103- El viaje de estudios a Italia
Estudiábamos COU,
llegó el buen tiempo y nos preparamos para el viaje de estudios: a Italia, a
golpe de kilómetros de autobús por las carreteras nacionales de entonces, hasta
llegar a la frontera francesa como primera jornada. Recuerdo perfectamente
aquella mañana soleada de la partida, los preparativos, la euforia compartida
con los compañeros. Y con las compañeras, cuya presencia suponía un aliciente añadido,
una variable recién estrenada en nuestra vida de futuros universitarios.
Yo creo que por aquel tiempo
muchos de nosotros habíamos comenzado ya a doparnos con la droga de los
enamoramientos adolescentes. Lo que pasa es que la ratio de
compañeras/compañeros arrojaba tal desproporción que para llevar a cabo
nuestros propósitos amorosos teníamos que hacer frente a una competencia muy
reñida. Así, la que se había convertido en mi amada secreta tenía un buen
número de admiradores más o menos declarados. Pero sobre esto ya hablaré en
otra ocasión. Baste decir que la presencia de dicha muchacha en el viaje
alteraba mis procesos sentimentales. Recuperar la tranquilidad de espíritu que
pierden los enamorados primerizos me llevaría todo el tercer trimestre. Para el
verano ya creía estar inmunizado de aquel virus que me inclinaba a mirar la
lluvia tras los cristales meditando sobre si la última ocurrencia ingeniosa del
día anterior le habría hecho la suficiente gracia a aquella muchacha para que
se acordara de mí después de clase. Si además escuchaba Poema de
amor de Serrat en alguna tarde melancólica, ya tenía la tormenta
perfecta para sentirme un poeta con mal de amores, sobre todo después de
escribir algunos ripios infantiles que ahora me hacen sonreír con indulgencia
pensando en las "penas" de aquel adolescente.
Aunque también me consolaba
pensando que otros compañeros lo habían llevado peor, sobre todo uno de ellos,
más sensible a las asechanzas de las emociones amorosas y cuyo desánimo por no
alcanzar el favor de quien era también mi amada secreta le duró bastante más
tiempo y fue tal que nos llegó a preocupar a los amigos.
El primer día de viaje sirvió
para que pudiéramos pernoctar en Figueras, cerca de la frontera con Francia. El
matrimonio que parecía llevar el hotel donde nos alojamos hablaba un catalán
muy cerrado cuando no se dirigía a nosotros. Allí fui consciente por primera
vez de hasta qué punto había en España realidades lingüísticas diferentes al
castellano, de la existencia de gente que pensaba y hacía su vida cotidiana en
otros idiomas. Eso era algo ya sabido, por supuesto, pero verlo en primera
persona te daba una noción más real de un hecho que desde la monolingüe Murcia
contemplabas con mucha distancia.
Después de aquella primera noche
pasada en la capital del Alto Ampurdán entramos en Francia. El único recuerdo
que tengo de la nueva etapa del viaje remite a una parada en alguna pequeña
localidad muy rural, cuyo nombre he olvidado, con una agradable campiña al
borde de la carretera. Mientras estirábamos las piernas después de tantas horas
de autobús, nos acercamos a un árbol a cuya sombra descansaba un viejo
campesino, con la intención de poner a prueba nuestro precario dominio de la
lengua francesa. Nos presentamos como estudiantes españoles en ruta hacia
Italia y, después de cruzar con él algunas frases chapurreadas en un francés
muy primario, se quedó mirando a mi amada secreta y de manera muy enigmática le
dijo: "Vous vous marierez en Italie" (Tú te casarás en Italia).
Yo vi esa premonición del viejo paisano como una especie de cumplido, de
inverosímil materialización, que asociaba a formas galantes arcaicas teñidas de
un cierto paternalismo, señal también de que la compañera le había llamado la
atención, pues casi sólo se dirigió a ella en el breve diálogo que mantuvimos.
La escena era de lo más bucólico. Un prado ameno y agradable en el que el
tiempo parecía haberse detenido, un paisano ya mayor tocado con boina y con una
expresión en la mirada propia de quien está en paz con el mundo y no espera
nada más de la vida, un amigo con mal de amores y una muchacha muy hermosa en
la flor de su edad, ajena a los desajustes sentimentales que se daban a su
alrededor. Esa fue la instantánea de la "dulce Francia" que me llevé
de aquel viaje.
Y entramos en Italia, con nuevos
trámites de pasaportes (ni estábamos en lo que por aquel entonces era el
Mercado Común, ni en éste existía el Espacio Schengen). Las imágenes que
retengo de esos días italianos están muy fragmentadas y dispersas, son estampas
que me vienen a la memoria sin orden cronológico, ha pasado mucho tiempo y no
tengo escrito ningún diario de aquel viaje para detallar sus pormenores y su
transcurso. Alguna vez que me he reunido con antiguos compañeros descubro cosas
que me pasaron desapercibidas al igual que aporto alguna experiencia reveladora
de episodios del viaje que ellos habían olvidado. Como pasa con todas las
vivencias compartidas después de muchos años.
Así, puedo recordar una noche de
primavera junto a la Torre de Pisa, caminando por lo que parecía una alfombra
verde en medio del Conjunto Monumental al que pertenecía. Sobre un césped muy
tupido contemplábamos esa edificación tan popularizada en la memoria colectiva
por la curiosidad de su inclinación, un error de cimentación al que tanto debe
históricamente dicha localidad, puesta en el mapa gracias a ese fallo de
cálculo. ¿Qué sería de Pisa y de su prosperidad sin la falta de destreza de
aquel arquitecto que le dio fama y renombre con lo que en su momento debió
parecer una tremenda chapuza a sus contemporáneos? Ese monumento tan peculiar
era uno de esos lugares comunes que te acompañan desde la niñez cuando había
que referirse al país de la bota, en un tiempo en que las pizzerías sólo las
imaginabas en las películas del neorrealismo italiano de Vittorio De Sica y no
en las calles de Murcia.
En otra estampa perdida en el
tiempo, totalmente aislada de cualquier contexto, me veo caminando por las
calles de Milán bajo un cielo grisáceo, en medio de un tráfico desbocado que me
habla ahora -y no entonces, cuando no reparaba en esas cosas- de una ciudad
industrial llena de actividad, un polo económico dentro de aquella Europa que
comenzaba a entrar en crisis tras los acontecimientos de 1973 en Oriente
Próximo. Después de la visita de rigor al Duomo y otros
monumentos históricos nos habían dado una hora libre y yo paseaba al albur por
aquellas avenidas, preguntando de vez en cuando a los transeúntes en italiano
macarrónico, para no desorientarme en la ciudad desconocida, "Per
favore, la stazione?. Grazie". En un puesto callejero compré una
cassette de guitarra clásica de Ramón Herrera, intérprete desconocido para mí
que sólo sabía de Andrés Segovia y Narciso Yepes. Otra imagen que me queda de
aquel Milán, que aún no asociábamos al todopoderoso Silvio Berlusconi, es la de
un gran mercado cercano a la estación, con una abundancia y una variedad como
no había visto hasta entonces.
El siguiente escenario que me
llega después de tirar del hilo de la memoria es la Plaza de San Marcos de
Venecia, también en un día nublado y lluvioso. Estoy ahora en una ciudad
integrada en el imaginario de nuestra infancia, simplificador y alimentado por anécdotas,
por la sencilla razón, no de tener torres inclinadas sino calles de agua, otra
curiosidad aprendida desde que uno se recuerda. No me alcanzaba entonces
la dimensión inspiradora que la urbe de los canales ejercía sobre tantas
creaciones culturales, me era ajena la melancolía de la decadencia que tantas
obras de arte y literatura había gestado en los artistas más sensibles. Yo
paseaba en aquella lluviosa mañana por dicha plaza constatando, sí, lo peculiar
de aquella población cuyo tráfico se desarrollaba en embarcaciones y no en
automóviles. Conservo escenas de una travesía en góndola mientras dejábamos
atrás el Puente de los Suspiros y un gondolero hacía referencia, con cierta
sorna, al régimen político de la España de entonces, experiencia viajera
completada con una posterior visita a la fábrica de vidrio de Murano.
Pero si hay una imagen que
asocio a estas alturas a aquel aire crepuscular que los paradigmas culturales
otorgan a Venecia, esa es la de una travesía nocturna en vaporetto por el Gran
Canal junto a dos o tres compañeros. Seguramente por el cansancio de la intensa
jornada íbamos en silencio, comentando algún pormenor del día en un tono
apagado, con la mirada puesta en ese entorno tan distinto a las estructuras
urbanas a las que estábamos acostumbrados, un marco de iluminadas edificaciones
cargadas de historia, palacios y casas monumentales reflejándose en el agua,
todo tan novedoso y de una estética tan diferente al lugar del que veníamos que
nos parecía irreal. En la cubierta, sin apenas gente, dos muchachas con
aspecto nórdico, rubias y esbeltas, con pantalones de campana muy ceñidos,
miraban en silencio la estela que dejaba el vaporetto. Se adivinaba en ellas un
aire melancólico en armonía con la situación de aquella noche tan calmada, con
el leve murmullo de la embarcación surcando las aguas. El declinar del día era
una mezcla de desolación y serenidad. Las dos jóvenes tenían un aire que
recordaba a las modelos de Botticelli. Esas percepciones suponían un contraste
muy grande para quien venía de un mundo de partidas de futbolín, bromas de
patio de colegio y balonazos contra los muros del recreo, aunque aquel COU
lleno de compañías femeninas a ras de pupitre y continuas iniciaciones nos
orientara hacia actitudes de más madurez y conocimiento. Muchos años después
comprendí mejor esas sensaciones que me dejó la travesía nocturna por el Gran
Canal.
Y sigo rescatando escenas de
aquel viaje. Ahora estamos en el autobús, ya de noche, expectantes ante el
anuncio de la inminente llegada a Roma. Inminente llegada muy demorada, la
metrópolis se extiende por un área muy grande y la curiosidad por descubrir esa
ciudad de tantas connotaciones para nuestra corta memoria tarda en
satisfacerse. Atravesamos suburbios y extrarradios en avenidas interminables y
por fin llegamos a nuestro destino. Encienden las luces y descubro el
arrobamiento de mi amigo, el enamoradizo, que ocupa asiento contiguo al de
nuestra amada secreta. Por fin, llegamos a tiempo de la cena en una residencia
de monjas que será nuestro albergue durante los días romanos. "Un
panino, per favore" es la frase que se hará popular en el
comedor donde las hacendosas religiosas nos atienden. Y esa frase es, después
de cincuenta años, uno de los leitmotiv que recuerdo de aquellos
avituallamientos nocturnos tras jornadas intensas recorriendo la Ciudad Eterna.
Aquella primera noche puedo evocarla envuelta en una euforia que borraba
definitivamente la melancolías y desolaciones venecianas. Al igual que la
ciudad de los canales te envolvía en esas brumas nostálgicas y decadentes, Roma
transmitía una alegría palpable, una luminosidad que te animaba a recorrer sus
calles sorprendiéndote con los vestigios dejados por tantos siglos de historia.
Estábamos en primavera, con dieciséis o diecisiete años, lejos y olvidados de
nuestras localistas raíces, compartiendo avenidas, plazas y monumentos con
multitudes animosas y cosmopolitas. Es así como recuerdo aquellos días de
estancia en la ciudad de las siete colinas. Curiosamente, en otra visita muy posterior, las sensaciones
fueron muy parecidas. Esa es la impronta, alegre y despreocupada, que me
dejaron aquellas jornadas romanas.
La Basílica de San Pedro del Vaticano (en la que adquirí un libro guía plagado de ilustraciones y textos en lengua italiana que aún conservo), la Basílica de San Pablo Extramuros, la Fontana de Trevi, el Coliseo, la Plaza de España, el Foro Romano, fueron algunos de los enclaves de obligada visita que recuerdo ahora, lugares concurridos por abigarradas muchedumbres en una época en que el turismo aún no expulsaba a los vecinos del centro de las ciudades, como sucede actualmente. Fueron días trepidantes, de continuo callejeo, con la mirada de "buen salvaje" puesta sobre las sucesivas Romas que se abrían a nuestro paso, en esa urbe cargada de capas históricas sedimentadas a través de los siglos, donde unas ruinas de la Antigüedad Clásica compartían espacio con monumentos del Barroco. Hay escenas que no se borran, como aquella de la audiencia vaticana de Pablo VI y su aparición en silla gestatoria por el pasillo central de la enorme sala atestada de peregrinos, o la de la Fontana de Trevi, con el lanzamiento de monedas de espaldas pidiendo un deseo, deseo que yo adivinaba en mi amigo, el enamorado de nuestra amada secreta, que lanzaba una moneda de 10 liras con los ojos cerrados, pidiendo posiblemente lo que nunca consiguió.
Ya por la noche, en la cena, seguíamos practicando nuestro italiano,("un panino, per favore"), con las amables monjitas que atendían el comedor de la residencia. Así pasaron unos días de itinerarios y visitas, una de éstas, ya de las últimas, a la sede central que los Maristas tenían en Roma, de la que recuerdo un campo de fútbol de hierba y unas instalaciones muy funcionales, todo con el aspecto de una buena organización. Nuestro tiempo romano iba llegando a su fin mientras nos ejercitábamos como auténticos rompesuelas a base de caminatas interminables para conocer una minúscula parte de tanto como ofrecía la histórica urbe.
Se acababa el viaje, volvíamos a Murcia para la Semana Santa embebidos de anécdotas y monumentos, de hallazgos y experiencias muy nuevas, el mundo no se acababa en nuestra querida Murcia, entre la calle Pasos de Santiago y el Malecón; si cruzabas el Puerto de la Cadena y seguías hacia el Norte sin nada que te retuviera, había muchas maravillas por descubrir.