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"Los tiempos están cambiando"
En
los 60 se da una cierta sensación de modernidad, de irrupción de nuevos
paradigmas, parecía iniciarse un ciclo histórico diferente. "Los
tiempos están cambiando", cantaba Bob Dylan. La posguerra europea iba
quedando atrás e irrumpía una generación de jóvenes en medio de una sociedad
que se recuperaba de los traumas que, a muchos niveles, había ocasionado la
gran contienda bélica. Pero esa juventud ingresaba en el escenario con una
mirada nueva que no estaba marcada por los estereotipos de sus padres. Había
una ruptura que incidía en muchos códigos culturales. Y una de las vertientes
de esa ruptura la constituía la música.
Teorizando
sobre el hecho musical de la segunda mitad del siglo XX, habría que decir que
es en Norteamérica donde se generan las nuevas tendencias melódicas que
inundarán más adelante las tiendas de discos y los programas de radio. Todo el
origen está, según los estudiosos, en la música afroamericana y su marcado
sentido del ritmo. A partir de ahí el espiritual negro se entrevera con el
blues. Éste derivará más tarde en el rock and roll, un género musical que irá
asociado a una expresión corporal bastante performativa para la época, un baile
con una intensa cadencia, plena de rupturismo intergeneracional.
El
rock and roll, como decimos, será el epicentro de todo ese fenómeno. Y sus
diversas ramificaciones, algunas muy alejadas ya de sus orígenes, llenarán
prácticamente todo el espectro musical de media centuria. Y así hasta nuestros
días. Telegráficamente: todo ese movimiento que comenzó con los ritmos
afroamericanos y el blues cristalizará más tarde en Chuck Berry y Elvis Presley
que irrumpen en los 50, dando lugar a un tsunami que irradia hacia Europa a
través del Reino Unido.
Es
en esa década, por cierto, cuando EEUU se consolida como potencia mundial. A
lomos de un crecimiento económico sin precedentes comienza a cobrar carta de
naturaleza lo que se da en llamar el american wife of life. Los
hogares americanos no tardan en llenarse de novedosos electrodomésticos
mientras crece el nivel de vida de una sociedad que hace del consumo su
auténtico leitmotiv. Y con la Guerra Fría establecida ya como como realidad
insoslayable.
Aquí,
en el viejo continente, los USA representan la modernidad y el futuro. Todo lo
que de allí proceda gozará de prestigio. Hay que tener en cuenta también lo
reciente que está el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial y no se olvida lo
que supuso la implicación norteamericana a la hora de la liberación europea
contra el nazismo. Así pues, EEUU se convierte en un foco emisor de inequívocas
propuestas culturales y sociales.
A
finales de los 50, en el puerto de Liverpool desembarcan marineros que, tras
cruzar el Atlántico procedentes de Norteamérica, portan discos con las últimas
tendencias y lo más novedoso de las listas de éxitos. Poco a poco se crea un
caldo de cultivo en Inglaterra que dará lugar a nuevos movimientos
musicales.
A
primeros de los 60 estalla la beatlemanía. Todo eso es historia conocida. La
onda expansiva de ese fenómeno llega hasta nuestros días sin duda alguna. En su
momento supuso una puesta de largo de las nuevas corrientes melómanas. El corte
generacional es cada vez más apreciable. Los gustos melódicos ahondan esa
distancia entre los jóvenes, seguidores de melenudos que tocaban guitarras
eléctricas, y sus conservadores progenitores, amantes del orden y la
estabilidad.
Pero
el sistema todo lo asimila. Por primera vez se contempla a la juventud como un
nuevo nicho de mercado con una inmensa potencialidad. Se creará toda una
industria alrededor de la creciente capacidad consumista de ese segmento de
población.
Son
los años de la música ye-yé, expresión que deriva del tema de los
Beatles She loves you. En ella se repite la afirmación inglesa
"yes, yes", "sí, sí, ella te ama", "she
loves you... yes, yes...". Este término hizo fortuna y sirvió para
definir toda una corriente sociológica. Lo ye-yé. Cuando el Real
Madrid gana su sexta Copa de Europa, después de renovarse con una generación de
jóvenes que sustituyó a los Di Stefano y demás viejas glorias, se comienza a
hablar del "Madrid ye-yé". Como vemos, comienza a instalarse
un nuevo paradigma que apela a una cierta modernidad, a un pasar página
protagonizado por una juventud que no ha conocido los desastres que vivieron
sus mayores. Y esa misma juventud encuentra cauces que hasta entonces le
estaban vedados. Se crea una cierta mitificación alrededor de "lo
joven". Yo recuerdo ahora un libro que se hizo muy popular por aquellos
años, Autopista, volumen con título paródico de la obra Camino de
Josemaría Escrivá de Balaguer, del escritor y humorista catalán Jaume Perich,
compuesto por chistes gráficos y aforismos ingeniosos con doble sentido.
Uno de ellos le daba la vuelta al conocido refrán "Si la juventud
supiera y la vejez pudiera" para convertirlo en "Si
la juventud pudiera y la vejez supiera".
Los
nuevos estilos musicales impregnan los gustos de toda una generación europea. Y
también lo harán en la España cerrada del franquismo: una pléyade de conjuntos
(término más usado que el de "grupos" en aquel tiempo) irrumpe en el
panorama discográfico a lo largo de la década con aspiraciones de ruptura
generacional estética, ma non troppo, dentro de un orden, con
asimilación calculada por las estructuras políticas y culturales. Música por y
para jóvenes. Los Sirex, los Mustang, Lone Star, los Brincos, los Bravos, los
Pekenikes, los Relámpagos, los Módulos, los Íberos, los Canarios, los Mitos,
Fórmula V, los Ángeles, los Diablos, etc. ...son muchísimas las formaciones que
nos van dejando melodías guardadas ya en el disco duro de nuestra memoria. El
espectro es amplio y observamos desde canciones pegadizas como chicles, de usar
y tirar, a temas con pretensiones más avanzadas, es decir, desde hits
comerciales de verano hasta amagos de soul y rock progresivo. Pero todas esas
expresiones musicales sirven para definir la época. Incluso las menos valoradas
de aquellos días aportan su testimonio, nos recuerdan cómo éramos y puede que
las evoquemos ahora con indulgencia, por los momentos entrañables que
rescatan.
Mis
primas mayores bailaban la yenka y el twist. Sí, los jóvenes, ellos con jerseys
de cuello vuelto y ellas con faldas plisadas, enloquecen en las pistas de baile
con los nuevos ritmos. La música popular se renueva y sus juveniles y modernas
expresiones conviven con los temas melódicos herederos de los cancioneros de
toda la vida y también con un incipiente cultivo del folk y de la canción
protesta.
A
base de cassettes o de vinilos íbamos siendo testigos de esa eclosión. Las
grabaciones de la discográfica Belter, con todo su repertorio de canción
española castiza y de pura cepa, con los Manolo Escobar, Antonio Molina, Lola
Flores y compañía, coexisten con Zafiro, Novola o Hispavox, con
modernidades ye-yés y un proto-pop que buscaba la aquiescencia
del segmento más juvenil de los españolitos.
En
la Murcia de aquellos años, los adolescentes rebuscábamos en los estantes de la
sección de discos de Ritmo o La Alegría de la Huerta alguna novedad para bailar
en los guateques o para escuchar con el picú de casa. Más tarde, en el 73, el
Corte Inglés aparecerá también como aprovisionador de material sonoro
juvenil.
Esas
modas musicales, sumadas al desarrollismo de la época, configuran un tiempo
nuevo que parecía romper con el costumbrismo carpetovetónico hispano de toda la
vida.
En
resumen, una banda sonora sentimental muy concreta marcará la impronta de
aquellos años y nos recordará con fidelidad nuestros gustos de entonces y lo
que fuimos. Los tiempos estaban cambiando, tal como había vaticinado el bardo
de Minessota.

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