sábado, 4 de abril de 2026

97- Apología del Rodríguez

 97- Apología del Rodríguez

 Durante uno o dos meses al año, el Rodríguez gozaba de una gloriosa libertad que no dependía de abrazar esa soledad perpetua que algunos espíritus libres necesitan para soltar amarras y ser por completo dueños de sus vidas. Porque el Rodríguez seguía unido a la santa, que quedaba en la playa con los vástagos durante los meses más calurosos de la canícula. 

A finales de los 60 y primeros 70, el desarrollismo había propiciado las expansiones playeras de muchas familias durante el verano. Cada vez se especulaba y se construía más en la costa y los pluriempleos y el aumento de la renta percápita facilitaban el acceso de la naciente clase media al disfrute estival de nuestras playas, generalmente en régimen de alquiler.

En una época en que la tecnología no alcanzaba aún para el uso del aire acondicionado, era una bendición escapar del horno de la ciudad para disfrutar de la brisa del mar. Por otra parte, el acceso de la mujer al mundo laboral estaba todavía muy limitado, los DNIs de las féminas se solían cumplimentar mayoritariamente describiendo el tipo de profesión desempeñada con el genérico concepto de "sus labores". También conviene recordar que hablamos de unos años marcados por el fenómeno del "baby boom", ese aumento de la natalidad coincidente con el último tramo de la Dictadura y el comienzo de la Transición, más o menos. Así pues, podríamos trazar un retrato social caracterizado por una creciente clase media articulada en familias más o menos numerosas en que el varón se pluriempleaba y la mujer permanecía en el hogar dedicada a la crianza de la abundante prole. Y esa estructura familiar, sumada al avance económico del momento, tenía mucho que ver con aquellas cada vez más generalizadas estadías veraniegas en la costa. 

La festividad de San Pedro y San Pablo solía coincidir con el arranque del éxodo hacia las playas. Las largas vacaciones escolares junto a la mayoritaria exclusión femenina del mercado laboral facilitaban esos largos veraneos de baños, olas, toldos, Nivea, champú edelmira y excursiones vespertinas.  

Pero no había autovías como ahora, sino carreteras nacionales que albergaban un parque móvil con precariedades no muy difíciles de imaginar. Los atascos y las caravanas estaban a la orden del día. El lento ascenso de algún camión por el Puerto de la Cadena originaba colas desesperantes. Aunque las prestaciones de los 600 iban quedando superadas, los R-5 y los SEAT-124, por poner un ejemplo, tenían limitaciones muy apreciables, vistas desde la perspectiva actual. En resumen, lo que procedía era que el páter familia quedara en la ciudad trabajando y pernoctando durante toda la semana, mientras la santa y los retoños pasaban en la playa aquellos meses tan calurosos. Porque no se daban las condiciones para viajes diarios de ida y vuelta. 

 Y aquí comienza a gestarse la leyenda del "Rodríguez". Con la mujer y los hijos a buen recaudo disfrutando de la brisa marina, el pundonoroso varón comenzaba el verano recuperando algunas costumbres y desahogos propios de su primera juventud, perdidos tiempo atrás después de abandonar la soltería. Ese llegar a casa y tirar la ropa en el primer sitio que pilles para ponerte fresco, ese desorden creciente con tareas domésticas que se van postergando, cuando ni estaban ni se esperaban los lavavajillas y microondas y el cazo de calentar la leche se cubría de nata reseca...

Esas inocentes transgresiones quizá se podían interpretar como pequeñas reconquistas de libertades perdidas desde el cada vez más lejano paso por el altar. El caso es que en esas tórridas jornadas estivales, el Rodríguez, tras la jornada laboral desarrollada en oficinas o ámbitos de trabajo plagados de ventiladores, se planteaba la disyuntiva de regresar al piso familiar, con muebles cubiertos por sábanas y anarquía de tareas domésticas pendientes, o juntarse con otros compañeros en su misma situación para cenar en alguna barra de bar algún pepito de lomo con fresca cerveza y echar algún alboroque nocturno. Terrazas, whisquerías, salas de fiestas, el hábitat donde el Rodríguez podía dar rienda suelta a sus veleidades de soltero "ma non troppo" era muy variado y dependía de las especificidades de cada practicante del "rodriguismo", pues, como sucede en tantos planos de la vida, es un error caer en reduccionismos simplones y encuadrar al personaje a base de tópicos y lugares comunes. Porque desde distendidas y desenfadadas partidas de cartas en aquel Club de Tenis que presidía Tono Páez, hasta copas en Oliver, visitas a la sala Pierrot o veladas de lucha libre en la plaza de toros, pasando por prontas recogidas hogareñas para ver en la tele alguna película en calzoncillos con el ventilador portátil enfocando directamente a la cara, se supone que habría múltiples maneras de pasar el tiempo tras la diaria actividad laboral. El asueto cada cual lo disponía según sus circunstancias. Pero era un tiempo con una sustancia diferente, una variación del marcado a fuego por la dinámica conyugal. Es posible que a alguno se le despertara entonces esa latente aspiración de macho alfa con la que los varones solemos fantasear a veces. La santa, la mujer de tu vida, quedaba segura con los niños disfrutando del veraneo en la costa y tú en ese momento sociabilizabas con los amigos, con un whisky en la mano, en algún local de moda de agradable música ambiental y tenues luces, mientras reparabas en ese vecino grupo de treintañeras, cercano en la barra, del que te comenzaba a llegar un sofisticado perfume de alta gama. Dejemos a la imaginación de cada cual el proceso derivado de esta situación, tal vez demasiado anclada en clichés muy descritos ya a estas alturas. 

 Cuesta imaginarlo en estos tiempos de tanta hiperconexión, pero la familia del Rodríguez que permanecía en su destino playero normalmente habitaba una casa sin teléfono. En los primeros tiempos de aquellos ya míticos veraneos no había manera de comunicarse con la capital salvo que alguien del pueblo tuviera uno de esos vetustos aparatos -vetustos para estos tiempos digitalizados de tanta pantalla- que se colgaban en la pared y en el que marcabas los números girando un pequeño disco con el dedo. Más adelante se solían instalar locutorios portátiles para los meses estivales. (La gente se adapta al signo de su época. Cuánta inquietud despertaría hoy en día esa carencia de comunicaciones cuando entonces se aceptaba de la forma más natural...)

Por fin, la libertaria singladura del Rodríguez se acababa con el fin del verano, tan bien descrito, por cierto, en la canción del Dúo Dinámico. Ya empezaba a refrescar por la noche, llegaban los días de la Feria y había que cargar de enseres la baca del coche. El ciclo se cerraba y las gestas veraniegas de los laboriosos páter familias quedaban en el recuerdo o para ser comentadas con los amigos en petit comité, aderezadas con algo de imaginación para que resultaran más más propias de un macho alfa ejemplar. Pero la vida seguía y las aguas volvían a su cauce. Sólo quedaba esperar al verano siguiente. 

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