70- Los Selecciones del Reader`s Digest
Seguro que recordáis aquellos libritos mensuales cargados de artículos y reportajes, los Selecciones del Reader's Digest. Eran una pequeña ventana al mundo, con mucha variedad de temas, con un enfoque ameno, una forma de entrar en el sueño después de una lectura agradable y ligera para quien los tuviera en la mesilla de noche. Luego, analizándolos con la perspectiva que da el tiempo, no podemos dejar de verlos ahora con toda su carga de propaganda, propia de unos años caracterizados por una Guerra Fría que lo polarizaba todo, cualquier territorio del pensamiento, de la cultura y hasta de la diversión. Eran el producto de un mundo imantado en dos bloques, pero previsible, con una disuasión basada en la mutua, segura (y por tanto imposible por no deseada por nadie) destrucción nuclear de las dos superpotencias, muy diferente al mundo multilateral y a veces indescifrable de ahora que incluye tantas variables tan difíciles a veces de interpretar y de prever. Qué equivocado estaba el célebre ideólogo Francis Fukuyama cuando pronosticó el "Fin de la Historia" tras la caída del "Telón de Acero".
Además y presidíaqueños
volúmenes periódicos, Selecciones del Reader`s Digest publicaba otra serie de
productos editoriales de mejor acabado que poco a poco iban engrosando la
biblioteca familiar de los salones de entonces, ese tipo de mueble de madera
más o menos noble, tan habitual de la época, que cubría una
pared entera y presidía el comedor de la casa, con su hueco para el
televisor y sus cajones para manteles y cubertería noble, su pequeño armario
para las bebidas espirituosas -cuando no había hogar que no tuviera brandy,
Licor 43 o Calisay- amén de algunas estanterías para libros que lucían por su
magnífica encuadernación.
Además de estos libritos
mensuales, el mismo grupo editorial sacaba atlas, publicaciones anuales de gran
formato con contenido infantil y juvenil, colecciones de música estándar,
recopilatorios de la clásica más popular, versiones orquestales de directores
tales como Paul Mauriat o Ray Conniff, todo ello en el novedoso soporte de las
cintas de cassette. Y también volúmenes con los llamados “condensados”, a
saber, libros con cuatro o cinco novelas resumidas o despojadas de los
fragmentos más descriptivos y que menos afectaban a la narración. Se trataba,
claro está, de una divulgación literaria excesivamente utilitarista. O sea,
literatura no necesariamente mala en origen, pero consumida a granel.
Eran otros tiempos, todo
este material es el producto de una época concreta y es revelador de sus
aspectos sociológicos. Ahora tiene un indudable valor para saber cómo éramos,
cuál era el signo de aquellos años.
Sea como sea, a mí, al
releer ahora estos libros, me queda el recuerdo de los muy buenos ratos que
pasé con ellos cuando era un chaval, desconocedor de tantas cosas y con tanto futuro por delante…
Además de estos pequeños volúmenes periódicos,
Selecciones del Reader`s Digest publicaba otra serie de productos editoriales de mejor acabado que
poco a poco iban engrosando la biblioteca familiar de los salones de entonces,
ese tipo de mueble de madera más o menos noble, tan habitual de la época, que cubría una pared entera y presidía el comedor de la casa,
con su hueco para el televisor y sus cajones para manteles y cubertería noble, su pequeño armario
para las bebidas espirituosas -cuando no había hogar que no tuviera brandy, Licor 43 o Calisay- amén de algunas estanterías para libros que
lucían por su magnífica encuadernación.
Además de estos libritos mensuales, el mismo
grupo editorial sacaba atlas, publicaciones anuales de gran formato con
contenido infantil y juvenil, colecciones de música estándar, recopilatorios de
la clásica más popular, versiones orquestales de directores tales como Paul
Mauriat o Ray Conniff, todo ello en el novedoso soporte de los cassettes. Y
también volúmenes con los llamados “condensados”, a saber, libros con cuatro o
cinco novelas resumidas o despojadas de los fragmentos más descriptivos y que
menos afectaban a la narración. Se trataba, claro está, de una divulgación
literaria excesivamente utilitarista. O sea, literatura no necesariamente mala
en origen, pero consumida a granel.
Eran otros tiempos, todo este material es el
producto de una época concreta y es revelador de sus aspectos sociológicos.
Ahora tiene un indudable valor para saber cómo éramos, cuál era el signo de
aquellos años.
Sea como sea, a mí, al releer ahora estos
libros, me queda el recuerdo de los muy buenos ratos que pasé con ellos cuando
era un chaval, desconocedor de tantas cosas y con tanto futuro por delante.
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