viernes, 16 de enero de 2026

23- Aquella televisión

 23- Aquella televisión

 Como todavía no se había establecido en España el weekend, aquel gran logro de los sindicatos ingleses, los sábados eran totalmente laborables y los colegios tenían la actividad académica propia de un día normal. Por eso, para compensar, los jueves por la tarde no había clase y nos quedábamos en casa viendo Daktari, esa serie de televisión ambientada en el África del salacot y los colonizadores europeos, en la que salía Clarence, un león bizco la mar de simpático. 

 La pequeña pantalla era una recién llegada a los hogares, pero muy pronto comenzó a moldear nuestros usos y costumbres. Todavía recuerdo nítidamente aquel anochecer de invierno en que instalaron por primera vez en mi casa un receptor de televisión. Era pesadísimo y el operario que lo trajo llegó exhausto después de subirlo al segundo piso sin ascensor donde vivíamos, en la tranquila calle de los Pasos de Santiago, en aquella pequeña y provinciana Murcia de los años 60.

 Lo primero que vimos cuando aquel aparato se encendió fue a Bugs Bunny, el Conejo de la Suerte, con su característico saludo "¿Qué hay de nuevo, viejo?". Luego, poco a poco, los programas de televisión fueron formando parte de nuestra cotidianidad y son a estas alturas como la magdalena de Proust a la hora de rescatar del olvido sensaciones y recuerdos. 

 Todavía conservo en la memoria los peculiares sonidos de la sala de máquinas del submarino de Viaje al fondo del mar, que nos atrapaba frente a la pantalla los sábados por la tarde. Luego, después de la cena, un mapa comenzaba a arder con el sonido inconfundible de unos alegres sones de banjo y esa era la señal de que nos encaminábamos hacia el rancho de la Ponderosa, el hogar de los Cartwright y su cocinero chino.

Los viernes por la noche los agentes secretos Napoleón Solo e Illya Kuryakin, un americano y un ruso, luchaban contra una maléfica organización que quería dominar el mundo. Y Simón Templar alcanzaba algún estado de santidad que posiblemente no le constara a la jerarquía católica, por mucho aggiornamento que hubiera traído el Concilio Vaticano II. 

 Había también un fugitivo, en permanente huida y perseguido por la policía federal, que buscaba a un hombre manco para demostrar su inocencia. Y un bedel de universidad que sabía mucho de pájaros y que se llevó un millón de pesetas en un concurso donde se mostraban saberes varios. El suspense y el terror estaban asegurados, por otra parte, con aquellas "Historias para no dormir" y con esa serie cuyo título formulaba una pregunta inquietante "¿Es usted el asesino?". Desconozco si aumentó la venta de tranquilizantes y ansiolíticos en las farmacias de la época a raíz de esas producciones televisivas llevadas a cabo por Narciso Ibáñez Menta y su hijo Narciso Ibáñez Serrador.

 De vez en cuando  conectaban con los estudios barceloneses de Miramar y entonces intervenía el corresponsal, José Luis Barcelona, y en algunas ocasiones  actuaban Herta Frankel, Franz Johan y Gustavo Re, componentes de la exitosa compañía Los Vieneses que triunfó en la Europa de la posguerra, antes de acabar recalando en la capital catalana.

 Eran historias, asuntos y peripecias que ocupaban el ocio de las gentes de aquellos tiempos y abonaban los comentarios y las tertulias del día siguiente, durante el desayuno en la barra del bar, en los talleres, en los rellanos de las escaleras, en las barberías, en los recreos del colegio...

 La televisión marcó un antes y un después. Aún retornan a mi mente, ya muy lejanas, escenas y situaciones de los mediodías anteriores al reinado de la caja tonta, en los que escuchábamos el parte de la radio mientras dábamos buena cuenta de la sopa de fideos o del arroz y habichuelas. Un día concreto, el noticiario parece ser que comunicó algo muy preocupante porque el talante de mi padre se tornó grave y meditabundo mientras llenaba un vaso con sifón. Algún año después supe que estaban anunciando en ese momento el asesinato del presidente Kennedy. Esa noticia llegó, pues, despojada de imágenes y sin la película de los hechos; ya se encargaría la imaginación de cada cual de montar para sí esa trascendental  escena. 

 Esta última es una historia de los tiempos en que los hogares aún no estaban colonizados por las pantallas y permitían el libérrimo vuelo de los pensamientos y la interpretación de las cosas. Pero esas pantallas, al principio con ese blanco y negro tan característico y diferente al de los largometrajes de los cines, llegaron muy poco después y nos cambiaron la vida. Una vida que, para bien o para mal, ya no la podemos entender sin estos rectángulos luminosos que nos acompañan de continuo. Son una ventana al mundo que maravilló a los primeros y estupefactos espectadores. De pronto, en medio de una España  mayormente ruralizada -a pesar del creciente éxodo campesino hacia las ciudades en busca de prosperidad- aparecía en las viviendas un electrodoméstico de una modernidad asombrosa. Se ha contado repetidamente la anécdota de algunas personas muy mayores que llegaban a creer que los personajes que salían en la pantalla los veían a ellos, igual que ellos mismos los miraban. Hay que ponerse en la piel de esas generaciones que vivieron su niñez y juventud prácticamente en la Belle Époque, con las calles llenas de carruajes tirados por caballos, y que al final de sus días asistían a semejante prodigio tecnológico en el mismo comedor de su casa.

La televisión había llegado a Murcia en julio de 1962, aunque TVE ya llevaba algunos años emitiendo desde los estudios del Paseo de la Habana, ubicación anterior a la de Prado del Rey. Finalmente, la señal emitida desde Madrid pudo llegar a los receptores murcianos enlazando de repetidor en repetidor hasta llegar al de Aitana. La expectación era enorme, aunque al principio muy pocos hogares se podían permitir la adquisición de estos artilugios. Las aceras se llenaban de espectadores pegados a los escaparates de las tiendas de electrodomésticos donde se visualizaban  los programas emitidos desde Madrid a través de los televisores que había en oferta. En casa de algún privilegiado propietario de estos auténticos artículos de lujo se juntaban los vecinos, con la cercanía y familiaridad de entonces, para no perderse la programación del momento. Surgieron también los llamados Teleclubs, espacios públicos como salones parroquiales donde la gente se reunía en torno a los novedosos aparatos. Hasta que poco a poco su posesión se fue universalizando y era habitual en casi todos los hogares. 

 Ahora hay cada vez más pantallas, grandes, medianas y pequeñas,  marcando inexorablemente el ritmo de nuestra existencia y tal vez  cortándonos las alas para emprender vuelos más altos. Quizá haya que volver a repetir ese eslogan reivindicativo que clamaba por "la imaginación al poder" en aquel mayo francés que ya podíamos seguir a través de aquellos nuevos ingenios recién llegados a los hogares. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

106- Lavando con azulete

  106- Lavando con azulete   Las pastillas de café con leche de Alonso, las tapias hacia la Gran Vía de la Sucursal, la Casa de Socorro, e...