96- El juego de los botones
Los
botones se personalizaban con la foto o el nombre de algún futbolista de la
época. Cada uno de nosotros se adjudicaba un equipo, Real Madrid, Barça,
Atlético de Madrid, Athletic de Bilbao, Valencia, etc. Así, por aquellos
artesanales tableros desfilaban los Pirri, Amancio, Sadurní, Reixach, Iríbar y compañía.
No
había pasatiempo más divertido para nosotros que esos partidos de fútbol en
miniatura que recreaban los de verdad, los que solíamos ver en aquellos
televisores en blanco y negro de la época que descansaban en mesas de formica
con el estabilizador en alguna leja inferior. Recuerdo el salón de la casa de
la playa lleno de críos expectantes ante alguna galopada de Gento por su banda
izquierda que culminaba centrando al área un balón sacado de alguna vieja
camisa Tervilor. Las tardes de las vacaciones de Semana Santa rebosaban de
liguillas y derbis emocionantes, en medio de meriendas de monas con
huevo y chocolatinas.
La
cultura infantil del juego de los botones llegó a su punto álgido en aquel
curso de Sexto de Bachiller en que decidimos organizar una liga con partidos de
ida y vuelta en los domicilios de cada uno de los participantes. Después de las
clases de por la tarde, siguiendo al pie de la letra el calendario liguero, el que
hacía de visitante se personaba en casa del que jugaba como local acompañado de un tercer compañero que ejercía de árbitro. Allí descubrías las
artimañas de los más avispados que hacían auténticas encerronas ejerciendo como
locales. Hubo uno que utilizaba como terreno de juego un hule con algún pliegue que dificultaba la fluidez del juego. En otros casos la superficie se
llenaba de polvos de talco para que los botones patinasen. Todo era competitivo
y divertido a la vez, además de servir como inestimable forma de socialización
entre compañeros.
Otra
variante deportiva utilizada como pasatiempo, más bien veraniego, consistía en
la recreación del ciclismo mediante chapas de botellas marcadas con los nombres
de los corredores del momento. Con tiza se delimitaba en la acera o el patio
una carretera con curvas y rectas por donde pasaba el pelotón con los ciclistas
representados por tapones de Mirinda, Pepsicola, Cinzano o Estrella de Levante, intentando escapadas en busca de la meta. Por esas superficies de cemento
llenas de grietas, en medio de la tranquila siesta playera, circulaban Eddy
Mercks, Luis Ocaña, Manzaneque, Gandarias, Pingeon y otros más transmutados en
chapas de bebidas mientras, a esa misma hora, aparecían por la tele los
protagonistas reales en plena ascensión al Tourmalet.
Juegos
propios de una época en que lo tecnológico estaba prácticamente desterrado de
los entretenimientos infantiles, en que la imaginación y la inventiva suplían
con creces las posibles carencias de juguetería sofisticada que te aburría
pasado el primer deslumbramiento. Y es que con lo más sencillo éramos felices.
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