jueves, 26 de febrero de 2026

75- Tiempo de cinefórum

 75- Tiempo de cinefórum

 Un "cinefórum" de aquellos años consistía en la visualización de largometrajes en salas de proyección en las que abundaban chavales con trenca, barba y gafas de pasta. Alguno incluso fumaba en pipa. (Bueno, discúlpeseme la broma del cliché caricaturesco. Cada tiempo tiene su estética y sus modas y un cinefórum era algo más que todo eso, claro).

 Allí, tras la película, se organizaba en torno a ésta un coloquio o debate de cierto nivel intelectual. Normalmente lo proyectado no tenían excesivo gancho comercial y supuestamente estaba plagados de mensajes o claves a descubrir por el espectador iniciado en este tipo de lenguaje. 

 En ocasiones esos filmes, aquejados normalmente de un ritmo y de una densidad que los alejaba sistemáticamente del gran público, bordeaban los sinuosos límites de la censura debido a que los censores no captaban esos códigos o señales, tan crípticos que a veces sólo los conocía el propio director.

 Lo que se pasaba por esas salas dio lugar a un género que se conoció como Arte y Ensayo (hay quien decía que en ocasiones había poco de arte y mucho de ensayo).

 Ingmar Bergman, Antonioni, Passolini, Visconti, Eric Rohmer, directores franceses de la Nouvelle Vague etc, son algunos de los autores que recuerdo, entre otros, cuyas películas eran objeto de debate.

 Por allí circulaban auténticas obras maestras, por supuesto, y gracias a este tipo de actividades uno podía acceder a joyas de la historia del cine que, de otro modo, en aquella época  en que internet ni estaba ni se le esperaba, habrían sido muy difíciles de visualizar. El neorrealismo italiano, lo mejor de la ya citada Nouvelle Vague, películas norteamericanas que transitaban por circuitos muy alejados de lo comercial, las primeras y no muy bien envejecidas obras de Wody Allen... ya digo, esas sesiones cinéfilas facilitaron el acceso a mucho de lo mejor que había producido el séptimo arte. 

 Si queréis, cualquier día nos ponemos una trenca y quedamos para organizar un cinefórum como aquellos de los 70.

74- Estampas del 73

 74- Estampas del 73

 -Nos calzábamos las chirucas y nos íbamos al monte de excursión. Luego, alguien cantaba a la guitarra canciones de Joan Baez. A lo mejor había alguna muchacha de mirada soñadora que no cesaba de hablar del "compromiso", un concepto que nos infundía un respeto reverencial.      

 Periódicamente se organizaban en el salón de actos sesiones de cinefórum donde nos colocaban algún denso ladrillo de Igmarn Bergman o de Antonioni. Después de sesudas y plúmbeas intervenciones con las luces de la sala encendidas tras la visualización del largometraje, salíamos al Malecón (sin autovía entonces) y la muchacha de mirar de terciopelo seguía hablando con convicción del "compromiso". Alguien proponía entonces ir a las tascas. Después de algún que otro vino, y con las trenkas desprendiendo un intenso olor a tabaco, cada mochuelo se volvía a su olivo.

 -Hacíamos ejercicios espirituales en los Jerónimos. En la megafonía de las habitaciones sonaban canciones de Mocedades, ("Adiós amor, piensa en mí alguna vez, que aquí te espera la primavera, adiós amor"). La primera noche de esas jornadas de espiritualidad, el sacerdote, antes de retirarnos a dormir, nos hablaba con claridad del grave problema al que nos enfrentaríamos en caso de irnos de este mundo en pecado mortal. Desde luego no era para tomárselo a broma. Después de escuchar estas admoniciones nos retirábamos muy serios a los dormitorios.  Pero paralelamente a eso, un hermano marista nos descubría en clase a un tal Hélder Câmara. No había que ser muy agudo para percibir que este docente no estaba en la misma onda que el clérigo  que nos alertaba sobre las penas del infierno.  

  -El Corte Inglés acababa de inaugurarse. Entre clase y clase nos íbamos a su moderna y novedosa cafetería y consumíamos unas ensaladillas rusas que eran el preámbulo de la audición con auriculares de algún vinilo en la sección de música. En una mesa con varios platos, una amable dependiente  hacía cabalgar la aguja del tocadiscos por los surcos de los LPs que le entregábamos. Tras un buen rato de escuchar canciones solíamos retirarnos sin comprar ningún disco.

 -De este año tengo también el recuerdo nítido, ya comentado en otro capítulo, de una desapacible tarde de otoño en que regresaba a casa con dos libros de la Colección Austral, (Miscelánea histórico- literaria de Menéndez Pidal y Las inquietudes de Shanti Andia de Pío Baroja) tras adquirirlos en Biblión, librería situada en la calle Pascual frente a los Almacenes Coy y junto al estudio fotográco Orga en la que ya ejercía de factótum de bibliólos un joven librero llamado Diego Marín que amueblaba su cabeza con innidad de fondos editoriales. Al salir hacía un viento frío que arrastraba por el suelo las hojas secas, mientras oscurecía y en una esquina de la calle alguna castañera liaba sus cucuruchos con papeles de periódico. Los volúmenes de esta colección, editada por Espasa, comenzaban a formar una masa crítica tal que a lo que había en la leja de mi habitación podía comenzar a llamársele, quizá algo pretenciosamente, biblioteca. Aunque la literatura de culto seguía siendo para mí la referente a las historias del Capitán Trueno.

 -El 73 fue también el año fundacional de la religión del cruysmo. El astro holandés llegó, vio y venció, anunciando la buena nueva con un 0-5 en el Bernabéu al Real Madrid y haciendo feliz, entre otros, al entrañable maestro Pepe Garre. Éste, culé de pro, había sentado sus reales en la plaza de Santa Catalina, en lo que ahora es el bar-cafetería Fénix. Allí, entre corte a navaja y cuidados capilares, se desarrollaban sabrosas tertulias futbolísticas y se le tomaba el pulso a la actualidad de la ciudad. En una época en que no había WhastApp ni Facebook, espacios como la peluquería del maestro Garre te aseguraban un mínimo de sociabilidad. El circuito se cerraba de manera solvente con alguna caña posterior en el Rhin o en la Tapa.

73- Françoise Hardy. In memoriam.

 73- Françoise Hardy. In Memoriam

 FRANÇOISE HARDY, Sylvie Vartan, Johnny Hallyday, Adamo, Charles Aznavour, Mireille Mathieu, Georges Moustaki, Jacques Brel, Édith Piaf, Marie Laforêt, Gilbert Becaud... Toda una bocanada de aire fresco nos llegaba de Francia allá por los 60 del siglo pasado (bien es cierto que algunos personajes de esta lista no eran de nacionalidad francesa, aunque fueran genuinos representantes de la "chanson").

Los más iniciados, aquí en España, sabían también de Brassens, Leo Ferré, Boris Vian o Juliette Greco, siempre contando con la amenaza de censura que se cernía en nuestro solar patrio sobre tantas manifestaciones culturales. 

 El caso es que Francia irradiaba canciones y películas que se hacían muy populares entre nosotros. Lo que venía allende los Pirineos tenía un prestigio incontestable y se prestaba a una cierta mitificación. La intelectualidad de aquí se miraba en el espejo francés. Las cavas de la Rive Gauche, donde unas muchachas vestidas con jerseys negros de cuello de cisne escuchaban jazz, mientras fumaban y se sacudían la angustia vital que prescribía el existencialismo tan en boga por aquel entonces, eran ámbitos idealizados por quienes aquí en España aspiraban a un cierto elitismo intelectual. 

Y dentro de ese mismo elitismo intelectual cuadraba también acceder al conocimiento de Cahiers de Cinemà, la revista donde se cimentó la Nouvelle Vague, otra bocanada de aire fresco en su momento contra el cine acartonado y falto de espontaneidad al que habían llegado los grandes estudios. (Aunque no todos los frutos de esa corriente cinematográfica tan novedosa envejecieran bien).

¿Qué mejor cosa podíamos imaginar que conducir en verano un descapotable por las carreteras de la Costa Azul junto a una muchacha que en invierno leyera a Sartre en una buhardilla junto al Sena? ¿Había algo más "chic" que contemplar en el París Match las peripecias de B.B. y Roger Vadim por Saint-Tropez? Esas historias, teñidas de candorosa frivolidad, bien podían luego compartir papel couché con las acciones de Dany El Rojo en las barricadas de París de aquel mes de mayo, cuando se aseguraba que debajo de los adoquines estaba la playa. 

 Y todo eso llegaba aquí a España envuelto en un halo idealizado que desterraba cualquier tentación de provincianismo rancio. 

Los veranos de la juventud, la inocente y candorosa transgresión, los "pecaminosos" lentos, la emoción de los primeros amores, las iniciaciones, las canciones que venían de Francia como un soplo de libertad ... Eran otros tiempos. Yo ya no sé lo que nos llega de Francia en la actualidad. Ahora la noticia es que la dulce FRANÇOISE HARDY nos ha dejado y esto me recuerda que hubo un tiempo en que creímos que debajo de los adoquines estaba la playa. 


72- Las celebridades y la cultura de masas de los 60

 72- Las celebridades y la cultura de masas de los 60

 Nada que ver el famoseo de hoy con el de los 60. ¿Cómo comparar las zafias e impostadas grescas de los platós de la actual telebasura con la augusta tristeza de María Callas, después de ser abandonada por Aristóteles Onassis para desposarse con Jacqueline, la viuda del presidente Kennedy, el de la Nueva Frontera", el que erigió un sorprendente Camelot en medio del adusto laberinto político de Washington? Aquí no hemos progresado, hemos ido para atrás como los cangrejos. No puede ser lo mismo un reportaje de la revista Paris Match o Life, narrando las peripecias de Brigitte Bardot y Roger Vadim en la Costa Azul, que otro sobre los ligues de los concursantes de Gran Hermano.

 Cuando de pequeño iba con mis padres de visita, como me aburría en medio de las conversaciones de los mayores y no había periódicos deportivos ni tebeos, que era lo que yo devoraba por aquel entonces, me entretenía ojeando esas publicaciones sobre la gente famosa que solía haber en los revisteros de aquellos salones.  Todo muy diferente a lo de ahora. Creo que se ha perdido cierta inocencia y esto se podría extrapolar a muchos otros ámbitos. En la inolvidable película Vacaciones en Roma se describe muy bien cuál era el talante de la prensa del corazón, que no del hígado, en esos años.

Las celebridades que copaban las revistas de entonces tenían un halo de prestigio y llegaban del mundo del cine y de la canción. En esas dos facetas, Francia e Italia eran mucho más conocidas en nuestro país de lo que lo son ahora. Centrémonos en ellas, pues esas dos naciones eran una fuente inagotable de cultura popular y de masas. Una gran parte de la industria del entretenimiento provenía y era facturada en los estudios franceses e italianos.  Hay muchos nombres que, agrupados a la buena de Dios sin orden ni concierto, describen toda una época, nos explican el imaginario cultural de esa década prodigiosa y subrayan las tremendas diferencias que hay entre el ayer y el hoy, entre la prensa con noticias de cultura y sociedad de antes y la de ahora. Son personajes que entraban en el cupo del famoseo, de la farándula de aquellos años, junto con otros que sobresalían por su popularidad dentro del mundo de la canción, de la gran pantalla... Poblaban muchos de ellos las revistas del corazón y otros las secciones culturales de la prensa. Pero son un buen termómetro que nos indica cómo han cambiado los tiempos. Comienzo a nombrar de memoria, según voy recordando al azar, sin consultar nada. No creo que nos pueda salir ahora una lista semejante con la información cultural que nos llega de esos dos países: Sofía Loren, Carlo Ponti,  Brigitte Bardot, Gunter Sachs, Roger Vadim, Jean Marais, Alain Delon, Rommy Schneider, Mireille Darc, Claudia Cardinale, Marcello Mastroiani, Gina Lollobrigida,  Catherine Deneuve, Jean Paul Belmondo, Rosanna Podestà,  Anna Magnani, Vittorio Gasman, Silvana Mangano,  Ugo Tognazzi, Vittorio de Sica, Adriano Celentano, Virna Lisi, Mónica Vitti, Gigliola Cinquetti, Rita Pavone, Domenico Modugno, Mina, Patty Bravo, Milva, Renato Carosone, Federico Fellini, Giulieta Masina,  Luchino Visconti, Pier Paolo Pasolini, Anita Ekberg, Jean Louis Trintignant, Anouk Aimée, Mireille Mathieu, Jane Birkin, Serge Gainbourg, Jean Luc Godard, Francois Trufeau, Louis de Funès, Fernandel, Charles Trenet,  Barbara,  Leo Ferré, Georges Brassens...

P.D. Brigitte Bardot. In Memoriam. (Mientras escribo estas líneas me llega la noticia de la muerte de B.B.)

Charles de Gaulle dijo de ella que para el prestigio exterior de Francia era más importante que la Renault. Fue un icono en una época en que las películas de culto jalonaban el paisaje cultural europeo. (Europa, quién te ha visto y quién te ve.)

Manuel Vázquez Montalbán se afeitó el bigote cuando murió Marcello Mastroianni en señal de duelo por la pérdida que suponía para la cultura del viejo continente. No imagino qué habría hecho ahora. 

Durante nuestra infancia fue la imagen de una voluptuosidad que inspiraba nuestros sueños más húmedos . Los Beatles hacían que sus primeras novias se tiñeran el cabello de rubio para imaginarse que estaban a su lado 

Para el carpetovetonismo patrio, en su rama más casposa, era esa francesita exponente de los peligros que para el sexto mandamiento siempre han procedido de Francia. Verla compartir papel couché de la época con Balduino y la española Fabiola, ese par de santurrones, daba una pista de hacia donde se inclinaba la luz de Trento.

Un 'amour fou' de verano con ella en Saint Tropez, acompañarla cogidos de la mano a La Californie para saludar a Picasso, pasear durante el primtemps por las orillas del Sena entre puestos de buquinistas... Je regrette, ya no podrá ser. Nos hacemos mayores. 

71- Historia 16

 71- HISTORIA 16 comparte quioscos con INTERVIÚ

 71- HISTORIA 16 e INTERVIÚ en la Covachuela

 En el año 1971, ya en las postrimerías del franquismo, vio la luz una revista semanal muy celebrada en algunos ambientes proclives a las reformas y avances que aquellos tiempos demandaban. Cambio 16 era su nombre. De pronto, al recorrer sus páginas leías artículos que, aunque ahora nos parecerían de una prudencia extrema, entonces eran poco menos que transgresores para la mentalidad de la clase política del momento, con lecturas entre líneas propias de tiempos carentes de auténtica libertad de expresión. El propio nombre, "Cambio", propuesto por Luis González Seara, quien sería presidente del consejo de administración del mismo grupo editorial y posterior ministro de Universidades en el gobierno de Adolfo Suárez, ya implicaba un propósito transformador dentro del posibilismo que aquellos años concedían. El número era simplemente una referencia a los dieciséis socios fundadores. 

  En 1976 la misma corporación, el llamado Grupo 16 que fundara el periodista Juan Tomás de Salas, sacó un periódico, Diario 16, que junto a la mencionada revista fundacional atravesó la Transición formando parte de su paisaje informativo. Este diario y otras cabeceras de prensa como El País, también recién creado, levantaron acta de aquellos convulsos y decisivos años. 

 Pero para mí, la joya de la corona de esta empresa editora fue HISTORIA 16, una revista que supuso un plausible esfuerzo de divulgación cultural.  Fue, en efecto, todo un despliegue de erudición llevado a cabo por prestigiosas firmas, catedráticos y profesores de universidad, expertos en las distintas materias históricas tratadas. La temática era muy variada y diversa, de la Prehistoria a la Historia Contemporánea, llegando hasta temas de actualidad de los que ya éramos testigos presenciales, como aquel Cronicón de la Villa y Corte. El enfoque era también totalmente poliédrico, desde la descripción de lo anecdótico hasta el estudio profundo y documentado de las grandes líneas históricas. Y todo ello acompañado de una gran cantidad de ilustraciones. Sólo por la visualización de éstas, con sus correspondientes pies de página, valía la pena comprar la revista.

Ésta, de periodicidad mensual, prestigió la oferta que los abundantes quioscos de la época llevaban a cabo, entreverándose con aquellas revistas de destape que hacían furor entre los lectores de entonces. Eran años de apertura en que todo lo reprimido durante tanto tiempo emergía cumpliendo con las leyes pendulares de los movimientos de masas. Así, después de darte un paseo por Trapería llegabas a la Covachuela y entre las publicaciones de la prensa extranjera que con algún día de retraso se exponían a la vista del público, podías encontrarte con imágenes de María José Cantudo, Nadiuska o Barbara Rey alegrando las portadas de Interviú o de Lib, junto a ejemplares de HISTORIA 16 en los que se anunciaba algún artículo sobre las actividades de la Mesta en la Castilla de los Trastámara o alguna referencia a la batalla de Stalingrado. 

Tiempos intensos, con nuestra juventud  enmarcada en una época de novedades y aperturas, en que la efervescencia de las hormonas encontraba un muy grato cauce en esa ola de destape que inundaba los cines y los quioscos y el ansia de conocimiento, sin restricciones ni censuras, se colmaba con publicaciones tan prestigiosas como aquellas revistas de historia del Grupo16.

 Yo todavía conservo las suficientes como para cubrir varias baldas de mi biblioteca. Cuando las vuelvo a ojear, además de disfrutar del placer intelectual que me procura su lectura, puedo evocar aquellos años en que el futuro parecía tan emocionante y prometedor, tan ingenuos éramos.

71- Historia 16

 En los años 70 del pasado siglo, ya en las postrimerías del franquismo, apareció una revista semanal con cierta influencia en algunos ambientes proclives a las reformas y avances que aquellos tiempos demandaban. Me refiero a Cambio 16. En esos momentos, a pesar de las resistencias de ciertos sectores del Régimen con respecto a los vientos de apertura que se intuían ante la previsible desaparición de Franco, era indudable que algo se movía  en ciertas capas de la sociedad española, un ansia de libertades no concretada aún en ningún ámbito de los estamentos oficiales, un deseo de que la lógica de los acontecimientos desembocara en una inevitable transformación democrática

De pronto leías artículos que, aunque ahora nos parecerían de una prudencia extrema, entonces eran poco menos que transgresores para la clase política del momento, con lecturas entre líneas propias de tiempos en los que no hay auténtica libertad de expresión.

  Pocos años después, la misma empresa sacó un periódico llamado Diario 16. Estas dos publicaciones atravesaron la Transición formando parte, junto con otras cabeceras, del paisaje periodístico de aquel tiempo.

 Pero la joya de la corona de esta editorial, del llamado Grupo 16, fue para mí una publicación que supuso un plausible esfuerzo de divulgación cultural. Me refiero al magazín HISTORIA 16. Era todo un despliegue de erudición llevado a cabo por prestigiosas firmas, catedráticos y profesores de universidad, expertos en las distintas materias históricas tratadas. La temática era muy variada y diversa, de la Prehistoria a la Historia Contemporánea, llegando hasta los temas de la actualidad. El enfoque era también totalmente poliédrico: desde lo anecdótico y curioso hasta el estudio profundo y documentado de las grandes líneas históricas. Y todo ello acompañado de una gran cantidad de ilustraciones. Sólo por (la visualización de) éstas, con sus correspondientes pies de página, valía la pena comprar la revista.

 Yo todavía conservo las suficientes como para cubrir varias baldas de mi biblioteca y para ocupar lo mejor de mi tiempo en su lectura.

70- Los Selecciones del Reader`s Digest

 70- Los Selecciones del Reader`s Digest

Seguro que recordáis aquellos libritos mensuales cargados de artículos y reportajes, los Selecciones del Reader's Digest. Eran una pequeña ventana al mundo, con mucha variedad de temas, con un enfoque ameno, una forma de entrar en el sueño después de una lectura agradable y ligera para quien los tuviera en la mesilla de noche. Luego, analizándolos con la perspectiva que da el tiempo, no podemos dejar de verlos ahora con toda su carga de propaganda, propia de unos años caracterizados por una Guerra Fría que lo polarizaba todo, cualquier territorio del pensamiento, de la cultura y hasta de la diversión. Eran el producto de un mundo imantado en dos bloques, pero previsible, con una disuasión basada en la mutua, segura (y por tanto imposible por no deseada por nadie) destrucción nuclear de las dos superpotencias, muy diferente al mundo multilateral y a veces indescifrable de ahora que incluye tantas variables tan difíciles a veces de interpretar y de prever. Qué equivocado estaba el célebre ideólogo Francis Fukuyama cuando pronosticó el "Fin de la Historia" tras la caída del "Telón de Acero".

 Además y presidíaqueños volúmenes periódicos, Selecciones del Reader`s Digest publicaba otra serie de productos editoriales de mejor acabado que poco a poco iban engrosando la biblioteca familiar de los salones de entonces, ese tipo de mueble de madera más o menos noble, tan habitual de la  época, que cubría una pared entera y  presidía el comedor de la casa, con su hueco para el televisor y sus cajones para manteles y cubertería noble, su pequeño armario para las bebidas espirituosas -cuando no había hogar que no tuviera brandy, Licor 43 o Calisay- amén de algunas estanterías para libros que lucían por su magnífica encuadernación.

 Además de estos libritos mensuales, el mismo grupo editorial sacaba atlas, publicaciones anuales de gran formato con contenido infantil y juvenil, colecciones de música estándar, recopilatorios de la clásica más popular, versiones orquestales de directores tales como Paul Mauriat o Ray Conniff, todo ello en el novedoso soporte de las cintas de cassette. Y también volúmenes con los llamados “condensados”, a saber, libros con cuatro o cinco novelas resumidas o despojadas de los fragmentos más descriptivos y que menos afectaban a la narración. Se trataba, claro está, de una divulgación literaria excesivamente utilitarista. O sea, literatura no necesariamente mala en origen, pero consumida a granel.

 Eran otros tiempos, todo este material es el producto de una época concreta y es revelador de sus aspectos sociológicos. Ahora tiene un indudable valor para saber cómo éramos, cuál era el signo de aquellos años.

 Sea como sea, a mí, al releer ahora estos libros, me queda el recuerdo de los muy buenos ratos que pasé con ellos cuando era un chaval, desconocedor de tantas cosas y con tanto futuro por delante…

 Seguro que recordáis aquellos libritos mensuales cargados de artículos y reportajes, los Selecciones del Reader's Digest. Eran una pequeña ventana al mundo, con mucha variedad de temas, con un enfoque ameno, una forma de entrar en el sueño después de una lectura agradable y ligera para quien los tuviera en la mesilla de noche. Luego, analizándolos con la perspectiva que da el tiempo, no podemos dejar de verlos ahora con toda su carga de propaganda, propia de unos años caracterizados por una Guerra Fría que lo polarizaba todo, cualquier territorio del pensamiento, de la cultura y hasta de la diversión. Eran el producto de un mundo imantado en dos bloques, pero previsible, con una disuasión basada en la mutua, segura (y por tanto imposible por no deseada por nadie) destrucción nuclear de las dos superpotencias, muy diferente al mundo multilateral y a veces indescifrable de ahora que incluye tantas variables tan difíciles a veces de interpretar y de prever. Qué equivocado estaba el célebre ideólogo Francis Fukuyama cuando pronosticó el "Fin de la Historia" tras la caída del "Telón de Acero".

 Además de estos pequeños volúmenes periódicos, Selecciones del Reader`s Digest publicaba otra serie de productos editoriales de mejor acabado que poco a poco iban engrosando la biblioteca familiar de los salones de entonces, ese tipo de mueble de madera más o menos noble, tan habitual de la  época, que cubría una pared entera y  presidía el comedor de la casa, con su hueco para el televisor y sus cajones para manteles y cubertería noble, su pequeño armario para las bebidas espirituosas -cuando no había hogar que no tuviera brandy, Licor 43 o Calisay- amén de algunas estanterías para libros que lucían por su magnífica encuadernación.

 Además de estos libritos mensuales, el mismo grupo editorial sacaba atlas, publicaciones anuales de gran formato con contenido infantil y juvenil, colecciones de música estándar, recopilatorios de la clásica más popular, versiones orquestales de directores tales como Paul Mauriat o Ray Conniff, todo ello en el novedoso soporte de los cassettes. Y también volúmenes con los llamados “condensados”, a saber, libros con cuatro o cinco novelas resumidas o despojadas de los fragmentos más descriptivos y que menos afectaban a la narración. Se trataba, claro está, de una divulgación literaria excesivamente utilitarista. O sea, literatura no necesariamente mala en origen, pero consumida a granel.

 Eran otros tiempos, todo este material es el producto de una época concreta y es revelador de sus aspectos sociológicos. Ahora tiene un indudable valor para saber cómo éramos, cuál era el signo de aquellos años.

 Sea como sea, a mí, al releer ahora estos libros, me queda el recuerdo de los muy buenos ratos que pasé con ellos cuando era un chaval, desconocedor de tantas cosas y con tanto futuro por delante.

69- Las novelas del oeste

 69- Las novelas del oeste

 Hace ya bastantes años, cuando llegaba el buen tiempo, podías encontrarte por la tarde en algún banco del parque, cerca del río o esperando el autobús, a cualquier paisano comiendo pipas enfrascado en la lectura de algún libro de los llamados "de bolsillo". Si te acercabas, tal vez descubrías que no era el Ulises de Joyce ni ningún título de À la recherche du temps perdu de Proust lo que captaba su atención sino, más bien, cualquier ejemplar de la editorial El Molino o de la barcelonesa Bruguera. Los de Marcial Lafuente Estefanía arrasaban. Quizá nuestro amigo se encendiera un celta cortos en ese momento, para mejor saborear la inminente emboscada de los sioux.

Era la literatura de quiosco, novelas de amor de Corín Tellado, del Oeste, de la Segunda Guerra Mundial... El nivel literario subía ya con las de Ágata Christie, también editadas por El Molino.

 Hace dos veranos encontré por casa un libro firmado por Harry Sinclair Drago, con el mismo formato que los anteriormente descritos, una novelita del género del western, tan popular por entonces. Durante un tiempo estuve convencido de que ese nombre era el pseudónimo del algún “negro” de la editorial, bajo cuya identidad se escondía algún escritor que hacía trabajos alimenticios y que quizá a estas alturas podría estar consagrado como autor de prestigio. Luego, con la llegada de “san Google” descubrí que existía realmente aquel novelista que firmaba la obra. Era americano y se había especializado en guiones para películas del Oeste.

 Eran lecturas populares, muy en boga por aquellos años de pocas pantallas, calle y conversaciones entre vecinos. No serían obras maestras y seguramente chirríarían ante cualquier canon literario, por poco exigente que fuese, pero conseguían prender la imaginación de la gente y abrían puertas a realidades distintas, hacían trabajar al intelecto más que con la actual hipnosis de los móviles.

 Si de vez en cuando veías a un tipo sentado en un banco de la Glorieta, del jardín de Floridablanca o del Malecón, dándole una calada al celtas cortos y ensimismado con una novela de Estefanía, podías asegurar que ese concentrado lector ya no se hallaba en Murcia sino en un “saloon” del Lejano Oeste, expectante ante la irrupción de aquel forastero que se bebía de un trago el wisky mientras empuñaba discretamente su Colt 45.

68- LA CABRA DE GARCÍA MARTÍNEZ

 68- LA CABRA DE GARCÍA MARTÍNEZ

 Cuando llegaban los domingos por la tarde y uno comprendía que el fin de semana daba las boqueadas, con la inminente y antipática sombra del lunes acechando, aparecía, providencial, la cabra de García Martínez.

La dopamina desplomada quizá regresaba a valores aceptables cuando cogías la última página de La Verdad y, a través de su texto, recorrías las Cuatro Esquinas para escrutar las voces de la calle y tomarle el pulso a la ciudad. El maestro de periodistas tenía un fino oído para detectar las piedras preciosas del habla popular, sinceras y sabias como el rey Salomón. Al vuelo cazaba frases de una enjundia propia de Aristóteles, aunque en realidad las pronunciara quien hacía cola pacientemente ante "El gato negro" o quien compraba rodajas de coco al vendedor ambulante de turno. Dichos populares y también comentarios de gente anónima que eran la punta del iceberg de múltiples biografías. Por una mínima conversación escuchada al azar podías intuir toda una historia, partes de la vida de la gente común, una crónica potencial de las personas corrientes. (Y una semilla de alta literatura)

Era El Diario de García, en la última página del periódico. Yo, estudiante por aquellos años, lo leía antes de hacer el equipaje para volver a Murcia con la familia, tras pasar el fin de semana en la Torre de la Horadada. Era una sección construida a base de pequeños fragmentos en que mezclaba escuetas conversaciones con su cabra (no recuerdo si tenía nombre), comentarios, citas literarias encuadradas genéricamente bajo el título "de mis lecturas", reflexiones sobre lo que le rodeaba y, como decía antes, expresiones y dichos captados furtivamente por las calles. 

Y era un García Martínez en estado puro. Que yo podría definir como el arte de pasar la realidad por el tamiz de un fino humor con muchas gotas de sabiduría popular. Una forma de abordar las cosas desde una visión amable y casi de "buen salvaje". 

Por ejemplo, no recuerdo mejor crítica de arte que la que se marcó con esta sencilla frase en La Zarabanda, otra sección de su autoría: "Que el Señor me perdone, pero a mí no me gusta Miró". ¿Se puede argumentar con más gracia, intuyendo ya las diatribas de los santones culturales?

Todavía recuerdo también cómo se refería a un mandatario hebreo, mientras describía en su sección el espinoso asunto palestino-israelí en un momento en que parecía que había muchas esperanzas de paz, describiéndolo como un "currinche", por su hiperactividad mezclada con una adustez proverbial. 

¿Y habrá mejor forma de definir la química de cierto político regional que cuando aseguraba de él que podía recorrer la Trapería sin saludar a nadie?

 Ya digo, cualquier asunto, por diverso y variado que fuera, lo pasaba por su personalísimo prisma, y salía un garciamartínez auténtico. Escribía de todo, ningún tema le era ajeno. Y ese material llegó puntual durante muchísimos años a las prensas con su marca indeleble. Es decir, en las miles de páginas que alumbró queda vigente un pedazo imprescindible de la historia de Murcia, de nuestra historia. 

Cuando, oscureciendo, el coche familiar acometía el Puerto de la Cadena para regresar a la ciudad, mientras sonaba el Carrusel deportivo de los domingos yo pensaba en los ejercicios de Física pendientes para el lunes. Pero también me acordaba de la cabra de García Martínez. 

67- Baldo, a la Conquista de la Cumbre

 67- Baldo, a la Conquista de la Cumbre

  Conocí a Baldo, Baldomero Ferrer, y a su familia (encantadora, por cierto) hace unos cuarenta y tantos años porque un hermano mío era novio de una de sus hijas. Alguna vez estuve también en su casa de Los Balcones. Lo recuerdo como un auténtico humanista, un apasionado de la historia y el arte, de la cultura en general. También sentía fascinación por Roma y es el caso que organizaba recurrentemente expediciones a la histórica urbe con familiares y amigos. Comenzaba a saborear el viaje antes de ponerse en ruta, organizando su logística previa, marcada a conciencia por todos los aspectos culturales imaginables, y planificando los detalles con auténtica delectación. A su regreso, días después, traía consigo unos cuadernos manuscritos plagados de comentarios y dibujos a color con motivos de su estancia en la Ciudad Eterna, acotaciones, anécdotas, observaciones.... Y todo ello para consumo interno, no sé a ciencia cierta si llegó a publicar alguna vez todo ese material. 

 Una de sus colaboraciones periodísticas más conocidas fue La conquista de la cumbre, una viñeta gigante donde describía la jornada de liga, simbolizada en el ascenso a una montaña por una serie de personajes caricaturizados con los rasgos más típicos de sus lugares de origen y donde cada uno de ellos representaba a un club de fútbol.  Para su elaboración, Baldo tenía que hacer un auténtico "tour de force". Téngase en cuenta que los partidos terminaban el domingo por la noche y en la madrugada del lunes al martes había que entregar ese trabajo a las prensas del diario Línea para que apareciera en los quioscos en las primeras horas de la mañana siguiente. Así pues, los lunes se encerraba en su estudio y no estaba para nada más. Trabajaba contrarreloj y la inspiración tenía que cazarla al vuelo.

 No solo cultivó el humorismo gráfico. También publicó comentarios y artículos desde su particular visión sobre muy variada temática. Repasando las hemerotecas podemos rastrear la huella que dejó durante tantos años en las páginas de la prensa murciana. Páginas que ya son historia


66- Los Maristas nos dan el día libre por el fallecimiento de don Ramón Menéndez Pidal

 66- Los Maristas nos dan el día libre por el fallecimiento de don Ramón Menéndez Pidal

 El 24 de noviembre de 1968, después de estar formados en fila en el patio para entrar a clase tras el recreo, tomó la palabra el hermano Luis Fermín y nos indicó que, tras recoger nuestras cosas, nos marcháramos a casa. El motivo era que acababa de fallecer, casi centenario, don Ramon Menéndez Pidal, el director de la Real Academia Española. He de reconocer que no fueron el dolor y la tristeza precisamente aquel día los sentimientos que nos embargaron a mis compañeros y a mí por la muerte de aquel a quien consideramos un Matusalén del que no habíamos tenido noticia hasta ese momento. Salimos en desbandada, celebrando eufóricos ese día libre que nos habíamos encontrado de forma tan sorpresiva. Estábamos al comienzo del segundo curso del bachillerato y yo tenía 11 años recién cumplidos.

 Pero el tiempo pasó, fuimos dejando atrás la niñez, llegamos a Sexto y entonces nos tocó cursar la asignatura de Literatura Universal, lo cual implicaba hacerse de una serie de libros para llevar a cabo las lecturas propias de dicha materia.

Ya referí en otro capítulo el descubrimiento de la colección Austral en la librería Biblion y el hallazgo de uno de sus volúmenes, Miscelánea histórico- literaria, del citado don Ramón Menéndez Pidal. Aunque, evidentemente, no se trataba de una lectura preceptiva de aquel curso, al verlo me vino a la memoria aquella lejana fecha en que nos fuimos del colegio tan contentos sin terminar las clases. Sin dudarlo, adquirí ese ejemplar y me lo llevé con toda la curiosidad del mundo. Aún me recuerdo por la plaza de Santa Isabel, aquel atardecer frío y lluvioso en que de vez en cuando alguna castañera ofertaba su mercancía, deseando llegar a mi casa para comenzar a descodificarlo.

 Pocas referencias tenía por aquel entonces de aquel maestro de la filología. Lo asociaba a esos viejos sabios distraídos, con aspecto decimonónico y susceptibles de ser encajados en un cliché muy típico de aquellos años, muchas veces cercano a la caricatura, como los que salían en algunas películas o inclusive en las historietas de Tintín. Pero pronto reparé en el hecho de estar ante un personaje que, con una pasión que no era de este mundo, se había pasado toda su vida investigando la Edad Media, una época que a mí me fascinaba.

   En ese tiempo de finales de la niñez no tenía precio prender la imaginación en aventuras con castillos, mazmorras, torneos, doncellas, caballeros andantes, etc. Yo tenía mitificado ese periodo de la historia desde que me hice asiduo lector de los tebeos del Capitán Trueno.  Supongo que lo mismo le pasaría a muchos más chavales por aquellos años, a la vista del éxito de aquellas publicaciones.

 Más tarde averigüé que este titán de la erudición había buceado a pulmón por lo más profundo de nuestros siglos altomedievales, desencriptando una Historia y una Literatura que hasta entonces constituían un continente sumergido. Los restos del naufragio que habían llegado a la playa desde esas centurias eran manuscritos -algunas veces hallados al azar- de una precariedad desmoralizante, leyendas que se entreveraban con la Historia dando lugar a puntos ciegos en que era sumamente complicado discernir la realidad de la ficción. Él fue quien pacientemente, en el silencio de los archivos y las bibliotecas, fue reconstruyendo el Relato - como se dice ahora- de esa época "enorme y delicada" (Verlaine dixit)

 La Gramática Histórica, la Épica medieval, el Romancero, el Cid... múltiples vertientes de esos siglos de historiografía tan limitada las iba desentrañando pacientemente mientras viajaba recorriendo los pueblos de Castilla, las iglesias, los archivos, desempolvando códices y legajos, escudriñando y asociando elementos  hasta que arrojaran alguna luz, acudiendo a los veneros más puros de la literatura popular cuales son las gentes que en su labor diaria todavía cantaban los viejos romances seculares,  al tiempo que dirigía la Real Academia Española, ejercía desde su cátedra su fructífera labor docente y creaba una escuela de discípulos que continuaran su labor investigadora.

 Y el Cid... Su pasión cidiana hizo que el viaje de novios junto a su mujer, María Goiri, siguiera el itinerario marcado por el héroe medieval muchos siglos atrás. Es la llamada "ruta del Cid". No es casualidad tampoco que a su hija le pusiera el nombre de Jimena, el mismo que llevaba la mujer del personaje histórico. Él fue, en definitiva, quien fijó la historia deslindándola de la literatura y de la tradición para dar una visión científica en torno a la existencia del guerrero de Vivar, el mismo que había sido trasunto de leyendas plasmadas en un cantar de gesta y en los romances.

Son muy significativas las fotografías en que aparece, en un descanso del rodaje, junto con algunos protagonistas de la película El Cid, aquella producción de Samuel Bronston con Charlton Heston y Sofía Loren como estrellas principales. Al fin y al cabo, ese héroe medieval rescatado de la leyenda y fijado en la Historia era en cierto modo una criatura suya. La sola y fugaz presencia del maestro en alguno de los intervalos del rodaje ya prestigiaba sobremanera ese filme.

 La solvencia de su sabiduría y de sus conocimientos históricos le llevó también, entre otras cosas, a ejercer, a propuesta de España, como comisionado de un laudo arbitral para deslindar unos límites territoriales muy confusos en la frontera entre Ecuador y Perú. Era una referencia mundial en algunas materias sobre las que sus dictámenes eran incuestionables.

 Siguió trabajando en sus investigaciones y proyectos hasta una avanzadísima edad. Es digna de recordar la fotografía en que aparece encaramándose a una escalera para acceder a las estanterías más altas de su biblioteca cuando frisaba ya los 95 años.

Tan fructífera y dilatada vida se apagó un día de noviembre de 1968, con 99 años, horas antes de que el hermano Luis Fermín nos comunicara, en una luminosa mañana, que recogiéramos nuestras cosas y marcháramos a casa.

65- La Colección Austral

 65- La Colección Austral

  A primeros de los setenta del pasado siglo me dio por frecuentar los viernes por la tarde una pequeña librería llamada  Biblion ubicada en la  calle Pascual, la misma donde estaba el estudio fotográfico Orga y enfrente más o menos de los almacenes Coy.  También creo recordar lejanamente que había en la misma acera una tienda de café, con molinillos eléctricos que no paraban de funcionar. 

 Allí atendía un joven empleado muy dinámico que, en esa época en que no había ordenadores, llevaba en su memoria un enorme caudal de datos bibliográficos. Sabía por dónde circulaba cada volumen y te conseguía rápidamente el que le pedías. El joven empleado se llamaba, y se llama, Diego Marín. No exageramos al decir que es una de las personas que más han hecho por la cultura en esta tierra.

 En ese establecimiento, a   espaldas   de la   Plaza de las Flores, pasaba yo mis buenos ratos ojeando libros después de clase. En una de aquellas visitas supe de la existencia de la   Colección Austral. “Aquí está toda la historia de la literatura”, cavilaba yo, lector adolescente con una temprana vocación de letraherido, mientras repasaba con detenimiento la lista interminable de obras que aparecían en las páginas finales de cada ejemplar. En ellas venía detallado el extenso catálogo de la colección, autor por autor.

   Mi primera adquisición fue Miscelánea histórico-literaria, de don  Ramón Menéndez Pidal, número 1.110 de la primitiva numeración. Se trataba de una recopilación de ensayos del viejo erudito, quien había sido director de la RAE hasta la fecha de su fallecimiento en 1969. Conservo todavía dicho volumen, con su color verde desvaído en las tapas y sus páginas de un color añejo, casi marrón oscuro. Me fui a casa, en ese frío y lejano atardecer de invierno, con la sensación de que llevaba entre mis manos poco menos que la Piedra Filosofal. Luego, claro, vinieron bastantes más hallazgos.  

   Por esos mismos años, unos viejísimos ejemplares editados en Buenos Aires, también pertenecientes a la colección Austral, se sumaron a los adquiridos en Biblion.   Estoy hablando de unas novelas de caballería del siglo XV, de autor anónimo, en tapas rojas y con las páginas también marrones de tan antiguas: La historia de los nobles caballeros Oliveros de Castilla y Artús Dalgarbe (nº 337), La historia del rey Canamor y del infante Turián, su hijo. La   destruición de Jerusalén (nº 374)  y  Libro del esforzado caballero don Tristán de Leonís (nº 359).  Estos títulos los encontré en la librería de mi querida y añorada tía Carmina, la librería García-Melgares, frente a la Fonda Negra.

   Cada   temática tenía un color. Los libros de literatura clásica eran grises, los de novela contemporánea, azules, los de ensayo, verdes, los de novelas de aventuras, rojos, los de viajes, negros, los de biografías y vidas novelescas, naranjas, los referentes a documentos  de época, amarillos, los de poesía y teatro, morados etc. Por las noches repasaba con delectación el índice de autores, haciendo elucubraciones sobre el contenido de cada una de sus obras. Esos ratos que ocupaba recreándome en el hipotético contenido de libros que nunca leería, eran para mí una puerta que se abría para imaginar historias y escenarios. Comenzaba a soñar antes de caer dormido.

 Aunque no compraba todos los volúmenes que hubiera deseado, fui almacenando los suficientes como  para que la pequeña leja de mi dormitorio fuera adquiriendo una cierta masa crítica y comenzara a parecerse a una biblioteca... Iba saliendo del mundo del   Capitán Trueno   para entrar en el de las lecturas serias.

La Colección Austral, perteneciente a Espasa-Calpe y editada en Buenos Aires a través de su filial argentina a partir de 1937, había sido pionera dentro de las publicaciones de libros de bolsillo. A comienzos de los años 50 comenzó a sacar sus ediciones en España. 

Por lo demás, supuso un aporte cultural sin parangón, ya digo, el fondo bibliográfico era extensísimo y cubría con creces amplios periodos de la historia de la literatura. 

Hacia los años 80 se reestructuró la colección, cambió el diseño de sus ejemplares y una cantidad enorme de títulos fue descatalogada. Con eso perdimos los lectores un auténtico yacimiento cultural como no se había  visto hasta entonces. Luego, en 1991 la editorial fue adquirida por el grupo Planeta, aunque mantuvo la identidad de su histórico sello. Posteriormente hubo otras tantas reestructuraciones a las que ya no les he seguido la pista. 

Pero los viejos volúmenes de Austral han seguido circulando en librerías de viejo, en tiendas de segunda mano y en ferias de libros de ocasión. Desde entonces, yo les he seguido los pasos en su nueva vida de publicaciones descatalogadas, una especie  de segunda vida clandestina transitada por caminos más apartados y alternativos. He intentado descubrir los nuevos circuitos por donde se movían y de vez en cuando regreso a casa con la satisfacción de algún rescate valioso de libros raros y escondidos, de autores clásicos olvidados de los que leía en los índices de las últimas páginas en mis noches adolescentes. En esos casos,  durante algunos momentos, mientras recorro ese antiguo y ya inexistente catálogo impreso en un papel  saturado por el paso de muchos años, vuelvo a soñar despierto antes dormirme. 


_________________

  Luego pasaron los años hasta llegar a lo que somos ahora. Nada que ver con la sociedad de aquel tiempo. Pero, de todas formas, cuando recorro de vez en cuando las librerías que instalan en los paseos o bulevares anualmente y descubro algún ejemplar de la Colección Austral, todavía recuerdo con nostalgia los viejos libros de aquellos viernes por la tarde.   

A primeros de los setenta (1971) estaba yo cursando  Literatura en 4-° de bachillerato. Cuando comenzaron las lecturas  de textos nos recomendaron la Colección Austral. Allí estaba todo. Tenía un fondo bibliográfico enorme. Se organizaba por colores según la temática. Gris para los clásicos. Azul para la novela. Morado para el teatro. Amarillo para libros de viajes. Verde para los ensayos etc, etc...

Investigando di con una librería que había en la calle Pascual, la misma donde estaba el estudio fotográfico Orga.  Enfrente más o menos de los almacenes Coy.  También creo recordar lejanamente que había en la misma acera una tienda de café, con molinillos eléctricos que no paraban de funcionar. 
Poco a poco fui organizando una biblioteca que  fue haciéndose hueco entre los cientos de tebeos que tenía del Capitán Trueno y del Jabato. 
Recuerdo que todo ese pequeño establecimiento lo llevaba un joven empleado muy nervioso, con aspecto muy vivo que -en esa época en que los datos no se almacenaban en un  ordenador- albergaba en su cabeza toda la información bibliográfica imaginable. Era impresionante la cantidad de datos sobre libros que manejaba. Sabía por donde circulaba cada volumen y te conseguía rápido el que no estaba. 
Allí me hice con el tiempo de un gran número de ejemplares de la Colección Austral. 

El joven empleado se llamaba, y se llama, DIEGO MARÍN. 

64- Las birlochas, el Jabato y las huchas del Domund

 64- Las birlochas, el Jabato y las huchas del Domund

 Cuando despuntaba el verano llegaba una de las formas más sanas y entretenidas de pasar la tarde: el noble arte de volar birlochas (o cometas...).

La mayoría de las veces no se adquirían en la tienda. Siempre aparecía algún vecino habilidoso que, a base de cañas finas, papel e hilo palomar, elaboraba unos artefactos aerodinámicos que cobraban altura a la mínima brisa que se levantara.

 Las ciudades estaban entonces atravesadas por solares vacíos y descampados, escenarios de juegos infantiles hasta el anochecer, desde el fin de la siesta hasta la vuelta al hogar familiar, caídas ya las últimas luces. Eran lugares propicios para echar a volar esas naves de juguete en aquellos tiempos en que solo existía lo analógico, lo digital ni se imaginaba y no había aplicaciones que descargar, la única aplicación que se conocía consistía en tener buena conducta en clase y ser diligente a la hora de hacer las tareas escolares.

 Ya digo, las birlochas aseguraban muy sabrosos ratos de entretenimiento y nos ponían en contacto con la Naturaleza. Vienen a la mente ahora tardes inolvidables de mi infancia, cuando la aldea costera donde veraneábamos eran cuatro casas y una calle principal de tierra y polvo, sujetando el cordel que tremolaba con fuerza antes las embestidas del viento que venía del mar. No se podía ser más feliz con menos.

  Las cometas tienen su origen en la milenaria China. Por cierto, corroborando este extremo, el Jabato, el inolvidable héroe íbero de los tebeos, junto con sus fieles Taurus y Fideo de Mileto, pasó unos momentos muy tensos cuando un avieso mandarín chino los colgó, bien atados, de algunos de estos ingenios a cientos de metros de altura. Víctor Mora no daba puntada sin hilo

 China... Por aquel entonces, lo que nos llegaba del populoso país asiático era la acuciante necesidad de bautizar a tantos niños que de seguro iban a acabar en el Limbo caso de no recibir las bendecidas aguas. En un principio, las huchas para la cuestación llevaban incluso la figura de un chinito. Eso también forma parte de nuestra infancia, los domingos otoñales, fríos y luminosos, recién comenzado el curso, recorriendo las calles con los compañeros y colocando pegatinas del Domund en las solapas de quienes iban a las confiterías después de salir de la misa de 12. De la exótica China apenas nos llegaba nada más. Bueno, y el Flan Chino Mandarín, que en realidad fue un genial invento de Alfonso Valdés García, químico español con una gran visión comercial.

Estábamos muy lejos todavía de bajar a las 11 de la noche a la tienda de Yuan a comprar Nescafé para el desayuno del día siguiente.

63- Mortadelo y Filemón, Agencia de Información

 63- Mortadelo y Filemón, Agencia de Información

 

 Mortadelo y Filemón, 13 Rue del Percebe, Rompetechos, el Botones Sacarino, Pepe Gotera y Otilio, la familia Trapisonda... Se conoce que el buen humor y la visión risueña de la vida son el mejor fármaco para la longevidad: Francisco Ibáñez, el padre de estos inolvidables personajes nos dejó con 87 años y hasta el final dio muestras de una creatividad fuera de lo común.

 Pertenecía a aquella generación de dibujantes e historietistas, émulos de Stajanov, que hicieron de Bruguera una editorial de referencia en los 60. (Esa misma editorial, que exprimía como un limón a sus creadores, llegó a tanto en su exigencia desmesurada de páginas semanales que unos cuantos de aquellos se independizaron para crear la revista Tío Vivo. Aunque esta simpática publicación fue absorbida por la propia Bruguera unos años después. No duró mucho la aventura editorial de Escobar, Conti, Cifré y Giner).

Francisco Ibáñez, de padre valenciano y madre andaluza, había nacido en Barcelona el 15 de marzo de 1936. A los catorce años ya trabajaba de botones en el Banco Español de Crédito. Quizá esa experiencia le inspirara la creación del botones Sacarino, uno de sus personajes más conocidos. Al mismo tiempo comenzó a compatibilizar esta ocupación con sus colaboraciones como historietista en distintas publicaciones, hasta que en 1958 entró a formar parte de la editorial Bruguera de forma exclusiva, abandonando definitivamente su empleo anterior en el banco. A partir de ahí su labor creativa fue en aumento y debido al éxito de las historietas de Mortadelo y Filemón, se le impuso un ritmo de trabajo muy intenso centrado en esa cómica pareja.  

 El problema vino en 1985 cuando decidió fichar por Ediciones Grijalbo. En los acuerdos que Bruguera firmaba con sus creadores se incluía una cláusula donde se especificaba que la propiedad intelectual de los personajes no pertenecía al autor sino a la editorial. Así, cuando Francisco Ibáñez rescinde su contrato pierde a Mortadelo y Filemón, sus geniales creaciones, que son llevados a partir de entonces por un grupo de guionistas y dibujantes encuadrados en lo que se llamó Bruguera Equip. Se sucederán publicaciones que ya no llevan la firma del autor sino de este colectivo creado para dar continuidad a los célebres e hilarantes detectives.

 Hasta que en 1987 hay una reforma de la Ley de Propiedad intelectual que confirma los derechos de los autores sobre sus obras. Ibáñez se integra entonces en Ediciones B y sigue con la publicación de las aventuras del famoso dúo de personajes, incorporando en ellas guiños referentes a temas de actualidad más o menos en candelero.

Las historietas de Francisco Ibáñez atraviesan varias generaciones y nos remiten a nuestros comienzos, a aquellos legendarios tiempos, tan recordados, en que nos acercábamos al quiosco de la plaza para comprar pipas, chicles Bazooka y algún tebeo que nos alegrara las horas muertas del fin de semana. Junto a las del Capitán Trueno y el Jabato, nos aseguraban una diversión muy sana, sin necesidad de recurrir a ninguna pantalla que nos abdujera la voluntad.

Con una imaginación asombrosa, dándole la vuelta cómica a las situaciones más insospechadas, dejó su sello personal en miles y miles de viñetas en las que los textos eran cuidados escrupulosamente, aunque eso no se notara. Según el creador, se trataba de no repetir palabras muy seguidas, de tirar para ello de sinónimos, aunque manteniendo un nivel que fuera asequible para todo el mundo, de conseguir que los dibujos y los textos estuvieran plenamente armonizados.

 Era un humor blanco lleno de ocurrencias descacharrantes. ¿Quién no se sonreía al contemplar los temores de Mortadelo y Filemón ante la inminente salida de la cárcel del temible Kid Piñata, con el que tenían alguna turbia cuenta pendiente que sólo ellos conocían? Las soluciones que el larguirucho y estrafalario personaje le proponía a su jefe para salir de cualquiera de estas encrucijadas nos aseguraban unas mínimas dosis de hilaridad para sacudirnos de encima cualquier tristeza. Seguro que si Unamuno hubiera leído sus historietas nunca habría publicado "Del sentimiento trágico de la vida".

 Honor y gloria a quien alegró la existencia de millones de personas durante tantos años. Eso es impagable. Siempre estaremos en deuda con él. 


62- Las aventuras de El Jabato

 62- Las aventuras de El Jabato

  ¿Cómo no recordar el mítico arranque de las aventuras de El Jabato, otra cumbre de la literatura gráfica juvenil? Junto con el Capitán Trueno fue uno de los héroes de nuestra infancia. Hablamos del tebeo "Esclavos de Roma", episodio inicial de la colección. En esta entrega con la que comienza la serie ya aparecen dos de sus principales personajes: El Jabato y la que más tarde será su prometida, Claudia, hija de un senador romano. Taurus, el fiel amigo del protagonista hace acto de presencia unas viñetas más adelante. Y Fideo de Mileto, el estrafalario poetastro que dará el contrapunto humorístico en estas historias, lo hará con la serie muy avanzada ya. 

 Nacido a la estela de las aventuras del Capitán Trueno -con el mismo guionista, Víctor Mora, y con Francisco Darnís como dibujante-, El Jabato tiene muy posibles influencias de un subgénero cinematográfico menor, el "peplum", que gozaba de una popularidad enorme en la época de su lanzamiento. Eran las, tan en boga por aquellos años, "películas de romanos". Este tipo de cine, partiendo de la antigüedad clásica, derivó en aventuras fantásticas con todas las licencias historiográficas posibles a la hora de hilvanar argumentos en que la realidad nunca hubiera podido superar a la ficción. El intento de trasposición de todo ese corpus de celuloide llamado de "espada y sandalia" al mundo de las viñetas por parte de Víctor Mora funcionó desde el principio y Bruguera encontró otro filón. 

 El esquema de esta serie se construye a partir del héroe que recorre el mundo acompañado de sus fieles camaradas, luchando contra las injusticias y haciendo alarde de su valentía y arrojo. Plagada de anacronismos, llena de situaciones inverosímiles, muestra por contra una frescura que enganchó desde su inicio a los lectores. Aquí, mientras la prometida del Capitán Trueno era una rubia vikinga hija de uno de sus primeros adversarios, la del Jabato será una bella romana hija a su vez de un senador, amores que se desarrollarán mientras Roma invade Iberia. Elegir a la enamorada de entre el mundo de los enemigos del héroe es un recurso clásico que asegurará tensión argumental, aunque en el caso del aventurero medieval pronto habrá una inmersión amistosa en el universo vikingo y Thule será como una segunda patria. Pero ninguno de estos guerreros se unirá sentimentalmente a una ibera o a una cristiana de las Españas.

Hay más paralelismos entre estas dos series. En ambas el contrapunto al dúo formado por el protagonista y el amigo del protagonista será un tercer personaje que aporta un elemento diferente a la intrepidez y al valor de los dos primeros. Crispín será un adolescente que los  intentará emular. Y en la colección del Jabato, Fideo de Mileto será otro eslabón aparentemente débil pero que asegura cuotas de humor y desenfado en las situaciones de mayor tensión, a la vez que lanza un guiño a la Grecia clásica para, junto a la Roma de la bella Claudia, encuadrar estas aventuras en el mundo grecolatino. Pero ya digo, ese historicismo del principio, arraigado en la Iberia rural y en la Roma de los primeros cristianos, derivará en una serie de escenarios con unas licencias de guion tales que harán posible contemplar a dos iberos y un griego de los primeros tiempos del Imperio romano en la corte de un mandarín chino, muchos siglos antes de que Marco Polo iniciara sus expediciones. Ya vemos que, como en el Capitán Trueno, China será un destino lleno posibilidades para el desarrollo de las tramas. No sabemos cómo habrían sido la Odisea o la Eneida de haber leído estos tebeos Homero y Virgilio en las siestas de verano de su niñez. 

Muchos años después, de la misma factoría Bruguera y de la mano del tándem formado por Víctor Mora y Ambrós, surgiría otra colección, El Corsario de Hierro, siguiendo idénticos esquemas. Pero esa es materia para analizar en otro momento o en otro libro.

Baste decir para terminar que todavía conservo tebeos con la aventuras del Jabato en alguna caja del trastero y cualquier noche volveré a releer 

Todavía conservo tebeos de las aventuras de El Jabato en alguna caja del trastero. Cualquier noche volveré a releer las hazañas del irreductible íbero y retornarán entonces ante mí, tal como ayer, las lejanas siestas veraniegas de la niñez. 

61- El mago Morgano, ingeniero aeronáutico

 61- El mago Morgano, ingeniero aeronáutico

 Acababa el capítulo anterior de este ensayo de memorias con un "continuará", palabra con la que solían concluir aquellos cuadernillos que dejaban a nuestros héroes en situaciones desesperadas durante toda la semana, aunque al final todo se resolviera de manera feliz y triunfaran los buenos. Yo aprovecharé ese "continuará" para glosar aquí uno de esos episodios del personaje creado por Víctor Mora. 

Así, cuando el Capitán Trueno regrese de Tierra Santa después de la aventura con la que se abría la serie, tras cumplir la promesa que le hizo al anciano cautivo de San Juan de Acre, liberará al mago Morgano, en su propio castillo, del encierro al que le somete el malvado Manfredo el Negro. Prisionero en el interior de una lúgubre torre, Morgano sentía al fondo de la misma la amenazante presencia nada menos que de un pulpo gigante, contra el que nuestro héroe luchará más tarde hasta darle fin.

El personaje de este benefactor mago, de manera indirecta, abrirá una ventana no imaginada para las nuevas aventuras de Trueno y sus amigos. El diseño del mítico y anacrónico globo aerostático pondrá la entera geografía del mundo a los pies de nuestros héroes. En su primer e involuntario viaje, provocado tras una tormenta que rompe las amarras que sujetaban dicho ingenio a la torre de la fortaleza, y acompañados de Grune, hija del sabio inventor, conocerán China. A partir de ahí, muchas serán las aventuras que se den en el continente asiático. Más que en la vieja Europa. 

Incluso habrá ocasión para que nuestros amigos entren en contacto con un trasunto del yeti, el abominable hombre de las nieves himaláyicas. Se trata de una tribu de homínidos de aspecto brutal con quienes luchan Trueno y sus compañeros en el marco de una aventura desarrollada en un paraje que nos recuerda al Tíbet.

(A quien se extrañe de que aparezca un pulpo gigante en un castillo medieval o una tribu de yetis en las abruptas montañas asiáticas le recomiendo la lectura de alguna novela de caballerías. En el arranque del Amadís el rey Perión de Gaula, padre de quien será protagonista y héroe de estas historias, lucha contra un león salvaje que se aparece, no en la sabana africana sino en un bosque británico. En otro capítulo se habla incluso de un lejano lugar donde se sitúa un mar de color muy verde, de aguas hirvientes y en ebullición, donde habita una peligrosísima y gigantesca serpiente marina).

 Sí, el mago Morgano era otro personaje recurrente de aquellas aventuras que inflamaban nuestra imaginación en un tiempo de hojas de papel sin algoritmos ni realidades virtuales. De tardes de primavera en la Glorieta después de clase, simulando las aventuras de nuestros héroes.

(Continuará...)

 Acababa el capítulo anterior de este ensayo de memorias con un "continuará", palabra con la que solían concluir aquellos cuadernillos que dejaban a nuestros héroes en situaciones desesperadas durante toda la semana, aunque al final todo se resolviera de manera feliz y triunfaran los buenos. Yo aprovecharé ese "continuará" para glosar aquí uno de esos episodios del personaje creado por Víctor Mora. 

Así, cuando el Capitán Trueno regrese de Tierra Santa después de la aventura con la que se abría la serie, tras cumplir la promesa que le hizo al anciano cautivo de San Juan de Acre, liberará al mago Morgano, en su propio castillo, del encierro al que le somete el malvado Manfredo el Negro. Prisionero en el interior de una lúgubre torre, Morgano sentía al fondo de la misma la amenazante presencia nada menos que de un pulpo gigante con el que nuestro héroe luchará más tarde hasta darle fin.

El personaje de este benefactor mago, de manera indirecta, abrirá una ventana no imaginada para las nuevas aventuras de Trueno y sus amigos. El diseño del mítico y anacrónico globo aerostático pondrá la entera geografía del mundo a los pies de nuestros héroes. En su primer e involuntario viaje, ocasionado tras una tormenta que rompe las amarras que sujetaban dicho ingenio a la torre de la fortaleza, y acompañados de Grune, hija del sabio inventor, conocerán China. A partir de ahí, muchas serán  las aventuras que se den en el continente asiático. Más que en la vieja Europa. 

Incluso habrá ocasión para que nuestros amigos entren en contacto con un trasunto del yeti, el abominable hombre de las nieves himaláyicas. Se trata de una tribu de homínidos de aspecto brutal con quienes luchan Trueno y sus compañeros en el marco de una aventura desarrollada en un paraje que nos recuerda al Tíbet.

(A quien se extrañe de que aparezca un pulpo gigante en un castillo medieval o una tribu de yetis en las abruptas montañas asiáticas le recomiendo la lectura de alguna novela de caballerías. En el arranque del Amadís el rey Perión de Gaula, padre de quien será protagonista y héroe de estas historias, lucha contra un león salvaje que se aparece, no en la sabana africana sino en un bosque británico. En otro capítulo se habla incluso de un lejano lugar donde se sitúa un mar de color muy verde, de aguas hirvientes y en ebullición, donde habita una peligrosísima y gigantesca serpiente marina).

 Sí, el mago Morgano era otro personaje recurrente de aquellas  aventuras que inflamaban nuestra imaginación en un tiempo de hojas de papel sin algoritmos ni realidades virtuales. De tardes de primavera en la Glorieta después de clase, simulando las aventuras de nuestros héroes.

(Continuará...)

106- Lavando con azulete

  106- Lavando con azulete   Las pastillas de café con leche de Alonso, las tapias hacia la Gran Vía de la Sucursal, la Casa de Socorro, e...