98- De postales y cartas
Ya
desapareció aquella ilusión especial de acercarnos al buzón de casa intuyendo
la llegada de alguna misiva que nos animase el día. Casi daba igual de lo que
se tratara, aunque también había prioridades afectivas. Era la novedad, la
sensación de estar en el pensamiento de otras personas y la calidez que eso
proporcionaba. Desplegabas las cuartillas contenidas en el sobre y te bebías
las palabras, con buena o mala letra, con la atención prendida en esos párrafos
y no en otra cosa. Ya sabías entonces lo que procedía a continuación. Estaba
pendiente una respuesta que componías poniendo lo mejor de ti a base de bic
naranja de punta fina y retazos de tu vida cotidiana. Y bajabas a la calle,
buscabas un buzón para lanzar tu mensaje y te tomabas un café en el bar de la
esquina repasando mentalmente lo que acababas de escribir.
Y
también estaban esos textos telegráficos en el reverso de postales llenas de
cielos de un azul muy intenso, con calles, plazas, monumentos, playas y
paisajes encuadrados en instantáneas captadas en días muy luminosos, como
invitando a visitar esos enclaves que se ofrecían cargados de hospitalidad.
Eran mensajes cortos, expuestos a la vista pública, con saludos afectuosos y
familiares, escritos generalmente durante viajes veraniegos, con toda la carga
de optimismo que eso conlleva. Las postales, en tiempos en que el turismo no se
manejaba con criterios industriales como ahora, constituían una herramienta
magnífica para publicitar destinos y dar a conocer la geografía patria, cuando
la información carecía de las actuales autopistas digitales. Yo recuerdo una
práctica que se puso de moda que consistía en formar cadenas humanas enlazadas
epistolarmente con el fin de compartir postales desde los sitios más dispares y
lejanos, tan en boga llegaron a estar estas pequeñas láminas, ventanas a un
mundo que podías imaginar sin salir de tu habitación.
A
lo largo de la historia, el género epistolar ha fructificado en obras maestras
de la literatura. Grandes escritores cuentan las colecciones de misivas que
intercambiaron con tal o cual colega entre sus mejores creaciones. Eran cartas
en que se cuidaba el estilo y en las que se daban fórmulas muy concretas para
desarrollar encabezamientos y despedidas. Había toda una casuística a la hora
de redactar esos escritos, cosa que no impedía el desarrollo de la alta
literatura. Los archivos dan fe de todo esto.
Ahora,
después de terminar estas líneas bajaré a abrir mi buzón. Quién sabe si entre
los extractos bancarios encuentro alguna vieja postal de cuando escribíamos con
un bic naranja de punta fina.
No hay comentarios:
Publicar un comentario