martes, 17 de marzo de 2026

85- Cafrune en el Romea

 85- Cafrune en el Romea

 Estaba de moda cierta música folk sudamericana, argentina y chilena sobre todo, que nos llegaba en la voz de cantores como Atahualpa Yupanqui, Los Calchaleros o Jorge Cafrune y, en menor medida, José Larralde, éste último para los más iniciados con "Vamos p'al sur". Los chilenos Quilapayun, con sus flautas andinas y sus ponchos, también sonaban desde su exilio en París, donde se habían exiliado huyendo de la represión pinochetista. 

La música latinoamericana en general, teñida de raíces populares, tenía una amplia difusión. Las edulcoradas melodías de Los Panchos, acompañando por aquel entonces a la cantante Eydie Gormé, nos hablaban de románticas noches tropicales con lunas que plateaban el mar en playas con palmeras. Ya sonaban muy vintages en esos tiempos. Era el universo del bolero, con descripciones de desazones y tragedias sentimentales que a nosotros, adolescentes primerizos, nos parecían llegar de mundos de adultos que sufrían continuamente de mal de amores. El chileno Lucho Gatica, por ejemplo, se desesperaba porque su reloj marcaba las horas tozudamente, sin contemplaciones, y el tiempo para disfrutar de su amada se iba acortando para su desdicha

También recuerdo la vibrante "Alma llanera" venezolana, que siempre asociaré a una luminosa mañana de verano de mi niñez, con el familiar doscaballos descapotable surcando a toda máquina la carretera en dirección a la playa, con la brisa marina anunciando las olas que nos esperaban y sonando "galopeeeraaa...", a todo volumen, en la radio del coche. Era una sensación de plenitud y optimismo que nunca he olvidado y de la que conservo un recuerdo muy vívido. 

Luego llegarían las primeras salidas juveniles a las tascas. Entre jarras de vino y sobrasadas y quesos a la plancha, sonaba la música por los altavoces del local con algún "...adeentroo...", en medio de la guitarra y la percusión que acompañaban a zambas y chacareras. Eran sonidos que se hicieron muy populares. Nos hablaban de la soledad de los arrieros en las desoladas llanuras de la pampa, de alazanes y orgullosos gauchos, de la quietud de la naturaleza solitaria en estado puro, todo ello impregnado de una sabiduría poética que, por ejemplo, ensalzaba el ruido de los ejes de una carreta sin engrasar porque ocultaba silencios teñidos de algún antiguo desamor. O sea, canciones más bien reflexivas con un punto de tristeza en muchos casos. Parecía el signo de los tiempos. 

Uno de aquellos cantores vino a Murcia en esa época. Jorge Cafrune, acompañado por Marito, un niño con una voz privilegiada, actuó en un Romea lleno de público que disfrutó sobremanera de su Virgen morenita y su Zamba de la esperanza entre otras canciones. Yo estuve entre los que asistieron a ese concierto. Junto a algunos compañeros de clase, desde el gallinero del teatro, pude escuchar la voz profunda, contrapunto de la blanca e infantil de Marito, y los arpegios de guitarra de aquel cantor de pobladas barbas y aspecto de gaucho. 

Pocas cosas recuerdo ahora de ese recital. Simplemente que fue un día entre semana, en mitad del curso, lo cual me procuró una noche inocentemente transgresora: la primera en que llegaba a casa a una hora intempestiva para mis recién cumplidos quince años. Más que del evento en sí, puedo rememorar ahora lo excepcional de esa salida y la emoción que ese hecho me proporcionó. Y alguna escena suelta de la actuación, con Cafrune sentado en una silla con su guitarra de pallador y el pequeño Marito, de pie y a su lado, entonando ambos unas sentidas loas a su Virgen Morenita, iluminados por una luz muy cálida que llegaba de un único foco que pendía de las alturas del teatro. 

El Romea acogía nocturnamente a adolescentes que pocos años antes recibían, en ese mismo escenario, infantiles diplomas en las mañanas dominicales. 

84- Una cassette de Serrat en la calle Sociedad

84- Una cassette de Serrat en la calle Sociedad

 En el invierno de 1973, con quince años, quien estas líneas escribe se acercó una mañana de sábado a la calle Sociedad y entró en Ritmo para adquirir el recién publicado trabajo de Joan Manuel Serrat sobre poemas de Miguel Hernández. No fue en esa ocasión el vinilo, sino la cinta de cassette, el soporte con el que pude disfrutar, horas más tarde, de Las nanas de la cebolla o El niño yuntero entre otros memorables temas.

 (En casa éramos seguidores de la obra de Serrat desde que nuestro padre, tras un viaje de negocios a Barcelona, vino con una cinta que contenía sus más recientes composiciones). 

Meses después, ya casi en verano, recalaría el cantautor catalán por estas tierras para dar un recital en el Murcia Parque, presentando precisamente aquellas canciones sobre poemas de Miguel Hernández. Recital al que asistí y del que puedo evocar muy lejanamente la pericia de unos músicos muy experimentados y vestidos de etiqueta y un Serrat ejerciendo de trovador con mayúsculas. Esa misma tarde había firmado discos en Galerías Preciados de la Gran Vía, evento en el que estuve presente y donde pude comprobar, con cierta sana envidia, el tirón que tenía el Noi del Poble Sec entre el género femenino murciano.

 Era Adrián Massotti Littel quien estaba entonces al frente de Ritmo, la histórica tienda de la Calle Sociedad fundada en 1942 donde adquirí aquel manojo de canciones serratianas. Persona muy implicada en la vida social de nuestra ciudad, poseedor del carnet de socio Número Uno del Real Murcia, fue distinguido en su día por la Cámara de Comercio con el Premio Mercurio. Muy comprometido también con la Semana Santa, en 1997 fue nombrado Nazareno de Honor, distinción que se sumaba a la Insignia de Oro que le había otorgado con anterioridad el Cabildo de Cofradías. Personajes como él marcaron el día a día de la Murcia de aquellos años. 

 Su tienda fue un foco que irradió cultura musical. Profesores y estudiantes del conservatorio, melómanos, gente que se iniciaba en el guitarreo aficionado de tres o cuatro acordes sin mayores pretensiones, universitarios de la tuna, estudiosos de las composiciones clásicas, intérpretes de piezas con exigencia propia de profesionales, etc. eran asiduos de aquel establecimiento. Así, muchas generaciones de murcianos encontraron allí discos, instrumentos musicales, cancioneros y partituras entre otros artículos de su interés. Por otra parte, su hermano Manuel terminó dando nombre al Conservatorio Superior tras una fructífera trayectoria como compositor y director de orquestas y coros. Hablamos pues de una familia que dejó huella en la historia cultural de la ciudad. 

Una ciudad de la que vamos entresacando recuerdos antes de que caigan en el olvido por el paso del tiempo que todo lo borra. 

83- Cubalibres y sanfranciscos: aquellas discotecas

 83- Aquellas discotecas

 El ocio nocturno de los 70 coincidió con nuestras primeras y trasnochadoras salidas juveniles, en horarios que poco tiempo atrás habrían sido totalmente intempestivos para nosotros y para nuestras familias. Pero la vida pasaba rápido y poco a poco íbamos estrenando pequeñas parcelas de libertad. Recuerdo las primeras nocheviejas celebradas fuera de casa, sin hora límite para recogernos, con esa sensación de que entrábamos en una época nueva y nos hacíamos adultos sin tenerlo aún muy claro.

Al mismo tiempo que íbamos dejando atrás la adolescencia surgían esos templos nocturnos del ocio a los que accedíamos, todavía con el pelo de la dehesa,  sintiendo que había en ellos algo de transgresión y de modernidad, cuando alargaban la noche hasta extremos desconocidos por nosotros en medio de cubalibres, luces estroboscópicas, esferas giratorias con muchos destellos brillantes, y muchachas en flor que se movían en la pista de baile y nos hacían imaginar un fin de velada lleno de alicientes y emociones mayores. Aunque normalmente volvíamos solos a casa a altas horas de la madrugada. 

Esas experiencias nocturnas las vivías en una dimensión desde la que procesabas aspectos de la vida cotidiana con una perspectiva nueva. Se trataba de un escape que te liberaba de las tensiones acumuladas a lo largo de la semana.  En medio de aquellos estados catárticos generados por el trasiego de Larios-cola y asociados a la contemplación de hermosas muchachas, era más fácil relativizar los contratiempos del día a día, los dramas de juguete que te surgían con los estudios o el trabajo. 

Nombres que hoy nos suenan legendarios, perdidos en la noche de los tiempos, nunca mejor dicho, diseñan el plano de nuestras primeras aventuras juveniles, de nuestros primeros lances amorosos en aquellos años en que no había móviles ni se organizaban botellones, por lo que había que retratarse, dar la cara y entrarles a las chicas por derecho, pidiéndoles fuego en la barra cuando les servían un San Francisco mientras sonaba Ríos de Babilonia de Boney M. 

Momo, Nixon, Cooper, Ditirambo, la Carroza, Barbus y otras que me dejo en el tintero fueron testigos de algunos inicios de noviazgo que ahora recordarán con nostalgia gentes que ya pertenecen a las clases pasivas. Porque aunque parezca mentira, fuimos jóvenes y en medio del ruido de la música y de las luces, sosteniendo un cubata y fumando, le hablábamos a algún colega de la preciosidad que bailaba en la pista y del plan que teníamos para entrarle esa misma noche. Y a lo mejor esa preciosidad que bailaba y te miraba haciéndose la despistada está ahora en la cocina hablando con vuestra hija y vuestros nietos.

82- "Se lava... se cuelga... y se pone"

 82- "Se lava... se cuelga... y se pone"

 Procedente de Francia, en 1962 llega a España el tergal, un novedoso tejido elaborado a partir de poliester (de ahí su nombre, poliesTER GALo) que marcó una época en la confección y en el vestir patrio. Por otra parte, también en nuestro país, la empresa SAFA se convierte por esos años en el primer fabricante de fibra sintética. Fibra sintética que competirá con la fibra natural y gozará por aquel tiempo del prestigio de los productos procedentes de la innovación, asociándose a prestaciones desconocidas hasta entonces: desaparecen las arrugas, se ahorra el planchado de las prendas y las manchas son más fáciles de eliminar. Faltaban dos décadas para que Adolfo Domínguez, haciendo de la necesidad virtud, proclamara que la arruga era bella, con la consiguiente enmienda a la totalidad para aquellas cualidades que prestigiaban los tejidos surgidos en la década prodigiosa. 

Pero estamos a primeros de los 60, unos años en que la modernidad parecía llamar de súbito a nuestra puerta bajo la apariencia de los avances tecnológicos. Así, mientras los electrodomésticos desembarcaban en los hogares, en la industria textil se abría paso la fibra sintética.

"Se lava... se cuelga... y se pone". Tal era el descriptivo eslogan publicitario de Tervilor, otro tejido fabricado a partir de polímeros que competía por su cuota de mercado con la marca Tergal. Y de Holanda llegaba Terlenka, más poliester tratado para optimizar este tipo de productos textiles. 

Además de las ventajas de la ausencia de planchado, se trataba de obtener también la máxima transpiración, dentro de lo posible, sabiendo de antemano que esa batalla la tenía ganada a priori la fibra natural. Quizá era ese el punto débil de los nuevos materiales. 

Los tejidos sintéticos, pues, se van haciendo presentes en el día a día de los españolitos. De Italia llegaba leacril, de Inglaterra, terilene, de Alemania, trevira; y ya vimos que de Francia venía el tergal. Como consecuencia de todo esto, una serie de nuevas marcas se van asentando en el mercado de las prendas de vestir. Camisas Ike, Dresfor, Lavypon, Bayman, Etiqueta Azul, pantalones Discovery, Rodugal... Son nombres que se van popularizando y definen toda una época. La publicidad de aquel tiempo aseguraba, además , que con estos nuevos tejidos dichas prendas se secaban en una sola noche, y sin necesidad de posterior planchado. Todo apuntaba hacia una modernidad que incidía en el modo de vestir y en la moda, con líneas juveniles que marcaban tendencia también entre la gente de menos edad. 

La química de los polímeros proporcionará asimismo nuevos materiales susceptibles de ser usados en otros campos distintos al del textil. Las aplicaciones del nylon, por ejemplo, serán muy variadas. Y la polipiel sustituirá al cuero y a la piel natural, tan extendida en multitud de artículos. A recordar el skai, ese material utilizado en sofás, que en verano se pegaba como una ventosa a la sudorosa piel.

El comercio local de aquellos años, libre aún del asedio de las grandes superficies, con la excepción de las Galerías Preciados de la plaza de Cetina, daba cumplida salida a este nuevo tipo de tejidos. Hijos de Antonio Zamora, Tejidos Medina, Cerdán Hermanos, La Alegría de la Huerta, Rodolfo y Cervantes, Almacenes Coy, Luis Oñate, Clemente, López-Acosta y muchos otros exponían en sus escaparates las nuevas prendas, representativas de un tiempo en que la arruga aún no se consideraba bella. 

81- Un día en la vida

 81- Un día en la vida

 Las plazas y las avenidas eran tranquilas y el escaso tráfico circulaba al ralentí. Junto a tantos solares y descampados, los chavales encontrábamos en las calles un espacio natural para los juegos con las cuadrillas de amigos a la salida de clase, cuando llegaba el buen tiempo y las tardes se alargaban. Partidos de fútbol en improvisados y precarios terrenos de juego, churro-mediamanga-mangotero contra desvencijados muros urbanos, las canicas, el escondite, el "pillao", siempre en movimiento, quemando la energía de aquellos tiernos años. 

A media tarde había que subir a casa a merendar. En la fresquera podíamos encontrar sobrasada y otros fiambres, pero también se le podía añadir al pan mantequilla y azúcar.

 Mientras, en la radio, una voz infantil que ahora suena arcaizante y vintage pregonaba cantando "Yo soy aquel negrito del África tropical...", en esa misma radio en la que, durante la siesta, las mujeres de la casa, con toda la hogareña faena resuelta, escuchaban aquella novela donde se contaban las peripecias de algún humilde huerfanito que resultaba ser el hijo de un marqués o las de una bella muchacha pobre y desvalida, casada finalmente con el hombre de sus sueños, que no podía ser otro que el apuesto señorito. 

Podía ser la misma emisora en la que sonaban discos dedicados ("...para Esperancita, de quien ella sabe...") y donde era posible escuchar que "el coñac es cosa de hombres"; y todo ello al margen de otras recomendaciones publicitarias que nos ayudaban a saber, por ejemplo, el momento en que vivíamos ("...reloj festina es su reloj, es la hora, es la hora del reloj festina...").

La venta a plazos comenzaba a transformar los hábitos sociales y domésticos de aquellos años y una constelación de nombres comerciales, publicitados de forma sencilla y naïf, comenzaba a hacérsenos familiar. Kelvinator, Zanussi, Telefunken, Fagor, Corberó, Vanguard...

Eran tiempos en los que se iniciaba una pacífica coexistencia entre la fresquera de tela de malla y las neveras con una barra de hielo como elemento refrigerante, entre las piletas donde restregar la ropa con energía y las primeras, rudimentarias y traqueteantes lavadoras. Algunos hogares, en el colmo de la modernidad, tenían televisor, aparato que promovía la sociabilidad del vecindario que se reunía en casa del afortunado televidente para ver "Galas del sábado" o "¿Es usted el asesino?"

Las amas de casa rellenaban un cuadernillo con pegatinas ilustradas con dibujos de claveles, que resultaban ser pequeñas bonificaciones por las compras domésticas, intercambiables a su vez por algún regalo para el hogar.

En la plaza San Julián, junto a Verónicas, se montaba un mercado con puestos de frutas y verduras. En alguna ocasión, en vacaciones, acompañé a mi madre en su desempeño de llenar la despensa de productos frescos de la huerta, para contemplar cómo la frutera, mujer madura y con mucho desparpajo para tratar a los clientes, pesaba con una romana los tomates, los peros o las naranjas. 

De allí salíamos a la populosa calle del Pilar, siempre llena de actividad y movimiento y de la que recuerdo alguna mercería, pajarerías y una droguería, en cuyo mostrador de madera el droguero rellenaba una probeta de colonia a granel para calcular la cantidad que iba despachar. Y mucha se vendía habida cuenta de los litros que utilizaban nuestras madres para peinarnos, mientras nos marcaban la raya de manera milimétrica. 

Después, calle Sagasta, Santa Teresa y Acisclo Díaz, hasta Pasos de Santiago, y comida con vino y sifón o agua de litines, escuchando el parte por la radio o, si ya teníamos televisor, viendo el telediario que presentaba Jesús Álvarez (el padre del locutor actual). 

Y luego, por la tarde, vuelta a empezar. La calle volvía a ser nuestra. 

La vida pasaba lentamente. Parecía que la niñez iba a durar para siempre. 

80- Las calles de la memoria

 80- Las calles de la memoria

 Esta mañana, muchos años después de los hechos aquí recordados, emprendo un pequeño tour urbano por alguna de las viejas calles que recorrí de joven.

 Comienzo mi recorrido por Alfonso X (desconozco si todavía podemos hablar de Tontódromo) y mientras camino por lo que ahora es una gran esplanada de aspecto aeroportuario decido apagar mi móvil. Por momentos no puedo evitar acordarme de aquellos  tiempos de juventud en que aquí, en el paseo central arbolado, tenía lugar la liturgia de la ensaladilla con caña o Coca-Cola de la terraza del Café- Bar, aquel ritual que contaba con una mise en scene muy característica donde prosperaban aperitivos salpicados de polos Lacoste y gafas de sol Ray-Ban. Bajo un cielo muy azul, con un sol que doraba los cabellos de primaverales muchachas vestidas de marca, tenían lugar escarceos de primeras aproximaciones sentimentales, tertulias donde surgía el lado amable de la vida, tapeo que aseguraba un retorno optimista al domicilio para acometer la comida familiar, previo paso por alguna de las confiterías de los alrededores. Era un latido más de la provinciana Murcia. 

 Rumiando añoranzas continúo paseando hasta desembocar en Santo Domingo, actualmente otro inmenso aeropuerto, y descubro sentado en su silleta a un consumado acordeonista que inunda de melancólicas notas el aire de la plaza. Procedente de un país que puso nombre al acto de aprobar congresos de partido único por mayorías aplastantes, con una boina calada hasta las cejas, fumando, ejerciendo de instrumentista virtuoso, este personaje se ha convertido ya en parte del paisaje urbano del casco histórico de nuestra ciudad. 

 Avanzo pues por la calle que ocupaba el antiguo gremio de los traperos, sintiendo no poder comprar ya las celebérrimas tortas de chicharrones de Guillén, hasta que accedo a una cafetería, plena de vida social, que tiene maniquíes en algunos puntos de su barra, una curiosa respuesta al reto de mantener distancias de seguridad entre los clientes (escribo estas líneas en los tiempos inmediatamente posteriores a la pandemia) . Sentado en una mesa del exterior contemplo luego el deambular del río humano que transita absorto en sus afanes y quehaceres. Mientras que a mi lado unos seniors muy seniors, clases pasivas provectas, comentan algo referente a las extintas diputaciones provinciales, un joven millennial se marca un bizum para convidar a su novia sin levantar los ojos de la pantalla de su móvil en ningún momento. Y en la administración de lotería cercana la gente guarda cola disciplinadamente, tal vez con el íntimo pálpito, a juzgar por las caras que se ven, de que esta vez tampoco tocará el premio. 

 Degusto el excelente café que me han servido, al mismo tiempo que hojeo un libro que compré en Diego Marín antes de emprender este periplo, y reflexiono sobre el paso del tiempo. Nunca nos bañamos dos veces en el mismo río, decían los presocráticos. Y es así, este caudal incesante de personas que circula delante de mí, desde Santo Domingo a la Plaza de la Cruz y viceversa, jamás ha dejado de fluir desde que se formó esta vía allá por el siglo XIII. Y nosotros nos iremos y otros continuarán paseando sus inquietudes por este mismo lugar, aunque lo hagan con gafas de realidad virtual del 5 o del 20G. 

 Después de abonar mi consumición, (¿cuantas propinas se perderán con el pago con tarjeta?) entro en la vecina oficina bancaria y me encuentro con una proverbial metáfora de la España vaciada. En lo que antes era un espacio cargado de actividad, con ventanillas que gestionaban las pequeñas o grandes economías de la gente de a pie, hoy me encuentro con una sala desierta, silenciosa, donde dos jubilados con cara de desorientación intentan resolver algún asunto menor relacionado con su libreta de ahorros. 

Rememorando entonces los giros bancarios que me mandaba mi padre a Granada cuando estudiaba la carrera y que me anotaba a bolígrafo en mi extracto de movimientos el empleado de turno, de la forma más analógica posible, salgo a la calle y observo a un pequeño grupo de despistados turistas, dirigidos por un guía, que se acerca hacia el Casino.  

 Yo continúo con mi hoja de ruta e instintivamente me aproximo a un lugar muy frecuentado en tiempos, hasta que recuerdo y constato que ya no queda nada de él, de ese gran templo del papel couché y la prensa escrita de antaño. Así es la vida, las cabeceras de los diarios más prestigiosos que repasábamos en las mañanas soleadas de la Covachuela las llevamos ahora en el smartphone. 

 Sigo avanzando por Trapería y no puedo evitar, ya al final del trayecto, que me invada la nostalgia definitivamente.  Los almacenes El Siglo, el Café Americano, los Soportales de la Catedral... ese era el entorno por el que deambulaba aquellas tardes de la niñez en que me acercaba por la librería de mi querida y añorada tía Carmina, toda bondad, frente a la Fonda Negra, esas tardes de merienda de monas con chocolate y tebeos del Capitán Trueno y El Jabato, como preámbulo de los juegos en la Glorieta con los primos.

 Termino mi itinerario entrando en la catedral, esa grandiosa cápsula de tiempo antiguo, donde busco el sosiego que me robó el tráfago de la calle. El móvil continúa apagado.

79- Aquel verano del 75

 79- Aquel verano del 75

 No se pueden entender los juveniles veranos de los 70 en la Torre de la Horadada (una de las salidas naturales de Murcia al mar, aunque sea en otra provincia) sin haber conocido los litros de Evaristo. Se trataba de un ritual muy típico del lugar consistente en trasegar algunas botellas de cerveza Heninger acompañadas de patatas fritas de bolsa, o en su defecto alguna lata de berberechos o de mejillones, con los bañadores aún mojados tras subir, al mediodía, de alguna de las magníficas calas de esta localidad costera. 

Esta liturgia partía en dos el día, clausuraba técnicamente la mañana y servía de lanzadera para los planes de la tarde y noche, que consistían básicamente en partidas de dominó en el chiringuito La Alegría de Joaquín, fútbol en la playa, cena en casa, maqueo posterior y expediciones en busca de Larios-cola, vodka con naranja, Beefeater con tónica y chicas guapas en alguno de los abrevaderos de la costa por la Zenia, Cabo Roig o Campoamor. El límite hacia el norte estaba establecido en Torrevieja. Todavía no estábamos en los 80 en que el centro de gravedad se trasladó al legendario Varadero.

Los planes nocturnos contemplaban también alguna variante, como la búsqueda de la oscuridad junto al mar con alguna muchacha en el, a estas alturas, mítico Embarcadero, antes de que lo sepultaran en cemento para construir el puerto deportivo. (Esto último fue en el verano del 80). 

 Era sociología pura lo que se daba en esa terraza de sillas de madera abocadas a la polvorienta plaza de tierra del pueblo. Por allí pasaron varias generaciones de jóvenes analógicos, desconocedores del infierno digital que vendría décadas después. Por eso, el instante no se intentaba registrar neuróticamente para una posteridad improbable, sino que se vivía con intensidad. Solo si alguien de manera excepcional llevaba una kodak, quedaba inmortalizado el momento. La mayoría de las instantáneas, en aquel tiempo, solamente quedaban grabadas en la traicionera memoria. 

 Yo recuerdo ahora algún aperitivo del verano del 75, el primero tras comenzar los estudios universitarios en otra ciudad. Nos sentíamos como si hubiéramos soltado amarras con toda una época que procedía directamente de la infancia. Allí estábamos, seguros de haber cruzado ya todos los ritos iniciáticos que nos aseguraban el paso a la edad adulta sin retorno. 

Ahora mismo estoy contemplando una foto de uno de esos mediodías. Como si del ritual de una particular logia masónica veraniega se tratara, allí estamos cinco amigos que nos conocemos desde la infancia con el litro de cerveza y la lata berberechos. Los 70's eran nuestros.

78- Adiós al colegio, adiós (La vida sale al encuentro)

 78- Adiós al colegio, adiós (La vida sale al encuentro)

 Se acababa el COU 73/74 y cada cual tenía ya elegido más o menos el destino para el curso siguiente. Yo, por mi parte, en pocos meses aterrizaba en Granada para empezar la carrera. Pero esa sería ya otra historia.  

Tengo un recuerdo agridulce de aquel último día de clase. Por un lado, el aliciente de los nuevos tiempos que llegaban, la novedad de trasladarme a una ciudad desconocida para comenzar los estudios universitarios, el impulso de la juventud que me hacía creer que eran posibles tantas metas... y por otro, la nostalgia de decir adiós a muchos años de colegio, a los amigos, a tantos recuerdos. 

 Había que recapitular. De golpe, todo un mundo infantil, nuestro mundo, quedaba atrás. Una cierta intemperie nos aguardaba. Muchas protecciones, muchos refugios iban a desaparecer. La vida nos pondría a prueba con vicisitudes nuevas. Comenzaba el tiempo de la juventud, de la universidad para quien decidiera seguir estudios superiores, con sus dificultades y la posibilidad de frustrantes abandonos, de las primeras novias, de los primeros descubrimientos y desencantos, de las crisis de fe, de las primeras deserciones en batallas personales…

 Tuve muchas dudas a la hora de elegir la carrera. Habitaban en mí dos vocaciones que parecían irreconciliables, aunque muchos años después descubrí que podían ser complementarias. Me interesaban la literatura y la historia, sacaba unas excelentes notas en esas asignaturas pero disfrutaba también con la biología y me manejaba pasablemente con la química. ¿Qué estudiar? Consideré varias opciones: lo que entonces se conocía por Filosofía y Letras, Biológicas, o Farmacia. Me decanté por esta última y arrostré muchas dificultades para culminarla y llevarla a buen puerto (aunque cumplí y saqué la licenciatura); y siempre, además, con la nostalgia de las letras y con la duda de si había acertado en la elección.

 El final de COU trajo consigo también la diáspora de unos compañeros con los que llevaba siete años, o más, compartiendo pupitres, exámenes, chuletas, juegos, excursiones… La infancia y la adolescencia se cerraban de golpe al mismo tiempo que te despedías de los amigos, sabiendo que a partir de ese momento los verías muy de tarde en tarde. Aunque te quedaba el aliciente de tanta gente nueva que ibas a conocer, de tantas experiencias  que te aguardaban.

 Hace dos años celebramos el 50 aniversario de aquel último curso y volví a coincidir por primera vez, después de muchos años, con aquellos niños con los que tantas vivencias compartí en mi infancia. Eran ahora abuelos con un aspecto tal que no los habría reconocido por la calle. Una sensación de vértigo y de impensada fugacidad de las cosas flotaba en el ambiente cuando, con indisimulada emoción, nos saludamos después de tantísimo tiempo sin vernos. Había la percepción de que un círculo enorme se cerraba y nuevamente estábamos los mismos compañeros de aquellos lejanos y míticos tiempos de la niñez. Parecía que 50 años no eran nada. ¿Pero qué quedaba a esas alturas de los muchachos que, ilusionados, habían salido a enfrentarse vigorosamente con la vida diez lustros atrás?. Tempus fugit.

77- Tal como éramos

 77- Tal como éramos

 Jóvenes con pantalones campana y jerséis muy cortos y ajustados, de los que sobresalía un cuello vuelto o de cisne, tomaban unos vinos en La Viña apilando en las sillas trencas y apuntes de Romano o de Análisis Químico. Algunos, los más avanzados, llevaban bajo el brazo un Cambio 16, siempre que esa semana no lo hubieran secuestrado. La tuna daba serenatas bajo las ventanas de Oblatas y universitarios con barba y gafas de pasta descubrían claves ocultas, para todos menos para ellos, en algunas plúmbeas películas de "arte y ensayo". En los quioscos, uno se podía culturizar adquiriendo libros RTV editados por SALVAT a 25 pesetas el volumen. 

Los viernes por la noche, en la pequeña pantalla, incipientes promesas de la música ponían a prueba sus habilidades canoras en "La gran ocasión", un programa presentado por el por aquel entonces mediático Miguel de los Santos. Y durante las veladas de los lunes, la distracción de los españolitos estaba asegurada mediante un concurso de preguntas conducido por un simpático presentador peruano junto a su contraparte, un viejo actor que encontraba por fin el papel de su vida haciendo de don Cicuta. Además, había una mínima minoría alternativa que conectaba el UHF, la segunda cadena de televisión, cuando no había programación de teatro clásico en ESTUDIO 1, auténtica joya de la corona de aquellas programaciones.

 Los sábados, nosotros, adolescentes aún, recién comidos y con el bocado en la boca, ya estábamos tomando café en el Hungaria, en la Plaza de Santo Domingo, un poco antes de escuchar el sonido seco y metálico de la "Rey de diamantes" cuando daba partidas gratis en los recreativos Zumeta de Santo Domingo, que regentaban los hermanos Palomares. Luego, a media tarde, jugábamos en unos futbolines muy modernos de tres defensas y cuatro delanteros antes de acabar al anochecer tomando vinos en el Yerbero. Pero todo esto ya está contado en otro capítulo.

En aquel tiempo, el folk estaba de moda y muchachos en pantalones de pana y muchachas en maxifalda rascaban con cucharas botellas de anís "El mono" para llevar el ritmo de las canciones tradicionales. Un grupo murciano que tuvo mucho éxito nos aseguraba que "si el vino viene, viene la vida". Bien lo comprobaba luego la juventud de entonces, trasegando tinto en jarras de arcilla acompañando algún jalufo en las primeras tascas que comenzaban a proliferar en las inmediaciones del Campus de la Merced, como El Paleto, El Candil o La Taberna, y un poco más alejada de allí, El Cuervo, con sus célebres sobrasadas a la plancha.

Algunos domingos nos acercábamos a la vieja Condomina para, entre olor a humo de puro y tragos de gaseosa de las que vendían por las gradas, animar al pundonoroso Real Murcia, cuyas gestas y miserias glosaba al día siguiente un locutor de radio local con gafas, perilla y voz aguardentosa, que también se dedicaba al teatro. Y quien quería disfrutar de información gráfica relativa a los lances de juego del equipo pimentonero solo tenía que acercarse al número 3 de Trapería para contemplar las imágenes expuestas en un escaparate de la tienda-laboratorio de Fotos López.  

 El tiempo pasaba muy rápido y no declinaba nuestra juvenil capacidad de asombro ante las novedades que la vida nos deparaba. Había un temblor de emoción en los descubrimientos que nos sorprendían a cada paso y nos alejaban de la niñez.  Hasta que llegó el verano y antes de irnos a la playa entonamos un sentido "Adiós al colegio, adios" porque nos hacíamos mayores y llegaba el momento de las grandes decisiones. La vida salía al encuentro. 

76- Últimos ejercicios espirituales en los Jerónimos (COU 73/74)

 76- Últimos ejercicios espirituales en los Jerónimos (COU 73/74)

 Comenzaba a percibirse un cierto aggiornamento en los aledaños de la Iglesia. En estos últimos Ejercicios espirituales ya no nos hablaban tanto de las penas del infierno en las charlas nocturnas y, por contra, el énfasis se ponía en la recomendación de lecturas de textos del tipo Populorum progressio, la encíclica más social de Pablo VI.  Algún hermano marista ya nos había hablado un año antes de Helder Cámara. Por las mañanas, antes de bajar a desayunar unos enormes tazones de café con leche, también seguían sonando canciones del grupo Mocedades por los altavoces de los dormitorios. 

"Dime Señor
Pescador del Más Allá
¿Habrá un puerto
donde pueda anclar?"

 Como ya he dicho en otro capítulo, eran años también de trenca y cinefórum, de miradas nuevas y de descubrimientos. En el salón de actos del colegio conocí las películas de Visconti, Fellini, Elia Kazan, Truffaut, Antonioni, Ingmar Bergman etc. Después de sesudas disquisiciones sobre supuestas claves del largometraje recién visualizado, que quizá sólo estaban en la mente de quien lo comentaba, descubríamos las tascas donde, entre humo de tabaco, estudiantes barbudos y con gafas de pasta y chicas evanescentes con largas faldas y botas camperas compartían jarras de vino en mesas de madera rústica.

 En ese COU tuvimos por primera vez como compañeras de clase a las muchachas que hasta entonces solo veíamos por las calles, con sus uniformes y sus coloridas carpetas abrazadas contra su pecho de aquella manera tan característica. 

 Sí, eran los últimos ejercicios espirituales y en unos pocos meses entraríamos en la Universidad. Como decía aquel novelista -otro genuino producto de ese tiempo- la vida salía al encuentro. Quedaban atrás unos años vividos en un mundo que se acababa, que pronto sería sólo un recuerdo. Coincidiría además esa entrada en la edad adulta con un cambio de régimen político que nos iba a dar una perspectiva nueva y diferente de lo que habían sido aquellos años de niñez y adolescencia. 

 Todo era vertiginoso. Las grandes decisiones no se podían posponer. En breve íbamos a elegir un camino que nos marcaría durante buena parte de nuestra vida la vida. Al año siguiente, las aulas de las facultades acogerían a una generación de jóvenes que se habían educado bajo paradigmas que en breve tiempo quedarían periclitados para siempre. 

 Con el impulso que da la juventud, entrábamos desbocados en todos los ámbitos y todo nos parecía posible. Tardaríamos mucho tiempo en darnos cuenta de que, como rezaban los versos del poeta, "la vida iba en serio". 

106- Lavando con azulete

  106- Lavando con azulete   Las pastillas de café con leche de Alonso, las tapias hacia la Gran Vía de la Sucursal, la Casa de Socorro, e...