ÍNDICE
45- El juego del cuchillo en la arena
117- La hierba para los camellos de los Reyes Magos
-Vete an ca el tío Faroles y trae hierba para los camellos de los Reyes Magos, que vienen esta noche.
Navidades infantiles llenas de prodigios. La hierba en los zapatos cerca de la ventana para que las monturas de aquellos personajes mágicos pudieran reponerse después de un viaje tan largo.
Ya quedaba enviada al correo una carta con aspiración de máximos más que de mínimos, pero posibilista a la vez. Se descartaba por completo el carbón.
La noche de Reyes era el último cartucho que nos quedaba antes de dar por finiquitadas las vacaciones navideñas y volver a clase. Papá Noël ni estaba ni se le esperaba. Y el árbol de Navidad seguiría muchos años bien plantado en el monte antes de hacerse familiar en los hogares.
Eran los belenes los que se enseñoreaban de los salones de las casas. Pero no eran sencillos Nacimientos sino verdaderas aldeas en miniatura plantadas sobre una o dos mesas de comedor, pegadas a una pared que cubríamos con cartulina azul marino para simular el firmamento donde aparecía la estrella que guiaba a sus Majestades. Río de papel plateado con su correspondiente puente, algunos oficios en sus pequeños talleres, pastores con su rebaño de ovejas, el castillo de Herodes en algún montículo y los verdaderos protagonistas: la Virgen con San José y el Niño y los Reyes Magos, avanzando día a día hacia su destino. Sin olvidarnos de la mula y el buey.
Durante algunos años los Maristas organizaron concursos de belenes. No había casa donde no se montara esa pequeña escenografía de figuritas artesanales que íbamos comprando en los mercadillos navideños. Los días de Navidad tenían magia durante la niñez. No hay edad en que se forjen más ilusiones alrededor de esas fechas como en aquellos años de inocencia.
Uno contemplaba esa bonhomía pasajera que se instalaba en los adultos, el aumento de la iluminación de las calles, la calidez de las tiendas que hacían su agosto, con tantas manifestaciones populares de un sabor añejo y pensaba que habitaba un tiempo mágico.
Todo empezaba cuando en los telediarios en blanco y negro de la época aparecía gente eufórica descorchando botellas de champán y calando a toda persona que se encontrara a tiro para celebrar que se había vuelto rica de la noche a la mañana. Uno ya intuía un ambiente de optimismo en los adultos que iba impregnando las relaciones personales, por lo menos aparentemente.
Las primeras nochebuenas que recuerdo las pasábamos, con gran cónclave familiar de primos y tíos, en la casa de mis abuelos, en un huerto situado en lo que ahora son las calles Bando de la Huerta y Escultor Roque López. Mi tío Pepe, que durante aquellos años vivía en Alemania haciendo unos estudios de Ingeniería, nos sorprendía con artículos de chocolate desconocidos en España de los que los alemanes eran unos auténticos maestros. Eran unas Navidades, aquellas de la casa del huerto familiar, en las que aún pensaba yo que la hierba de los zapatos le vendría muy bien a los agotados camellos.
Esa fe ciega en sus Majestades hacía no sospechar de la intensísima actividad del Bazar Murciano, lleno siempre de adultos comprando juguetes. Pocos años antes de descubrir que los Reyes eran los Padres, el primer baño de realidad de nuestra vida, el primer desencanto, intentaba aguantar al máximo sin dormirme, a ver si fingiendo que estaba en brazos de Morfeo podía observarles, aunque fuera por el rabillo del ojo. Pero aquellos Magos eran muy cucos y, a lo que se ve, tenían mucha paciencia, así que nunca los descubrí. Por la mañana aparecían los regalos como si tal cosa, algún tren eléctrico, monedas de chocolate, o un traje de vaquero, con su chaleco, su estrella de sheriff, su pistola en su cartuchera, con la correa llena de municiones...
Los zapatos aparecían sin la hierba de la noche anterior.
Cuando llegó la pérdida de la inocencia me convertí en cómplice de aquellas paternales Majestades, porque siendo como éramos una familia numerosa, propia de lo que ahora llaman baby boom, aún quedaban miembros de ella que seguirían yendo an ca el tío Faroles a por hierba, aunque aquel curioso establecimiento, a espaldas de la iglesia de San Miguel, no tardó muchos tiempo en cerrar.
También descubrí que durante aquellos años los juguetes se guardaban, a salvo de nuestra curiosidad, en el altillo de un armario de imposible acceso para nosotros, situado al fondo de un largo pasillo, tan típico de las casas de entonces.
Poco tiempo quedaba para disfrutar de aquel tren eléctrico o del cinexin, dos días después ya estábamos camino del colegio con la cartera de material cargada de libros de Edelvives. Hasta la Semana Santa nos quedaba una larga travesía del desierto y ya nos estaban los camellos de sus Majestades para hacerla más llevadera. De nada servía ya la hierba del tío Faroles.
116- Estampas de los 70
Mientras los cuellos de las camisas y los bajos de los pantalones alcanzaban dimensiones rayanas en lo circense, tres célebres Pablos (un poeta, un músico y un pintor) pasaban a mejor vida. También falleció algún año después un campesino chino que después de una Larga Marcha había creado el embrión de la que ahora es segunda potencia mundial. Su nombre adjetivó a una serie de pequeños partidos políticos que se dieron a conocer durante la Transición.
A su vez, los norteamericanos
metabolizaban el trauma vietnamita utilizando su materia para la creación de
obras maestras del séptimo arte. Y dos periodistas destapaban las tramposas
maniobras empleadas por el presidente de los EEUU para derrotar a sus adversarios
políticos. Eso también daría lugar a algún otro laureado largometraje. Por lo
demás, los estudios de Hollywood echaban el resto con la producción de
películas de catástrofes colectivas, una joven enamorada declaraba en la gran
pantalla que "amar significa no tener que decir nunca lo siento",
Marlon Brando se ponía algodones en la boca para caracterizar a un personaje
descendiente de sicilianos y un film inspirado en una novela de Scott
Fitzgerald puso de moda la estética de los años 20.
Aquí en Murcia cenábamos
pasteles de carne en las gradas de La Condomina disfrutando con la Selección
Juvenil Murciana, que ganó el Campeonato de España derrotando en la final al
combinado de Guipúzcoa. Este último fue la base, unos años después, de aquella
Real Sociedad que ganó dos ligas seguidas. Pero el Real Murcia no levantó
cabeza. Y hasta ahora.
Más de doscientas monjas de
clausura salían a la calle por primera vez en su vida religiosa para reunirse,
en el Aula Magna de la entonces llamada Facultad de Filosofía y Letras de la
Universidad de Murcia, con el padre general de los franciscanos, el brasileño
Constantino Koser. Nosotros hacíamos ejercicios espirituales en los Jerónimos y
desayunábamos unos enormes tazones de café con leche que nos preparaban las
monjitas que estaban a cargo de dicho monasterio. El Concilio Vaticano II
seguía marcando las tendencias modernizadoras de la Iglesia. Los jóvenes
tocaban la guitarra en las celebraciones eucarísticas acompañando joviales
canciones religiosas. En la Torre de la Horadada una pequeña comunidad jesuita
pasaba los veranos en una residencia frente al mar y daba unas misas muy
rápidas y posconciliares a primera hora de la mañana en una pequeña capilla que
siempre se llenaba.
Por aquel entonces la
continuación invernal de los divertimentos de la pandilla de la playa, en medio
de la dispersión tras la vuelta de las vacaciones veraniegas, consistía en
alguna cena en el Centro Gallego de la calle de Correos, a base de marisco asequible
a bolsillos adolescentes, con aterrizaje posterior en el Santos en pos de algún
chocolate nocturno.
En un callejón cercano a la
plaza del Teatro Romea había un pequeño bajo donde rehacía mi colección de
tebeos del Capitán Trueno. Ejemplares atrasados de los llamados Trueno Color,
que aparecían semanalmente en los quioscos a 8 pesetas, los encontrabas aquí a
mitad de precio, eso sí, con el pico superior izquierdo recortado.
Y mientras Henry Kissinger y
Andrei Gromiko, Míster Niet, mantenían continuas negociaciones para que
la Guerra Fría no se recalentara demasiado, nosotros jugábamos al futbolín en
los Zumeta de Santo Domingo y nos tomábamos algún vino en el Yerbero.
En enero de 1972 la prensa
informaba de que el Mercado Común había bajado los aranceles para España en un
20 por ciento. También se hablaba de conversaciones entre las dos
Alemanias.
Y en enero de 1974 llegaban al
puerto de Cartagena para su refinado en Escombreras las 35.000 toneladas de
petróleo que el gobierno baazista de Iraq, cuya vicepresidencia ocupaba un
entonces desconocido Sadam Hussein, había regalado a España como prueba de
"los sentimientos que unen a los dos pueblos hermanos", según
palabras del embajador iraquí en la ceremonia del acto de entrega, celebrado en
las instalaciones portuarias.
La marca Phillips, tan familiar
para los que seguíamos por televisión los partidos de fútbol que se disputaban
en el Santiago Bernabéu, con sus vallas colonizadas monográficamente por la
publicidad del gigante holandés, anunciaba en prensa una línea de radio-cassetes
caracterizados según la publicidad por su "perfecta sintonización y
fidelidad de grabación". Era un avance con respecto a ese sencillo
magnetófono de la misma marca que nos había traído de Canarias nuestro tío
Guillermo años atrás, con el que tanta música habíamos escuchado. Aún recuerdo
las dos cintas que acompañaban al aparato, una de Tom Jones y otra de una Big
Band norteamericana. Poco después mi padre adquirió unas cuantas más que ahora
duermen como reliquias en algún cajón de la casa. Matt Monroe, Los Pekenikes,
Mireille Mathieu, Antonio Machín, Los Tres Hernández, Los Indios Tabajaras, Paul
Mauriat, Glenn Miller... todas esas y otras más fueron conformando la banda
sonora familiar de aquellos años.
Pero ahora ya podíamos grabar
canciones de la radio, siempre rezando para que el locutor no hablara en medio
del registro. Y los bolígrafos BIC se convirtieron en compañeros inseparables
de aquellas cassettes cuando descubrimos que su diámetro poliédrico encajaba
exactamente en las dos pequeñas ruedas dentadas que desenrollaban y recogían la
cinta magnética. Los vinilos habían encontrado un competidor y aun faltaba
tiempo para que llegaran los CDs. Cuando eso se sucedió mucho repertorio
popular terminó refugiándose en las cassettes vendidas en las gasolineras,
creando una especie de subgénero que años más tarde se utilizó como un elemento
costumbrista capaz de definir una época y un entorno.
La década quedó partida en dos,
política y sociológicamente, en 1975. Poca gente confiaba en la viabilidad de
un franquismo sin Franco. Incluso los más cafeteros eran conscientes de que la
continuidad del Régimen exigía reformas y adaptaciones a los cambiantes tiempos
que se estaban viviendo. Pero el viento de la Historia soplaba con más fuerza
de lo que ellos pensaban y homologar una democracia en el entorno de Occidente
pedía cambios de mayor calado, con algún doble salto mortal y sin red. Las
cancillerías occidentales tenían claro que, en plena Guerra Fría, no podían
prescindir de un enclave de la importancia geoestratégica de España. Pero
sabían que eso pasaba en esos momentos por una serie de transformaciones que
permitieran pasar la prueba del algodón democrático al sistema político
resultante de todo ese proceso. Entrábamos en el proceloso tiempo de la
Transición. Fue una travesía pilotada por un hombre que venía del Régimen,
elegido por el Rey de entre una terna y cuyo nombramiento provocó una frase,
como título de un artículo, que quedó para la Historia: "Qué error, qué
inmenso error". Pero visto con distancia no parece que fuera un error
ni mucho menos. Incluso se cumplió en ese personaje el célebre adagio del
clásico "la fortuna favorece a los audaces" (Audentes fortuna
iuvat).
Sí, este personaje pilotaba la
nave, pero en la sala de máquinas había ingenieros que intentaban diseñar la
estructura de la embarcación para futuras navegaciones. Más tarde sería tirado
por la borda por otros miembros de la tripulación, quizá cuando cayó en
desgracia ante el patrón del barco. Pero de éstos y otros extremos se ha
teorizado profusamente en muchas publicaciones (aunque siempre quedarán puntos
ciegos sobre los que quizá se haga la luz cuando ya no estemos ninguno de
nosotros) y yo no pretendo en estas páginas extenderme en contenidos que piden
otro tipo de género literario.
Por esas fechas, finales de la
década, descubrimos los pistachos como acompañantes de los gin-tonics que
tomábamos en los novedosos locales de copas que comenzaban a proliferar en
Murcia. Yo supe de aquel fruto seco de la mano de los larios y beefeater de mis
primeros circuitos nocturnos. El cultivo de esa especie de pipas gigantes
entreabiertas que nos presentaban en un cuenco junto al cubata estaba
monopolizado en aquellas fechas por el Irán del Sha. Y seguiría siendo uno de
los buques insignia de aquel país tras la llegada de los ayatolás.
Oriente Medio continuaba siendo
un punto caliente de la geopolítica mundial, dominada a su vez por los efectos
de la Guerra Fría. En 1973 se produjo uno de los recurrentes conflictos que se
daban en aquel enclave, la Guerra del Yom Kipur, con consecuencias desastrosas
para la economía mundial, inmersa a partir de entonces en una crisis que se
prolongaría hasta la década siguiente tras la subida descontrolada del petróleo
como represalia por parte los países árabes. En España quebraron miles de
empresas a lo largo de aquellos años debido a estos hechos. Inmerso como estaba
el país en el paso de la dictadura a la democracia, tuvo muchas dificultades
para sortear las turbulencias que agitaban su economía. Los Pactos de la
Moncloa fueron un intento de respuesta ante la debacle a la que se veía abocado
el tejido productivo tras el encarecimiento sin precedentes del precio de la
energía.
Mientras tanto, al despuntar la
década el españolito de a pie comenzaba a trasnochar con el transistor bajo la
almohada, escuchando a un locutor deportivo de voz muy aguda que asumía el rol
de látigo del Poder. En un momento en que la crítica política transcurría en
sordina, las diatribas contra los popes del deporte por parte de aquel pequeño
e intenso periodista eran una válvula de escape ante las limitaciones impuestas
a la total libertad de expresión.
Eran años también en que el
boxeo, un deporte totalmente estigmatizado en la actualidad, gozaba de una
popularidad enorme. Los boxeadores eran auténticas celebridades y la disputa de
algún campeonato del mundo, si había púgil español de por medio, paralizaba el
país tal como sucede ahora con el Mundial de fútbol o la Champions. Un avatar
muy señalado de aquel deporte fue el llamado "fenómeno Urtain", el
meteórico ascenso de un muchacho procedente de un caserío de Guipúzcoa donde
había destacado por su descomunal fuerza física en el deporte vasco del harri-jasotzea o
"levantamiento de piedras". Todavía recuerdo aquel combate por el
campeonato de Europa en abril de 1970 en que derrotó a Peter Weiland, un alemán
pasado de kilos y muy bajo de forma. Al día siguiente, en el patio del recreo
no se hablaba de otra cosa. Los chavales estábamos exultantes tras la victoria
del llamado "morrosko de Cestona". Incluso un profesor en clase
glosaba la hazaña con una exaltación patriótica propia de una gesta mítica,
como aquellas que estudiábamos en los libros de historia.
Visto en la distancia,
este deporte parecía la punta del iceberg de un mundo sórdido, con su leyenda
de tongos y amaños urdidos por personajes oscuros, con juguetes rotos y
retirados púgiles "sonados" que pasaban de la gloria al olvido.
En esa década convulsa los de mi
promoción avanzábamos curso a curso hasta completar los seis del bachiller más
el COU. Pero fuimos afortunados en lo académico al ser los primeros en quedar
exentos de reválidas y los últimos en ingresar en la Universidad sin pruebas de
acceso. No conocimos, pues, aquellas barreras de Cuarto y Sexto de
bachiller, generadoras de tanta mitología popular, que curtían la
disciplina de los estudiantes a base "de codos", como se decía antes,
y que les exigía un auténtico tour de force. En abril de 1974 la prensa local
de Murcia se hacía eco de unas declaraciones de cierto consejero nacional donde
se insinuaba que ese año no habría pruebas de acceso a la Universidad. En esa información
no se deslindaba aún el globo sonda de la noticia verificable, pero los tiros
parecían ir en la dirección apuntada por aquel prócer patrio, como así se
confirmó meses después.
En ese mismo mes de abril los
noticieros quedaron monopolizados durante unos días por la Revolución de los
claveles de nuestros vecinos portugueses. Los mismos militares, hartos de la
sangría de vidas y riquezas provocada por las anacrónicas guerras coloniales en
África, que consumían la mitad del presupuesto estatal, junto a una dictadura
asfixiante que aislaba al país del resto de naciones libres, tomaron el poder
bajo el mando de Spínola. Para el recuerdo queda la lírica que acompañó a estos
hechos, con la Grândola, Vila Morena de José Afonso sonando en
la radio como contraseña para el inicio de las acciones militares.
A su vez, en Occidente,
intelectuales muy ideologizados, teóricos del anticapitalismo más radical, se
creían con la suficiente iluminación y legitimidad como para llevar a cabo una
revolución global que socavara los cimientos del sistema, costara lo que
costara, por muy dolorosos y sangrientos que fueran los métodos, tan
convencidos estaban de lo elevado de sus aspiraciones. Fueron los llamados
"años de plomo”, tristemente célebres en Italia y Alemania. Pero la vida
seguía y éste último país, en su versión federal y occidental, se alzaba con la
estatuilla de oro macizo de 18 quilates que le avalaba como campeón del Mundial
de fútbol de 1974.
Mientras tanto, en Murcia seguían los niños criando gusanos de seda en cajas de zapatos con hojas de morera. Era esa una de las estampas más reconocibles de la primavera en esta tierra, junto a los vendedores ambulantes de polos y chambis a la salida del colegio, compartiendo mercado con los de regaliz y brea, más estables durante el curso. Como todos los años, la prensa local se hacía eco de la bendición de la simiente de la seda el primer viernes de marzo en el monasterio de Santa Catalina. Para cuando llegaran los calores, los más pequeños tendrían preparadas sus cajas de cartón y el forraje necesario para que se formaran las crisálidas.
115- Una noche de Estudio 1
Esa obra ha pasado a la historia como lo mejor que produjo la programación dramática de Televisión Española.
La
simbólica cuarta pared, tan mitificada desde siempre por los
cómicos que se subían a las tablas, no daba en esta ocasión a un patio de
butacas sino a millones de hogares donde las familias, al tiempo que daban
buena cuenta de la sopa y la tortilla francesa, asistían a una lección
magistral de dramaturgia. Se trataba de ESTUDIO 1, el espacio televisivo
dedicado al teatro que por aquellos años acercaba lo mejor del repertorio
escénico a los españolitos de a pie. Como solo había dos cadenas y las únicas
pantallas ajenas a la que presidía el salón de la casa eran las de los cines,
las audiencias de las referidas representaciones teatrales eran
multitudinarias. De esta manera los actores y actrices que solían formar aquellos elencos gozaban de una gran popularidad y, ya digo, nos eran
enormemente familiares.
Pero
fueron muchas las representaciones de calidad que se dieron en aquellos años.
La lista de autores refleja lo mejor que ha dado el arte de Talía. Lope de
Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, José Zorrilla, Benito Pérez
Galdós, Miguel Mihura, Carlos Arniches, Alfonso Paso, Víctor Ruiz
Iriarte, Alejandro Casona, Enrique Jardiel Poncela, Hermanos Álvarez Quintero,
Jacinto Benavente, Antonio Buero Vallejo y alguno más, entre los españoles, y
los Shakespeare, Molière, Chéjov, Pirandello, Oscar Wilde, Arthur Miller,
Ibsen, George Bernard Shaw, junto a algún otro, entre los autores
extranjeros, prestigiaron sobremanera aquellas emisiones de la cadena pública.
Esos
programas dramáticos fueron también un auténtico salvavidas laboral para muchos
intérpretes que alternaban las funciones teatrales con las televisivas. El paro
endémico de la profesión quizá se atenuaba con aquellos espacios teatrales que
semanalmente irrumpían en la mayoría de los hogares españoles.
Al cabo de los años, de tanto teatro de calidad como se dio en aquel Estudio 1 me queda el recuerdo de una obra concreta, quizá por las circunstancias de aquella noche de su emisión. Era final de curso y ya se avizoraban en cercanía las vacaciones de verano en medio de magníficos augurios, dado que las buenas notas me habían acompañado durante todo el año y las obligaciones escolares que restaban eran ya un puro trámite. O sea, ya se vislumbraban la playa y la libertad absoluta. Después de la cena sólo quedábamos en el salón familiar mis padres y yo, pues la programación llegaba hasta una hora muy avanzada y mis hermanos se habían retirado a dormir. En la pantalla se desarrollaba un argumento ambientado en la Belle Époque, a primeros de 1900, en una pequeña población de la costa cantábrica. Contaba la historia de una mujer abandonada por su novio al pie del altar que toma la determinación de no quitarse el vestido de novia hasta volver a casarse, extravagancia que da mucho que hablar en aquel pueblo descrito como muy tendente a la murmuración. A eso se le añaden la llegada de un forastero que le pide relaciones y las dudas planteadas sobre la sinceridad de esa petición. Con esos mimbres se plantea un relato de trazos costumbristas, sin caer en dramatismos excesivos, junto a algunas pinceladas de humor marca de la casa, que llega al sumun de la sentimentalidad al final, cuando se resuelve la historia. A mí por aquel entonces todo eso no me despertaba ningún interés, me parecía una antigualla muy diferente a las novelas de aventuras que acostumbraba a leer, a los tebeos y a las series televisivas con tramas de acción que nos enganchaban por las noches transgrediendo horarios, con las consabidas dificultades a la hora de madrugar al día siguiente para enfrentarnos a la pizarra y las preguntas de los profesores desde la tarima. En aquel curso había leído Zalacaín el Aventurero en un fin de semana, una lectura trepidante que me tuvo prendido de sus páginas, sin soltarlas prácticamente hasta llegar a la última. No era pues esa historia costumbrista de desamores en una villa cantábrica, con su posible paseo marítimo transitado por damas y caballeros que vendrían posiblemente a tomar baños de ola como mandaban los médicos más higienistas de la época, no era pues esa historia, digo, el tipo de relato que me llamaba la atención. Pero no tenía sueño, el curso estaba casi acabado y se estaba bien en la penumbra del salón, con la tranquilidad de espíritu de aquellos años juveniles y las buenas perspectivas del verano. Además, me era grata en aquellos momentos la compañía de mis padres, a quienes veía suspensos con aquella trama que les parecía tan entrañable. La historia de amor que subyacía en la obra no tenía la grandilocuencia de los típicos dramas pasionales, era un amor muy doméstico, ese que encuentra la felicidad en las cosas sencillas y cotidianas. Y luego, cuando llegaban los equívocos del final, la sombra que amenazaba el desenlace feliz se desvanecía y triunfaban los buenos sentimientos.
Unos instantes después, cuando aparecieron
en pantalla los letreros del final de la representación, mi madre no pudo
evitar decir: "qué bonitas eran las historias de antes".
Se trataba de la obra La bella Dorotea, de Miguel Mihura, con María Fernanda d'Ocón y Antonio Casal en los papeles principales.
Yo,
en la semioscuridad del comedor (veíamos la tele entonces con todas las luces
apagadas) era consciente del buen rato que estaban pasando mis padres, un grato
paréntesis quizá en sus preocupaciones habituales; tal vez por presenciar esos
momentos suyos en “modo felicidad ma non tropo” había valido la pena trasnochar
y calzarme esa historia a la que tan poco proclive me sentía en un principio.
La jovialidad que transmitían los dos cuando encendí las luces les acompañó al dormitorio después de que se despidieron de mí.
Luego, después de darle un
tiento al bote de leche condensada del frigorífico por una de las dos aberturas
perpetradas con el abrelatas, me fui a refugiar a mi cubil para seguir con la
lectura de La isla del tesoro, mínima lectura porque no tardé mucho
en caer en brazos de Morfeo.
114- De misas, iglesias y Rosarios
Hablamos pues de unos hábitos religiosos
muy distintos a los actuales. En esos años estaba vigente un Concordato que
regulaba las relaciones entre la Iglesia y el Estado, el cual habría de sufrir
alteraciones sustanciales en 1979 para adaptarlo a la recién proclamada
Constitución.
Era un tiempo en que el
catolicismo, considerado religión oficial, impregnaba muchos ámbitos de la vida
cotidiana y la afluencia a los templos era mayoritaria. Estaba reciente el
Concilio Vaticano II que, entre otros cambios, propició la sustitución del latín
por las lenguas vernáculas en las misas, así como la celebración de éstas con
el sacerdote situado de cara a los fieles y no mirando hacia el sagrario. Se
puso de moda también la intercalación de canciones acompañadas por guitarras
llevada a cabo por jóvenes feligreses. Nada que ver con los antiguos
repertorios organísticos que dotaban de solemnidad a la liturgia. En el fondo,
estos cambios respondían a un intento de aggiornamento por parte de la Iglesia
ante la incipiente secularización de la sociedad.
Aunque era muy común la
presencia de sacerdotes con sotana por las calles, ya comenzaban a dejarse ver
curas vestidos de paisano con el llamado clergyman o clèriman como distintivo
eclesiástico. Esto se interpretaba entonces como algo muy moderno. Y ya se
hablaba también de crisis de vocaciones, aunque sin llegar, por supuesto, a lo
de ahora.
Estaba claro que la Iglesia
intentaba moverse, a su modo, en vista de las aceleradas transformaciones que
se daban en el mundo. Los 60 se caracterizaron por un crecimiento
económico inédito. La vida se llenó de comodidades auspiciadas por la tecnología
y la modernidad trajo consigo, a su vez, el germen de la secularización. Como
en todos los ámbitos, también entre el clero se dieron ciertas polarizaciones.
Un estamento que durante décadas había hecho causa común con el franquismo
contemplaba ahora cómo algunos de sus miembros se mostraban críticos, a su manera,
con la situación política. Se popularizó la figura del cura obrero.
Mi generación fue testigo de aquellas nuevas realidades que se dieron entre los
últimos años del régimen franquista y los primeros de la Transición.
Así, de un curso para otro pasamos
de los devotos rezos del Rosario en clase, del mes de Mayo con flores a María,
de los Ejercicios Espirituales plagados de admoniciones y amenazas de
condenación, a una misa, de la que aún guardo recuerdo, celebrada en el salón
de un piso de barrio por un cura ataviado con un jersey de lana y que se ganaba
la vida trabajando como obrero en una fábrica, todo ello en medio de una
austeridad que no estaba en los escritos. Los cinco o seis compañeros que
asistimos al minimalista ritual éramos conscientes de que aquello suponía una
vuelta de tuerca con respecto a las experiencias religiosas que habíamos vivido
hasta entonces.
Porque nuestra niñez y
adolescencia coincidió con un tiempo en que la sociedad española era muy afecta
a los actos litúrgicos. Así, confesiones, comuniones, misas y visitas al
Santísimo eran prácticas con las que estaba familiarizado un segmento
mayoritario de la población. Se intentaba cumplir, como mínimo, con la
asistencia semanal a la celebración eucarística. A tal fin, y para facilitar
esa práctica, la Iglesia dio por válida la misa de los sábados por la tarde
como justificante del deber dominical de participación en la Eucaristía.
Ese contacto permanente con los
ritos eclesiásticos hacía que frecuentáramos los distintos templos de la
ciudad. Echando la vista atrás recuerdo visitas a la mayoría de ellos, según
las circunstancias. Había domingos en que buscabas a última hora de la tarde
alguna iglesia para escuchar esa misa que quedaba pendiente, no fuera que la
semana se pasara sin el cumplimiento de la preceptiva asistencia, lo cual te
obligaría a pasar por el confesionario.
Así, quedan en la memoria
escenas muy nítidas, recuerdos concretos de aquellas juveniles experiencias en
recintos sagrados. Como el de una fría y anochecida tarde de invierno en la
iglesia de San Andrés a donde fui como último recurso, pues solo quedaba esa
misa en toda Murcia por aquel domingo. Allí, en su interior, con los bancos
atestados de fieles, conseguí en el más apartado rincón una silla de enea desde
la que, sin apenas ver al sacerdote, y junto a dos viejas vestidas de negro que
murmuraban oraciones sin parar, pude seguir la ceremonia y cumplir con el
precepto.
Esas misas tardías de la
noche de los domingos tenían su carga melancólica. Salías de ellas con la
desolación que daba la inminencia del lunes, con sus obligaciones y deberes,
lejos ya del recién consumado fin de semana, un pequeño paraíso perdido que por
fortuna se renovaba cada siete días. Regresabas a casa, cruzando calles
desiertas, con la resignación que daba el constatar que del burbujeo y las
luces de los días de fiesta solo quedaban cenizas y en unas horas te
enfrentarías a los quebrados, los polinomios y las oraciones subordinadas. Las
graves palabras del sacerdote durante la homilía junto al inexorable madrugón
que te esperaba al día siguiente te convencían de la lógica que encerraba el considerar esta vida terrenal como un valle de lágrimas. Nada que ver
todo esto con la liturgia de los sábados por la tarde, a la que asistía con la
familia en la iglesia de San Pedro del Pinatar si pasábamos el weekend en
la playa, como solía ser habitual. Con los tebeos semanales recién comprados y
el tapeo posterior en los bares de la zona, salías de esas misas con un
optimismo y una joie de vivre que era la antítesis de las celebraciones
de las últimas horas de los domingos.
Sí, de casi todas las iglesias quedó algún poso en la memoria, algún recuerdo que sobrevive a la bruma del tiempo. Por supuesto, de la de San Miguel, mi parroquia, cercana a mi casa y que debe de conservar en algún archivo el acta de mi bautismo. Y la de Santo Domingo, templo de origen dominico regido por Jesuitas desde 1871, a la que solían ir mis padres a confesarse. Muy popular por su ubicación en una especie de kilómetro cero de las citas y quedadas murcianas.
En la iglesia de Santa Catalina me confesé una tarde con un sacerdote de una ancianidad muy avanzada, una imagen espectral de huesos y piel. Consumido, expresándose con un apenas audible hilo de voz, me dio la absolución como si de despidiera de este mundo. Falleció poco tiempo después lo cual me hizo reflexionar por primera vez con algo de profundidad en el hecho ineludible de la muerte. Fue un precoz y fugaz memento mori, un recordatorio de que todo esto es efímero, aunque por aquel entonces la vida de los adultos quedara lejanísima, como si faltaran siglos para irrumpir en ella.
San Bartolomé y San Lorenzo completaban la lista de iglesias visitadas, asociadas al recuerdo de alguna misa de anocheceres dominicales y posteriores calles solitarias camino de casa, con la preceptiva semanal cumplida y el lunes acechando.
El rezo del Rosario también era una práctica habitual en aquellos años. Muchos quedan en el recuerdo, con su salmodia monótona e hipnótica, hebras interminables de avemarías que apaciguaban el ánimo y adormecían los sentidos en la siesta, al inicio de las clases de la tarde. Como hasta que no acabara su rezo no comenzaba el hermano marista a impartir la asignatura, dilatábamos su final con una lentitud sospechosa, la oración de los misterios se hacía interminable, robándole tiempo a las materias académicas. Las avemarías se recitaban a cámara lenta y en voz apagada, con la modorra de la siesta acentuada por los primeros calores de la primavera y la luz amortiguada del aula. Eran sólo tres tipos de misterios los que se prestaban entonces a la oración, los Gozosos, los Dolorosos y los Gloriosos, aún no se habían instaurado los Luminosos. En esas tardes calurosas y tranquilas, intentando evitar somnolientas cabezadas comprometedoras, recorríamos la vida de Jesús a través de aquellos misterios que nos recordaban el relato inocente y puro que habíamos aprendido años atrás en la Historia Sagrada.
Todo ello se acentuaba con el mes de Mayo, el mes de las flores a María, del Bendita sea tu pureza, el de aquella cancioncilla que decía: "el 13 de mayo la virgen María bajó de los cielos a Cova da Iria."
Qué lejanas parecían entonces las crisis de fe. Qué poco sabíamos de lo que nos iba a deparar el futuro. Pero el mundo de los mayores podía esperar. Todavía nos quedaba la inocencia.
- Lavando con azulete
La
escalera mecánica de la Alegría de la Huerta, un jefe de estación con pito,
modas Poveda, la gabardina de los Zagales, Qué noche la de aquel día de
los Beatles en Ritmo, fútbol en el José Barnés, hijos de Antonio Zamora, Vida y
Color, los Claveles, la brea y el regaliz después de clase, la peluquería del
maestro Garre, el Siglo, la Hoja del Lunes, la cafetería El Alcázar, "mi
limón, mi limonero, entero me gusta más"...
La
tienda de Luis Oñate en la calle Pascual, chocolate con churros en la Aduana,
mi tío Guillermo en piragua desde el Club Remo, la farmacia Sandoval, la
consulta del doctor don José Salvat, el colegio de las Luisas en San
Bartolomé,
los
billares Segura, la cerveza negra del Café Levante, Bonanza, los perritos
calientes de la FICA, "renuncio a Satanás, a sus pompas y a sus
actos..."
Las
tardes en el Santos, "Así" en el Malecón, los bancos de la Glorieta,
las aventuras del Jabato, los "bolitos" de los domingos, la librería
Biblión, retratos Orga, Viaje al fondo del mar, Selecciones del Reader Digest,
Almacenes Coy, mi madre lavando con azulete en el terrado de nuestra casa,
frente a las tapias de la Fábrica de la pólvora, guapa y rubia bajo el sol...
¿Fue
verdad o lo soñé?
113- Muñoz Barberán en la
Catedral
Mi padre era un asiduo lector de La Verdad. Algunos de sus momentos de más sosiego se daban cuando sentado en el sillón del salón, después de la comida del mediodía, ojeaba tranquilamente las páginas del diario haciendo un alto en su intensa jornada de trabajo, marcada por su estajanovista actividad como empresario ejemplar, sin límite de horarios, con las preocupaciones y la carga del día a día de su negocio siempre presentes.
Una vez consumada la lectura
paterna, después de que el periódico quedara libre, era mi turno para buscar en
él las cosas de mi interés. Crónicas deportivas relativas al Real Murcia, la
sección de discos y música, curiosidades, ocurrentes textos firmados por el
maestro García Martínez donde daba cuenta de sus lecturas y las humorísticas
conversaciones con su cabra... Es el caso que durante el curso 72/73, en que
estudiaba la Historia del Arte de 6º de Bachiller, descubrí unos artículos
firmados por Muñoz Barberán donde describía con minuciosidad los elementos
históricos y artísticos de algunos rincones de la Catedral de Murcia. Decidí
entonces recortar esas columnas y guardarlas en una carpeta en la que
finalmente durmieron el sueño de los justos hasta hace unos pocos años en que
llevé a cabo un traslado de domicilio, lo que me obligó a hacer inventario del
material acumulado en el trastero. Así fue como descubrí esta pequeña cápsula
de tiempo en forma de rectángulos de papel amarillento con dibujos y textos del
artista murciano. Fueron, por mi parte, los primeros intentos de muchos de
archivar y preservar cosas de interés cultural en un tiempo analógico en que
las carpetas eran físicas y no digitales. Era una manera de rescatar del olvido
tantos restos interesantes de cuantas publicaciones iban cayendo en mis manos.
Vano intento, todo ese caudal se iba archivando en cajas pendientes de alguna
revisión que nunca se realizaba porque la vida siempre impone otras
prioridades. El tiempo todo se lo llevará por delante, Dios sabe a dónde irá
tanto material como hemos ido acumulando con el paso de los años.
Mi generación transitó durante
la mayor parte de su existencia sin conocer más que el soporte físico como
receptáculo de contenidos. Tardaríamos en descubrir el mundo de los bytes, con
sus enormes capacidades de almacenamiento y sus archivos digitales a salvo del
polvo de los trasteros. En el fondo será igual, qué pena de tanto documento que
quedará para siempre sin abrir en algún rincón de la nube, en carpetas de
alguno de los múltiples programas Windows que se van sucediendo a
lo largo del tiempo.
Pero mira por dónde, habrá que
dar por buena esa obsesión por preservar lo en realidad impreservable cuando
descubro estas columnas de Muñoz Barberán. Aunque no tuve la
precaución, al recortarlas, de dejar visible o apuntar la fecha, se pueden datar
con el año de 1973 de nuestra era, información cotejada con san Google.
Como curiosidad cabe
consignar que, en el reverso de una de ellas, el Corte Inglés anuncia su
inminente inauguración para el 3 de mayo de ese año y convoca un concurso
infantil de relatos. Sigo repasando el dorso de estos recortes, antes de entrar
en materia con los artículos sobre el gran templo murciano, y me encuentro con
una minúscula hemeroteca. Se habla de cómo se ha declarado de urgente ejecución
la concentración parcelaria de la zona regable del Campo de Cartagena, de que a
finales de año estará terminado el encauzamiento del Segura, de que se va a
crear la Asociación Provincial de Mujeres Empresarias, de la existencia en
Murcia de un "goya" a la venta por 20 millones de pesetas, del V
Simposium Internacional del Albaricoque, del asesoramiento de Murcia sobre la
producción e industrialización del esparto a Argelia. Hay anuncios como el de
Eurovosa Renta S.A. invitando a la inversión de los ahorradores, otro de rieles
para cortinas y visillos de la marca Kirsch, de televisores Philips, de la
financiera FIMUR, de carretillas elevadoras Saxby, con delegación en la
carretera de Algezares, etc,.etc.
Pero vayamos al asunto que nos
ocupa. Son siete columnas de las treinta que publicó el polifacético artista
-recopiladas recientemente en un libro- las que aparecen
en la vieja carpeta. Y constituyen un dechado de erudición sobre las
contingencias artísticas de lo descrito. Cada uno de estos artículos viene
encabezado por un dibujo alusivo con la firma de Muñoz Barberán. La
serie se titula La catedral piedra a piedra. Los textos recogen
referencias bibliográficas como las de Baquero Almansa y su obra De los
profesores de las Bellas Artes en Murcia, Antonio Bonet Correa y su
estudio Aspectos renacentistas de la Catedral murciana y José
Camón Aznar con su Historia General del Arte en que da cuenta
de las obras italianizantes de nuestro templo catedralicio.
En uno de sus artículos alude a
la erosión y desgaste que sufren los relieves escultóricos del exterior de la
capilla de Junterones, lamentando la falta de medidas por parte de quien ha de
responsabilizarse de su conservación, sin entrar a dilucidar, pues no es su
cometido, quién es el responsable de esa labor, la Iglesia o Bellas
Artes.
En otro comentario se hace
eco de los tesoros artísticos que guarda el interior de la capilla de
Junterón (así la nombra en este caso, en singular) y especula con la posible
procedencia italiana del relieve central y del tímpano que lo corona. Para ello
extrae de la bibliografía antes referida el dato probable de que estos
elementos renacentistas fueran traídos de Roma por el arcediano de Lorca don
Gil Rodríguez de Junterón. Al hilo de esta información, opina que los otros relieves equiparables artísticamente con los
descritos son los de la capilla de la Encarnación y los del sepulcro de Jacobo
de las Leyes, advirtiendo, además, sobre la amenaza de destrucción que se cierne
sobre ellos.
Sigo leyendo y en otra de las
columnas de la serie M. B. plantea la existencia de un primer trascoro gótico
sustituido en el siglo XVII por otro barroco, el actual, durante el episcopado
del franciscano don Francisco Antonio Trejo Paniagua, obispo de Cartagena desde
1618 hasta 1636, quien trajo de Roma la Inmaculada situada en el altar de
mármol que lo preside.
En otro de sus opúsculos expresa
también el convencimiento de que toda la obra escultórica renacentista
realizada en el intervalo de un siglo y atribuida a Quijano, Florentín y tal
vez a Alcalá Monte, fue ejecutada por un ejército de artistas pertenecientes a
algún taller de los citados maestros, con la supervisión, obviamente, de los mismos.
También hace referencia a la Capilla del Sacramento, donde el arte renacentista alcanza un preciosismo que presagia la llegada del estilo plateresco, asimismo procedente de Italia, gran centro emisor de tendencias estéticas. Y a la de la Encarnación, descrita por él como un nicho abierto en el interior de una arcada fruto de un trabajo muy laborioso, con los cuatro evangelistas como testigos y el águila posada en la clave del arco. Recomienda encarecidamente la visita de esta última, de la que resalta a su vez la altísima calidad de sus relieves con las figuras de los doce apóstoles, bajo la apariencia de haber sido inspirados en dibujos de Leonardo da Vinci., todo ello según su personal opinión.
Por otra parte, la mezcla de
estilos artísticos de diferentes épocas, con las consiguientes yuxtaposiciones
y amenazas de pastiche, plantea para el autor una serie de consideraciones que
va dilucidando en otra de sus columnas. Para él, poco importa, por ejemplo, el
espectacular contraste entre la portada y el interior gótico de bóvedas ojivales, traicionado
estéticamente por ese imafronte considerado como una cima del Barroco. Para
M.B. lo que salva del pastiche a este templo monumental es que los sucesivos
artistas que en orden cronológico iban dejando su huella no intentaban imitar
la de los estilos anteriores, sino que plasmaban los suyos propios, los de su
tiempo.
Todo esto lo descubro ahora, tras la lectura tardía de estos papeles guardados durante más de 50 años en una carpeta azul bastante desgastada. El adolescente que los archivó, quizá aquejado de un incipiente síndrome de Diógenes cultural, no estaba entonces para tales inmersiones catedralicias y no leyó ni un párrafo de los mismos, aunque intuyera que había en ellos hallazgos valiosos. Ese adolescente quizá estaba más interesado entonces en los guateques y en las partidas de futbolín.
111- El amigo Félix
En el curso 67/68, correspondiente a Primero de Bachiller, nuestro tutor don Antonio Martínez nos llevó una mañana a la sección de los internos que dirigía el Hermano Rafael y, después de ponernos ante un televisor, dijo que tomáramos nota de lo que iba a salir en la pantalla porque con esos apuntes tendríamos que hacer un trabajo para la asignatura de Ciencias Naturales.
Se trataba de Televisión Escolar, un programa que la primera cadena pública comenzó a emitir en enero de 1968 y que se prolongó hasta 1970. Algunas mañanas, de 11 a 12, los alumnos salíamos de las aulas para visualizar en esos antiguos aparatos en blanco y negro diversas materias didácticas, complementarias de la enseñanza impartida en las clases.
El programa elegido por don Antonio Martínez lo presentaba un personaje que ponía un entusiasmo y una pasión como pocas veces se habían visto en ninguno de los dos canales televisivos de entonces . Describía una determinada fauna con tales inflexiones en la voz y tal asertividad en sus comentarios que era muy difícil no sentirse implicado en esa celebración de la vida salvaje de lobos, quebrantahuesos o halcones.
Sus monólogos parecían el evangelio de una religión laica, tal era la emoción que había en sus palabras. Su parla sonaba tan peculiar que los humoristas encontraron un filón en sus agradecidas imitaciones.
Era Félix Rodríguez de la Fuente, un médico burgalés que de manera autodidacta había adquirido unos conocimientos oceánicos sobre biología y vida animal. Ya había destacado unos años antes como experto en cetrería en otro programa de televisión. A partir de aquellas incursiones en la pequeña pantalla cobró una fama que le acompañaría durante la siguiente década con series que aún se recuerdan entre los más veteranos, tales como Planeta azul y El Hombre y la Tierra. La trepidante música del comienzo de esta última ha permanecido en la memoria colectiva de aquel tiempo y con sólo escuchar sus primeros compases se nos vienen a la memoria aquellas escenas míticas de Naturaleza en que la vida discurría en su estado más primigenio, desprovista de la influencia humana, tal como se había manifestado, pura y armónica, desde hacía miles de años.
Lo que este apóstol de aquel incipiente ecologismo preconizaba en realidad era una imbricación total del ser humano con la Naturaleza, una comunión con el hábitat natural en la que residiría una suerte de felicidad y equilibrio. Yo escuché en cierta ocasión unos comentarios suyos donde idealizaba la época en que el hombre era nómada, cazador y recolector, es decir, el Paleolítico y Neolítico, como si fuera un tiempo virginal, un periodo que nos remitía a mitos, ya anunciados por las primeras literaturas y cosmogonías, tales como la Edad Dorada y el Paraíso perdido. Era una suerte de adanismo que invitaba a la emancipación de aquella vida tan artificial en la que parecíamos estar inmersos.
Ya digo, hablamos de alguien que gozó de una popularidad inmensa, un comunicador de raza que parecía predicar una buena nueva ante la que era muy difícil permanecer indiferente. En mi casa recibíamos una revista coleccionable semanal, Fauna, editada por SALVAT, en que Félix desplegaba su gran erudición sobre la materia zoológica de todo el mundo, acompañada de cientos de imágenes con el color típico de los revelados fotográficos de entonces. Ahora contemplo en la estantería toda esa publicación encuadernada en volúmenes con tapas de color marrón como un testimonio de aquellos hallazgos de materias novedosas, tan habituales hoy en día por otra parte, basta ver los infinitos documentales de la 2.
Hace poco di con el cuaderno donde redacté los trabajos de Ciencias Naturales que nos encargaba don Antonio Martínez tras la visualización de aquellos programas matinales. Por allí desfilan víboras, boas, halcones, corales, equinodermos, orugas, mariposas, elefantes, cocodrilos, lagartos, tortugas marinas, mantis religiosas, abejas, osos, albatros, colibrís, cigüeñas, golondrinas, avestruces, pulpos, cangrejos, tiburones, manta rayas, etc., etc. Esos textos infantiles vienen acompañados de dibujos a color que me sorprenden ahora por su trazo más que aceptable. Dicho material da fe de las primeras apariciones televisivas de quien se haría tan popular a lo largo de la década siguiente con su apología del "hermano lobo".
La trayectoria de este entusiasta de la Naturaleza libre y salvaje se cortó de manera abrupta un día de 1980, fecha en que se estrelló la avioneta con la que surcaba los cielos de Alaska en busca de nuevos escenarios para sus trabajos divulgativos. Todo un modo de hacer televisión se clausuraba con su muerte.
110-El destape (sólo si lo exige
el guion)
Pero estaba claro que
muchas de las creaciones difundidas tanto en el cine como en la canción se
amparaban en la excusa de la censura para ocultar una mediocridad innegable.
Eran tiempos excepcionales en cuanto a la expresión cultural y parecía valer
todo con tal de conseguir más cotas de libertad.
No quiere decir que no se
dieran casos de calidad artística, en ese totum revolutum había de todo. El
tiempo y las posteriormente alcanzadas libertades decantaron muchas
manifestaciones culturales poniendo a cada cual en su sitio. Se agradecieron los
servicios prestados en pro de la causa común, no sin constatar la nula calidad
de muchas expresiones artísticas, y aquí paz y después gloria.
Mi generación se
identificó con los cantautores, "cansautores" según el término
acuñado por los más sarcásticos, algunos de los cuales aguantaron el paso del
tiempo con obras que envejecieron con dignidad. A destacar, aparte de los
consabidos Serrat, Raimon, Labordeta, Víctor Manuel, etc., la contribución de
Paco Ibáñez, especializado en la musicación de poemas clásicos de nuestra
literatura con el austero acompañamiento de su guitarra. Yo descubrí sus discos
en algunas audiciones llevadas a cabo en el Bachiller, como complemento de las
clases de Lengua Española. Cierta tarde, un hermano marista apareció con el
picú y un vinilo con el que pudimos escuchar poemas del Arcipreste de Hita,
Quevedo, Góngora, Rafael Alberti, García Lorca, etc, etc.
El sistema de censura impuesto
por el Régimen había variado desde la Ley de Prensa auspiciada en 1966 por
Manuel Fraga Iribarne, a la sazón ministro de Información y Turismo. Antes de
esa fecha, toda publicación debía pasar antes de ver la luz bajo la lupa de los
censores, los cuales hacían uso de su tijera para cercenar aquello que les
parecía inconveniente. Una vez espulgado el material, adquiría el plácet
necesario para su divulgación. A partir de la nueva ley, desaparece la censura
previa, pero los autores han de responsabilizarse de las consecuencias derivadas
de sus creaciones, sometidas a posteriori a un estricto código con sus
correspondientes cargas penales. Esa legislación contemplaba también el
secuestro de las publicaciones que transgredieran la legalidad vigente. Todo lo
cual dio lugar a la autocensura. La cuestión era dilucidar el punto al que se
podía llegar antes de que se pusiera en marcha la maquinaria represora.
Como decíamos al
principio, tras la muerte de Franco y el inicio de la Transición hay una
apertura que desemboca en un aluvión de contenidos censurados hasta ese momento
que por fin ven la luz. Y dentro del ámbito del cine se produce un fenómeno que
excede lo artístico para caer en la vertiente de lo sociológico. Es el llamado
"destape", moda que se caracteriza por la proliferación de desnudos
femeninos en todo tipo de géneros cinematográficos. Hay mucha hambre atrasada
que se intenta saciar de golpe. Para mostrar abiertamente la anatomía de
nuestras Evas vale cualquier motivo, por peregrino que sea. Poco a poco se va
decantando un tipo de películas muy concretas, de nula calidad artística, en
las que el único fin de su producción es el aprovechamiento del gancho
comercial que supone mostrar a las féminas tal como vinieron al mundo. Estos
desnudos se suelen insertar, en general, en comedias populacheras como las de
la factoría de los Ozores entre otros, en que, aprovechando que el Pisuerga
pasa por Valladolid, de vez en cuando aparece alguna señora mostrando sus
encantos. En realidad, se trata de un fenómeno que se da en otros países
durante esos primeros años de la década de los 70. Italia facturará múltiples
largometrajes a mayor gloria de actrices como Edwige Fenech, Serena Grandi,
Barbara Bouchet, Gloria Guida, Carmen Russo o Laura Antonelli (ésta última será
rescatada para el cine de calidad por Visconti en El Inocente, película
basada en la novela de D'Annunzio). Como comparsas cómicos solían aparecer
Alvaro Vitali, Lino Banfi, Renzo Montagnani o Mario Carotenuto, equivalentes a nuestros
Esteso, Pajares, Antonio Ozores y compañía. Aunque el caso italiano se da
bajo parámetros políticos diferentes, como es obvio.
Uno de los desnudos más emblemáticos de
aquellos años, el primero integral, será el de María José Cantudo
en La trastienda, película no englobada en esas comedias descritas
antes y rezumantes de caspa. Aquí se plantea la controversia moral de un médico
del Opus, en la Pamplona de los sanfermines, ante la tentación de un romance
adúltero con una enfermera. Desde entonces se habló del "felpudo de la
Cantudo", expresión muy gráfica que describe la aparición de la actriz en
todo su esplendor durante algunos fotogramas.
Nadiuska fue también otra
de aquellas musas que enriqueció a los productores con la exhibición de su
palmito despojado de ropa en las pantallas. Musa de aquellos nuestros años
jóvenes en que las hormonas eclosionaban, coincidentes para más inri con esa
exaltación de los desnudos femeninos en el celuloide y las revistas, Nadiuska
fue un icono dentro de aquella pléyade de actrices que se encueraban a golpe de
claqueta. Las cuales justificaban esas exhibiciones con una frase que
hizo fortuna: "Sólo me desnudo si lo exige el guion". Lo
exigiera más o menos, el caso es que las pantallas rezumaban de cuerpos
gloriosos y los cines hacían su agosto. El hambre atrasada era mucha, por lo
visto.
Susana Estrada, África Prats,
Isabel Luque, María Salerno, Adriana Vega, etc. eran algunas de las que nos
invitaban a acercarnos a media tarde a las salas de proyección, dejando
aparcados los apuntes, para caer luego, por más que intentáramos evitarlo, en
el pecado en soledad. Pero éramos de una generación en la que nuestra juventud
coincidía de pleno con esa explosión de placeres visuales tan vetados hasta
entonces.
El complemento a todo ese
festival de tetas, culos y felpudos estaba en los quioscos, con la revista Interviú
como buque insignia de tanto papel couché exhibidor de mujeres en sazón
y sin ropa. Y precisamente fue Interviú la que cerró todo un ciclo simbólico
con aquel reportaje en que Marisol mostraba su esplendorosa desnudez. Marisol,
la niña prodigio del cine del franquismo, el espejo en que tantas niñas se
miraban en los 60, aparecía ahora como un fogonazo de sensualidad en la portada
de la revista del grupo Z. Esa imagen parecía clausurar toda una época y hay
quien dijo que era el final de cierta inocencia. Pero visto con la perspectiva
que da el tiempo, pienso que seguíamos siendo unos inocentes, ignorantes de
tantas cosas que estaban por suceder e imposibles de imaginar entonces.
109- Discos y ensaladilla rusa
en El Corte Inglés con una sortija de pelo de elefante
Durante mi niñez pasaba a
menudo, camino del huerto de mis abuelos, por los terrenos donde años más tarde
sería edificado. Estaban éstos ocupados por bancales de habas y lechugas,
la huerta cercaba un casco urbano mucho más reducido que el actual y las
acequias afloraban de vez en cuando por las calles. Ya existían las Galerías
Preciados, trasladadas a la Gran Vía desde la Plaza Cetina, pero no había nada
similar a lo que vino después de que irrumpiera por estos pagos el Gran
Leviatán del comercio. Sí, la puesta en marcha de El Corte Inglés reconfiguró
muchas estructuras económicas en nuestra tierra. La mercadotecnia de la ciudad
se tuvo que adaptar a la nueva y extraordinaria variable surgida tras la
inauguración de ese enorme bloque en la por aquel tiempo llamada Avenida Camilo
Alonso Vega, hoy Avenida de la Libertad.
La prensa local anunció desde
días antes, con un gran despliegue publicitario que ocupaba páginas enteras
tipo "sábana", propias de aquellos periódicos de la época, la
apertura al público del gigante comercial que llegaba para quedarse y transformar
los hábitos de los murcianos.
Por ejemplo, las páginas 6
y 7 del diario Línea del 3 de mayo de 1973 anunciaban, para esa jornada, el
esperado evento. Con amplios titulares se informaba del inminente inicio de
actividad y se detallaba la lista de servicios que proporcionaría el gran
almacén: 200 Departamentos Especializados, aparcamientos para 700 coches,
Guardería infantil, Peluquería, Cafetería, Restaurante, Supermercado... Lo
nunca visto por estas latitudes. Algo que ya se conocía, por otra parte, en
Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y Bilbao. Aquella sastrería madrileña
fundada en 1890 y adquirida por Ramón Areces en 1935 se había desarrollado
hasta dar lugar a la cadena de grandes almacenes que transformaba los hábitos
de compra de los ciudadanos.
Tal como pasó en Murcia. El
tsunami que supuso este desembarco tensionó el pequeño comercio y muchas
tiendas de toda la vida fueron languideciendo hasta desaparecer. Otras se
reinventaron para poder subsistir. Pero la competencia era muy difícil cuando
entraban en liza la flexibilidad absoluta de horarios y precios y la comodidad
de tener centralizados en un mismo punto los productos más dispares.
El flamante Corte Inglés fue un
polo que imantó la economía de la región. La afluencia de alicantinos para
visitarlo durante sus días festivos locales se dejaba notar en las calles
de Murcia. No cabe duda de que hubo una dinamización, al margen de las
obligadas reestructuraciones del comercio minorista. La zona adyacente al gran
local recién inaugurado se fue llenando poco a poco de oficinas y todo tipo de
servicios. La actividad empresarial se reconfiguró hasta adaptarse al nuevo
centro de gravedad social y económico de la ciudad.
En el terreno autobiográfico he
de decir que dicha gran superficie se convirtió en la sensación del momento y
su visita, una asegurada diversión para los chavales de mi edad. Nos
acercábamos simplemente a curiosear, subíamos y bajábamos por las escaleras
mecánicas hasta aburrirnos, mirábamos asombrados los artículos más exóticos y
se nos hacían familiares las primeras dependientas que comenzaron a trabajar
allí.
En el primer verano de su
apertura, varios amigos quinceañeros organizamos una excursión a Murcia desde
la Torre de la Horadada simplemente para visitar aquellas instalaciones tan
novedosas, por pura diversión, como quien pasa el día en un parque temático.
Era digno de ver al grupo de 5 o 6 críos pasando de planta en planta
compulsivamente solo por el gusto de usar las escaleras mecánicas, que nos
sonaban a gran novedad, aunque ya existían, no tan grandes, desde que se estrenaron
en La Alegría de la Huerta y más tarde en Las Galerías Preciados de la Gran
Vía.
Ese día tuvo su aventura, con
guion imprevisto a cargo de uno de los chavales más zascandiles de la pandilla.
El cual no tuvo otra ocurrencia que meterse en el bolsillo, con disimulo, una
sortija de pelo de elefante, pura baratija, expuesta junto con otros artículos
similares en un pequeño cajón. Pero fue descubierto por una vigilante camuflada
de cliente que lo invitó educadamente a acompañarla a un despacho. Ya teníamos
película de acción para recordar ese día, con chascarrillos que duraron años,
cada vez que recordábamos "la hazaña de la sortija de pelo de
elefante". A nuestro amigo le leyeron la cartilla, le dijeron que la
próxima vez avisarían a sus padres y tras un pequeño sermón le dijeron que
estaba perdonado pero que la acción no se volviera a repetir.
Más tarde, cuando llegamos a COU
las jornadas lectivas eran tan flexibles que algunas mañanas teníamos horas en
blanco sin clase, las cuales aprovechábamos para salir a toda prisa hacia la
cafetería del Corte Inglés y pedirnos una ensaladilla rusa con kétchup,
acompañada de una Coca-Cola, con el tiempo justo de apurar nuestra consumición
y volver rápidamente al colegio. Había una sensación de libertad recién
estrenada en esos almuerzos, tan distintos a los de los años anteriores en el
patio del recreo, con los consabidos bocadillos de atún y mayonesa o
salchichón.
Por las tardes
regresaba, ya con más calma, pero el destino era la sección de
música. En ella había una gran mesa con platos y auriculares para la
audición gratuita de discos. Se trataba de escucharlos antes de decidir cuál íbamos
a comprar. Yo seleccionaba varios y pasaba la tarde con las canciones de
Serrat, los Beatles, Simón y Garfunkel, y otros de mi gusto, aunque al final no
adquiría ninguno. Cada vez que llegaba con unos cuantos vinilos escogidos, la
amable dependienta me miraba con una leve sonrisa de resignación y complicidad,
como dando a entender que sabía que no iba a comprar nada, simplemente se
trataba de pasar el rato disfrutando de la música.
Yo vi cómo cumplían años aquellas
primeras jóvenes empleadas, cómo transcurría el tiempo y se convertían en
mujeres maduras hasta que terminaban por jubilarse.
Porque son muchas las
referencias personales asociadas a las visitas al gran Leviatán, que además
pillaba cerca de mi domicilio.
¿Qué habrá sido, por
cierto, de aquella sortija de pelo de elefante?
Aportación al PIB
En estas cinco décadas, El Corte Inglés «se ha consolidado como una de las locomotoras de la economía murciana», subrayan desde la firma. En la actualidad aporta al PIB regional un 0,6%, con más de 700 proveedores locales y regionales, y casi 6.500 empleos.
En la página 4 se anunciaba la convocatoria de la 15 edición del Festival de Benidorm, oficialmente conocido como FESTIVAL ESPAÑOL DE LA CANCIÓN. El Primer Premio, la Sirenita de Oro, estaba dotado con 250.000 pesetas al autor o autores de la canción ganadora absoluta y 100.000 pesetas a su intérprete. Hablamos de un certamen musical que sirvió de trampolín a algunas de las celebridades de la música popular durante décadas. Raphael (1962), Julio Iglesias (1968),
Y aún continúa, reinventándose y adaptándose a las nuevas modas
108- Una cena en casa Emilio
para despedir el Bachillerato
En el curso 72/73 mi promoción estudiaba 6° de Bachiller, el último año de dicho ciclo académico. Yo era un quinceañero que comenzaba a frecuentar los bares con los amigos sin la compañía de la familia. También compraba mis primeros libros de la Colección Austral al hilo de las clases de Literatura impartidas por uno de los mejores docentes que pasó por el colegio, el hermano José Rocaspana, exclaustrado algunos años después según noticias que circularon entre los más informados de los compañeros. Sus clases eran lo más parecido a la enseñanza universitaria, aparcando el libro de texto oficial y tirando de apuntes como haríamos años después en la Facultad. Buena parte de mi afición a las letras procede de aquellas lecciones.
Ese curso constituía un fin de
época y la niñez iba quedando decididamente atrás. Nos preparábamos para tomar
caminos divergentes, cada cual tendría un recorrido personal, la vida se abría
paso más rápido de lo que pensábamos. En junio, antes de irnos de vacaciones,
organizamos una cena de despedida, a la que asistieron algunos profesores, en
Casa Emilio, en la Plaza de Camachos. Allí se percibía que un largo ciclo
tocaba a su fin. Daba pena y alegría a la vez.
Pero ¿Qué pasaba mientras tanto
en nuestro entorno? ¿Qué sucedía en Murcia durante aquel lejano tiempo en que
estrenábamos juventud y quedaba atrás la infancia?
Tiremos de hemeroteca. Abramos
al azar las páginas del diario Línea del 3 de mayo imaginando que acabamos de
comprarlo en la Covachuelas tras un café en Williams y un paseo por Trapería.
Sin orden ni concierto demos cuenta de las primeras informaciones que vayamos
encontrando.
Descubrimos, por ejemplo, que en
Chys se exponían pinturas de Isidro Antequera y en la sala Isidoro Máiquez de
Cartagena, las de Asensio Sáez
Dentro del panorama cultural
también se informaba de la reedificación de la portada mayor del edificio del
Contraste, llevada a cabo por Manuel Jorge Aragoneses y Pedro San Martín,
consejero provincial y arquitecto de Bellas Artes respectivamente. Dicho inmueble,
dedicado en su día a las transacciones en el mercado de la seda, se había
ubicado tiempo atrás en la Plaza de Santa Catalina. La fachada y el pórtico de
entrada objeto de restauración tendrían como nuevo emplazamiento la calle de la
Trinidad.
En el Teatro Romea, Ismael Merlo y Vicky Lagos
presentaban El rey de las finanzas, de Juan Ignacio Luca de Tena,
con la colaboración de Encarna Paso y la dirección de Cayetano Luca de Tena.
En Molina de Segura, el día 30 de dicho mes
comenzaba un curso de Soldadura eléctrica, una vez
concluido otro de Trazadores. Se anunciaba también para el
siguiente domingo la elección y proclamación de la Reina del Barrio de
Fátima.
En Alcantarilla se convocaba el Primer
Certamen de Artistas Locales.
El Centro Regional de Investigación y Desarrollo
Agrario del Levante confirmaba los buenos resultados experimentales de la
congelación de las mandarinas Satsumas
En el Aula Magna de la
entonces llamada Facultad de Filosofía y Letras se iba a proceder a la entrega
de diplomas a la primera promoción de Graduados Sociales de la Escuela Social.
Dentro de dicho acto, don Fernando Suárez González, Catedrático de Derecho del
Trabajo, pronunciaría una conferencia titulada Los trabajadores de la
Administración.
En páginas interiores, Autoferro, establecido
en el Edificio Alba, publicitaba la distribución en exclusiva de la marca de
tractores y segadoras para forraje Agria.
El día 1 de mayo se celebraba en el carril del
Ferroviario, de la Azacaya, en la carretera de Beniaján, y patrocinado por El Corte
Inglés (para cuya apertura en Murcia faltaban dos días) un encuentro de Bolos Huertanos
entre las selecciones de las Márgenes Derecha e Izquierda.
-La cartelera de cine presentaba
el siguiente programa:
Cine Salzillo: Casa Flora,
con Lola Flores (Mayores de 18 años y mayores de 14 acompañados)
Cine Coliseum: Yo soy
la oveja negra, con Vittorio Gassman, y Ráfaga de plomo, con Adan West
(Mayores de 18 años)
Cine Rex (Empresa Iniesta
Martínez): El hombre de la Mancha, con Sofía Loren y Peter O'Toole
(Autorizada para mayores de 14 años y menores de dicha edad acompañados de sus
padres o tutores)
Circuito Iniesta
Cine Coy: ¿Qué me pasa
doctor? con Bárbara Streisand (Mayores de 14 años)
Teatro Circo: Los Diez
Mandamientos, con Charlton Heston (A. todos los públicos)
Cine Gran Vía: Dos
hombres contra el Oeste, con William Holden (Mayores de 18 años)
Cinema Iniesta: Tierra
de gigantes, con Leonardo Mann. Y estreno en Murcia de Escapada a lo loco,
con Alighiero Noschese (Mayores de 18 años)
Cine Rosi: La novicia rebelde,
con Rocío Dúrcal, y El mejor del mundo, con Tony S. Isbert (Autorizada
para todos los públicos)
Cine Avenida (Sala especial de
Arte y Ensayo): 100 años de Folies Bergere (Mayores de 18 años)
Son algunas noticias cazadas al vuelo, sin pretensión de fijar claves informativas. Eran algunas de las cosas que sucedían en aquel año de tantos cambios personales.
801- Antología del disparate
La clase de Gimnasia de 5º de Bachiller nos la daba el capitán Quesada, de quien consta que ascendió al grado de comandante algunos años después. Era éste un militar de manual, enérgico en sus ademanes, con un alto sentido de la disciplina y alejado de ambigüedades desorientadoras. Con él sabíamos siempre a qué atenernos. Al pan, pan y al vino, vino.
Junto a la Religión, la Educación Física era una de las marías, asignaturas que se daban por solventadas de antemano, disciplinas de aprobado casi obligatorio, en contrate con las Matemáticas, Lengua, Física o Latín, generadoras éstas de asegurados quebraderos de cabeza que se intentaban superar a base de codos, con la opcional ayuda de algún chuletario que sorteara los controles de los inefables docentes.
En los primeros cursos del Bachiller la Gimnasia era impartida por profesores procedentes de Falange. Posteriormente, fueron militares quienes se hicieron cargo de ella, como el ya citado oficial. También recuerdo a otros dos, el sargento Núñez y el capitán Tárrega.
El programa seguido en esta asignatura consistía en una serie de tablas, con flexiones y estiramientos, y carreras alrededor de los campos de deportes. La imagen que más se me viene a la memoria es la del alumnado corriendo en fila india a lo largo de todo el perímetro del patio, que englobaba dos campos de fútbol y uno de balonmano. De vez en cuando hacíamos pruebas de atletismo, salto de altura y 60 metros lisos, raramente salto de longitud.
Estas actividades sacaban a relucir la tipología física de los alumnos y mostraban sus distintas aptitudes ante los ejercicios propuestos por el profesor. Pero donde las diferencias se exacerbaban era en el Gimnasio. Periódicamente se daba allí la clase y lo que al aire libre era despreocupación a pesar del esfuerzo, en esa sala cerrada, con espalderas en las paredes, cuerda lisa y de nudos colgando del techo elevado y diferentes aparatos distribuidos en sitios estratégicos, era pura tensión. No todos teníamos la misma coordinación corporal. Ante la perspectiva de dar una voltereta en un plinto de respetable altura conseguida a base de añadirle módulos, algunos compañeros temblaban de miedo. El salto del caballo era otro escollo a superar que llenaba de ansiedad a los menos ágiles. Cuando el capitán Quesada nos hacía saber, una vez formados militarmente en el patio, que la clase se daba en el Gimnasio, más de uno pensaba de antemano en el mal rato que le esperaba.
Después de alguna prueba de esfuerzo, el profesor nos decía que midiéramos nuestras pulsaciones. Y yo comencé a ver que mi ritmo cardíaco era más elevado de lo normal. Sentía que me faltaba fuelle, que el corazón se me desbocaba cuando realizaba ejercicios con algún mínimo grado de exigencia.
Ante la repetición de esta anomalía, el capitán Quesada me dijo que lo pusiera en conocimiento de mi familia. Así lo hice y a los pocos días estaba en la consulta del doctor Ruipérez, una referencia de la cardiología en la Murcia de aquellos años. Allí me hicieron los primeros electrocardiogramas de que tengo memoria. Al cabo de un tiempo se decidió que me extirparan las amígdalas, considerando que en alguna infección recurrente de las mismas podía estar el origen de mis taquicardias. En esa época, la llamada "operación de anginas" con carácter preventivo entre los niños estaba muy en boga. Así que me dispuse a pasar por lo mismo que otros compañeros habían pasado ya. La intervención se llevó a cabo en el Hospital de San Carlos, actualmente perteneciente al grupo Quirón.
De tal jornada, pocos recuerdos me quedan. Entre otros, la recomendación de tomar helados durante unos días, lo cual, con lo aficionado que era a consumirlos, paliaba para mí las incomodidades de aquella cirugía. Pero lo que evoco ahora con absoluta nitidez es la visita de mi querida prima Chencho con un regalo en la mano para hacer más llevadera mi convalecencia.
Se trataba de la "Antología del disparate", un libro elaborado a base de contestaciones erróneas de alumnos, recopiladas por Luis Díez Jiménez, un catedrático de Instituto de Málaga.
Este volumen había gozado de una gran difusión y sus ediciones no tardaban en agotarse. La que yo conservo es del año 1972.
La sonrisa, cuando no la carcajada, está asegurada con su lectura. A través de las diferentes definiciones dadas por los estudiantes podemos intuir los vericuetos psicológicos que siguen a la hora de elaborar respuestas, en un vano intento de disimular su ignorancia ante muy diversas preguntas de examen: desde auténticas burradas hasta intentos de "marear la perdiz" metiendo "paja", para que parezca que han dicho algo aunque no hayan dicho nada en realidad; y usando a la vez términos que les suenan lejanamente, pero que tienen muy poco que ver con las contestaciones correctas. Todo un alarde de imaginación que en algunos casos roza la genialidad. Es entrañable la inocencia con la que algunos creen haber salido del paso con enredos de palabras parecidas a las idóneas, pero que mezcladas resultan surrealistas y provocadoras de hilaridad. Son impagables los ratos de diversión que, leídas al azar, proporcionan estas páginas, porque cualquiera de ellas encierra perlas humorísticas que son un auténtico remedio contra la tristeza y los días grises.
Yo aún conservo aquel ejemplar, desencuadernado de tanto usarlo, de tanto llevarlo conmigo a muchos sitios como compañía infalible ante las asechanzas del aburrimiento o el desánimo. Todavía recuerdo una excursión por el monte organizada por el colegio, con un pequeño grupo de compañeros y el hermano Gaspar, marista encargado de nuestra tutoría, muertos de risa durante un descanso en la ascensión, mientras les leía en voz alta las descacharrantes respuestas. Porque escuchar, sentados bajo la sombra de los árboles tras subir cuestas interminables y haber dado buena cuenta de los bocadillos, que "los reptiles son animales que se disuelven en el agua", "Camoens, aunque era portugués, era tuerto", "Insectos son aquellos animales que desde chicos empiezan a criarse y luego hacen daño a las plantas" o "Edad de Bronce: Aquí los hombres tenían una estructura como la de un gorila, aunque afortunadamente más tarde fue cambiando" era un modo infalible de echar unas risas.
De vez en cuando, vuelvo a hojear este desvencijado libro y retorna aquel año de tablas de gimnasia, operación de anginas y ratos de carcajadas compartidos con los amigos. Entre sus líneas se encierra un tiempo feliz que de vez en cuando evoco con su lectura.
ÍNDICE 45- El juego del cuchillo en la arena