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La Colección Austral
A
primeros de los setenta del pasado siglo me dio por frecuentar los viernes por la tarde
una pequeña librería llamada Biblion ubicada en la calle
Pascual, la misma donde estaba el estudio fotográfico Orga y enfrente más o menos de los almacenes Coy. También creo recordar lejanamente que había en la misma acera una tienda de café, con molinillos eléctricos que no paraban de funcionar.
Allí
atendía un joven empleado muy dinámico que, en esa época en que no había
ordenadores, llevaba en su memoria un enorme caudal de datos bibliográficos. Sabía por
dónde circulaba cada volumen y te conseguía rápidamente el que le pedías. El
joven empleado se llamaba, y se llama, Diego Marín. No exageramos al decir que
es una de las personas que más han hecho por la cultura en esta tierra.
En ese establecimiento, a
espaldas de la Plaza de las
Flores, pasaba yo mis buenos ratos ojeando libros después de clase. En una de aquellas
visitas supe de la existencia de la Colección Austral. “Aquí está toda la historia de la literatura”,
cavilaba yo, lector adolescente con una temprana vocación de letraherido,
mientras repasaba con detenimiento la lista interminable de
obras que aparecían en las páginas finales de cada ejemplar. En ellas venía detallado
el extenso catálogo de la colección, autor por autor.
Mi
primera adquisición fue Miscelánea histórico-literaria, de
don Ramón Menéndez Pidal, número 1.110 de la primitiva numeración.
Se trataba de una recopilación de ensayos del viejo erudito, quien había sido director de la RAE hasta la fecha de su fallecimiento en 1969. Conservo todavía dicho
volumen, con su color verde desvaído en las tapas y sus páginas de un color
añejo, casi marrón oscuro. Me fui a casa, en ese frío y lejano atardecer de
invierno, con la sensación de que llevaba entre mis manos poco menos que la
Piedra Filosofal. Luego, claro, vinieron bastantes más hallazgos.
Por
esos mismos años, unos viejísimos ejemplares editados en Buenos Aires, también
pertenecientes a la colección Austral, se sumaron a los adquiridos en Biblion. Estoy
hablando de unas novelas de caballería del siglo XV, de autor anónimo, en tapas rojas y con
las páginas también marrones de tan antiguas: La historia
de los nobles caballeros Oliveros de Castilla y Artús Dalgarbe (nº
337), La historia del rey Canamor y del infante Turián, su hijo.
La destruición de Jerusalén (nº
374) y Libro del esforzado caballero don
Tristán de Leonís (nº 359). Estos títulos los encontré en la librería de mi querida y añorada tía Carmina, la librería
García-Melgares, frente a la Fonda Negra.
Cada temática
tenía un color. Los libros de literatura clásica eran grises, los de novela
contemporánea, azules, los de ensayo, verdes, los de novelas de aventuras,
rojos, los de viajes, negros, los de biografías y vidas novelescas, naranjas, los referentes a documentos de época, amarillos, los de poesía y teatro,
morados etc. Por las noches repasaba con
delectación el índice de autores, haciendo elucubraciones sobre el contenido de
cada una de sus obras. Esos ratos que ocupaba recreándome en el hipotético
contenido de libros que nunca leería, eran para mí una puerta que se abría para
imaginar historias y escenarios. Comenzaba a soñar antes de caer
dormido.
Aunque no compraba todos los volúmenes que
hubiera deseado, fui almacenando los suficientes como para que
la pequeña leja de mi dormitorio fuera adquiriendo una cierta masa crítica y comenzara a parecerse a una biblioteca... Iba saliendo del mundo
del Capitán Trueno para entrar en el de las
lecturas serias.
La Colección Austral, perteneciente a Espasa-Calpe y editada en Buenos Aires a través de su filial argentina a partir de 1937, había sido pionera dentro de las publicaciones de libros de bolsillo. A comienzos de los años 50 comenzó a sacar sus ediciones en España.
Por lo demás, supuso un aporte cultural sin parangón, ya digo, el fondo bibliográfico era extensísimo y cubría con creces amplios periodos de la historia de la literatura.
Hacia los años 80 se reestructuró la colección, cambió el diseño de sus ejemplares y una cantidad enorme de títulos fue descatalogada. Con eso perdimos los lectores un auténtico yacimiento cultural como no se había visto hasta entonces. Luego, en 1991 la editorial fue adquirida por el grupo Planeta, aunque mantuvo la identidad de su histórico sello. Posteriormente hubo otras tantas reestructuraciones a las que ya no les he seguido la pista.
Pero los viejos volúmenes de Austral han seguido circulando en librerías de viejo, en tiendas de segunda mano y en ferias de libros de ocasión. Desde entonces, yo les he seguido los pasos en su nueva vida de publicaciones descatalogadas, una especie de segunda vida clandestina transitada por caminos más apartados y alternativos. He intentado descubrir los nuevos circuitos por donde se movían y de vez en cuando regreso a casa con la satisfacción de algún rescate valioso de libros raros y escondidos, de autores clásicos olvidados de los que leía en los índices de las últimas páginas en mis noches adolescentes. En esos casos, durante algunos momentos, mientras recorro ese antiguo y ya inexistente catálogo impreso en un papel saturado por el paso de muchos años, vuelvo a soñar despierto antes dormirme.
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Luego
pasaron los años hasta llegar a lo que somos ahora. Nada que ver con la
sociedad de aquel tiempo. Pero, de todas formas, cuando recorro de vez en
cuando las librerías que instalan en los paseos o bulevares anualmente y
descubro algún ejemplar de la Colección Austral, todavía recuerdo con nostalgia
los viejos libros de aquellos viernes por la tarde.
A primeros de los setenta (1971) estaba yo cursando Literatura en 4-° de bachillerato. Cuando comenzaron las lecturas de textos nos recomendaron la Colección Austral. Allí estaba todo. Tenía un fondo bibliográfico enorme. Se organizaba por colores según la temática. Gris para los clásicos. Azul para la novela. Morado para el teatro. Amarillo para libros de viajes. Verde para los ensayos etc, etc...
Investigando di con una librería que había en la calle Pascual, la misma donde estaba el estudio fotográfico Orga. Enfrente más o menos de los almacenes Coy. También creo recordar lejanamente que había en la misma acera una tienda de café, con molinillos eléctricos que no paraban de funcionar.
Poco a poco fui organizando una biblioteca que fue haciéndose hueco entre los cientos de tebeos que tenía del Capitán Trueno y del Jabato.
Recuerdo que todo ese pequeño establecimiento lo llevaba un joven empleado muy nervioso, con aspecto muy vivo que -en esa época en que los datos no se almacenaban en un ordenador- albergaba en su cabeza toda la información bibliográfica imaginable. Era impresionante la cantidad de datos sobre libros que manejaba. Sabía por donde circulaba cada volumen y te conseguía rápido el que no estaba.
Allí me hice con el tiempo de un gran número de ejemplares de la Colección Austral.
El joven empleado se llamaba, y se llama, DIEGO MARÍN.