101- Historias de la mili
Pero
a pesar de mi inexistente experiencia cuartelera, ese vacío quedó subsanado por
las “batallitas" que contaban los amigos cuando regresaban de cumplir con
su deber para con la Patria. Qué manera de narrar. Los que volvían lo hacían
envueltos en una verborrea llena de imaginarias, cetmes, marchas, guardias,
garitas, cocinas, paseos, chascarrillos de suboficiales, etc. Para ellos la
instrucción militar parecía ser una etapa que rompía con todas las rutinas de
la vida cotidiana llevada hasta entonces. Había como un antes y un después muy
marcado tras el paso por el cuartel. Cuando venían de hacer el campamento tras
los primeros tres meses, muchos de ellos en Rabasa, ya se les notaban las ganas
de contar experiencias, de referir testimonios y anécdotas de su iniciación
como soldados. Pero cada uno contaba las cosas según le había ido en la feria.
Porque no todos los destinos eran iguales. Influía en ello la suerte o la
posibilidad de algún tipo de recomendación. No era lo mismo estar de chófer de
un oficial en tu misma ciudad que hacer la mili en el Sáhara, por poner un
ejemplo. Por eso, esa incontinencia verbal se podía teñir de un cierto
desaliento o, por el contrario, de anécdotas humorísticas y entrañables, según
de quienes vinieran. A veces, cuando escuchabas a alguien beneficiado con un
buen destino, lamentabas haber quedado eximido del servicio militar, pensabas
que te habías privado de una experiencia enriquecedora. Pero si el cronista era
un tipo harto de hacer guardias, con estancias en el calabozo y a las órdenes
de algún suboficial atravesado, te alegrabas del sello de "no apto"
que te habían imprimido en la cartilla militar.
El
obligatorio paso de los jóvenes por el ejército para hacer la instrucción
incidía en aspectos sociológicos muy concretos de aquellos años. En una época
en que la gente sólo se desplazaba por causas muy puntuales, en que aún no se
daba el actual fenómeno de la España vaciada, hacer el servicio militar era una
oportunidad para salir del pueblo y conocer otras ciudades y otras gentes.
Durante ese periodo se forjaban amistades que se mantenían durante toda la
vida, a pesar de las distancias geográficas.
Bien
es verdad que a veces se interrumpían trayectorias vitales y posiblemente se
perdían en algunos casos oportunidades de promoción laboral, trenes que pasan
solamente una vez en la vida. Mas por otra parte, la mili obligatoria tenía un
componente igualitario a considerar. Porque, salvo los consabidos enchufes,
todas las capas sociales cargaban con un idéntico deber de servicio a la
patria, con idénticas obligaciones y tareas a cumplir, sin distingos de estatus
económico o social. Aunque claro, el posible parón en los proyectos de vida
siempre será mejor encajado por quienes gozan de mejor situación.
Tras
la abolición del servicio militar obligatorio va quedando cada vez más
envejecido el segmento de población que dedicó parte de su tiempo a la
instrucción en campamentos y cuarteles. Las historias de la mili pronto
quedarán reducidas a las clases pasivas. Pero este mundo multilateral está cada
vez más revuelto, la geopolítica actual no invita al optimismo y nunca se sabe
en qué puede derivar la escalada de la tensión entre bloques armamentísticos.
En algunos países europeos se vuelve a plantear la obligatoriedad de la
instrucción castrense. Igual dentro de unos años nuestros nietos recuperan las
experiencias y chascarrillos de los campamentos militares.
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