sábado, 4 de abril de 2026

98- De postales y cartas

 98- De postales y cartas

 El correo de entonces no estaba colonizado, como ahora, por extractos bancarios, facturas de la luz, del gas o del agua y publicidad de financieras, sino que dejaba un amplio espacio para la práctica del género epistolar. Eran tiempos de cartas escritas a mano, plenas de humanidad a pesar de las faltas de ortografía y la sintaxis macarrónica, tan distintas a las actuales ofertas de préstamos y recibos varios que saturan los buzones. Prosa precaria y cálida, escrita con el corazón, de los padres al hijo que estaba fuera de casa, de la novia al novio que hacía la mili en Ceuta y a la inversa, misivas de los amigos, tan joviales y desenfadadas. Epístolas de voluntariosa e infantilizada escritura de quien tenía los estudios mínimos, pero redactadas con el afecto que sólo puede tener una madre hacia su hijo, a quien considera mal cuidado y mal alimentado en aquella lejana ciudad donde ha comenzado sus estudios universitarios. Cartas dentro de aquellos sobres con los bordes ribeteados de azul y rojo, símbolo de correo aéreo, escritas por el tío a los sobrinos, desde aquel país al que se trasladó para ampliar horizontes vitales y laborales. Correo de los hermanos durante alguna larga estancia fuera del hogar, plagado de bromas y códigos familiares...

Ya desapareció aquella ilusión especial de acercarnos al buzón de casa intuyendo la llegada de alguna misiva que nos animase el día. Casi daba igual de lo que se tratara, aunque también había prioridades afectivas. Era la novedad, la sensación de estar en el pensamiento de otras personas y la calidez que eso proporcionaba. Desplegabas las cuartillas contenidas en el sobre y te bebías las palabras, con buena o mala letra, con la atención prendida en esos párrafos y no en otra cosa. Ya sabías entonces lo que procedía a continuación. Estaba pendiente una respuesta que componías poniendo lo mejor de ti a base de bic naranja de punta fina y retazos de tu vida cotidiana. Y bajabas a la calle, buscabas un buzón para lanzar tu mensaje y te tomabas un café en el bar de la esquina repasando mentalmente lo que acababas de escribir. 

Y también estaban esos textos telegráficos en el reverso de postales llenas de cielos de un azul muy intenso, con calles, plazas, monumentos, playas y paisajes encuadrados en instantáneas captadas en días muy luminosos, como invitando a visitar esos enclaves que se ofrecían cargados de hospitalidad. Eran mensajes cortos, expuestos a la vista pública, con saludos afectuosos y familiares, escritos generalmente durante viajes veraniegos, con toda la carga de optimismo que eso conlleva. Las postales, en tiempos en que el turismo no se manejaba con criterios industriales como ahora, constituían una herramienta magnífica para publicitar destinos y dar a conocer la geografía patria, cuando la información carecía de las actuales autopistas digitales. Yo recuerdo una práctica que se puso de moda que consistía en formar cadenas humanas enlazadas epistolarmente con el fin de compartir postales desde los sitios más dispares y lejanos, tan en boga llegaron a estar estas pequeñas láminas, ventanas a un mundo que podías imaginar sin salir de tu habitación. 

A lo largo de la historia, el género epistolar ha fructificado en obras maestras de la literatura. Grandes escritores cuentan las colecciones de misivas que intercambiaron con tal o cual colega entre sus mejores creaciones. Eran cartas en que se cuidaba el estilo y en las que se daban fórmulas muy concretas para desarrollar encabezamientos y despedidas. Había toda una casuística a la hora de redactar esos escritos, cosa que no impedía el desarrollo de la alta literatura. Los archivos dan fe de todo esto. 

Ahora, después de terminar estas líneas bajaré a abrir mi buzón. Quién sabe si entre los extractos bancarios encuentro alguna vieja postal de cuando escribíamos con un bic naranja de punta fina.

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