidos de fútbol. Y a la vez,  suponía también sociabilizar con personas de ambientes muy distintos a los de los veraneantes murcianos. Eran años en los que dicha localidad alicantina presentaba una apariencia muy diferente a la de ahora, como sucede en realidad con muchas otras poblaciones. No se percibía aún su actual cosmopolitismo, ni su progresivo desarrollo económico, con el turismo como  buque insignia. Era un pueblo pequeño, más ruralizado y con un marcado carácter agrícola, que aún pertenecía al ayuntamiento de Orihuela. Ya digo, en esos inviernos de playa abandonada y desierta forjamos amistades entrañables con aquellos muchachos pilareños  que aparecían por la Torre de la Horadada en sus bicis y motocicletas atraídos por el gusanillo del fútbol.

La tradición de los encuentros futboleros de los fines de semana se mantuvo durante muchos años. Se organizaban éstos de manera informal, íbamos vestidos de calle y jugábamos en cualquier solar abandonado que tuviéramos a mano. Cuando llegaba la primavera y las tardes se alargaban, aumentaba la animación y más gente se sumaba a estas pachangas. En cierta ocasión hubo una anécdota  que refleja el gancho de aquellos partidillos. Durante una tarde de sábado, allá por el mes de mayo, mientras corríamos detrás del balón en un descampado que había en una calle que llevaba a la plaza del pueblo, desierta y de tierra, pasó una camioneta de reparto de gaseosas o algún otro tipo de refresco. El joven que la conducía frenó y se detuvo a contemplar las incidencias del juego. Al cabo de unos momentos se bajó y nos preguntó si podía jugar un rato con alguno de los dos equipos. Como aquellas sesiones futboleras eran de una informalidad absoluta, le dijimos que no había inconveniente. Nos reorganizamos  y poco después corría detrás de la pelota como nosotros. A los 20 o 25 minutos miró su reloj, le dio un ataque de responsabilidad y nos comunicó que debía seguir con su reparto. Lo bueno es que como su ruta habitual coincidía con esa zona, todos los sábados, durante una buena temporada, aparecía en medio de los partidos y se sumaba a ellos durante una media hora para seguir a continuación con la entrega de refrescos.

Por lo demás, aquellos fines de semana invernales y de playa son parte del tiempo familiar más inmortalizado por las viejas fotos en blanco y negro que hacía mi padre con una máquina fotográfica que yo recuerdo ahora recubierta de cuero marrón. Al llegar a Murcia había que llevar los negativos a Orga para, al cabo de unos días, contemplar ese tiempo detenido que quedaba para el recuerdo. Como el de esa foto con mi hermano Guillermo que ha dado pie a estas líneas.

38- Un partido de fútbol en Campoamor

 38- Un partido de fútbol en Campoamor

 En el verano de 1967 tuvo lugar el primer y único partido de fútbol jugado hasta ahora (no importa de qué categoría) entre la Torre de la Horadada y Campoamor. Expliquemos la génesis de este trascendental evento deportivo que tanta influencia tuvo en el balompié patrio. 

En la Torre no había en esa época muchos veraneantes, todos nos conocíamos y teníamos una relación de vecindad muy cercana. Básicamente se trataba de familias murcianas cuyos padres se convertían en pundonorosos "rodríguez" durante algún mes de la canícula. En agosto era cuando llegaban los días de asueto para la mayoría de ellos, cuando se organizaban verbenas y aumentaba la vida social típica de chiringuito, sangría y televisores en blanco y negro por la noche en la puerta de las casas, allí donde los vecinos se arracimaban en sus silletas frente a la pantalla para ver "¿Es usted el asesino?"

A una de esas entrañables familias pertenecía Tolo (Bartolomé) López Bernal, buen amigo de aquellos años y compañero de partidos de fútbol junto a mis primos en los innumerables descampados que había en esa villa costera, de baños playeros, de excursiones... estamos hablando de críos de 10, 11 o 12 años. 

Pues bien, en el verano de 1967 Tolo y su familia comenzaron a veranear en Campoamor. Nosotros, en la Torre, seguíamos entregados sin descanso al juego de los balonazos vespertinos, después de la merienda, en los múltiples solares sin construir que había por aquel entonces. Y nos llegaban noticias de que los chavales de la Dehesa de Campoamor también cultivaban esa sana afición. Era cuestión de tiempo que, con Tolo como intermediario, organizáramos algún épico encuentro futbolero. Y así fue. Nuestro amigo se encargó por su cuenta de reclutar un aguerrido equipo y en nuestro caso, mi querido y añorado padre ofició de seleccionador nacional de la Torre de la Horadada. Ya solo faltaba ir al Bazar Murciano y comprar una equipación acorde con la gesta que pensábamos realizar. 

Al final, cierto día de agosto se celebró el match. Yo jugué de extremo derecho, metí un gol y lancé un disparo al larguero. De poco más me acuerdo. Las neuronas me fallan al intentar recordar el resultado, aunque sí es seguro que los torreños vencimos con cierta holgura. Pepe, hermano mayor de Nito, otro buen amigo de la niñez y pionero de los veraneantes madrileños, se fue disparado como una bala en bicicleta hacia la Torre, tras contemplar el partido, para anunciar a los vecinos la victoria de nuestro equipo, cual si fuera el mítico corredor atenienses que dio origen a la carrera de Maratón. 

Incluso nuestra gesta salió en los papeles. El gran José Víctor Rodríguez, el que fuera más tarde mítico entrenador del Real Murcia, por aquellos años colaboraba como redactor de deportes en el diario Linea y veraneaba a su vez en la Torre de la Horadada. Gracias a él, una pequeña reseña, una minimalista crónica, dio noticia de aquel partido. 

Han pasado muchos años y he perdido el contacto con la mayoría de los protagonistas de aquella tarde feliz. Recientemente supe que Tolo, de quien no tenía noticia desde hacía mucho tiempo, nos había dejado años atrás, lo cual me provocó una gran tristeza. Esté donde esté, espero que le hayan gustado estas líneas donde se le recuerda con afecto y cariño. 

37- Un amor de playa

 37- Un amor de playa

 Cuando tenía 11 años me enamoré de una chica de 13. No lo tuve nada fácil, pues yo no dejaba de ser un crío para ella y en su pandilla había muchachos “muy mayores” de 13, 14 o 15 años que hablaban del examen de reválida de cuarto y de otras cosas importantes y trascendentales. El caso es que yo andaba nervioso cuando la veía en misa o en la playa y si me miraba de manera accidental intentaba hacerme el interesante, aunque en realidad me volvía torpe y patoso.

 Primeros amores que te ponían mariposas en el estómago y te hacían sentirte un héroe romántico en plena adolescencia. Esta canción fue una de las bandas sonoras de aquellos enamoramientos primerizos: La playa de Marie Laforet.

36- Más sobre aquellos veranos

 36- Más sobre aquellos veranos

 Esto va dirigido a quienes veranearon en la Torre de la Horadada allá por los 60 y 70.

¿Os acordáis de las verbenas del bar Mónaco, del Tablitas, de las catequesis de Don Antonio Roda, de las calles de tierra, de las bicicletas Orbea, de la elección de rey y reina de las fiestas en el cine Horadada, del puesto de churros y patatas fritas en medio de la desierta y polvorienta plaza, de las excursiones a Río Seco, del embarcadero con Carmelo el Pescador remendando redes y sin el puerto que tanto degradó el paisaje, del tambaliche La Alegría de Joaquín, de los litros de Evaristo…?

 Años de infancia y juventud, de inocencia y sensaciones puras en los que uno sentía que la vida se abría paso con la emoción de descubrir cosas nuevas y reveladoras.

 

35- La Torre de la Horadada

 35- La Torre de la Horadada

 Murcia es una región costera, con el Mar Menor como joya de la corona de su vocación marina. Goza, pues, de un litoral punteado con playas de finas y doradas arenas. Una de sus salidas naturales al mar es la que le proporciona la alicantina Torre de la Horadada, cuestiones administrativas al margen, con sus pequeñas calas tan bien conocidas por las murcianas gentes. Yo descubrí este bello enclave siendo muy niño, a principio de los 60

 La Torre de la Horadada que conservo en el disco duro de mi memoria ya no existe. Playas semisalvajes de aguas cristalinas separadas por rocas con hábitats plenos de pulpos, meros, cangrejos, erizos y morenas, calles de tierra sin asfaltar, noches sin alumbrado público con cielos estrellados, tormentas de verano que fundían la precaria luz de las casas mientras asistíamos con velas al apocalipsis de truenos y relámpagos con el rumor del oleaje de fondo, la calma del mar y el cielo azul de la mañana siguiente… Os juro que no lo soñé.

34- El juego del cuchillo en la playa

 34- El juego del cuchillo en la playa

 Bajabas a la playa y te sentabas a la sombra del toldo haciendo un círculo con los amigos. Normalmente traías alguna pieza de fruta que te comías a lo largo de la mañana y un cuchillo. Pero éste no era para pelar el melocotón o la manzana. Con ese cuchillo jugabais a un juego que consistía en lanzarlo con la mano derecha desde diferentes posiciones de la mano izquierda, del brazo y del hombro en que lo apoyabais, para clavarlo con claridad en la arena. Al final de la partida se armaba un montículo y allí se sepultaba el cuchillo. El perdedor, entre chanzas y bromas de los demás, lo tenía que sacar de entre la arena con la boca. Y después de este ritual, todos corriendo al agua, sin otra preocupación. No había entonces móviles para grabar todas estas gansadas y colgarlas en el WhatsApp, Instagram, FaceBook, TikTok y demás sombras de las sombras de la caverna. Pero vivíamos el momento con intensidad sin pensar  que éste era más importante difundido que vivido.

La playa era sinónimo de felicidad. El hecho de estar situada al fondo de un pequeño acantilado la aislaba de alguna manera del pueblo que desde la arena lo imaginabas arriba, en otro plano, y eso te hacía sentir que estabas en un ámbito apartado, era como entrar en otro mundo. Parecía que allá en lo alto, en las calles polvorientas, en la civilización, dejabas parte del lastre con que la vida te va cargando y al bajar a la arena y a las olas te sentías más ligero, más libre, entrabas en otra dimensión más pura, había como un adanismo, una vuelta a lo primordial no maleado por las experiencias del día a día.  Te era muy sencillo entonces dejarte llevar por  sensaciones primarias, procesadas sólo por los sentidos sin ningún tipo de  interferencia mental que las desnaturalizase. La impresión del primer contacto con el agua, el sol, la brisa, las olas, toda esa catarsis sensorial te despojaba de contaminaciones del pensamiento provocadas por la inevitable dimensión social en que nos movemos. Era, pues, como instaurar en nuestra vida la faceta de "buen salvaje" que llevamos oculta en algún pliegue apartado de nuestro ADN. Por eso, tras los tres mese de veraneo habituales de aquella época, la vuelta a la ciudad, a la civilización, tenía algo de traumático, no por el abandono de la vida ociosa y la llegada de las obligaciones, sino por el contrate entre el reinado de los sentidos y la vuelta a la vida reglada, con el consiguiente embridamiento de aquellas sensaciones puras de las olas y la arena.

Hubo un año  en que un joven veraneante, amigo de la familia en aquella época en que todos nos conocíamos, decidió llevar al extremo esa inmersión en el universo playero. Bajaba  a primera hora de la mañana con una hamaca, una toalla, un libro, fruta y algún "emparedado", como se llamaba entonces a los sandwichs, y no subía al pueblo hasta que oscurecía. Tostado por el sol, con el aspecto de un náufrago, un rincón en el extremo de la cala donde nos bañábamos fue su hogar durante los meses estivales. Imagino la complicada transición que tuvo que experimentar a su regreso en septiembre a la vida urbana. Pero no era difícil percibir  la plenitud que sentía durante aquellos días de  abandono a la orilla del mar.

De vez en cuando las madres preparaban fiambreras y comíamos en familia bajo el toldo. Esto se solía programar durante el desayuno o el día de antes. “Mañana comemos en la playa”. Ese pensamiento le daba un aliciente extra al baño. Pero luego, después de dar cuenta de la tortilla de patatas con tomate frito o los filetes empanados junto con los refrescos, con el cuerpo lleno de arena y el sopor de la siesta, daba un poco de bajón y uno prefería en ese momento estar  tumbado en la cama leyendo tebeos del Capitán Trueno.

Por las tardes la playa quedaba semidesierta, no como ahora en que la gente la ocupa con sus sombrillas poniendo en valor el baño vespertino. Aprovechábamos entonces para jugar partidos de fútbol que se eternizaban hasta que la luz iba declinando y apenas se veía. Eran  esos años de la primera juventud en que comenzaban a escasear los descampados y la colonia veraniega se expandía con nuevas edificaciones. Con dos cañas cortadas disponíamos de una portería. Luego de muchas carreras y muchos balonazos venía el capuzón en el agua. Cuando terminábamos era ya la hora de la cena.

 Recordando aquellos días de sol, olas y viento, a salvo de las preocupaciones del invierno, no me fue difícil captar años después, cuando la escuché por primera vez, el espíritu de aquella canción de Vinicius de Moraes, "Tarde em Itapoã" en que describía la sensación del la mirada olvidada en el encuentro de cielo y mar, los espacios serenos sin ayer ni mañana escuchando el mar de Itapoa, la estera de mimbre en la arena, el escalofrío del viento que trae la noche...


 

33- "Ahora que vamos despacio..."

 33- "Ahora que vamos despacio..."

 Pasábamos cerca de alguna era amarillenta llena de rastrojos y pimientos secándose al sol del verano. Atravesábamos luego pinadas llenas de un aire muy azul y aromático. Llevábamos alguna cantimplora, pero nunca se calmaba la sed de vivir y de descubrir cosas nuevas. Aquellas excursiones de la niñez... "Ahora que vamos despacio, ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras...".  

Caminábamos a través de ese territorio lindante con la costa pero despojado a la vez del carácter marino habitual de aquellos días estivales. Nosotros, niños de ciudad, transitando  por ese enclave tan de secano captábamos pequeñas señales, de modo muy sensitivo, que nos hacían intuir muy lejanamente aquel mundo rural de sabores y olores tan distintos a los de nuestra urbanita vida cotidiana. Aunque no desapareciera totalmente de nuestra vista la lejana línea azul de la playa, ese entorno seco y silvestre parecía refractario a la arena y a las olas, era otro mundo tras el que se sospechaban labores de campo y gentes muy diferentes a los veraneantes procedentes de la ciudad. Apenas te alejabas mínimamente de la costa, sin necesidad de perderla de vista, descubrías una vida despojada de aquel espíritu playero que nos envolvía durante los veranos. Sabías que había personas que vivían muy cerca del mar y llevaban existencias indiferentes a su atracción y su disfrute. Nuestras familias, en cambio, se desplazaban desde mucho más lejos imantadas por la playa, buscando  la máxima cercanía a los rompientes de las olas. Eran dos universos diferentes.  Apenas te internabas hacia el interior desaparecía esa incipiente modernidad que proporcionaba aquel turismo primerizo  para ingresar en un mundo arcaico de labores agrícolas y vida antigua.

Sí, nosotros, en aquellas horas vespertinas, caminábamos por esas pinadas y campos resecos por el sol del verano desde donde vislumbrábamos las pequeñas calas de los baños del mediodía. "Esta tarde, excursión a los pinos" había propuesto alguien de la pandilla, entre capuzones y juegos en la arena. Cantimploras y bocadillos quedaban pues pendientes de preparar para después de la siesta. Eran excursiones parecidas a las que hacíamos de  pequeños con nuestras madres, tías o abuelas, mientras los padres pasaban el verano en Murcia con sus pluriempleos. Pero ahora, ya entrados en la adolescencia, íbamos solos y con visiones e inquietudes muy diferentes

 Más tarde, entre risas y bromas llegábamos a las dunas y jugábamos a las prendas. Allí el rubor de aquella muchacha tan tímida te hizo desertar de tu mundo feliz de juegos y tebeos. Estaba anocheciendo y a lo lejos se sentía el rumor del mar.

32- Los veranos de la Torre de la Horadada en los 60

 32-  Los veranos de la Torre de la Horadada

 Cuando junio daba las boqueadas y Pedros y Pablos celebraban su día, las bacas de los seiscientos, gordinis, doscaballos, etc comenzaban a cargarse de bultos asegurados con cabos elásticos por los pluriempleados padres de familia de la época. Nuestro destino era la costa, a la que llegaríamos tras un viaje jalonado por alguna venta donde la gente paraba para refrescarse y degustar embutidos caseros. 

 Cuando por fin llegábamos al mar, tras intuirse éste mucho antes en la lejana y tenue línea azul que aparecía tras algún pronunciado cambio de rasante, le tocaba el turno al meyba  para pasar las horas entre el sol y las olas, guareciéndonos de vez en cuando bajo la sombra de algún toldo mientras  practicábamos el juego del cuchillo en la arena. Nos lavábamos la cabeza en el agua con champú Edelmira, ese que venía en un pequeño tarro verde con tapón blanco. Por todo protector solar utilizábamos Nivea. 

 Nosotros nos bañábamos habitualmente en la playa de los Jesuitas. La del Conde estaba siempre desierta, era una playa de culto, el UHF de las playas, una reserva virgen, salvaje, sin domesticar. En uno de sus extremos, en la Cola del Caballo, había abundancia de pulpos, meros, morenas y magres. Años más tarde, de manera tímida, alguna familia pionera la fue colonizando, aunque mantuvo durante mucho tiempo ese carácter de cala no civilizada, de último territorio comanche de la Torre, como si fuera la Isla de la Tortuga del pirata Morgan. 

Ponerse entonces unas gafas de bucear era asistir a un espectáculo increíble, que ya no conocerán nunca los veraneantes actuales. El mar era pródigo y generoso, como bien sabían mi querido y añorado tío Mariano y sus compañeros de pesca submarina, Matías Ros, Jaime Gadea y otros que no recuerdo ahora mismo. 

 Tras el baño, después de limpiarnos con algodón y aceite el "galipote" de la playa, con la sensación de la sal en la piel, venía la comida familiar y la obligatoria siesta ejecutada bajo la supervisión de las madres y las abuelas. Todo esto se podía sobrellevar si teníamos a mano algún tebeo del Capitán Trueno o del Jabato. 

La siesta concluía técnicamente cuando alguna mujer comenzaba a rociar a mano la calle con un cubo de agua. A la vez, ese momento solía coincidir con la llegada del confitero ambulante, con las palmeras, los palos catalanes y las mediaslunas dentro de una pequeña cámara acristalada adosada a una bicicleta. 

 Después de la merienda emulábamos a base de balonazos a los Pirri, Amancio, Rifé o Sadurní de la época en alguno de los muchos  solares desiertos que jalonaban aquel enclave costero.

La iglesia estaba a medio construir y en ella, entre ladrillos y hormigón, don Antonio Roda, sacerdote llegado de Orihuela, decía misas turnándose con don Arturo, canónigo de la catedral de Murcia y avezado jugador de dominó en aquellas sobremesas veraniegas. Los poderes públicos de la época ya habían descubierto el filón del turismo y el mito de las suecas circulaba entre las mentes más calenturientas. De ahí que don Antonio, cuando recorría las calles después de la siesta llamando a los niños a la catequesis con un megáfono proclamara de vez en cuando: "Señor, en otras playas te ofenden y en ésta te reparamos". No creo que el Ministerio de Información y Turismo se diera por aludido. También a media tarde, el escultor don José Sánchez Lozano, grave y austero, salía del caserón Buenos Aires, junto al acantilado de la playa de los Jesuitas, para dar su paseo vespertino. 

Luego, como tal vez esa noche el Cine Horadada daba "Los chicos con las chicas", de Los Bravos, o "El Guateque" de Peter Seeller, había que preparar bocadillos de tortilla francesa a toda prisa y requisar todos los posibles cojines de la casa. La felicidad podía estar agazapada en esas horas al aire libre, bajo las estrellas, visualizando alguna película en cinemascope. 

Faltaba ya poco para que el laborioso Evaristo aterrizara para montar en la plaza del pueblo su comercio, desde el que marcó toda una época. El Estanco, con Pepe y Maruchi, ponía un punto entrañable en la calle que iba desde la Rambla hasta el viejo cuartel de la Guardia Civil. Enfrente, en el bar Mónaco, habia un tocadiscos de monedas y un televisor que en las siestas de julio retransmitía las gestas de Eddy Merckx. Y los Beatles aún no se habían separado. 

 Por aquellos veranos, Carmelo el Pescador remendaba redes en el embarcadero antes de salir a la mar, ya de madrugada, para echar el trasmallo, un arte de pesca del que era un auténtico maestro. Mientras,  Domingo se enseñoreaba del sector hostelero desde la terraza del Tablitas. Alto y enérgico, con su bigote a lo Gilbert Roland, surtía de paellas a los veraneantes con una consumada pericia. 

De vez en cuando pasaba el carro del vendedor de hielo, el "Manchego" vendía quesos por las casas y el "tío Fructuoso", con su pequeña balanza romana, ofertaba desde un carromato su mercadería, entre la que se hallaba siempre alguna pieza frutal de la que había que desalojar algún gusano, pero que tenía un sabor que ya no volveremos a recuperar nunca.

Por lo demás, las calles polvorientas, sin asfaltar, eran el reino de las orbeas y las beaches. Sin alumbrado público, las noches nos deparaban un observatorio astronómico privilegiado a la orilla del mar, con cielos estrellados que se nos caían encima y que no conocerán ya las generaciones venideras. 

 Casi todo el mundo se conocía en esa época en La Torre de la Horadada. Allí estaban los Guillamón, los López Matencio, los López Bernal, los López Dávalos, los Botija, los Fontes (esa familia encantadora que venía todos los veranos desde Sevilla), los Rodríguez de Miguel, (con José Víctor ejerciendo de hermano mayor, retirado prematuramente como futbolista por un problema cardíaco, aunque luego triunfaría ampliamente como entrenador), los Forcén, los Pujalte y otros que me dejo en el tintero.

Son muchos los recuerdos y podríamos seguir por tiempo ilimitado con ellos, auténticos lugares comunes ya repetidos muchas veces. Las verbenas, el cine de verano, las excursiones a Río Seco ("ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras...") mientras bordeábamos las eras llenas de ñoras y pimientos esparcidos secándose al sol, los bailes inocentes tirando de picú... 

Bicicletas Orbea, guateques, verbenas, primeros amores de verano con promesa de reencuentro, iniciaciones... era un tiempo de descubrimientos y despertares; al regresar a Murcia en octubre para comenzar las clases ya no seríamos los mismos, algo en la nueva mirada que echábamos sobre las cosas delataba que la infancia iba quedando atrás.

Y cuando comenzaba a refrescar por las noches y ya no venía mal llevarse alguna rebeca al cine, los pluriempleados padres de familia, asumiendo que tocaba a su fin la gloriosa libertad que les había concedido su condición de "rodríguez", comenzaban a cargar nuevamente las bacas de los seiscientos, gordinis, dos caballos, etc. El verano se acababa.

(Adenda: considero que, aunque administrativamente pertenezca a Alicante, la Torre de la Horadada es una salida natural de Murcia al mar. Durante décadas, toda la sociología de este enclave costero ha girado en torno a los murcianos, quienes, salvo algunos pocos madrileños enamorados del lugar, constituían la población flotante de los veranos)

31- Don José Valverde. El Pichilate

 31- Don José Valverde. El Pichilate

 Estamos ante uno de esos personaje entrañables asimilados desde hace tiempo a nuestra memoria colectiva. Y ha sido glosado por eximios cronistas en muy sentidas semblanzas. Poco más hay que añadir. 

  Siendo yo un crío ya lo asimilaba a lo más popular, a lo cotidiano de los encuentros y saludos en las aceras, era una presencia muy próxima del vecindario, alguien que se daba a conocer por su continua cercanía. Lo recuerdo desde que tengo uso de razón, siempre en las calles de Murcia, en su "bendita calle", como decía aquel personaje hipersociable de Fortuna y Jacinta.  

Y desde muy pequeño me daba cuenta de que estaba ante una persona muy especial, con sus andares tan rápidos, recorriendo incansable el dédalo del callejero murciano desde su querido San Antolín, saludando a tanta gente, a tantos conocidos, con sus particulares y graciosas gesticulaciones. 

Luego, conforme fui cumpliendo años y dejé la niñez descubrí que José Valverde, el Pichilate, era el vecino con la mirada más limpia e inocente de la ciudad. Una mirada que mantenía el candor primigenio de los que no se han internado ni se internarán nunca en el maleado mundo de los adultos. Y tenía su carácter, si era necesario sacaba a pasear su genio. Los seres de luz también tienen derecho a ponerse en su sitio. 

Sí, era sociable y comunicativo. Y con sencillas devociones que lo acercaron a la Semana Santa y lo hicieron partícipe de ella para su alegría y emoción. Y tal fue su popularidad, que el Ayuntamiento le dedicó una placa conmemorativa de la que se sentía muy orgulloso. 

Ya digo, estamos ante alguien que permanece en la memoria colectiva de varias generaciones de murcianos, que habitaba de continuo escenarios muy recordados por nosotros, paisajes urbanos muy nuestros. Alguien que siempre asociaremos a una Murcia que se aleja cada vez más por el paso inexorable del tiempo que todo lo borrará.

30- Salzillo, el espíritu del Viernes Santo en Murcia. El prendimiento

 30- Salzillo, el espíritu del Viernes Santo en Murcia. 

 Aquellos madrugones de la infancia, los redobles de los tambores con la sordina de los paños, el sonido de la “burla”, las monas con huevo mezcladas con el sueño, mi madre y mi abuela sacando sillas a la calle antes del amanecer para tener un sitio privilegiado desde donde contemplar el resplandor de los salzillos... Eran los viernes santos de nuestros primeros años, tradiciones entreveradas con la memoria, mañanas primaverales que dejaban atrás el invierno a golpe de azahar y llenaban las calles murcianas de obras de arte con escenas evangélicas trágicas  y anunciadoras de un tiempo de penitencia. Mezcla de expiación y embriagados sentidos, de recato y sensualidad latente, de contrición y deseo desatado, durante esos días se represaba lo que estallaría después del Sábado de Gloria. La cumbre de esas jornadas penitenciales llegaba cuando amanecía ese viernes que nos recordaba un drama sucedido veinte siglos atrás. Y allí estaban los salzillos para escenificarlo y mostrarlo al pueblo: era la continuación de aquella didáctica tan encomendada por la iglesia para ilustrar a las gentes sencillas que no podían leer aquellas biblias de antaño escrita en latín. Para eso estaban los salzillos, para ilustrar a la grey con sus escenificaciones. Viajero, vengas de donde vengas, si tus pasos te acercan a la barroca y hospitalaria ciudad de Murcia, no dejes de visitar el lugar donde se guardan las máximas obras maestras de la imaginería española del siglo XVIII. Allí podrás apreciar las altas cotas a las que llegó la escultura religiosa en la España del Setecientos.

 El hijo de un escultor italiano, que se había establecido en este luminoso y fértil lugar del sureste español, llevó a cabo durante su larga existencia, siempre bajos los cielos murcianos, una obra sin parangón que transita por el siglo atravesando estilos, desde el más puro barroco hasta el neoclasicismo, ya en las postrimerías de su vida.

Fueron muchas décadas de alumbrar obras maestras ya desde la bocetación en dibujos, de crear escuela que perdura hasta nuestros días (preguntad por la tradición belenística de esta tierra, investigad quién fue José Sánchez Lozano, fallecido no hace tantos años) y de dejar en multitud de templos de la región y tierras vecinas su genial impronta en imágenes que ya querrían para sí los mejores museos del mundo.

Yo recuerdo ahora la impresión que me producía en esos lejanos viernes primaverales la escena del Prendimiento, cuando avanzaba por las calles abigarradas y se detenía con los costaleros cogiendo aire y afianzando el enorme paso con los soportes de madera. Dejaré para los expertos el análisis técnico de ese grupo escultórico e intentaré describir, desprovisto de cualquier conocimiento académico previo, partiendo de una declarada ignorancia de la materia imaginera, las sensaciones que me genera la contemplación de esa escena de la Pasión con mis ojos de "buen salvaje".

Y observo una plástica del movimiento portentosa en esa enérgica curva invisible que describe la espada de San Pedro. La sensación cinética es tan real que después de tantos siglos no comprendo cómo no está ya ensartado el esbirro caído en el suelo. Y algo más atrás, un hombre con rasgos faunescos, pelirrojo (parece ser que en la iconografía de la época los malos y atravesados  eran zurdos y de cabello bermejo) da un beso excesivo -como para convencer a alguien de que está besando realmente- a otro hombre que lo observa de soslayo, sin perder la dignidad, con una mirada serenísima pero muy grave que confirma que los pasos de un drama inmenso originado desde el principio de los tiempos se van cumpliendo inexorables, sin posibilidad alguna de que no se den. Detrás lo contempla todo un soldado no muy tendente, parece ser, a los gestos bondadosos y con el que no convendría mantener contenciosos demasiado serios en la vida cotidiana. La escena en su conjunto respira una belleza inefable, que no encuentra palabras para ser descrita, unida a una tragedia que se prevé terrible...

Viajero, si tus pasos te traen por la barroca y hospitalaria ciudad de Murcia pregunta por Francisco Salzillo.

29- De colmados y ultramarinos

 29- De colmados y ultramarinos

 Unos más modestos que otros, aquellos colmados, aquellas tiendas de ultramarinos de la época, apuntalaron en tiempos difíciles la subsistencia de los más menesterosos porque fiaban productos básicos en momentos críticos, con la credibilidad que daba la proximidad, cuando todo el mundo se conocía y estaba al tanto de las circunstancias por las que atravesaba cada vecino. Azúcar, aceite, cereales, legumbres, huevos... el suministro de estos artículos de primera necesidad lo aseguraba el probo y laborioso tendero que calculaba las cuentas con aquel lápiz que llevaba encima de la oreja.  

Poco a poco despuntaban también los establecimientos que intentaban satisfacer las apetencias de los clientes más exquisitos.

 Y había, entre ellos, tiendas de comestibles con solera, de tradición familiar, cercanas, exponentes de una Murcia que oteaba ya modernidades pero que todavía anclaba muchos paradigmas en tiempos pretéritos. Se daba el trato próximo, la confianza, la comunicación: hablamos de negocios gestionados por avezados menestrales del comercio al por menor que intuían los gustos del cliente y trataban de satisfacerlos con eficacia. 

 Digno era de ver el impecable corte de los excelentes ibéricos que atestaban los mostradores, lejos de los hiperprocesados y plastificados actuales. Qué decir del despliegue de quesos de toda naturaleza y origen, de los selectos patés, parientes ricos del humilde foie-grass de los bocadillos del recreo, de las latas de los más elitistas frutos del mar, del novedoso huevo hilado que colonizaba toda mesa navideña que se preciara… Podemos hablar de auténtica excelencia a la hora de surtir a la clientela de productos que generaban unanimidades y convencidas aceptaciones entre los paladares más exigentes. En aquella sociedad nada globalizada comenzaban a aparecer delicatessen prestigiadas por el marchamo que les daba su condición de artículos importados.   

La sabia recomendación de exquisiteces, la solvencia a la hora de buscar proveedores para los artículos de mayor calidad, la eficacia para llevar al escaparate los productos más exclusivos, todo ello nos hablaba de una actividad llevada a cabo desde la vocación y el conocimiento. No puedo dejar de acordarme aquí de Sánchez-Pedreño, de La Fonda Negra y de algún otro establecimiento donde se apostaba también por lo más escogido. 

 Eran comercios que perduraban a través de generaciones, de dinastías dedicadas al noble oficio de proveer de comestibles a los vecinos de aquellas épocas. Pero esa tradición se perdió con la llegada de las grandes superficies y el desembarco de fondos de capital en el negocio de la alimentación.

Era otra batalla perdida por el pequeño y entrañable comercio murciano.

28- Anita y Matías, tienda de comestibles

 28- Anita y Matías, tienda de comestibles

 ¿Alguien recuerda una tienda de ultramarinos que había en la calle Santa Teresa? Era el típico establecimiento de la época con sus panderetas de sardinas en salazón, sus buenos embutidos que se cortaban en rodajas con grandes cuchillos, sus sacos abiertos de legumbres... En fin, esos comercios de alimentación previos a las grandes superficies, tantas veces descritos y evocados. Comercios familiares que generaban una confianza absoluta en el género que se exponía para su venta. 

  Este establecimiento lo llevaba un matrimonio vecino, Matías y Anita. Muy buena gente, amigos de la familia, nuestra tienda de toda la vida. Matías era algo bromista y Anita una mujer muy dulce, la bondad personificada. Todavía recuerdo la disposición de aquel local de pequeñas dimensiones, con dos puertas a la calle y el mostrador en alto desde una pared a la otra. 

  De buena mañana te hacían unos bocadillos magníficos de atún o caballa con mayonesa (de unas latas enormes que había en el mostrador) con los panecillos que habíamos comprado previamente en la panadería Carlos ubicada en el otro extremo de la calle.  Esto te resolvía con creces el almuerzo del recreo en el colegio.

Matías era, por otra parte, compañero de pesca submarina de mi tío Mariano. Muchos fines de semana hacían excursiones, junto con otros amigos, hacia enclaves de la costa muy habituales para la práctica de aquel deporte. Se iban de "pesquera", como decían coloquialmente, y volvían con capturas dignas de aquellos náufragos de las novelas de aventuras que basaban su subsistencia en lo que conseguían buceando. El archivo familiar todavía conserva una foto dedicada de mi tío mostrando un espléndido mero recién capturado.  

Los sábados, si no íbamos a la playa a pasar el fin de semana, algún encargo en la tienda de Matías tenía continuación con una visita a "ca la Antoñica", un pequeño establecimiento cercano, en la misma acera, donde vendían refrescos, cascarujas, pipas y caramelos (recuerdo ahora los Sugus de Suchard) y que albergaba un futbolín donde jugábamos nuestras buenas partidas. 

La tienda de Matías y Anita me remite a la infancia, al barrio de San Miguel, si se le puede llamar así a ese territorio por el que nos movíamos de niños, y que para mí iba desde los Pasos de Santiago hasta Santa Teresa. Y me recuerda la familiaridad de aquellos comercios de alimentación de la época, provistos de un género más artesanal que el de ahora, de calidad probada, y donde te atendían desde la cercanía y la confianza.

 A veces, cuando voy a las grandes superficies de ahora y observo los productos de alimentación asépticamente plastificados y ordenados, recuerdo esas tiendas de ultramarinos de barrio y “colmados” donde discurría la vida y en las que accedías a texturas y aromas que nunca lograremos recuperar. Tempus fugit. 

27- La visita del practicante

 27- La visita del practicante

 A media tarde, poco antes de que oscureciera en la Murcia pequeña y provinciana de aquellos años, amable, educado, llegaba de traje gris y corbata (como la mayoría de los varones adultos de la época) y comenzaba a instalar en la mesa del salón toda su logística. A esa hora posiblemente estábamos frente al televisor viendo las aventuras de Bugs Bunny, el Pájaro Loco o las historias de Hanna Barbera. Ya habíamos merendado, poco después de la vuelta del colegio. 

Pero la llegada de este discreto personaje, todo educación, muy calvo y con gafas rectangulares de montura metálica, partía radicalmente la tarde en dos. Ya no importaban los dibujos animados. Zozobrantes, observábamos con resignación cómo oficiaba su ritual de todos los días. Montaba un fuego con alcohol y sujetando con las pinzas una cajetilla metálica, comenzaba a hervir en ella jeringuillas y agujas. Mis hermanos y yo lo observábamos agazapados en el sofá igual que el reo mira cómo los carpinteros van montando el patíbulo en la plaza del pueblo. 

No había marcha atrás. Minutos después ya habíamos recibido las correspondientes estocadas. Inyecciones de "hígado y calcio", como decíamos coloquialmente. A pesar de la destreza del prudente y eficiente sanitario, dolían. Yo me libraba poco de ellas porque estaba muy delgado, casi escuchimizado, y además en mis reconocimientos médicos anuales siempre redactaban: "biotipo constitucional: asténico". (Envidiaba a aquellos compañeros descritos en esos informes como "atléticos", pero no me cambiaba por los calificados de "pícnicos").

Mis hermanos, más robustos que yo, apenas pasaban por ese trance, solo de vez en cuando, y no perdían casi nunca el hilo de las historias del Correcaminos, que en ese momento le hacía la vida imposible al Coyote. A mí, después del sonido del timbre, se me daba una higa que éste último se despeñara por el Cañón del Colorado. Mi atención estaba puesta en las amenazantes llamas azules que encendía el practicante. 

Permitidme que lo recuerde ahora por su nombre, después de tantos años: Don José Campuzano. Un caballero, un auténtico profesional y un amigo de la familia. 

26- El ojo clínico del doctor don José Salvat

 26- El ojo clínico del doctor don José Salvat 

 Era el pediatra de la familia y tenía la consulta en la calle San Nicolás. Normalmente nos solía reconocer por las mañanas, poco antes del mediodía. La sala de espera era muy luminosa, con algún cuadro con motivos huertanos colgado en la pared. Uno de ellos, creo recordar, representaba a una mujer con una cesta llena de panochas. El despacho era muy espacioso, también con mucha luz. La mesa la recuerdo con un material de escribanía muy clásico, parecía la de un notario. Al fondo estaba el cuarto de los rayos X. 

(Esto, lo de los rayos X, nos llevaría a una digresión bastante larga. Baste decir que esta técnica de diagnóstico estaba incorporada en la mayoría de las consultas privadas de la época; la costumbre, entonces, era utilizarla a la mínima tosecilla que uno tuviera. “Quítate la medalla y quédate en camiseta sport”, nos solían decir. En los primeros años del bachillerato, con una periodicidad anual pasábamos un reconocimiento médico en el que nos hacían a todos los niños una radiografía del pecho. Allí montaban el chiringuito los sanitarios contratados por el colegio y comenzaban a tirar placas a diestro y siniestro. No se veían entonces muchos petos emplomados...)

 Pero don José Salvat Quetglas, por otra parte, tenía un ojo clínico portentoso que le ahorraba en la mayoría de las ocasiones la utilización de los rayos X. Muy serio y amable a la vez, tenía una sagacidad fuera de lo común. Siempre acertaba. En alguna ocasión, ante la preocupación de mis padres por alguna dolencia nuestra algo más seria de lo normal, sentenciaba el diagnóstico con una precisión matemática. “Tendrá mucha fiebre durante 4 o 5 días y al sexto estará restablecido”. Y vaya que si se cumplían sus predicciones. Inspiraba una confianza absoluta.

 Tras la consulta con don José Salvat, uno de los rituales clásicos de nuestra infancia, tocaba acercarse a la farmacia Sandoval a por las especialidades farmacéuticas prescritas, entre las que sin duda alguna había siempre algún inyectable que auguraba la temida visita del practicante. Pero eso ya es material para el siguiente capítulo.

viernes, 16 de enero de 2026

54- El Café Santos

 54- Las toses del camarero del Café Santos

 Pasé tardes inolvidables en el café Santos, cercano a la Iglesia de San Bartolomé. Tenía dos plantas con un salón en el piso de arriba, de forma más o menos cuadrada, con asientos corridos y pegados a las paredes. Allí quedábamos algunas tardes los amigos para tomar chocolate o café con leche mientras tonteábamos con las muchachas de las mesas cercanas, muchas de ellas con su uniforme del colegio...

El Santos era un establecimiento con mucha historia que había sido escenario de una intensa vida cultural. Diversas tertulias tenían allí su centro de operaciones. Las había de pintores, de escritores y hasta una de médicos, la pionera de todas ellas,  que se reunía en el piso de abajo. Por este local pasó, pues, buena parte de la intelectualidad murciana, gente relevante de las letras y de las artes de aquel tiempo. Miguel Espinosa, Andrés Salom, Francisco Guerrero, Antonio de Hoyos, Teresa Soubrier, Antonio Segado del Olmo, etc. eran asiduos de estos cónclaves. Es sabido que Miguel Espinosa escribió allí mismo su emblemática obra "Escuela de mandarines".

Un personaje central de todo ese tiempo fue Antonio Hernández, Antonio, el camarero del Santos. Entró allí en 1949, con diecisiete años, y se fue en 1982. Fue historia viva de este local. Se dice que cuando subía con la bandeja a servir los pedidos de los clientes tosía aparatosamente para anunciar su presencia, pues solía haber parejas en el piso de arriba que daban rienda suelta a sus efusiones amorosas confiadas en lo recóndito de algunas de las mesas.

Sí, el café Santos forma parte de nuestras vivencias de juventud y ha sido testigo de mucha vida social. Ya digo, yo tengo aún la imagen nítida de algunas tardes de merienda con apuntes, junto a compañeros de clase,  con algún examen o trabajo académico de por medio. Era entonces cuando coincidíamos con aquellas estudiantes que quedaban allí para lo mismo que nosotros. 

Cuánto azoramiento sentías si en alguna de las butacas de enfrente se sentaba, entre un barullo de libros, blocs, tazas y cucharillas, aquella muchacha que comenzaba a despertar en ti cierto sentimiento desconocido hasta ese momento y que te llevaba a fumar los primeros cigarrillos, haciéndote el duro, y a hacer poesías muy ripiosas, no como las de los eximios escritores que se daban cita entre esas mismas paredes para hacer sus tertulias. La infancia iba quedando atrás y llegaban las primeras zozobras de la juventud. Mucha historia quinceañera queda guardada para siempre entre los  ahora derruidos muros de aquel  local. 

53- El bar La Viña

 53- Charles de Gaulle en el bar La Viña

 Se ubicaba en la calle Montijo, cercana a  Trapería, y era una de las tascas más emblemáticas de aquella Murcia de nuestros años jóvenes. Todavía recuerdo al camarero, muy alto, grande y desgarbado, con el pelo blanco y una chaquetilla del mismo color, un hombre ya mayor que con aparente lentitud, mas con eficiencia, casi con solemnidad, atendía las mesas. Parecía como si Charles De Gaulle hubiera dejado temporalmente sus graves y trascendentales quehaceres al frente de la V República Francesa para servir vinos a unos barbudos con trenka y gafas de pasta pertrechados de apuntes de derecho y de química.  

Pero resulta que ese trasunto del general francés se llamaba en realidad Francisco Izquierdo  Manresa, Paco el de la Viña, un histórico dentro del mundillo de los bares murcianos, un hombre metódico cuyo local sólo cerraba un día en todo el año, el de la Romería de la Fuensanta. 

 Lugar que fue testigo de transiciones sociológicas importantes, yo conocí el bar La Viña en mi primera juventud, cuando venían tiempos nuevos e ilusionantes que tenían como banda sonora de fondo la canción "Libertad sin ira" del grupo andaluz Jarcha.

 Sí, era una de aquellas tascas que animaban el ambiente estudiantil de los 70, aquellos años de cambio y de fe en el futuro, cuando teníamos toda la vida por delante y todo parecía posible.

 Junto con La Cosechera, otro histórico de los bares,  enlazaba la antigua tradición de las tabernas de toda la vida con las nuevas  tascas que comenzaban a colonizar los aledaños del Campus universitario de la Merced, como  El Paleto, El Candil, La Taberna, El Cuervo, El Patio, etc. Pronto esa zona más o menos aledaña a las Facultades de Derecho, Química y Filosofía y Letras comenzó a cobrar una animada vida nocturna desconocida hasta ese momento. Entre jalufos, quesos, sobrasadas a la plancha y jarras de vino se comentaban las películas de Ingmar Bergman, se leía Cambio 16 y se alternaba después de clase. Los fines de semana constituían el punto de partida para iniciar recorridos que  llevaban luego, en la alta noche, hacia los incipientes y novedosos locales de copas.


25- El Bazar Murciano

25- El Bazar Murciano

 La infancia es la verdadera patria, según decía el poeta Rilke. Si eso es así, para varias generaciones de niños de Murcia el Bazar Murciano fue parte de ese inocente territorio.

 Mis primeras ilusiones, parte de mis iniciales deslumbramientos infantiles los asocio a esa tienda cuyo piso estaba un poco más bajo que el suelo de la Platería (lo que daba la impresión de que entrabas en un mundo aparte), con antiguos mostradores de madera y cristal en cuyos cajones uno intuía la existencia de pequeñas maravillas. Eran las impresiones de un niño que acababa de abrir los ojos a ese mundo de los serios y misteriosos mayores, con sus altos e incomprensibles asuntos. 

Desconozco si en otras ciudades habría alguna juguetería con el mismo poder de fascinación que para los infantes de esta tierra tenía el Bazar Murciano. Sería la calidez de las luces, el talante de los empleados, cómo estaban dispuestos los juguetes..., el caso es que para los más pequeños de la ciudad entrar en esa tienda era adentrarse en un ámbito mágico que nunca olvidarían. Y no cabían más unanimidades en torno a ese entrañable establecimiento. Desde los más aplicados a los más díscolos, desde los más pequeños a los que iban para zangolotinos y se resistían a abandonar la niñez, todos compartían la misma mirada hacia aquel rincón lleno de sueños infantiles. Por eso ahora, de mayores, tenemos mitificado aquel baluarte del pequeño comercio murciano de la época, barrido años después por las grandes superficies.

 Todavía puedo recordar cómo conforme se acercaba la Navidad todo allí iba entrando en efervescencia hasta la apoteosis final de la Noche de Reyes (Papá Noel ni estaba ni se le esperaba). Sus Majestades, en su itinerario desde Oriente, completaban sus listas de regalos, sus peticiones más escogidas, en este mítico bazar mientras sus camellos se reponían del largo viaje con manojos de alfalfa recogidos en pequeños zapatos. 

Pero uno iba creciendo y modulando la visión de los primeros y tiernos años. Aunque ya no cabía el deslumbramiento de los juguetes, comprábamos con mucha ilusión camisetas para equipar al pequeño club de fútbol que habíamos formado algunos adolescentes en los veranos de la Torre de la Horadada. En aquellos tiempos en que todavía no se intuía el "usar y tirar", recurrentemente llevábamos allí nuestro balón de reglamento para que nos lo remendaran. Siempre se encargaba de esta gestión un empleado muy amable de cara pálida y pelo entre castaño y rojizo, peinado pulcramente con brillantina.. También nos vendía cremas para curtir ese esférico recién reparado al que todavía le quedaban muchos años de vida después de tales cuidados y atenciones. 

Mas el tiempo fue pasando, atrás quedaron la infancia y la adolescencia, la vida salió al encuentro, como decía aquel escritor de la época, llegaron las grandes superficies, China entró en la Organización Mundial del Comercio, la Ronda Uruguay bajó drásticamente los porcentajes arancelarios y nuevos paradigmas modificaron los enfoques comerciales y lúdicos de muchas cosas.  

A pesar de todo, en un rincón de nuestra memoria quedó para siempre el recuerdo de aquella pequeña patria infantil. 

24- La modernidad: la venta a plazos

 24- La modernidad: la venta a plazos

  La venta a plazos, en su momento una novedad revolucionaria en el comercio, dinamizó la economía y facilitó el acceso de nuevas capas poblacionales al disfrute de cada vez más sofisticados artículos, todos ellos producto del imparable avance tecnológico. A los hogares iban llegando los llamados electrodomésticos, aparatos que hacían más llevadera y cómoda la vida cotidiana. Se tenía la sensación de que estábamos accediendo a una cierta modernidad. La publicidad era otro componente de esa emergente cadena de producción que comenzaba en la planta industrial y finalizaba en la intimidad del hogar, con el disfrute de las prestaciones de unos aparatos que ahora nos pueden parecer piezas de museo.

Aquellos Seiscientos que dieron un impulso fundamental al parque móvil patrio, los primeros televisores, los frigoríficos que sustituyeron a las neveras de barra de hielo, todos esos adelantos tecnológicos comenzaron a ser asequibles al común de los ciudadanos gracias a las nuevas formas de pago fraccionado. 

 En la Murcia de entonces, pues, ya aparecían en los hogares lavadoras con forma de cilindro que hacían un traqueteo tremendo mientras lavaban la ropa a base de Omo y Persil, ante los admirados ojos de las amas de casa de la época, aquellas en cuyo documento nacional de identidad la profesión solía ser descrita con la genérica fórmula de "sus labores". 

Esta novedosa manera de acceder a los bienes de consumo tuvo su andamiaje jurídico a partir de la "Ley 50/1965, de 17 de julio, sobre venta de bienes muebles a plazos". Dicha norma proporcionaba garantías legales a los vendedores y contribuía a la generalización de esta práctica comercial. Todo ello catalizó sobremanera el consumo y la producción industrial, contribuyendo a un desarrollo económico que comenzó a hacerse patente durante aquellos años. 

Para llevar a cabo estas transacciones se normalizó entonces un modelo de contrato, un documento formalizado inscrito por regla general en el llamado Registro de Venta a Plazos de Bienes Muebles. Los hogares se familiarizaron entonces con las letras mensuales. El pluriempleo estaba a la orden del día para hacer frente a todos esos pagos. 

 Los anuncios publicitarios de aquellos tiempos, puro material vintage visto desde la perspectiva actual, venían a confirmar que la modernidad se abría paso, a través de un primitivo consumismo, en una sociedad con muchos anclajes en lo antiguo, que todavía remendaba los calcetines usando huevos de madera, hacía jabón con la grasa sobrante, guardaba el fiambre en la fresquera y se refrescaba bebiendo agua del botijo con un chorro de anís.


  Ley 50/1965, de 17 de julio, sobre venta de bienes muebles a plazos.

Modelos de Contrato: Se utilizaban documentos formalizados, a menudo inscritos en el Registro de Venta a Plazos de Bienes Muebles para garantizar la operación.

El SEAT 600: Fue el gran protagonista. Lanzado en 1957 por unas 65.000 pesetas, su compra masiva en los 60 fue posible gracias al pago fraccionado, convirtiéndose en el símbolo de la nueva movilidad.

Revolución en el hogar: La "letra" mensual permitió la entrada de electrodomésticos como el televisor, la nevera y la lavadora, transformando las costumbres domésticas y el papel de la mujer en el hogar.

Impacto Social: Se pasó de una economía de subsistencia a una sociedad de consumo. El concepto de "vivir a plazos" se normalizó, facilitado por el aumento del poder adquisitivo y el crecimiento económico de la década. 

 Como por capilaridad, toda esa tecnología se distribuía por todos los rincones de nuestra geografía. Como contaba en otro capítulo, aún recuerdo aquella lejanísima tarde de los 60 en que vinieron unos operarios a mi casa a dejarnos nuestro primer televisor. (Era un armatoste que se instalaba junto con un aparato más pequeño, el repetidor(?), quedando este último en una de las lejas bajas de la mesa que servía de soporte al nuevo electrodoméstico).

23- Aquella televisión

 23- Aquella televisión

 Como todavía no se había establecido en España el weekend, aquel gran logro de los sindicatos ingleses, los sábados eran totalmente laborables y los colegios tenían la actividad académica propia de un día normal. Por eso, para compensar, los jueves por la tarde no había clase y nos quedábamos en casa viendo Daktari, esa serie de televisión ambientada en el África del salacot y los colonizadores europeos, en la que salía Clarence, un león bizco la mar de simpático. 

 La pequeña pantalla era una recién llegada a los hogares, pero muy pronto comenzó a moldear nuestros usos y costumbres. Todavía recuerdo nítidamente aquel anochecer de invierno en que instalaron por primera vez en mi casa un receptor de televisión. Era pesadísimo y el operario que lo trajo llegó exhausto después de subirlo al segundo piso sin ascensor donde vivíamos, en la tranquila calle de los Pasos de Santiago, en aquella pequeña y provinciana Murcia de los años 60.

 Lo primero que vimos cuando aquel aparato se encendió fue a Bugs Bunny, el Conejo de la Suerte, con su característico saludo "¿Qué hay de nuevo, viejo?". Luego, poco a poco, los programas de televisión fueron formando parte de nuestra cotidianidad y son a estas alturas como la magdalena de Proust a la hora de rescatar del olvido sensaciones y recuerdos. 

 Todavía conservo en la memoria los peculiares sonidos de la sala de máquinas del submarino de Viaje al fondo del mar, que nos atrapaba frente a la pantalla los sábados por la tarde. Luego, después de la cena, un mapa comenzaba a arder con el sonido inconfundible de unos alegres sones de banjo y esa era la señal de que nos encaminábamos hacia el rancho de la Ponderosa, el hogar de los Cartwright y su cocinero chino.

Los viernes por la noche los agentes secretos Napoleón Solo e Illya Kuryakin, un americano y un ruso, luchaban contra una maléfica organización que quería dominar el mundo. Y Simón Templar alcanzaba algún estado de santidad que posiblemente no le constara a la jerarquía católica, por mucho aggiornamento que hubiera traído el Concilio Vaticano II. 

 Había también un fugitivo, en permanente huida y perseguido por la policía federal, que buscaba a un hombre manco para demostrar su inocencia. Y un bedel de universidad que sabía mucho de pájaros y que se llevó un millón de pesetas en un concurso donde se mostraban saberes varios. El suspense y el terror estaban asegurados, por otra parte, con aquellas "Historias para no dormir" y con esa serie cuyo título formulaba una pregunta inquietante "¿Es usted el asesino?". Desconozco si aumentó la venta de tranquilizantes y ansiolíticos en las farmacias de la época a raíz de esas producciones televisivas llevadas a cabo por Narciso Ibáñez Menta y su hijo Narciso Ibáñez Serrador.

 De vez en cuando  conectaban con los estudios barceloneses de Miramar y entonces intervenía el corresponsal, José Luis Barcelona, y en algunas ocasiones  actuaban Herta Frankel, Franz Johan y Gustavo Re, componentes de la exitosa compañía Los Vieneses que triunfó en la Europa de la posguerra, antes de acabar recalando en la capital catalana.

 Eran historias, asuntos y peripecias que ocupaban el ocio de las gentes de aquellos tiempos y abonaban los comentarios y las tertulias del día siguiente, durante el desayuno en la barra del bar, en los talleres, en los rellanos de las escaleras, en las barberías, en los recreos del colegio...

 La televisión marcó un antes y un después. Aún retornan a mi mente, ya muy lejanas, escenas y situaciones de los mediodías anteriores al reinado de la caja tonta, en los que escuchábamos el parte de la radio mientras dábamos buena cuenta de la sopa de fideos o del arroz y habichuelas. Un día concreto, el noticiario parece ser que comunicó algo muy preocupante porque el talante de mi padre se tornó grave y meditabundo mientras llenaba un vaso con sifón. Algún año después supe que estaban anunciando en ese momento el asesinato del presidente Kennedy. Esa noticia llegó, pues, despojada de imágenes y sin la película de los hechos; ya se encargaría la imaginación de cada cual de montar para sí esa trascendental  escena. 

 Esta última es una historia de los tiempos en que los hogares aún no estaban colonizados por las pantallas y permitían el libérrimo vuelo de los pensamientos y la interpretación de las cosas. Pero esas pantallas, al principio con ese blanco y negro tan característico y diferente al de los largometrajes de los cines, llegaron muy poco después y nos cambiaron la vida. Una vida que, para bien o para mal, ya no la podemos entender sin estos rectángulos luminosos que nos acompañan de continuo. Son una ventana al mundo que maravilló a los primeros y estupefactos espectadores. De pronto, en medio de una España  mayormente ruralizada -a pesar del creciente éxodo campesino hacia las ciudades en busca de prosperidad- aparecía en las viviendas un electrodoméstico de una modernidad asombrosa. Se ha contado repetidamente la anécdota de algunas personas muy mayores que llegaban a creer que los personajes que salían en la pantalla los veían a ellos, igual que ellos mismos los miraban. Hay que ponerse en la piel de esas generaciones que vivieron su niñez y juventud prácticamente en la Belle Époque, con las calles llenas de carruajes tirados por caballos, y que al final de sus días asistían a semejante prodigio tecnológico en el mismo comedor de su casa.

La televisión había llegado a Murcia en julio de 1962, aunque TVE ya llevaba algunos años emitiendo desde los estudios del Paseo de la Habana, ubicación anterior a la de Prado del Rey. Finalmente, la señal emitida desde Madrid pudo llegar a los receptores murcianos enlazando de repetidor en repetidor hasta llegar al de Aitana. La expectación era enorme, aunque al principio muy pocos hogares se podían permitir la adquisición de estos artilugios. Las aceras se llenaban de espectadores pegados a los escaparates de las tiendas de electrodomésticos donde se visualizaban  los programas emitidos desde Madrid a través de los televisores que había en oferta. En casa de algún privilegiado propietario de estos auténticos artículos de lujo se juntaban los vecinos, con la cercanía y familiaridad de entonces, para no perderse la programación del momento. Surgieron también los llamados Teleclubs, espacios públicos como salones parroquiales donde la gente se reunía en torno a los novedosos aparatos. Hasta que poco a poco su posesión se fue universalizando y era habitual en casi todos los hogares. 

 Ahora hay cada vez más pantallas, grandes, medianas y pequeñas,  marcando inexorablemente el ritmo de nuestra existencia y tal vez  cortándonos las alas para emprender vuelos más altos. Quizá haya que volver a repetir ese eslogan reivindicativo que clamaba por "la imaginación al poder" en aquel mayo francés que ya podíamos seguir a través de aquellos nuevos ingenios recién llegados a los hogares. 

22- Las novelas de aventuras de nuestra infancia

 22- Las novelas de aventuras de nuestra infancia

 Recuerdo alguna convalecencia que me tuvo en cama allá por la niñez, (¿anginas?, puede ser, a mí me operaron tardíamente), a base de antibióticos de la época, en que algún libro de aventuras me hizo más llevaderas las horas interminables de tedio a una edad en que el aburrimiento puede convertirse en un castigo bíblico.

 No sé cuáles sean las lecturas infantiles y juveniles de hoy en día. Desconozco si sobre la mesilla de noche de los niños y adolescentes de ahora descansan 20.000 leguas de viaje submarino, 5 semanas en globo, La isla del tesoro, Robinsón Crusoe, Un capitán de 15 años, La isla de coral, El libro de las tierras vírgenes, etc. No estoy seguro de que la entrada en el sueño de quienes son en este momento los dueños del futuro se vea acompañada de las lecturas mencionadas o de otras del mismo tenor. Y si se diera el caso de que fueran éstos los libros de cabecera de nuestros hijos y nietos, estoy convencido de que la mirada actual sobre ellos sería distinta a la que nosotros posamos en nuestra lejana infancia al leerlos.

 Yo creo que los de nuestra generación transitamos por la niñez imbuidos de paradigmas cuyo anclaje arrancaba prácticamente, aunque fuera ya de forma difusa, en el siglo XIX. Hay que considerar que en los 60 se fueron culminando los últimos procesos descolonizadores y se cerró, de alguna manera, un larguísimo ciclo que había comenzado con la Revolución Industrial.

 A comienzos del Ochocientos, en Inglaterra sobre todo,  se inicia una era en que la elaboración artesanal y gremial irá periclitando y será sustituida, en una fulgurante transición, por la producción fabril a gran escala, con las consecuencias ya conocidas por todos: nacimiento de una nueva clase social -el proletariado-, la necesidad de apertura de  nuevos y populosos mercados para colocar la ingente cantidad de nuevos productos fabricados a nivel industrial y la demanda de materias primas para alimentar las cada vez más intensas cadenas de producción.

 La vieja Europa descubre entonces lo grande que es el mundo, la inmensidad de los océanos y la enorme cantidad de tierras vírgenes plagadas de riquezas naturales que quedaban por descubrir. El avance de la tecnología propicia la mejora de las comunicaciones y de los transportes. Occidente siente que ha llegado a una mayoría de edad que le legitima para ejercer la potestad de manera paternalista sobre muchas civilizaciones consideradas entonces como atrasadas y llegadas tardíamente al tren de Historia. Hay mucha teorización ideológica en esa época sobre el deber moral de civilizar a tanto pueblo que se consideraba infradesarrollado y con atraso de siglos. Se da un claro etnocentrismo que se considera justificado por el inobjetable nivel de desarrollo de las sociedades occidentales.

 Inglaterra, cuna de la Revolución Industrial, con su progresivo dominio de los mares será también la abanderada del ensanche de espacios planetarios, explorando hasta lo más intrincado de África, dominando el gran subcontinente indostánico y no dejando isla ni islote, por pequeño que fuera, sin cobijar bajo la bandera del Imperio. Sí, el XIX será un siglo inglés.

 Como decíamos, la vieja, gris e invernal Europa vislumbra inmensos horizontes y paraísos no imaginados hasta entonces, e interioriza que en el ancho mundo no solo hay catedrales sino tupidas e inextricables selvas, desiertos provocadores de espejismos salpicados de  oasis, cataratas, tifones, islas coralinas, tribus y pueblos exóticos, seres humanos muy diferentes, culturas ancestrales con ritos y códigos impensados... La visión del mundo cambia y la imaginación vuela. Cuando el hastío se cierna sobre la vida cotidiana de los viejos, oscuros y lóbregos burgos europeos, habrá alguien que piense en jardines del edén que se hallan más allá de los océanos. Y se va creando un imaginario para practicar un escapismo mental que atenúe la dureza y mediocridad de la rutina diaria.

 La literatura, junto con el teatro, es el gran entretenimiento del XIX. Los folletines tienen suspensos a los lectores a la espera del próximo "continuará..." de la siguiente entrega. La nueva visión del mundo impregna la creación literaria y esos recién descubiertos territorios lejanos y exóticos serán tema de inspiración para novelas que harán volar con la mente hacia latitudes remotas y pueblos desconocidos. Nacerá una narrativa de aventuras con una aparente vertiente juvenil pero que en ocasiones no dejará de contener un trasfondo social y filosófico. Todo esto creará una cultura literaria de carácter popular que llegará prácticamente hasta nuestros días.  Se trata de todo un género que ha llenado la imaginación de generaciones y generaciones de lectores y espectadores, pues de los libros pasó a las pantallas, a los tebeos y a los álbumes y dio lugar a tópicos, lugares comunes y situaciones recurrentes totalmente reconocibles que forman ya parte de nuestra memoria colectiva.

Así, ya no recordamos, de tantas historias que llevamos en la memoria, cuándo descubrimos ese episodios en que el protagonista ha de sortear unas peligrosas arenas movedizas, o aquel donde, mientras se baña la bella heroína, un alertado y sibilino cocodrilos se zambulle en las aguas del gran río. Este último lance se resolverá siempre, por cierto, cuando el héroe coloque una estaca entre las fauces del reptil.

¿Y cuándo tuvimos noticias por primera vez de esa cerbatana impregnada de curare y de esos temibles jíbaros que podían reducir cabezas?

También nos resulta familiar esa tabla que sobresale de la cubierta del galeón desde donde los prisioneros contemplan resignados las aletas de los tiburones que les esperan, aunque en el siguiente "continuará" la situación puede dar un giro de 180 grados.

Tifones en el Mar de la China, monos jugando en templos hinduista abandonados e invadidos por la exuberante vegetación de la jungla, las precauciones del Nautilus al atravesar el Mar de los Sargazos, islas llenas de cocoteros habitadas por algún solitario náufrago, playas vírgenes con un tesoro procedente de galeones  escondido en sus arenas, tierras faraónicas con alguna momia de por medio que emitió  en su momento una funesta maldición, tribus salvajes hablando en infinitivo para comunicarse con los protagonistas, trampas para elefantes en las que caerá algún explorador desafortunado, emboscadas en la manigua con el machete bien apretado entre los dientes... todas esas escenas crean un imaginario que nos puede remitir a las lecturas nocturnas efectuadas después de resolver problemas de quebrados o de polinomios si hacíamos bien los deberes, a películas de las sobremesas de los sábados cuando solo había dos cadenas de televisión, a intercambio de cromos en el recreo...

Como decía al principio, allá por los 60 ciertos paradigmas eran casi más propios del siglo XIX que de ahora, parte de esa literatura que nos llegaba con el largo arrastre del ciclo colonizador iniciado más de cien años atrás, y que formalmente tocaba a su fin, posiblemente estaba teñida de un etnocentrismo que ahora es historia pasada en un mundo globalizado y multicultural, con tanto país emergente que comenzará a emitir su propio sistema de señales, no lo sé. Lo que sí sé es que somos hijos de nuestro tiempo y nadie me puede arrebatar las horas espléndidas que pasé leyendo esos libros y tebeos y viendo esas películas.

 Al final, casi como a todos los de nuestra generación, me operaron de anginas. Ahora, por el contrario, están de moda ciertos virus que te pueden dejar en el dique seco durante varios días; si se diera ese caso, lo aprovecharé para releer por tercera o cuarta vez La isla del tesoro.

106- Lavando con azulete

  106- Lavando con azulete   Las pastillas de café con leche de Alonso, las tapias hacia la Gran Vía de la Sucursal, la Casa de Socorro, e...