69- Las novelas del oeste
Hace ya bastantes años, cuando llegaba el buen tiempo, podías encontrarte por la tarde en algún banco del parque, cerca del río o esperando el autobús, a cualquier paisano comiendo pipas enfrascado en la lectura de algún libro de los llamados "de bolsillo". Si te acercabas, tal vez descubrías que no era el Ulises de Joyce ni ningún título de À la recherche du temps perdu de Proust lo que captaba su atención sino, más bien, cualquier ejemplar de la editorial El Molino o de la barcelonesa Bruguera. Los de Marcial Lafuente Estefanía arrasaban. Quizá nuestro amigo se encendiera un celta cortos en ese momento, para mejor saborear la inminente emboscada de los sioux.
Era
la literatura de quiosco, novelas de amor de Corín Tellado, del Oeste, de la
Segunda Guerra Mundial... El nivel literario subía ya con las de Ágata
Christie, también editadas por El Molino.
Hace
dos veranos encontré por casa un libro firmado por Harry Sinclair Drago, con el
mismo formato que los anteriormente descritos, una novelita del género del
western, tan popular por entonces. Durante un tiempo estuve convencido de que
ese nombre era el pseudónimo del algún “negro” de la editorial, bajo cuya
identidad se escondía algún escritor que hacía trabajos alimenticios y que
quizá a estas alturas podría estar consagrado como autor de prestigio. Luego,
con la llegada de “san Google” descubrí que existía realmente aquel novelista
que firmaba la obra. Era americano y se había especializado en guiones para
películas del Oeste.
Eran lecturas populares, muy en boga por
aquellos años de pocas pantallas, calle y conversaciones entre vecinos. No
serían obras maestras y seguramente chirríarían ante cualquier canon literario,
por poco exigente que fuese, pero conseguían prender la imaginación de la gente
y abrían puertas a realidades distintas, hacían trabajar al intelecto más que
con la actual hipnosis de los móviles.
Si de vez en cuando veías a un tipo sentado en
un banco de la Glorieta, del jardín de Floridablanca o del Malecón, dándole una
calada al celtas cortos y ensimismado con una novela de Estefanía, podías
asegurar que ese concentrado lector ya no se hallaba en Murcia sino en un “saloon”
del Lejano Oeste, expectante ante la irrupción de aquel forastero que se bebía
de un trago el wisky mientras empuñaba discretamente su Colt 45.
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