101- Historias de la mili
Me
libré de la 'mili' gracias a mi miopía. Durante varios años había recurrido a
las prórrogas por estudios para aplazar la posible incorporación a filas.
Mi experiencia con la milicia se redujo más tarde a una semana de estancia en
el hospital militar de Mislata en Valencia esperando el veredicto de un
tribunal médico tras el reconocimiento que me hizo un oftalmólogo castrense.
Recuerdo cómo la mañana del último día un oficial pasó lista y después de citar
mi nombre apostilló "No apto". Para bien o para mal, esa fue toda mi
relación con el ejército.
Pero a pesar
de mis inexistentes vivencias cuarteleras, ese vacío quedó subsanado con creces
por las “batallitas" que contaban los amigos cuando volvían tras cumplir
con su deber para con la Patria. Qué manera de narrar. Los que regresaban lo
hacían envueltos en una verborrea llena de imaginarias, cetmes, marchas,
guardias, garitas, cocinas, paseos, chascarrillos de suboficiales, etc. La
instrucción era para ellos una etapa que rompía con todas las rutinas de la
vida llevada hasta entonces. Había como un antes y un después muy marcado tras
el paso por el cuartel. Cuando venían de hacer el campamento, a muchos de ellos
ya se les notaban las ganas de contar historias, de referir testimonios y anecdotarios
de su iniciación como soldados. Pero cada uno contaba su experiencia de recluta
según le había ido en la feria. Porque no todos los destinos eran iguales.
Influía en ello la suerte o la posibilidad de algún tipo de recomendación. No
era lo mismo estar de chófer de un oficial en tu misma ciudad que pasar por
Ceuta o Cerro Muriano. Por eso, esa incontinencia verbal se podía teñir de un
cierto desaliento o, por el contrario, de humorismo y recuerdos entrañables. A
veces, cuando escuchabas a alguien beneficiado con un buen sorteo, lamentabas
haber quedado eximido del servicio militar, pensabas que te habías privado de
una experiencia enriquecedora. Pero si el cronista era un tipo harto de hacer
guardias, con estancias en el calabozo y a las órdenes de algún suboficial
atravesado, te alegrabas del sello de "no apto" que te habían
imprimido en la cartilla.
El obligado
paso de los jóvenes por el ejército incidía en aspectos sociológicos muy
concretos de aquellos años. En una época en que la gente sólo se desplazaba por
causas muy puntuales, en que aún no se daba el actual fenómeno de la España
vaciada, la incorporación a filas era una oportunidad para salir de tu tierra y
conocer otras ciudades y otras gentes. Durante ese periodo se forjaban
amistades que se mantenían durante toda la vida, a pesar de las distancias
geográficas.
Bien es
verdad que a veces se interrumpían trayectorias vitales y posiblemente se
perdían en algunos casos oportunidades de promoción laboral, trenes que pasan
solamente una vez en la vida.
Tras la
abolición del reclutamiento obligatorio va quedando cada vez más envejecido el
segmento de población que dedicó parte de su tiempo a la estancia en
campamentos y cuarteles. Las historias de la mili pronto quedarán reducidas a
las clases pasivas. Pero este mundo multilateral está cada vez más revuelto, la
actual geopolítica no invita al optimismo y nunca se sabe en qué puede derivar
la escalada de la tensión entre bloques armamentísticos. En algunos países
europeos se vuelve a plantear la obligatoriedad de la instrucción castrense.
Igual dentro de unos años nuestros nietos recuperan las experiencias y
chascarrillos de los campamentos militares.
101- Historias de la mili
Pero
a pesar de mis inexistentes vivencias cuarteleras, ese vacío quedó subsanado con creces por
las “batallitas" que contaban los amigos cuando volvían tras cumplir con
su deber para con la Patria. Qué manera de narrar. Los que regresaban lo hacían
envueltos en una verborrea llena de imaginarias, cetmes, marchas, guardias,
garitas, cocinas, paseos, chascarrillos de suboficiales, etc. La
instrucción era para ellos una etapa que rompía con todas las rutinas de
la vida llevada hasta entonces. Había como un antes y un después muy
marcado tras el paso por el cuartel. Cuando venían de hacer el campamento, a muchos de ellos ya se les notaban las ganas
de contar historias, de referir testimonios y anécdotas de su iniciación
como soldados. Pero cada uno contaba las cosas según le había ido en la feria.
Porque no todos los destinos eran iguales. Influía en ello la suerte o la
posibilidad de algún tipo de recomendación. No era lo mismo estar de chófer de
un oficial en tu misma ciudad que hacer la mili en Ceuta o en Cerro Muriano. Por eso, esa incontinencia verbal se podía teñir de un cierto
desaliento o, por el contrario, de anécdotas humorísticas y entrañables. A veces, cuando escuchabas a alguien beneficiado con un
buen sorteo, lamentabas haber quedado eximido del servicio militar, pensabas
que te habías privado de una experiencia enriquecedora. Pero si el cronista era
un tipo harto de hacer guardias, con estancias en el calabozo y a las órdenes
de algún suboficial atravesado, te alegrabas del sello de "no apto"
que te habían imprimido en la cartilla.
El
obligatorio paso de los jóvenes por el ejército para hacer la instrucción
incidía en aspectos sociológicos muy concretos de aquellos años. En una época
en que la gente sólo se desplazaba por causas muy puntuales, en que aún no se
daba el actual fenómeno de la España vaciada, hacer el servicio militar era una
oportunidad para salir del pueblo y conocer otras ciudades y otras gentes.
Durante ese periodo se forjaban amistades que se mantenían durante toda la
vida, a pesar de las distancias geográficas.
Bien
es verdad que a veces se interrumpían trayectorias vitales y posiblemente se
perdían en algunos casos oportunidades de promoción laboral, trenes que pasan
solamente una vez en la vida. Mas por otra parte, la mili obligatoria tenía un
componente igualitario a considerar. Porque, salvo los consabidos enchufes,
todas las capas sociales cargaban con un idéntico deber de servicio a la
patria, con idénticas obligaciones y tareas a cumplir, sin distingos de estatus
económico o social. Aunque claro, el posible parón en los proyectos de vida
siempre será mejor encajado por quienes gozan de mejor situación.
Tras
la abolición del servicio militar obligatorio va quedando cada vez más
envejecido el segmento de población que dedicó parte de su tiempo a la
instrucción en campamentos y cuarteles. Las historias de la mili pronto
quedarán reducidas a las clases pasivas. Pero este mundo multilateral está cada
vez más revuelto, la actual geopolítica no invita al optimismo y nunca se sabe
en qué puede derivar la escalada de la tensión entre bloques armamentísticos.
En algunos países europeos se vuelve a plantear la obligatoriedad de la
instrucción castrense. Igual dentro de unos años nuestros nietos recuperan las
experiencias y chascarrillos de los campamentos militares.

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