martes, 28 de abril de 2026

107- Antología del disparate

801- Antología del disparate

La clase de Gimnasia de 5º de Bachiller nos la daba el capitán Quesada, de quien consta que ascendió al grado de comandante algunos años después. Era éste un militar de manual, enérgico en sus ademanes, con un alto sentido de la disciplina y alejado de ambigüedades desorientadoras. Con él sabíamos siempre a qué atenernos. Al pan, pan y al vino, vino. 

Junto a la Religión, la Educación Física era una de las marías, asignaturas que se daban por solventadas de antemano, disciplinas de aprobado casi obligatorio, en contrate con las Matemáticas, Lengua, Física o Latín, generadoras éstas de asegurados quebraderos de cabeza que se intentaban superar a base de codos, con la opcional ayuda de algún chuletario que sorteara los controles de los inefables docentes.

En los primeros cursos del Bachiller la Gimnasia era impartida por profesores procedentes de Falange. Posteriormente, fueron militares quienes se hicieron cargo de ella, como el ya citado oficial. También recuerdo a otros dos, el sargento Núñez y el capitán Tárrega.

El programa seguido en esta asignatura consistía en una serie de tablas, con flexiones y estiramientos, y carreras alrededor de los campos de deportes. La imagen que más se me viene a la memoria es la del alumnado corriendo en fila india a lo largo de todo el perímetro del patio, que englobaba dos campos de fútbol y uno de balonmano. De vez en cuando hacíamos pruebas de atletismo, salto de altura y 60 metros lisos, raramente salto de longitud. 

Estas actividades sacaban a relucir la  tipología física de los alumnos y mostraban sus distintas aptitudes ante los ejercicios propuestos por el profesor. Pero donde las diferencias se exacerbaban era en el Gimnasio. Periódicamente se daba allí la clase y lo que al aire libre era despreocupación a pesar del esfuerzo, en esa sala cerrada, con espalderas en las paredes, cuerda lisa y de nudos colgando del techo elevado y diferentes aparatos distribuidos en sitios estratégicos, era pura tensión. No todos teníamos la misma coordinación corporal. Ante la perspectiva de dar una voltereta en un plinto de respetable altura conseguida a base de añadirle módulos, algunos compañeros temblaban de miedo. El salto del caballo era otro escollo a superar que llenaba de ansiedad a los menos ágiles. Cuando el capitán Quesada nos hacía saber, una vez formados militarmente en el patio, que la clase se daba en el Gimnasio, más de uno pensaba de antemano en el mal rato que le esperaba.

Después de alguna prueba de esfuerzo, el profesor nos decía que midiéramos nuestras pulsaciones. Y yo comencé a ver que mi ritmo cardíaco era más elevado de lo normal. Sentía que me faltaba fuelle, que el corazón se me desbocaba cuando realizaba ejercicios con algún mínimo grado de exigencia.

Ante la repetición de esta anomalía, el capitán Quesada me dijo que lo pusiera en conocimiento de mi familia. Así lo hice y a los pocos días estaba en la consulta del doctor Ruipérez, una referencia de la cardiología en la Murcia de aquellos años. Allí me hicieron los primeros electrocardiogramas de que tengo memoria. Al cabo de un tiempo se decidió que me extirparan las amígdalas, considerando que en alguna infección recurrente de las mismas podía estar el origen de mis taquicardias. En esa época, la llamada "operación de anginas" con carácter preventivo entre los niños estaba muy en boga. Así que me dispuse a pasar por lo mismo que otros compañeros habían pasado ya. La intervención se llevó a cabo en el Hospital de San Carlos, actualmente perteneciente al grupo Quirón. 

De tal jornada, pocos recuerdos me quedan. Entre otros, la recomendación de tomar helados durante unos días, lo cual, con lo aficionado que era a consumirlos, paliaba para mí las incomodidades de aquella cirugía. Pero lo que evoco ahora con absoluta nitidez es la visita de mi querida prima Chencho con un regalo en la mano para hacer más llevadera mi convalecencia.

Se trataba de la "Antología del disparate", un libro elaborado a base de contestaciones erróneas de alumnos, recopiladas por Luis Díez Jiménez, un catedrático de Instituto de Málaga. 

Este volumen había gozado de una gran difusión y sus ediciones no tardaban en agotarse. La que yo conservo es del año 1972. 

La sonrisa, cuando no la carcajada, está asegurada con su lectura. A través de las diferentes definiciones dadas por los estudiantes podemos intuir los vericuetos psicológicos que siguen a la hora de elaborar respuestas, en un vano intento de disimular su ignorancia ante muy diversas preguntas de examen: desde auténticas burradas hasta intentos de "marear la perdiz" metiendo "paja", para que parezca que han dicho algo aunque no hayan dicho nada en realidad; y usando a la vez términos que les suenan lejanamente, pero que tienen muy poco que ver con las contestaciones correctas. Todo un alarde de imaginación que en algunos casos roza la genialidad. Es entrañable la inocencia con la que algunos creen haber salido del paso con enredos de palabras parecidas a las idóneas, pero que mezcladas resultan surrealistas y provocadoras de hilaridad. Son impagables los ratos de diversión que, leídas al azar, proporcionan estas páginas, porque cualquiera de ellas encierra perlas humorísticas que son un auténtico remedio contra la tristeza y los días grises. 

Yo aún conservo aquel ejemplar, desencuadernado de tanto usarlo, de tanto llevarlo conmigo a muchos sitios como compañía infalible ante las asechanzas del aburrimiento o el desánimo. Todavía recuerdo una excursión por el monte organizada por el colegio, con un pequeño grupo de compañeros y el hermano Gaspar, marista encargado de nuestra tutoría, muertos de risa durante un descanso en la ascensión, mientras les leía en voz alta las descacharrantes respuestas. Porque escuchar, sentados bajo la sombra de los árboles tras subir cuestas interminables y haber dado buena cuenta de los bocadillos, que "los reptiles son animales que se disuelven en el agua", "Camoens, aunque era portugués, era tuerto", "Insectos son aquellos animales que desde chicos empiezan a criarse y luego hacen daño a las plantas" o "Edad de Bronce: Aquí los hombres tenían una estructura como la de un gorila, aunque afortunadamente más tarde fue cambiando" era un modo infalible de echar unas risas. 

De vez en cuando, vuelvo a hojear este desvencijado libro y retorna aquel año de tablas de gimnasia, operación de anginas y ratos de carcajadas compartidos con los amigos. Entre sus líneas se encierra un tiempo feliz que de vez en cuando evoco con su lectura. 


sábado, 25 de abril de 2026

106- REBELDÍAS DE ADOLESCENCIA

106- REBELDÍAS DE ADOLESCENCIA 

 Cuando teníamos 14 o 15 años, en el porche de Pedro y Nito, unos amigos de Madrid que venían a pasar el verano a la Torre de la Horadada, colocábamos los bafles del tocadiscos y pinchábamos a un volumen bestial Gipsy, un tema de Uriah Heep, grupo pionero de lo que comenzó a conocerse por aquel entonces como Heavy Metal.

Escandalizábamos al vecindario con ese riff salvaje de guitarra acompañado de un órgano Hammond desbocado y lleno de furia. Era lo nunca visto. Los tranquilos veraneantes, acostumbrados a escuchar "Un rayo de sol" de Los Diablos en todas las maquinas de discos de los bares y en los aparatos de radio, no daban crédito a esa música brutal que atronaba la calle. Y nosotros, en plena adolescencia, orgullosos de transgredir a base de solos vertiginosos, de ruido infernal en las tardes tranquilas del veraneo, nos creíamos el colmo de la modernidad y de la rebeldía. 

Se trataba de una de las canciones fundacionales del hard rock, una obra maestra del género. Rock pesadísimo y progresivo con mucho potencial catártico, transgresión sonora pura y dura, material provocador de oídos biempensantes. Era también la biblia de la "música progresiva", ese estilo que consistía en ir introduciendo paulatinamente los instrumentos en orden creciente hasta alcanzar una masa crítica que llevara al clímax del tema.

Las mujeres, en el estanco, desde donde se escuchaban los punteos estridentes y los golpes tremendos de la batería, decían que los jóvenes de ahora no teníamos solución. ¿A dónde íbamos a ir a parar con tanta modernidad? Pero nosotros, inasequibles al desaliento, seguíamos sacando los bafles al porche, cada vez más convencidos de que los tiempos estaban cambiando. 

Ahora, más de cincuenta años después, vuelvo a escuchar esta gloriosa canción y la veo tan inocente que no la distingo de la que sonaba en la serie de Heidi. 


(Texto: Mariano López-Acosta)

domingo, 5 de abril de 2026

105- Una tarde de viernes

105- Una tarde de viernes

Estudiábamos Primero de Bachiller, curso 67/68, y los sábados ya no eran lectivos. A las 6 de la tarde del viernes salíamos de la última clase, generalmente alguna "maría", y, con la euforia de la libertad del fin de semana que acababa de iniciarse, tres o cuatro compañeros con itinerarios similares emprendíamos juntos el camino de vuelta a casa. Charlábamos, comentábamos anécdotas de patio de recreo sobre materias y profesores, (entonces teníamos uno solo, el tutor, nos daba prácticamente todas las asignaturas), mientras flotaba en el ambiente esa sensación de optimismo que daba el no volver al aula hasta el lunes. Eran los primeros años de la semana inglesa, del weekend.

 Yo recuerdo sobre todo algunas tardes de primavera en que los días se alargaban y se notaba la llegada del buen tiempo. El recorrido era siempre el mismo. Tras atravesar todo el Malecón girábamos en Martínez Tornel hacia la Gran Vía, llena de animación, con el presagio de las jornadas calurosas que desembocarían en el verano. Íbamos recorriendo su acera desde la Glorieta sin prisa, en amena conversación, con las carpetas y los libros de texto. Había algún que otro vendedor callejero, con su carrito lleno de globos, bolsas de pipas y palomitas. Las madres acababan de clausurar nuestros abrigos y trencas hasta el invierno siguiente y la vida se volcaba en la calle, como buena ciudad mediterránea que es Murcia. 

Avanzábamos y la conversación pasaba de los temas escolares a los descubrimientos de preadolescentes que empezaban a indagar en temas velados por el muro de silencio de los adultos. Así, sin darnos cuenta íbamos dejando atrás  Hijos de Antonio Zamora y la confitería Alonso, donde quizá compráramos peladillas  o caramelos de café con leche para el camino. Y seguíamos Gran Vía adelante, en agradable tertulia mientras por el asfalto se desplegaba el parque móvil de la época con intenso tráfico en ambas direcciones. Las tardes eran mucho más laborables que ahora, no solo en el comercio. 

Por fin, tras recorrer la acera de las tapias de la Sucursal, nuestro colegio hasta el curso anterior, nos separábamos y yo torcía por la esquina tras la farmacia Tomás y entraba en la primera portería, ya en Jaime I, donde vivía mi abuela Luisa, cuyas ventanas daban a la Gran Vía. 

Era una casa de pasillo largo, según los planos arquitectónicos de la época, jalonado por varias puertas de dormitorios, en la que reinaba el orden y la tranquilidad. Tras el beso de rigor a la madre de mi padre y a alguna de mis  tías y primas mayores que solían estar haciéndole compañía  a esas horas en el salón, Paquita, la mujer que la atendía y vivía con ella, me acompañaba hasta la cocina donde me ofrecía unas rebanadas de pan casero y una sobrasada con una pinta espléndida recién sacada de la fresquera, todo ello completado con una Pepsi-Cola que cogía yo mismo del frigorífico.

Mientras Pedro Picapiedra, en blanco y negro, lanzaba su iabababadú en la tele, yo daba buena cuenta de la merienda. Tras contarle a mi abuela, a preguntas de ella, cómo me iban las cosas en clase, salía un rato al balcón a mirar el tráfico, a ese mismo balcón desde el que solíamos ver pasar el Bando de la Huerta todos los años. 

Un poco después llegaban mis padres, con algunos de mis hermanos, y luego más primos y tíos, con lo que se daba un conciliábulo familiar que al cabo de un rato, poco antes de la hora de la cena, se iba deshaciendo en medio de besos de despedida y conversaciones joviales. 

Sólo quedaba regresar a casa, cenar y ver en la tele a Napoleón Solo e Illya Kuryakin en El Agente de C.I.P.O.L.  Y luego, El alma se serena, dar las buenas noches y entrar entre las sabanas  para leer alguna  aventura del Jabato ambientada en el Nilo, con cocodrilos y sicarios de un faraón algo atravesado. La infancia iba pasando pero el mundo de los mayores aún quedaba muy lejano. Quizá no éramos conscientes de algunos signos de felicidad, invisibles entonces, y que muchos años después añoraríamos.



sábado, 4 de abril de 2026

104- La promesa del Chichones

104- La promesa del Chichones

En la Murcia de mi infancia había personajes populares, de la calle, caracterizados por su merodeo fuera de los límites de lo que podríamos considerar como "normalidad". Gente extravagante, muy conspicua, alentadora de leyendas e historias sobre su pasado que en ocasiones fomentaban la curiosidad y el morbo, cuando no la ternura. La Picaporte era uno de esos seres especiales que recorría las calles y formaba parte del paisaje urbano, con su sempiterno carricoche lleno de cartones; pequeña y encorvada, silenciosa, ajena al resto de la gente y seguida de un perro, se la podía ver por toda la ciudad, siguiendo un itinerario cuya extraña lógica solo estaba en su mente. 

La Dama de las basuras era otra presencia callejera que quedó integrada asimismo en la memoria de lo popular. Cargada de bolsas, siempre acompañada de su hijo, un niño al que llevaba cogido de la mano en todo momento, parece ser que estaba aquejada de un síndrome de Diógenes muy severo que la hacía acumular grandes cantidades de basura en su casa. La Roja de los Papeles también formaba  parte  de ese mínimo grupo de almas errantes que recorría las aceras sin rumbo fijo, gente extramuros de las mayorías normalizadas que nos hacía imaginar biografías rotas, justificadoras de existencias tan fuera del sistema. 

Antonio García Jiménez, "El Chichones", fue también otro de los que habitó esa mitología murciana de outsiders conocidos y contemplados con indulgencia por la mayoría de la gente. Quien lo conoció lo describe como un ser de extremada  bondad, que creía en la consigna evangélica de que los niños eran los auténticos merecedores del Reino de los Cielos. Hace unos días, repasando las hemerotecas descubrí una noticia que hacía referencia a sus muy sentidas devociones religiosas. Se refería el hecho de que al conocido personaje le había tocado el gordo de la rifa final de la Feria del año 1964, consistente en "el comedor", así como suena, sin abundar en más detalles sobre las características de dicho premio. El cual subastó, nada más recibirlo, con lo que obtuvo unas nueve mil pesetas que empleó en saldar los gastos de los funerales y la sepultura de su madre.

Y terminaba la reseña dando cuenta de la promesa hecha de subir al Santuario de La Fuensanta para dar las gracias a la Patrona, una ascensión que habría de realizar arrastrando cadenas y partiendo de la puerta de la Catedral después de la misa, no sin agradecer la presencia de quienes se acercaran a despedirlo antes de su partida. 

Es sabido también que en Semana Santa se involucraba en el espíritu de la Pasión con prácticas penitenciales que no pasaban desapercibidas. Cargado con cruces pesadísimas, descalzo, tocado en alguna ocasión con una corona de espinas, se le podía ver durante el Viernes Santo acompañando a los salzillos por libre, como un verso suelto sin adscripción oficial a ninguna cofradía, pero con un sentimiento tal que parecía que caminara por la Vía Dolorosa de Jerusalén, y no por las calles de Murcia, acompañando a Jesús en su camino del Calvario. Esa condición tan llamativa de verso libre llevó a los sectores más ordenancistas de la hermandad nazarena a pedirle que dejara de procesionar con ellos. Y entonces llegó la profecía de Antonio El Chichones: mientras él no desfilara tras el Cristo doliente, no saldrían los salzillos por las calles de Murcia durante el Viernes Santo. Y lo que son las cosas, la Real y Muy Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno no pudo comparecer con sus pasos y nazarenos por causa de la lluvia cuando llegó la primera Semana Santa tras el vaticinio del marginado penitente. Son casualidades pensaría más de uno. En primavera el tiempo es muy inestable y a veces la meteorología puede jugar malas pasadas.   Pero cuando al año siguiente vino la segunda cita tras la exclusión  del bueno de Antonio García Jiménez, nuevamente los imponderables de la climatología suspendieron la procesión. Más casualidades, qué otra cosa se podía decir. El tiempo va por libre y no depende de los humanos. En las alturas sabrán lo que se hacen. Pero quizá ya empezaba a circular algún tipo de leyenda entre la gente sobre el curioso acierto de los augurios de aquel personaje tan popular. Para la tercera salida, alguien tuvo a bien invitar al Chichones para que volviera acompañar a Jesús en su Pasión, desfilando como antaño con su pesada cruz y sus llamativos signos penitenciales. Y mira por donde, amaneció una mañana esplendorosa, con toda la luminosidad de una tierra tan amistada con el sol, con los cielos azules y el aire impregnado de azahar y atravesado por el sonido de las grandes trompetas de la burla y los redobles de los tambores silenciados con terciopelo. De seguro que el Eccehomo atado a la columna lanzó una mirada cómplice a Antonio que sólo pudo percibir él.


-En la sección AIRE DE LA CALLE, firmada por JUAN IGNACIO DE IBARRA, aparecía una pequeña columna titulada OFRENDA DE GRATITUD. En ella se glosaba la figura de Antonio García Jiménez "conocido popular y cariñosamente por EL CHICHONES".

En esta crónica se refería el hecho de que al conocido personaje le había tocado el gordo de la rifa final de la Feria, consistente en "el comedor".

El conocido personaje había subastado dicho premio, nada más recibirlo, con lo que obtuvo más de nueve mil pesetas que empleó en saldar los gastos de los funerales y la sepultura de su madre.

Y continuaba la columna dando cuenta de la promesa hecha por EL CHICHONES  de subir al Santuario de La Fuensanta para dar las gracias a la Patrona, un periplo que habría de realizar arrastrando cadenas y partiendo de la puerta de la Catedral después de la misa, no sin agradecer la presencia de quienes se acercaran a despedirlo antes de su ascensión. 

103- El viaje de estudios a Italia

 103- El viaje de estudios a Italia

 Estudiábamos COU, llegó el buen tiempo y nos preparamos para el viaje de estudios: a Italia, a golpe de kilómetros de autobús por las carreteras nacionales de entonces, hasta llegar a la frontera francesa como primera jornada. Recuerdo perfectamente aquella mañana soleada de la partida, los preparativos, la euforia compartida con los compañeros. Y con las compañeras, cuya presencia suponía un aliciente añadido, una variable recién estrenada en nuestra vida de futuros universitarios.

Yo creo que por aquel tiempo muchos de nosotros habíamos comenzado ya a doparnos con la droga de los enamoramientos adolescentes. Lo que pasa es que la ratio de compañeras/compañeros arrojaba tal desproporción que para llevar a cabo nuestros propósitos amorosos teníamos que hacer frente a una competencia muy reñida. Así, la que se había convertido en mi amada secreta tenía un buen número de admiradores más o menos declarados. Pero sobre esto ya hablaré en otra ocasión. Baste decir que la presencia de dicha muchacha en el viaje alteraba mis procesos sentimentales. Recuperar la tranquilidad de espíritu que pierden los enamorados primerizos me llevaría todo el tercer trimestre. Para el verano ya creía estar inmunizado de aquel virus que me inclinaba a mirar la lluvia tras los cristales meditando sobre si la última ocurrencia ingeniosa del día anterior le habría hecho la suficiente gracia a aquella muchacha para que se acordara de mí después de clase. Si además escuchaba Poema de amor de Serrat en alguna tarde melancólica, ya tenía la tormenta perfecta para sentirme un poeta con mal de amores, sobre todo después de escribir algunos ripios infantiles que ahora me hacen sonreír con indulgencia pensando en las "penas" de aquel adolescente.

Aunque también me consolaba pensando que otros compañeros lo habían llevado peor, sobre todo uno de ellos, más sensible a las asechanzas de las emociones amorosas y cuyo desánimo por no alcanzar el favor de quien era también mi amada secreta le duró bastante más tiempo y fue tal que nos llegó a preocupar a los amigos.  

El primer día de viaje sirvió para que pudiéramos pernoctar en Figueras, cerca de la frontera con Francia. El matrimonio que parecía llevar el hotel donde nos alojamos hablaba un catalán muy cerrado cuando no se dirigía a nosotros. Allí fui consciente por primera vez de hasta qué punto había en España realidades lingüísticas diferentes al castellano, de la existencia de gente que pensaba y hacía su vida cotidiana en otros idiomas. Eso era algo ya sabido, por supuesto, pero verlo en primera persona te daba una noción más real de un hecho que desde la monolingüe Murcia contemplabas con mucha distancia.

Después de aquella primera noche pasada en la capital del Alto Ampurdán entramos en Francia. El único recuerdo que tengo de la nueva etapa del viaje remite a una parada en alguna pequeña localidad muy rural, cuyo nombre he olvidado, con una agradable campiña al borde de la carretera. Mientras estirábamos las piernas después de tantas horas de autobús, nos acercamos a un árbol a cuya sombra descansaba un viejo campesino, con la intención de poner a prueba nuestro precario dominio de la lengua francesa. Nos presentamos como estudiantes españoles en ruta hacia Italia y, después de cruzar con él algunas frases chapurreadas en un francés muy primario, se quedó mirando a mi amada secreta y de manera muy enigmática le dijo: "Vous vous marierez en Italie" (Tú te casarás en Italia). Yo vi esa premonición del viejo paisano como una especie de cumplido, de inverosímil materialización, que asociaba a formas galantes arcaicas teñidas de un cierto paternalismo, señal también de que la compañera le había llamado la atención, pues casi sólo se dirigió a ella en el breve diálogo que mantuvimos. La escena era de lo más bucólico. Un prado ameno y agradable en el que el tiempo parecía haberse detenido, un paisano ya mayor tocado con boina y con una expresión en la mirada propia de quien está en paz con el mundo y no espera nada más de la vida, un amigo con mal de amores y una muchacha muy hermosa en la flor de su edad, ajena a los desajustes sentimentales que se daban a su alrededor. Esa fue la instantánea de la "dulce Francia" que me llevé de aquel viaje.    

Y entramos en Italia, con nuevos trámites de pasaportes (ni estábamos en lo que por aquel entonces era el Mercado Común, ni en éste existía el Espacio Schengen). Las imágenes que retengo de esos días italianos están muy fragmentadas y dispersas, son estampas que me vienen a la memoria sin orden cronológico, ha pasado mucho tiempo y no tengo escrito ningún diario de aquel viaje para detallar sus pormenores y su transcurso. Alguna vez que me he reunido con antiguos compañeros descubro cosas que me pasaron desapercibidas al igual que aporto alguna experiencia reveladora de episodios del viaje que ellos habían olvidado. Como pasa con todas las vivencias compartidas después de muchos años. 

Así, puedo recordar una noche de primavera junto a la Torre de Pisa, caminando por lo que parecía una alfombra verde en medio del Conjunto Monumental al que pertenecía. Sobre un césped muy tupido contemplábamos esa edificación tan popularizada en la memoria colectiva por la curiosidad de su inclinación, un error de cimentación al que tanto debe históricamente dicha localidad, puesta en el mapa gracias a ese fallo de cálculo. ¿Qué sería de Pisa y de su prosperidad sin la falta de destreza de aquel arquitecto que le dio fama y renombre con lo que en su momento debió parecer una tremenda chapuza a sus contemporáneos? Ese monumento tan peculiar era uno de esos lugares comunes que te acompañan desde la niñez cuando había que referirse al país de la bota, en un tiempo en que las pizzerías sólo las imaginabas en las películas del neorrealismo italiano de Vittorio De Sica y no en las calles de Murcia. 

En otra estampa perdida en el tiempo, totalmente aislada de cualquier contexto, me veo caminando por las calles de Milán bajo un cielo grisáceo, en medio de un tráfico desbocado que me habla ahora -y no entonces, cuando no reparaba en esas cosas- de una ciudad industrial llena de actividad, un polo económico dentro de aquella Europa que comenzaba a entrar en crisis tras los acontecimientos de 1973 en Oriente Próximo. Después de la visita de rigor al Duomo y otros monumentos históricos nos habían dado una hora libre y yo paseaba al albur por aquellas avenidas, preguntando de vez en cuando a los transeúntes en italiano macarrónico, para no desorientarme en la ciudad desconocida, "Per favore, la stazione?. Grazie". En un puesto callejero compré una cassette de guitarra clásica de Ramón Herrera, intérprete desconocido para mí que sólo sabía de Andrés Segovia y Narciso Yepes. Otra imagen que me queda de aquel Milán, que aún no asociábamos al todopoderoso Silvio Berlusconi, es la de un gran mercado cercano a la estación, con una abundancia y una variedad como no había visto hasta entonces. 

El siguiente escenario que me llega después de tirar del hilo de la memoria es la Plaza de San Marcos de Venecia, también en un día nublado y lluvioso. Estoy ahora en una ciudad integrada en el imaginario de nuestra infancia, simplificador y alimentado por anécdotas, por la sencilla razón, no de tener torres inclinadas sino calles de agua, otra curiosidad aprendida desde que uno se recuerda.  No me alcanzaba entonces la dimensión inspiradora que la urbe de los canales ejercía sobre tantas creaciones culturales, me era ajena la melancolía de la decadencia que tantas obras de arte y literatura había gestado en los artistas más sensibles. Yo paseaba en aquella lluviosa mañana por dicha plaza constatando, sí, lo peculiar de aquella población cuyo tráfico se desarrollaba en embarcaciones y no en automóviles. Conservo escenas de una travesía en góndola mientras dejábamos atrás el Puente de los Suspiros y un gondolero hacía referencia, con cierta sorna, al régimen político de la España de entonces, experiencia viajera completada con una posterior visita a la fábrica de vidrio de Murano. 

 Pero si hay una imagen que asocio a estas alturas a aquel aire crepuscular que los paradigmas culturales otorgan a Venecia, esa es la de una travesía nocturna en vaporetto por el Gran Canal junto a dos o tres compañeros. Seguramente por el cansancio de la intensa jornada íbamos en silencio, comentando algún pormenor del día en un tono apagado, con la mirada puesta en ese entorno tan distinto a las estructuras urbanas a las que estábamos acostumbrados, un marco de iluminadas edificaciones cargadas de historia, palacios y casas monumentales reflejándose en el agua, todo tan novedoso y de una estética tan diferente al lugar del que veníamos que nos parecía irreal.  En la cubierta, sin apenas gente, dos muchachas con aspecto nórdico, rubias y esbeltas, con pantalones de campana muy ceñidos, miraban en silencio la estela que dejaba el vaporetto. Se adivinaba en ellas un aire melancólico en armonía con la situación de aquella noche tan calmada, con el leve murmullo de la embarcación surcando las aguas. El declinar del día era una mezcla de desolación y serenidad. Las dos jóvenes tenían un aire que recordaba a las modelos de Botticelli. Esas percepciones suponían un contraste muy grande para quien venía de un mundo de partidas de futbolín, bromas de patio de colegio y balonazos contra los muros del recreo, aunque aquel COU lleno de compañías femeninas a ras de pupitre y continuas iniciaciones nos orientara hacia actitudes de más madurez y conocimiento. Muchos años después comprendí mejor esas sensaciones que me dejó la travesía nocturna por el Gran Canal.

Y sigo rescatando escenas de aquel viaje. Ahora estamos en el autobús, ya de noche, expectantes ante el anuncio de la inminente llegada a Roma. Inminente llegada muy demorada, la metrópolis se extiende por un área muy grande y la curiosidad por descubrir esa ciudad de tantas connotaciones para nuestra corta memoria tarda en satisfacerse. Atravesamos suburbios y extrarradios en avenidas interminables y por fin llegamos a nuestro destino. Encienden las luces y descubro el arrobamiento de mi amigo, el enamoradizo, que ocupa asiento contiguo al de nuestra amada secreta. Por fin, llegamos a tiempo de la cena en una residencia de monjas que será nuestro albergue durante los días romanos. "Un panino, per favore" es la frase que se hará popular en el comedor donde las hacendosas religiosas nos atienden. Y esa frase es, después de cincuenta años, uno de los leitmotiv que recuerdo de aquellos avituallamientos nocturnos tras jornadas intensas recorriendo la Ciudad Eterna. Aquella primera noche puedo evocarla envuelta en una euforia que borraba definitivamente la melancolías y desolaciones venecianas. Al igual que la ciudad de los canales te envolvía en esas brumas nostálgicas y decadentes, Roma transmitía una alegría palpable, una luminosidad que te animaba a recorrer sus calles sorprendiéndote con los vestigios dejados por tantos siglos de historia. Estábamos en primavera, con dieciséis o diecisiete años, lejos y olvidados de nuestras localistas raíces, compartiendo avenidas, plazas y monumentos con multitudes animosas y cosmopolitas. Es así como recuerdo aquellos días de estancia en la ciudad de las siete colinas. Curiosamente, en otra visita muy posterior, las sensaciones fueron muy parecidas. Esa es la impronta, alegre y despreocupada, que me dejaron aquellas jornadas romanas.

 La Basílica de San Pedro del Vaticano (en la que adquirí un libro guía plagado de ilustraciones y textos en lengua italiana que aún conservo), la Basílica de San Pablo Extramuros, la Fontana de Trevi, el Coliseo, la Plaza de España, el Foro Romano, fueron algunos de los enclaves de obligada visita que recuerdo ahora, lugares concurridos por abigarradas muchedumbres en una época en que el turismo aún no expulsaba a los vecinos del centro de las ciudades, como sucede actualmente. Fueron días trepidantes, de continuo callejeo, con la mirada de "buen salvaje" puesta sobre las sucesivas Romas que se abrían a nuestro paso, en esa urbe cargada de capas históricas sedimentadas a través de los siglos, donde unas ruinas de la Antigüedad Clásica compartían espacio con monumentos del Barroco.  Hay escenas que no se borran, como aquella de la audiencia vaticana de Pablo VI y su aparición en silla gestatoria por el pasillo central de la enorme sala atestada de peregrinos, o la de la Fontana de Trevi, con el lanzamiento de monedas de espaldas pidiendo un deseo, deseo que yo adivinaba en mi amigo, el enamorado de nuestra amada secreta, que lanzaba una moneda de 10 liras con los ojos cerrados, pidiendo posiblemente lo que nunca consiguió. 

 Ya por la noche, en la cena, seguíamos practicando nuestro italiano,("un panino, per favore"), con las amables monjitas que atendían el comedor de la residencia. Así pasaron unos días de itinerarios y visitas, una de éstas, ya de las últimas, a la sede central que los Maristas tenían en Roma, de la que recuerdo un campo de fútbol de hierba y unas instalaciones muy funcionales, todo con el aspecto de una buena organización. Nuestro tiempo romano iba llegando a su fin mientras nos ejercitábamos como auténticos rompesuelas a base de caminatas interminables para conocer una minúscula parte de tanto como ofrecía la  histórica urbe.

Se acababa el viaje, volvíamos a Murcia para la Semana Santa embebidos de anécdotas y monumentos, de hallazgos y experiencias muy nuevas, el mundo no se acababa en nuestra querida Murcia, entre la calle Pasos de Santiago y el Malecón; si cruzabas el Puerto de la Cadena y seguías hacia el Norte sin nada que te retuviera, había muchas maravillas por descubrir.

102- El comercio murciano de los 60

 102- El comercio murciano de los 60

  Las cuñas radiofónicas y las reseñas de los periódicos daban cuenta de la oferta comercial con las técnicas publicitarias de entonces, que ahora nos resultan tan entrañables. Tal vez eran anuncios desprovistos de estudios sociológicos, de esos que llevan a cabo gabinetes de expertos en comunicación, pero rezumaban simpatía y simplicidad. Ahora todo eso es puro material vintage.

 Exceptuando la recién inaugurada Galerías Preciados de la plaza Cetina, por aquí no se tenía noticia de grandes superficies foráneas. En aquella pequeña y provinciana Murcia de comienzos de los 60, con su casco antiguo enclavado en un vergel y acechado por acequias y bancales, la vida cotidiana transcurría tranquila, pautada por los ritmos sociales y laborales, con su actividad comercial adaptada a las demandas de la población y partiendo de la premisa de que, mayoritariamente, los responsables de surtir de bienes de consumo a los murcianos de a pie eran otros murcianos de a pie y no grandes corporaciones con intereses económicos radicados en lejanas latitudes.

 El comercio murciano de la época lo llevaban, pues, familias de aquí, de la tierra, vecinos de los clientes a quienes surtían de los artículos necesarios para su día a día.

Repasando hemerotecas al hilo de estas digresiones, di con una información referida al conocido concurso La hora feliz organizado por la empresa Villar, especializada en cochecitos de bebé. "Será niño o niña, pero el coche será Villar", rezaba su slogan. Consistía en premiar al recién nacido cuya venida al mundo estuviera más cercana a la medianoche de la Nochebuena.

 En esta ocasión hablamos de la Navidad de 1960. Según recogía el diario LÍNEA, la Ferretería GUILLÉN, en colaboración con RADIO JUVENTUD, informaba de la concesión de dicho premio a un bebé nacido a las doce en punto de la noche del día 24 de diciembre. Además del regalo del coche Villar, el afortunado neonato recibió, junto a las aportaciones de algunos particulares, una serie de obsequios a cargo de conocidos establecimientos. Dicha lista de donantes constituye una foto fija muy interesante del comercio murciano de aquellos años, aunque falten nombres propios que también hicieron historia.

 Este fue el inventario de regalos y así consta en las crónicas de la época:

 Unas botitas remitidas por calzados LA CARMELITANA

Una uva de plátanos, de don Miguel Jiménez Díaz

Un juego gigante de chupeta, tetina, polvos, etc. de FARMACIA IRACHETA

Un abriguito enviado por ALMACENES ANAYA

Una caja de cervezas EL AGUILA, de los señores hijos de JUAN BERMEJO

Un surtido de chupetas, pomadas, etc. de FARMACIA SANTA EULALIA

Un juego de plástico de ALMACENES COY

Un bamby felpudo de BAZAR MURCIANO

Cuatro botes de COLA CAO de don M. Martínez Carrasco

Un taka-taka de FERRETERÍAS GUILLAMÓN de Platería

Cuatro pares de botas de lana que obsequia una señora anónima

Un canal de LA CASA DE LAS MALETAS

Una manta Nen-Non enviada por ESTABLECIMIENTOS MANUEL MEDINA

Una manta de TEJIDOS FERRÁN

Un surtido de botes de conserva, DON JUAN PÉREZ MOMPEÁN

Jabón, chupeta y babero, DON LUIS OÑATE

Un chal de lana, señores HIJOS DE ANTONIO ZAMORA

Un osito de goma de plástico, de LA CASA DE LOS BOLSOS

Un anillo de oro, DON JOSÉ MUÑOZ MUÑOZ

Una bañera de plástico de la marca SUGAR

Un colchón SEMA, DON ÁNGEL SÁNCHEZ CHULIÁ

Una libreta de ahorros con 100 pesetas, de CALZADOS PEREA

Una medalla de plata de JOYERÍA OLIVARES

Una faja de la casa INTEX, donada por su representante, señor XARCO

Un Seguro de Vida DOTAL de 5.000 pesetas, de SEGUROS L'ABELLE

Dos botellas de marca de BODEGAS SANCHO

Una manta de espuma de nylon de ESTABLECIMIENTOS BRIAL

Doce pastillas de jabón, donadas por AROMAS DE MURCIA

Un orinal de plástico y un sonajero de Almacenes EL SIGLO

Un bonito caballo de juguete, DON EMILIO GIL

Una mesa recibidor de MUEBLES LAJARÍN

Un par de medias para la madre de almacenes EL SEGURA

Diez botellas de reconstituyente MOSTELLE, DON MARIANO FERNÁNDEZ

Un muñeco regalado por ACCESORIOS LUCAS

Unos botes de conserva CASCALES, FÁBRICA DE CONSERVAS

Doce paquetes de BLANCOL, de DOÑA MANOLITA FERNÁNDEZ

Unos vestiditos, unos picos y mañanita, de DOÑA PAQUITA RUIZ

101- Historias de la mili

 101- Historias de la mili

  Me libré de la 'mili' gracias a mi miopía. Durante varios años había recurrido a las prórrogas por estudios para aplazar la posible incorporación a filas.  Mi experiencia con la milicia se redujo más tarde a una semana de estancia en el hospital militar de Mislata en Valencia esperando el veredicto de un tribunal médico tras el reconocimiento que me hizo un oftalmólogo castrense. Recuerdo cómo la mañana del último día un oficial pasó lista y después de citar mi nombre apostilló "No apto". Para bien o para mal, esa fue toda mi relación con el ejército. 

Pero a pesar de mis inexistentes vivencias cuarteleras, ese vacío quedó subsanado con creces por las “batallitas" que contaban los amigos cuando volvían tras cumplir con su deber para con la Patria. Qué manera de narrar. Los que regresaban lo hacían envueltos en una verborrea llena de imaginarias, cetmes, marchas, guardias, garitas, cocinas, paseos, chascarrillos de suboficiales, etc. La instrucción era para ellos una etapa que rompía con todas las rutinas de la vida llevada hasta entonces. Había como un antes y un después muy marcado tras el paso por el cuartel. Cuando venían de hacer el campamento, a muchos de ellos ya se les notaban las ganas de contar historias, de referir testimonios y anecdotarios de su iniciación como soldados. Pero cada uno contaba su experiencia de recluta según le había ido en la feria. Porque no todos los destinos eran iguales. Influía en ello la suerte o la posibilidad de algún tipo de recomendación. No era lo mismo estar de chófer de un oficial en tu misma ciudad que pasar por Ceuta o Cerro Muriano. Por eso, esa incontinencia verbal se podía teñir de un cierto desaliento o, por el contrario, de humorismo y recuerdos entrañables. A veces, cuando escuchabas a alguien beneficiado con un buen sorteo, lamentabas haber quedado eximido del servicio militar, pensabas que te habías privado de una experiencia enriquecedora. Pero si el cronista era un tipo harto de hacer guardias, con estancias en el calabozo y a las órdenes de algún suboficial atravesado, te alegrabas del sello de "no apto" que te habían imprimido en la cartilla. 

El obligado paso de los jóvenes por el ejército incidía en aspectos sociológicos muy concretos de aquellos años. En una época en que la gente sólo se desplazaba por causas muy puntuales, en que aún no se daba el actual fenómeno de la España vaciada, la incorporación a filas era una oportunidad para salir de tu tierra y conocer otras ciudades y otras gentes. Durante ese periodo se forjaban amistades que se mantenían durante toda la vida, a pesar de las distancias geográficas. 

 Bien es verdad que a veces se interrumpían trayectorias vitales y posiblemente se perdían en algunos casos oportunidades de promoción laboral, trenes que pasan solamente una vez en la vida. 

Tras la abolición del reclutamiento obligatorio va quedando cada vez más envejecido el segmento de población que dedicó parte de su tiempo a la estancia en campamentos y cuarteles. Las historias de la mili pronto quedarán reducidas a las clases pasivas. Pero este mundo multilateral está cada vez más revuelto, la actual geopolítica no invita al optimismo y nunca se sabe en qué puede derivar la escalada de la tensión entre bloques armamentísticos. En algunos países europeos se vuelve a plantear la obligatoriedad de la instrucción castrense. Igual dentro de unos años nuestros nietos recuperan las experiencias y chascarrillos de los campamentos militares. 


101- Historias de la mili

  Me libré de la 'mili' gracias a mi miopía. Durante varios años había recurrido a las prórrogas por estudios para aplazar la posible incorporación a filas.  Mi experiencia con la milicia se redujo más tarde a una semana de estancia en el hospital militar de Mislata en Valencia esperando el veredicto de un tribunal médico tras el reconocimiento que me hizo un oftalmólogo castrense. Recuerdo cómo la mañana del último día un oficial pasó lista y después de citar mi nombre apostilló "No apto". Para bien o para mal, esa fue toda mi relación con el ejército. 

Pero a pesar de mis inexistentes vivencias  cuarteleras, ese vacío quedó subsanado con creces por las “batallitas" que contaban los amigos cuando volvían tras cumplir con su deber para con la Patria. Qué manera de narrar. Los que regresaban lo hacían envueltos en una verborrea llena de imaginarias, cetmes, marchas, guardias, garitas, cocinas, paseos, chascarrillos de suboficiales, etc. La instrucción era para ellos una etapa que rompía con todas las rutinas de la vida llevada hasta entonces. Había como un antes y un después muy marcado tras el paso por el cuartel. Cuando venían de hacer el campamento, a muchos de ellos ya se les notaban las ganas de contar historias, de referir testimonios y anécdotas de su iniciación como soldados. Pero cada uno contaba las cosas según le había ido en la feria. Porque no todos los destinos eran iguales. Influía en ello la suerte o la posibilidad de algún tipo de recomendación. No era lo mismo estar de chófer de un oficial en tu misma ciudad que hacer la mili en Ceuta o en Cerro Muriano. Por eso, esa incontinencia verbal se podía teñir de un cierto desaliento o, por el contrario, de anécdotas humorísticas y entrañables. A veces, cuando escuchabas a alguien beneficiado con un buen sorteo, lamentabas haber quedado eximido del servicio militar, pensabas que te habías privado de una experiencia enriquecedora. Pero si el cronista era un tipo harto de hacer guardias, con estancias en el calabozo y a las órdenes de algún suboficial atravesado, te alegrabas del sello de "no apto" que te habían imprimido en la cartilla. 

El obligatorio paso de los jóvenes por el ejército para hacer la instrucción incidía en aspectos sociológicos muy concretos de aquellos años. En una época en que la gente sólo se desplazaba por causas muy puntuales, en que aún no se daba el actual fenómeno de la España vaciada, hacer el servicio militar era una oportunidad para salir del pueblo y conocer otras ciudades y otras gentes. Durante ese periodo se forjaban amistades que se mantenían durante toda la vida, a pesar de las distancias geográficas. 

 Bien es verdad que a veces se interrumpían trayectorias vitales y posiblemente se perdían en algunos casos oportunidades de promoción laboral, trenes que pasan solamente una vez en la vida. Mas por otra parte, la mili obligatoria tenía un componente igualitario a considerar. Porque, salvo los consabidos enchufes, todas las capas sociales cargaban con un idéntico deber de servicio a la patria, con idénticas obligaciones y tareas a cumplir, sin distingos de estatus económico o social. Aunque claro, el posible parón en los proyectos de vida siempre será mejor encajado por quienes gozan de mejor situación. 

Tras la abolición del servicio militar obligatorio va quedando cada vez más envejecido el segmento de población que dedicó parte de su tiempo a la instrucción en campamentos y cuarteles. Las historias de la mili pronto quedarán reducidas a las clases pasivas. Pero este mundo multilateral está cada vez más revuelto, la actual geopolítica no invita al optimismo y nunca se sabe en qué puede derivar la escalada de la tensión entre bloques armamentísticos. En algunos países europeos se vuelve a plantear la obligatoriedad de la instrucción castrense. Igual dentro de unos años nuestros nietos recuperan las experiencias y chascarrillos de los campamentos militares. 

100- Las verbenas de verano

100- Las verbenas de verano

 Es difícil encontrar recuerdos teñidos de más felicidad que aquellos de las lejanas verbenas de verano de nuestra infancia: la mirada de un niño en medio del universo de los adultos que se explayaban en su euforia festiva, en su doméstica catarsis de bailes y efusiones. Mirada puesta en lo inesperado de la música al aire libre a todo volumen y en ese revuelo general tan distinto a las rutinas cotidianas. Se trataba de la fascinación por lo no acostumbrado, la curiosidad permanente de los ojos infantiles ante lo nuevo.

 Era digno de ver aquel recinto cerrado mediante varias encañizadas en la polvorienta calle y, sobre un entarimado, ese conjunto tocando canciones del momento y otras antiguas del gusto de los más veteranos. En la noche de agosto, con el rumor cercano del mar, los chavales asistíamos a versiones desconocidas y desinhibidas de las habitualmente respetables personas mayores.

 Había vasos de plástico y posiblemente cubalibres de garrafón. Nosotros, tan críos como éramos, tirábamos de Fanta o Mirinda, mientras merodeábamos entre los seniors contemplando sus inéditas expresiones de alegría social, su gozoso desparrame.

Los "rodríguez" recién llegados de la capital tras la semana de trabajos y comidas en bares de tapas, sacaban a bailar a sus "santas" y de pronto parecía renacer ese amor de juventud tan amortiguado por tanta faena de crianza y pluriempleo. Pero estaba claro que tras ese fogonazo de una noche de verano la cotidianidad impondría sus pautas nuevamente, el Rodríguez volvería a su estajanovismo estival, con alguna posible cana al aire, y la santa a su brega doméstica. 

Mientras los Flamingos, los Flash o Los Capicúa atacaban "Un rayo de sol", jóvenes que preparaban la Reválida de Cuarto, tan mitificados por quienes acabábamos de sacar el Examen de Ingreso, intentaban aprovechar la exaltación del momento para probar aproximaciones hacia las florecientes muchachas que observaban y reían en grupo. Quizá un momento después todos juntos bailaban animadamente, mientras alguna mirada se cruzaba como si esa noche tan especial forjara promesas de primerizos amores de verano. 

Nuestro trasnoche era muy transgresor para lo que solíamos tener por costumbre. Nunca nos recogíamos tan tarde, pero en esos momentos había una bula especial, había dispensa para cosas que se salían de lo habitual. Los adultos estaban en una nube que daba pie a esa y a otras excepcionalidades.

Mientras en los bafles sonaba el último éxito de Toni Ronald, yo le daba un trago al vaso de Fanta y contemplaba el panorama sin saber que muchos años después seguiría recordando esa noche como un pequeño prodigio dentro del discurrir tranquilo del verano. 

Cuando ya se habían superado todos los clímax y la gente más bailona paraba para coger aire, los músicos sorprendían con la Conga de Jalisco y entonces el personal se agrupaba en filas que circulaban animosamente por el recinto, con paradas y arrancadas espasmódicas que desataban el jolgorio general. 

En medio de esa felicidad contagiosa que flotaba en el ambiente yo pensaba en los días de sol y playa que aún quedaban hasta la vuelta del colegio y en tebeos, bicicletas y gafas de bucear. Todavía parecía muy lejana la Reválida de Cuarto. 


99- "Los tiempos están cambiando"

99- "Los tiempos están cambiando"

 

 En los 60 se da una cierta sensación de modernidad, de irrupción de nuevos paradigmas, parecía iniciarse un ciclo histórico diferente. "Los tiempos están cambiando", cantaba Bob Dylan. La posguerra europea iba quedando atrás e irrumpía una generación de jóvenes en medio de una sociedad que se recuperaba de los traumas que, a muchos niveles, había ocasionado la gran contienda bélica. Pero esa juventud ingresaba en el escenario con una mirada nueva que no estaba marcada por los estereotipos de sus padres. Había una ruptura que incidía en muchos códigos culturales. Y una de las vertientes de esa ruptura la constituía la música. 

 Teorizando sobre el hecho musical de la segunda mitad del siglo XX, habría que decir que es en Norteamérica donde se generan las nuevas tendencias melódicas que inundarán más adelante las tiendas de discos y los programas de radio. Todo el origen está, según los estudiosos, en la música afroamericana y su marcado sentido del ritmo. A partir de ahí el espiritual negro se entrevera con el blues. Éste derivará más tarde en el rock and roll, un género musical que irá asociado a una expresión corporal bastante performativa para la época, un baile con una intensa cadencia, plena de rupturismo intergeneracional. 

 El rock and roll, como decimos, será el epicentro de todo ese fenómeno. Y sus diversas ramificaciones, algunas muy alejadas ya de sus orígenes, llenarán prácticamente todo el espectro musical de media centuria. Y así hasta nuestros días. Telegráficamente: todo ese movimiento que comenzó con los ritmos afroamericanos y el blues cristalizará más tarde en Chuck Berry y Elvis Presley que irrumpen en los 50, dando lugar a un tsunami que irradia hacia Europa a través del Reino Unido. 

Es en esa década, por cierto, cuando EEUU se consolida como potencia mundial. A lomos de un crecimiento económico sin precedentes comienza a cobrar carta de naturaleza lo que se da en llamar el american wife of life. Los hogares americanos no tardan en llenarse de novedosos electrodomésticos mientras crece el nivel de vida de una sociedad que hace del consumo su auténtico leitmotiv. Y con la Guerra Fría establecida ya como como realidad insoslayable. 

Aquí, en el viejo continente, los USA representan la modernidad y el futuro. Todo lo que de allí proceda gozará de prestigio. Hay que tener en cuenta también lo reciente que está el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial y no se olvida lo que supuso la implicación norteamericana a la hora de la liberación europea contra el nazismo. Así pues, EEUU se convierte en un foco emisor de inequívocas propuestas culturales y sociales. 

A finales de los 50, en el puerto de Liverpool desembarcan marineros que, tras cruzar el Atlántico procedentes de Norteamérica, portan discos con las últimas tendencias y lo más novedoso de las listas de éxitos. Poco a poco se crea un caldo de cultivo en Inglaterra que dará lugar a nuevos movimientos musicales. 

A primeros de los 60 estalla la beatlemanía. Todo eso es historia conocida. La onda expansiva de ese fenómeno llega hasta nuestros días sin duda alguna. En su momento supuso una puesta de largo de las nuevas corrientes melómanas. El corte generacional es cada vez más apreciable. Los gustos melódicos ahondan esa distancia entre los jóvenes, seguidores de melenudos que tocaban guitarras eléctricas, y sus conservadores progenitores, amantes del orden y la estabilidad.

Pero el sistema todo lo asimila. Por primera vez se contempla a la juventud como un nuevo nicho de mercado con una inmensa potencialidad. Se creará toda una industria alrededor de la creciente capacidad consumista de ese segmento de población. 

Son los años de la música ye-yé, expresión que deriva del tema de los Beatles She loves you. En ella se repite la afirmación inglesa "yes, yes", "sí, sí, ella te ama", "she loves you... yes, yes...". Este término hizo fortuna y sirvió para definir toda una corriente sociológica. Lo ye-yé. Cuando el Real Madrid gana su sexta Copa de Europa, después de renovarse con una generación de jóvenes que sustituyó a los Di Stefano y demás viejas glorias, se comienza a hablar del "Madrid ye-yé". Como vemos, comienza a instalarse un nuevo paradigma que apela a una cierta modernidad, a un pasar página protagonizado por una juventud que no ha conocido los desastres que vivieron sus mayores. Y esa misma juventud encuentra cauces que hasta entonces le estaban vedados. Se crea una cierta mitificación alrededor de "lo joven". Yo recuerdo ahora un libro que se hizo muy popular por aquellos años, Autopista, volumen con título paródico de la obra Camino de Josemaría Escrivá de Balaguer, del escritor y humorista catalán Jaume Perich,  compuesto por chistes gráficos y aforismos ingeniosos con doble sentido. Uno de ellos le daba la vuelta al conocido refrán "Si la juventud supiera y la vejez pudiera" para convertirlo en "Si la juventud pudiera y la vejez supiera". 

 Los nuevos estilos musicales impregnan los gustos de toda una generación europea. Y también lo harán en la España cerrada del franquismo: una pléyade de conjuntos (término más usado que el de "grupos" en aquel tiempo) irrumpe en el panorama discográfico a lo largo de la década con aspiraciones de ruptura generacional estética, ma non troppo, dentro de un orden, con asimilación calculada por las estructuras políticas y culturales. Música por y para jóvenes. Los Sirex, los Mustang, Lone Star, los Brincos, los Bravos, los Pekenikes, los Relámpagos, los Módulos, los Íberos, los Canarios, los Mitos, Fórmula V, los Ángeles, los Diablos, etc. ...son muchísimas las formaciones que nos van dejando melodías guardadas ya en el disco duro de nuestra memoria. El espectro es amplio y observamos desde canciones pegadizas como chicles, de usar y tirar, a temas con pretensiones más avanzadas, es decir, desde hits comerciales de verano hasta amagos de soul y rock progresivo. Pero todas esas expresiones musicales sirven para definir la época. Incluso las menos valoradas de aquellos días aportan su testimonio, nos recuerdan cómo éramos y puede que las evoquemos ahora con indulgencia, por los momentos entrañables que rescatan. 

Mis primas mayores bailaban la yenka y el twist. Sí, los jóvenes, ellos con jerseys de cuello vuelto y ellas con faldas plisadas, enloquecen en las pistas de baile con los nuevos ritmos. La música popular se renueva y sus juveniles y modernas expresiones conviven con los temas melódicos herederos de los cancioneros de toda la vida y también con un incipiente cultivo del folk y de la canción protesta. 

A base de cassettes o de vinilos íbamos siendo testigos de esa eclosión. Las grabaciones de la discográfica Belter, con todo su repertorio de canción española castiza y de pura cepa, con los Manolo Escobar, Antonio Molina, Lola Flores y compañía, coexisten con Zafiro, Novola o Hispavox, con modernidades ye-yés y un proto-pop que buscaba la aquiescencia del segmento más juvenil de los españolitos. 

En la Murcia de aquellos años, los adolescentes rebuscábamos en los estantes de la sección de discos de Ritmo o La Alegría de la Huerta alguna novedad para bailar en los guateques o para escuchar con el picú de casa. Más tarde, en el 73, el Corte Inglés aparecerá también como aprovisionador de material sonoro juvenil. 

 Esas modas musicales, sumadas al desarrollismo de la época, configuran un tiempo nuevo que parecía romper con el costumbrismo carpetovetónico hispano de toda la vida.  

En resumen, una banda sonora sentimental muy concreta marcará la impronta de aquellos años y nos recordará con fidelidad nuestros gustos de entonces y lo que fuimos. Los tiempos estaban cambiando, tal como había vaticinado el bardo de Minessota. 


Concretándonos a Murcia capital, nos encontramos en estos años de finales de los sesenta, con una vitalidad insospechada, contando nada menos que con diez orquestas, dos conjuntos-orquesta y diez conjuntos que habían acreditado su clase, con actuaciones en las salas de fiestas que existían en Murcia: Sala de Fiestas Taplows, (cercana al Pabellón de Deportes), Sala de Fiestas Río Club (en el barrio del Carmen), Sala de Fiestas Pierrot, (San Andrés), Sala de Fiestas Picadilly (calle Ruipérez, 5, esquina a la Plaza de las Flores), Nairobi (Jardín Municipal de Fiestas), Sala de Fiestas 'El Molino' (a 150 metros de la carretera de Beniaján), Club Remo, (junto a la entrada del Malecón), amén de diversos Casinos, amenizando también las fiestas y verbenas de los municipios a lo largo y ancho de la geografía murciana. Eran los siguientes

Orquestas. Los Premiers, Los Flamingos, Los 5 Ibéricos, Los Durán, Los Atlánticos, Los Bríos, Los Estrellas, Los Silver's, Los Donals, y la Orquesta Casablanca.

Conjuntos-Orquesta. Los Ases y Los Atlántics.

Conjuntos. Los Roller Grup, Los Capicúas, Los Irisson, Los Musicales, Los Chicos, Los Troys, Los Flash, Los Giros, Los Joseph's, y Los Donkis.

Pero además de estos grupos de Murcia capital, había en el resto de la Región, un número importante de conjuntos, muy buenos, que sería largo de nombrar, dejando a muchos en el olvido. Entre estos grupos, podemos recordar a: Los Rokets, Los Escorpiones, Los Seixon, Segunda Fase, Los Rumisant, Los Pájaros, Los Seylor, Los Juniors (después Parábola), estos grupos tenían su sede en la ciudad de Cartagena; Jaguar's Pop, (Cieza), Siglo XX, Los Grillos, (La Raya), Los Celestes (Abarán), 'Los Sixfer's' (Ceutí) 'Los Golpes'. 'Los Tril Boys', 'Los Gafes', 'Los Electric Musicall', 'Los Hippies', 'Ford and Kafres', 'Los Atlántis', 'Los Galaxias', 'Los Play Boys', 'Los Kabiros', Z-44, Los Accésit, Nueva época, etc.

Estos grupos, nacidos en nuestra región, actuaban en las fiestas de los pueblos de toda la geografía murciana, en los bailes organizados por los alumnos de los Institutos para conseguir fondos para los viajes de estudios, en las terrazas de verano, así como en diferentes festivales organizados principalmente por las emisoras radiofónicas regionales. Dotar a un conjunto-orquesta, que aspirase a contarse entre los buenos, exigía una inversión aproximada de 400.000 a 500.000 pesetas y para un conjunto modesto, de 100.000 a 200.000 pesetas.




98- De postales y cartas

 98- De postales y cartas

 El correo de entonces no estaba colonizado, como ahora, por extractos bancarios, facturas de la luz, del gas o del agua y publicidad de financieras, sino que dejaba un amplio espacio para la práctica del género epistolar. Eran tiempos de cartas escritas a mano, plenas de humanidad a pesar de las faltas de ortografía y la sintaxis macarrónica, tan distintas a las actuales ofertas de préstamos y recibos varios que saturan los buzones. Prosa precaria y cálida, escrita con el corazón, de los padres al hijo que estaba fuera de casa, de la novia al novio que hacía la mili en Ceuta y a la inversa, misivas de los amigos, tan joviales y desenfadadas. Epístolas de voluntariosa e infantilizada escritura de quien tenía los estudios mínimos, pero redactadas con el afecto que sólo puede tener una madre hacia su hijo, a quien considera mal cuidado y mal alimentado en aquella lejana ciudad donde ha comenzado sus estudios universitarios. Cartas dentro de aquellos sobres con los bordes ribeteados de azul y rojo, símbolo de correo aéreo, escritas por el tío a los sobrinos, desde aquel país al que se trasladó para ampliar horizontes vitales y laborales. Correo de los hermanos durante alguna larga estancia fuera del hogar, plagado de bromas y códigos familiares...

Ya desapareció aquella ilusión especial de acercarnos al buzón de casa intuyendo la llegada de alguna misiva que nos animase el día. Casi daba igual de lo que se tratara, aunque también había prioridades afectivas. Era la novedad, la sensación de estar en el pensamiento de otras personas y la calidez que eso proporcionaba. Desplegabas las cuartillas contenidas en el sobre y te bebías las palabras, con buena o mala letra, con la atención prendida en esos párrafos y no en otra cosa. Ya sabías entonces lo que procedía a continuación. Estaba pendiente una respuesta que componías poniendo lo mejor de ti a base de bic naranja de punta fina y retazos de tu vida cotidiana. Y bajabas a la calle, buscabas un buzón para lanzar tu mensaje y te tomabas un café en el bar de la esquina repasando mentalmente lo que acababas de escribir. 

Y también estaban esos textos telegráficos en el reverso de postales llenas de cielos de un azul muy intenso, con calles, plazas, monumentos, playas y paisajes encuadrados en instantáneas captadas en días muy luminosos, como invitando a visitar esos enclaves que se ofrecían cargados de hospitalidad. Eran mensajes cortos, expuestos a la vista pública, con saludos afectuosos y familiares, escritos generalmente durante viajes veraniegos, con toda la carga de optimismo que eso conlleva. Las postales, en tiempos en que el turismo no se manejaba con criterios industriales como ahora, constituían una herramienta magnífica para publicitar destinos y dar a conocer la geografía patria, cuando la información carecía de las actuales autopistas digitales. Yo recuerdo una práctica que se puso de moda que consistía en formar cadenas de personas enlazadas epistolarmente con el fin de compartir postales desde los sitios más dispares y lejanos; tan en boga llegaron a estar estas pequeñas láminas, ventanas a un mundo que podías imaginar sin salir de tu habitación. 

A lo largo de la historia, el género epistolar ha fructificado en obras maestras de la literatura. Grandes escritores cuentan las colecciones de misivas que intercambiaron con tal o cual colega entre sus mejores creaciones. Eran cartas en que se cuidaba el estilo y en las que se daban fórmulas muy concretas para desarrollar encabezamientos y despedidas. Había toda una casuística a la hora de redactar esos escritos, cosa que no impedía el desarrollo de la alta literatura. Los archivos dan fe de todo esto. 

Ahora, después de terminar estas líneas bajaré a abrir mi buzón. Quién sabe si entre los extractos bancarios encuentro alguna vieja postal de cuando escribíamos con un bic naranja de punta fina.

97- Apología del Rodríguez

 97- Apología del Rodríguez

 Durante uno o dos meses al año, el Rodríguez gozaba de una gloriosa libertad que no dependía de abrazar esa soledad perpetua que algunos espíritus libres necesitan para soltar amarras y ser por completo dueños de sus vidas. Porque el Rodríguez seguía unido a la santa, que quedaba en la playa con los vástagos durante los meses más calurosos de la canícula. 

A finales de los 60 y primeros 70, el desarrollismo había propiciado las expansiones playeras de muchas familias durante el verano. Cada vez se especulaba y se construía más en la costa y los pluriempleos y el aumento de la renta percápita facilitaban el acceso de la naciente clase media al disfrute estival de nuestras playas, generalmente en régimen de alquiler.

En una época en que la tecnología no alcanzaba aún para el uso del aire acondicionado, era una bendición escapar del horno de la ciudad para disfrutar de la brisa del mar. Por otra parte, el acceso de la mujer al mundo laboral estaba todavía muy limitado, los DNIs de las féminas se solían cumplimentar mayoritariamente describiendo el tipo de profesión desempeñada con el genérico concepto de "sus labores". También conviene recordar que hablamos de unos años marcados por el fenómeno del "baby boom", ese aumento de la natalidad coincidente con el último tramo de la Dictadura y el comienzo de la Transición, más o menos. Así pues, podríamos describir un paisaje social caracterizado por una creciente clase media articulada en familias más o menos numerosas en que el varón se pluriempleaba y la mujer permanecía en el hogar dedicada a la crianza de la abundante prole. Y esa estructura familiar, sumada al avance económico del momento, tenía mucho que ver con aquellas cada vez más generalizadas estadías veraniegas en la costa. 

La festividad de San Pedro y San Pablo solía coincidir con el arranque del éxodo hacia las playas. Las largas vacaciones escolares junto a la mayoritaria exclusión femenina del mercado laboral facilitaban esos largos veraneos de baños, olas, toldos, Nivea, champú edelmira y excursiones vespertinas.  

Pero no había autovías como ahora, sino carreteras nacionales que albergaban un parque móvil con precariedades no muy difíciles de imaginar. Los atascos y las caravanas estaban a la orden del día. El lento ascenso de algún camión por el Puerto de la Cadena originaba colas desesperantes. Aunque las prestaciones de los 600 iban quedando superadas, los R-5 y los SEAT-124, por poner un ejemplo, tenían limitaciones muy apreciables, vistas desde la perspectiva actual. En resumen, lo que procedía era que el páter familia quedara en la ciudad trabajando y pernoctando durante toda la semana, mientras la santa y los retoños pasaban en la playa aquellos meses tan calurosos. Porque no se daban las condiciones para viajes diarios de ida y vuelta. 

 Y aquí comienza a gestarse la leyenda del "Rodríguez". Con la mujer y los hijos a buen recaudo disfrutando de la brisa marina, el pundonoroso varón comenzaba el verano recuperando algunas costumbres y desahogos propios de su primera juventud, perdidos tiempo atrás después de abandonar la soltería. Ese llegar a casa y tirar la ropa en el primer sitio que pilles para ponerte fresco, ese desorden creciente con tareas domésticas que se van postergando, cuando ni estaban ni se esperaban los lavavajillas y microondas y el cazo de calentar la leche se cubría de nata reseca...

Esas inocentes transgresiones quizá se podían interpretar como pequeñas reconquistas de libertades perdidas desde el cada vez más lejano paso por el altar. El caso es que en esas tórridas jornadas estivales, el Rodríguez, tras la jornada laboral desarrollada en oficinas o ámbitos de trabajo plagados de ventiladores, se planteaba la disyuntiva de regresar al piso familiar, con muebles cubiertos por sábanas y anarquía de tareas domésticas pendientes, o juntarse con otros compañeros en su misma situación para cenar en alguna barra de bar algún pepito de lomo con fresca cerveza y echar algún alboroque nocturno. Terrazas, whisquerías, salas de fiestas, el hábitat donde el Rodríguez podía dar rienda suelta a sus veleidades de soltero "ma non troppo" era muy variado y dependía de las especificidades de cada practicante del "rodriguismo", pues, como sucede en tantos planos de la vida, es un error caer en reduccionismos simplones y encuadrar al personaje a base de tópicos y lugares comunes. Porque desde distendidas y desenfadadas partidas de cartas en aquel Club de Tenis que presidía Tono Páez, hasta copas en Oliver, visitas a la sala Pierrot o veladas de lucha libre en la plaza de toros, pasando por prontas recogidas hogareñas para ver en la tele alguna película en calzoncillos con el ventilador portátil enfocando directamente a la cara, se supone que habría múltiples maneras de pasar el tiempo tras la diaria actividad laboral. El asueto cada cual lo disponía según sus circunstancias. Pero era un tiempo con una sustancia diferente, una variación del marcado a fuego por la dinámica conyugal. Es posible que a alguno se le despertara entonces esa latente aspiración de macho alfa con la que los varones solemos fantasear a veces. La santa, la mujer de tu vida, quedaba segura con los niños disfrutando del veraneo en la costa y tú en ese momento sociabilizabas con los amigos, con un whisky en la mano, en algún local de moda de agradable música ambiental y tenues luces, mientras reparabas en ese vecino grupo de treintañeras, cercano en la barra, del que te comenzaba a llegar un sofisticado perfume de alta gama. Dejemos a la imaginación de cada cual el proceso derivado de esta situación, tal vez demasiado anclada en clichés muy descritos ya a estas alturas. 

 Cuesta imaginarlo en estos tiempos de tanta hiperconexión, pero la familia del Rodríguez que permanecía en su destino playero normalmente habitaba una casa sin teléfono. En los primeros tiempos de aquellos ya míticos veraneos no había manera de comunicarse con la capital salvo que alguien del pueblo tuviera uno de esos vetustos aparatos -vetustos para estos tiempos digitalizados de tanta pantalla- que se colgaban en la pared y en el que marcabas los números girando un pequeño disco con el dedo. Más adelante se solían instalar locutorios portátiles para los meses estivales. (La gente se adapta al signo de su época. Cuánta inquietud despertaría hoy en día esa carencia de comunicaciones cuando entonces se aceptaba de la forma más natural...)

Pero la libertaria singladura del Rodríguez se acababa con el fin del verano, tan bien descrito, por cierto, en la canción del Dúo Dinámico. Ya empezaba a refrescar por la noche, llegaban los días de la Feria y había que cargar de enseres la baca del coche. El ciclo se cerraba y las gestas veraniegas de los laboriosos páter familias quedaban en el recuerdo o para ser comentadas con los amigos en petit comité, aderezadas con algo de imaginación para que resultaran más propias de un macho alfa ejemplar. Pero la vida seguía y las aguas volvían a su cauce. Sólo quedaba esperar al verano siguiente. 

96- El juego de los botones

 96- El juego de los botones 

 Jugábamos imaginarios partidos de fútbol con equipos de botones en la mesa del comedor o en algún tablón de dimensiones parecidas. Para darle más realismo, las porterías llevaban una redecilla que sacábamos de los envoltorios de las patatas o de la fruta. La plancha de madera  la marcábamos con las líneas propias de los terrenos de juego y los equipos se formaban con botones de diferentes tamaños, más grandes los equivalentes a portero y defensas y más pequeños los destinados a utilizarse como delanteros. En una época en que no se vestía tanto de sport y abundaban los abrigos y los chaquetones, no era difícil hacerse de un buen baluarte defensivo. Como balón utilizábamos los de las camisas. Todo eso implicaba una labor de búsqueda, resuelta la mayoría de las veces tras acudir a madres y abuelas que miraban y remiraban en la "caja de los hilos". 

Los botones se personalizaban con la foto o el nombre de algún futbolista de la época. Cada uno de nosotros se adjudicaba un equipo, Real Madrid, Barça, Atlético de Madrid, Athletic de Bilbao, Valencia, etc. Así, por aquellos artesanales tableros desfilaban los Pirri, Amancio, Sadurní, Reixach,  Iríbar y compañía. 

No había pasatiempo más divertido para nosotros que esos partidos de fútbol en miniatura que recreaban los de verdad, los que solíamos ver en aquellos televisores en blanco y negro de la época que descansaban en mesas de formica con el estabilizador en alguna leja inferior. Recuerdo el salón de la casa de la playa lleno de críos expectantes ante alguna galopada de Gento por su banda izquierda que culminaba centrando al área un balón sacado de alguna vieja camisa Tervilor. Las tardes de las vacaciones de Semana Santa rebosaban de liguillas y derbis emocionantes, en medio de meriendas de monas con huevo y chocolatinas. 

La cultura infantil del juego de los botones llegó a su punto álgido en aquel curso de Sexto de Bachiller en que decidimos organizar una liga con partidos de ida y vuelta en los domicilios de cada uno de los participantes. Después de las clases de por la tarde, siguiendo al pie de la letra el calendario liguero, el que hacía de visitante se personaba en casa del que jugaba como local acompañado de un tercer compañero que ejercía de árbitro. Allí descubrías las artimañas de los más avispados que hacían auténticas encerronas ejerciendo como locales. Hubo uno que utilizaba como terreno de juego un hule con algún pliegue que dificultaba la fluidez del juego. En otros casos la superficie se llenaba de polvos de talco para que los botones patinasen. Todo era competitivo y divertido a la vez, además de servir como inestimable forma de socialización entre compañeros. 

Otra variante deportiva utilizada como pasatiempo, más bien veraniego, consistía en la recreación del ciclismo mediante chapas de botellas marcadas con los nombres de los corredores del momento. Con tiza se delimitaba en la acera o el patio una carretera con curvas y rectas por donde pasaba el pelotón con los ciclistas representados por tapones de Mirinda, Pepsicola, Cinzano o Estrella de Levante, intentando escapadas en busca de la meta. Por esas superficies de cemento llenas de grietas, en medio de la tranquila siesta playera, circulaban Eddy Mercks, Luis Ocaña, Manzaneque, Gandarias, Pingeon y otros más transmutados en chapas de bebidas mientras, a esa misma hora, aparecían por la tele los protagonistas reales en plena ascensión al Tourmalet. 

Juegos propios de una época en que lo tecnológico estaba prácticamente desterrado de los entretenimientos infantiles, en que la imaginación y la inventiva suplían con creces las posibles carencias de juguetería sofisticada que te aburría pasado el primer deslumbramiento. Y es que con lo más sencillo éramos felices. 

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ÍNDICE 45- El juego del cuchillo en la arena

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