jueves, 26 de febrero de 2026

68- LA CABRA DE GARCÍA MARTÍNEZ

 68- LA CABRA DE GARCÍA MARTÍNEZ

 Cuando llegaban los domingos por la tarde y uno comprendía que el fin de semana daba las boqueadas, con la inminente y antipática sombra del lunes acechando, aparecía, providencial, la cabra de García Martínez.

La dopamina desplomada quizá regresaba a valores aceptables cuando cogías la última página de La Verdad y, a través de su texto, recorrías las Cuatro Esquinas para escrutar las voces de la calle y tomarle el pulso a la ciudad. El maestro de periodistas tenía un fino oído para detectar las piedras preciosas del habla popular, sinceras y sabias como el rey Salomón. Al vuelo cazaba frases de una enjundia propia de Aristóteles, aunque en realidad las pronunciara quien hacía cola pacientemente ante "El gato negro" o quien compraba rodajas de coco al vendedor ambulante de turno. Dichos populares y también comentarios de gente anónima que eran la punta del iceberg de múltiples biografías. Por una mínima conversación escuchada al azar podías intuir toda una historia, partes de la vida de la gente común, una crónica potencial de las personas corrientes. (Y una semilla de alta literatura)

Era El Diario de García, en la última página del periódico. Yo, estudiante por aquellos años, lo leía antes de hacer el equipaje para volver a Murcia con la familia, tras pasar el fin de semana en la Torre de la Horadada. Era una sección construida a base de pequeños fragmentos en que mezclaba escuetas conversaciones con su cabra (no recuerdo si tenía nombre), comentarios, citas literarias encuadradas genéricamente bajo el título "de mis lecturas", reflexiones sobre lo que le rodeaba y, como decía antes, expresiones y dichos captados furtivamente por las calles. 

Y era un García Martínez en estado puro. Que yo podría definir como el arte de pasar la realidad por el tamiz de un fino humor con muchas gotas de sabiduría popular. Una forma de abordar las cosas desde una visión amable y casi de "buen salvaje". 

Por ejemplo, no recuerdo mejor crítica de arte que la que se marcó con esta sencilla frase en La Zarabanda, otra sección de su autoría: "Que el Señor me perdone, pero a mí no me gusta Miró". ¿Se puede argumentar con más gracia, intuyendo ya las diatribas de los santones culturales?

Todavía recuerdo también cómo se refería a un mandatario hebreo, mientras describía en su sección el espinoso asunto palestino-israelí en un momento en que parecía que había muchas esperanzas de paz, describiéndolo como un "currinche", por su hiperactividad mezclada con una adustez proverbial. 

¿Y habrá mejor forma de definir la química de cierto político regional que cuando aseguraba de él que podía recorrer la Trapería sin saludar a nadie?

 Ya digo, cualquier asunto, por diverso y variado que fuera, lo pasaba por su personalísimo prisma, y salía un garciamartínez auténtico. Escribía de todo, ningún tema le era ajeno. Y ese material llegó puntual durante muchísimos años a las prensas con su marca indeleble. Es decir, en las miles de páginas que alumbró queda vigente un pedazo imprescindible de la historia de Murcia, de nuestra historia. 

Cuando, oscureciendo, el coche familiar acometía el Puerto de la Cadena para regresar a la ciudad, mientras sonaba el Carrusel deportivo de los domingos yo pensaba en los ejercicios de Física pendientes para el lunes. Pero también me acordaba de la cabra de García Martínez. 

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