22- Las novelas de aventuras de nuestra infancia
No
sé cuáles sean las lecturas infantiles y juveniles de hoy en día. Desconozco si
sobre la mesilla de noche de los niños y adolescentes de ahora descansan 20.000
leguas de viaje submarino, 5 semanas en globo, La isla del tesoro, Robinsón
Crusoe, Un capitán de 15 años, La isla de coral, El libro de las tierras
vírgenes, etc. No estoy seguro de que la entrada en el sueño de quienes son en este
momento los dueños del futuro se vea acompañada de las lecturas mencionadas o
de otras del mismo tenor. Y si se diera el caso de que fueran éstos los libros
de cabecera de nuestros hijos y nietos, estoy convencido de que la mirada
actual sobre ellos sería distinta a la que nosotros posamos en nuestra lejana
infancia al leerlos.
Yo
creo que los de nuestra generación transitamos por la niñez imbuidos de
paradigmas cuyo anclaje arrancaba prácticamente, aunque fuera ya de forma
difusa, en el siglo XIX. Hay que considerar que en los 60 se fueron culminando
los últimos procesos descolonizadores y se cerró, de alguna manera, un
larguísimo ciclo que había comenzado con la Revolución Industrial.
A
comienzos del Ochocientos, en Inglaterra sobre todo, se inicia una era en
que la elaboración artesanal y gremial irá periclitando y será sustituida, en
una fulgurante transición, por la producción fabril a gran escala, con las
consecuencias ya conocidas por todos: nacimiento de una nueva clase social -el
proletariado-, la necesidad de apertura de nuevos y populosos mercados
para colocar la ingente cantidad de nuevos productos fabricados a nivel
industrial y la demanda de materias primas para alimentar las cada vez más
intensas cadenas de producción.
La
vieja Europa descubre entonces lo grande que es el mundo, la inmensidad de los
océanos y la enorme cantidad de tierras vírgenes plagadas de riquezas naturales
que quedaban por descubrir. El avance de la tecnología propicia la mejora de las
comunicaciones y de los transportes. Occidente siente que ha llegado a una
mayoría de edad que le legitima para ejercer la potestad de manera paternalista
sobre muchas civilizaciones consideradas entonces como atrasadas y llegadas
tardíamente al tren de Historia. Hay mucha teorización ideológica en esa época
sobre el deber moral de civilizar a tanto pueblo que se consideraba infradesarrollado
y con atraso de siglos. Se da un claro etnocentrismo que se considera
justificado por el inobjetable nivel de desarrollo de las sociedades
occidentales.
Inglaterra,
cuna de la Revolución Industrial, con su progresivo dominio de los mares será
también la abanderada del ensanche de espacios planetarios, explorando hasta lo
más intrincado de África, dominando el gran subcontinente indostánico y no dejando
isla ni islote, por pequeño que fuera, sin cobijar bajo la bandera del Imperio.
Sí, el XIX será un siglo inglés.
Como
decíamos, la vieja, gris e invernal Europa vislumbra inmensos
horizontes y paraísos no imaginados hasta entonces, e interioriza que en el
ancho mundo no solo hay catedrales sino tupidas e
inextricables selvas, desiertos provocadores de espejismos salpicados de
oasis, cataratas, tifones, islas coralinas, tribus y pueblos exóticos, seres
humanos muy diferentes, culturas ancestrales con ritos y códigos impensados... La visión del mundo cambia y la imaginación vuela. Cuando el hastío se cierna
sobre la vida cotidiana de los viejos, oscuros y lóbregos burgos
europeos, habrá alguien que piense en jardines del edén que se hallan más allá
de los océanos. Y se va creando un imaginario para practicar un escapismo
mental que atenúe la dureza y mediocridad de la rutina diaria.
La literatura, junto con el teatro, es el gran
entretenimiento del XIX. Los folletines tienen suspensos a los lectores a
la espera del próximo "continuará..." de la siguiente entrega. La
nueva visión del mundo impregna la creación literaria y esos recién
descubiertos territorios lejanos y exóticos serán tema de inspiración para
novelas que harán volar con la mente hacia latitudes remotas y pueblos
desconocidos. Nacerá una narrativa de aventuras con una aparente vertiente
juvenil pero que en ocasiones no dejará de contener un trasfondo social y
filosófico. Todo esto creará una cultura literaria de carácter popular que
llegará prácticamente hasta nuestros días. Se trata de todo un género que
ha llenado la imaginación de generaciones y generaciones de lectores y
espectadores, pues de los libros pasó a las pantallas, a los tebeos y a los
álbumes y dio lugar a tópicos, lugares comunes y situaciones recurrentes
totalmente reconocibles que forman ya parte de nuestra memoria colectiva.
Así,
ya no recordamos, de tantas historias que llevamos en la memoria, cuándo descubrimos ese episodios en que el protagonista ha
de sortear unas peligrosas arenas movedizas, o aquel donde, mientras se baña la bella
heroína, un alertado y sibilino cocodrilos se zambulle en las aguas del gran río.
Este último lance se resolverá siempre, por cierto, cuando el héroe coloque una
estaca entre las fauces del reptil.
¿Y
cuándo tuvimos noticias por primera vez de esa cerbatana impregnada de curare y
de esos temibles jíbaros que podían reducir cabezas?
También
nos resulta familiar esa tabla que sobresale de la cubierta del galeón desde donde los prisioneros contemplan resignados las aletas de los tiburones que les
esperan, aunque en el siguiente "continuará" la situación puede dar
un giro de 180 grados.
Tifones
en el Mar de la China, monos jugando en templos hinduista abandonados e
invadidos por la exuberante vegetación de la jungla, las precauciones del
Nautilus al atravesar el Mar de los Sargazos, islas llenas de cocoteros
habitadas por algún solitario náufrago, playas vírgenes con un tesoro
procedente de galeones escondido en sus arenas, tierras faraónicas
con alguna momia de por medio que emitió en su momento una funesta
maldición, tribus salvajes hablando en infinitivo para comunicarse con los
protagonistas, trampas para elefantes en las que caerá algún explorador
desafortunado, emboscadas en la manigua con el machete bien apretado entre los
dientes... todas esas escenas crean un imaginario que nos puede remitir a las
lecturas nocturnas efectuadas después de resolver problemas de quebrados o de
polinomios si hacíamos bien los deberes, a películas de las sobremesas de los
sábados cuando solo había dos cadenas de televisión, a intercambio de cromos en
el recreo...
Como
decía al principio, allá por los 60 ciertos paradigmas eran casi más propios
del siglo XIX que de ahora, parte de esa literatura que nos llegaba con el
largo arrastre del ciclo colonizador iniciado más de cien años atrás, y que
formalmente tocaba a su fin, posiblemente estaba teñida de un etnocentrismo que
ahora es historia pasada en un mundo globalizado y multicultural, con tanto
país emergente que comenzará a emitir su propio sistema de señales, no lo sé.
Lo que sí sé es que somos hijos de nuestro tiempo y nadie me puede arrebatar
las horas espléndidas que pasé leyendo esos libros y tebeos y viendo esas
películas.
Al final, casi como a todos los de
nuestra generación, me operaron de anginas. Ahora, por el contrario, están de
moda ciertos virus que te pueden dejar en el dique seco durante varios días; si
se diera ese caso, lo aprovecharé para releer por tercera o cuarta vez La
isla del tesoro.
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