sábado, 4 de abril de 2026

96- El juego de los botones

 96- El juego de los botones 

 Jugábamos imaginarios partidos de fútbol con equipos de botones en la mesa del comedor o en algún tablón de dimensiones parecidas. Para darle más realismo, las porterías llevaban una redecilla que sacábamos de los envoltorios de las patatas o de la fruta. La plancha de madera  la marcábamos con las líneas propias de los terrenos de juego y los equipos se formaban con botones de diferentes tamaños, más grandes los equivalentes a portero y defensas y más pequeños los destinados a utilizarse como delanteros. En una época en que no se vestía tanto de sport y abundaban los abrigos y los chaquetones, no era difícil hacerse de un buen baluarte defensivo. Como balón utilizábamos los de las camisas. Todo eso implicaba una labor de búsqueda, resuelta la mayoría de las veces tras acudir a madres y abuelas que miraban y remiraban en la "caja de los hilos". 

Los botones se personalizaban con la foto o el nombre de algún futbolista de la época. Cada uno de nosotros se adjudicaba un equipo, Real Madrid, Barça, Atlético de Madrid, Athletic de Bilbao, Valencia, etc. Así, por aquellos artesanales tableros desfilaban los Pirri, Amancio, Sadurní, Reixach,  Iríbar y compañía. 

No había pasatiempo más divertido para nosotros que esos partidos de fútbol en miniatura que recreaban los de verdad, los que solíamos ver en aquellos televisores en blanco y negro de la época que descansaban en mesas de formica con el estabilizador en alguna leja inferior. Recuerdo el salón de la casa de la playa lleno de críos expectantes ante alguna galopada de Gento por su banda izquierda que culminaba centrando al área un balón sacado de alguna vieja camisa Tervilor. Las tardes de las vacaciones de Semana Santa rebosaban de liguillas y derbis emocionantes, en medio de meriendas de monas con huevo y chocolatinas. 

La cultura infantil del juego de los botones llegó a su punto álgido en aquel curso de Sexto de Bachiller en que decidimos organizar una liga con partidos de ida y vuelta en los domicilios de cada uno de los participantes. Después de las clases de por la tarde, siguiendo al pie de la letra el calendario liguero, el que hacía de visitante se personaba en casa del que jugaba como local acompañado de un tercer compañero que ejercía de árbitro. Allí descubrías las artimañas de los más avispados que hacían auténticas encerronas ejerciendo como locales. Hubo uno que utilizaba como terreno de juego un hule con algún pliegue que dificultaba la fluidez del juego. En otros casos la superficie se llenaba de polvos de talco para que los botones patinasen. Todo era competitivo y divertido a la vez, además de servir como inestimable forma de socialización entre compañeros. 

Otra variante deportiva utilizada como pasatiempo, más bien veraniego, consistía en la recreación del ciclismo mediante chapas de botellas marcadas con los nombres de los corredores del momento. Con tiza se delimitaba en la acera o el patio una carretera con curvas y rectas por donde pasaba el pelotón con los ciclistas representados por tapones de Mirinda, Pepsicola, Cinzano o Estrella de Levante, intentando escapadas en busca de la meta. Por esas superficies de cemento llenas de grietas, en medio de la tranquila siesta playera, circulaban Eddy Mercks, Luis Ocaña, Manzaneque, Gandarias, Pingeon y otros más transmutados en chapas de bebidas mientras, a esa misma hora, aparecían por la tele los protagonistas reales en plena ascensión al Tourmalet. 

Juegos propios de una época en que lo tecnológico estaba prácticamente desterrado de los entretenimientos infantiles, en que la imaginación y la inventiva suplían con creces las posibles carencias de juguetería sofisticada que te aburría pasado el primer deslumbramiento. Y es que con lo más sencillo éramos felices. 

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