sábado, 4 de abril de 2026

103- El viaje de estudios a Italia

 103- El viaje de estudios a Italia

 Estudiábamos COU, llegó el buen tiempo y nos preparamos para el viaje de estudios: a Italia, a golpe de kilómetros de autobús por las carreteras nacionales de entonces, hasta llegar a la frontera francesa como primera jornada. Recuerdo perfectamente aquella mañana soleada de la partida, los preparativos, la euforia compartida con los compañeros. Y con las compañeras, cuya presencia suponía un aliciente añadido, una variable recién estrenada en nuestra vida de futuros universitarios.

Yo creo que por aquel tiempo muchos de nosotros habíamos comenzado ya a doparnos con la droga de los enamoramientos adolescentes. Lo que pasa es que la ratio de compañeras/compañeros arrojaba tal desproporción que para llevar a cabo nuestros propósitos amorosos teníamos que hacer frente a una competencia muy reñida. Así, la que se había convertido en mi amada secreta tenía un buen número de admiradores más o menos declarados. Pero sobre esto ya hablaré en otra ocasión. Baste decir que la presencia de dicha muchacha en el viaje alteraba mis procesos sentimentales. Recuperar la tranquilidad de espíritu que pierden los enamorados primerizos me llevaría todo el tercer trimestre. Para el verano ya creía estar inmunizado de aquel virus que me inclinaba a mirar la lluvia tras los cristales meditando sobre si la última ocurrencia ingeniosa del día anterior le habría hecho la suficiente gracia a aquella muchacha para que se acordara de mí después de clase. Si además escuchaba Poema de amor de Serrat en alguna tarde melancólica, ya tenía la tormenta perfecta para sentirme un poeta con mal de amores, sobre todo después de escribir algunos ripios infantiles que ahora me hacen sonreír con indulgencia pensando en las "penas" de aquel adolescente.

Aunque también me consolaba pensando que otros compañeros lo habían llevado peor, sobre todo uno de ellos, más sensible a las asechanzas de las emociones amorosas y cuyo desánimo por no alcanzar el favor de quien era también mi amada secreta le duró bastante más tiempo y fue tal que nos llegó a preocupar a los amigos.  

El primer día de viaje sirvió para que pudiéramos pernoctar en Figueras, cerca de la frontera con Francia. El matrimonio que parecía llevar el hotel donde nos alojamos hablaba un catalán muy cerrado cuando no se dirigía a nosotros. Allí fui consciente por primera vez de hasta qué punto había en España realidades lingüísticas diferentes al castellano, de la existencia de gente que pensaba y hacía su vida cotidiana en otros idiomas. Eso era algo ya sabido, por supuesto, pero verlo en primera persona te daba una noción más real de un hecho que desde la monolingüe Murcia contemplabas con mucha distancia.

Después de aquella primera noche pasada en la capital del Alto Ampurdán entramos en Francia. El único recuerdo que tengo de la nueva etapa del viaje remite a una parada en alguna pequeña localidad muy rural, cuyo nombre he olvidado, con una agradable campiña al borde de la carretera. Mientras estirábamos las piernas después de tantas horas de autobús, nos acercamos a un árbol a cuya sombra descansaba un viejo campesino, con la intención de poner a prueba nuestro precario dominio de la lengua francesa. Nos presentamos como estudiantes españoles en ruta hacia Italia y, después de cruzar con él algunas frases chapurreadas en un francés muy primario, se quedó mirando a mi amada secreta y de manera muy enigmática le dijo: "Vous vous marierez en Italie" (Tú te casarás en Italia). Yo vi esa premonición del viejo paisano como una especie de cumplido, de inverosímil materialización, que asociaba a formas galantes arcaicas teñidas de un cierto paternalismo, señal también de que la compañera le había llamado la atención, pues casi sólo se dirigió a ella en el breve diálogo que mantuvimos. La escena era de lo más bucólico. Un prado ameno y agradable en el que el tiempo parecía haberse detenido, un paisano ya mayor tocado con boina y con una expresión en la mirada propia de quien está en paz con el mundo y no espera nada más de la vida, un amigo con mal de amores y una muchacha muy hermosa en la flor de su edad, ajena a los desajustes sentimentales que se daban a su alrededor. Esa fue la instantánea de la "dulce Francia" que me llevé de aquel viaje.    

Y entramos en Italia, con nuevos trámites de pasaportes (ni estábamos en lo que por aquel entonces era el Mercado Común, ni en éste existía el Espacio Schengen). Las imágenes que retengo de esos días italianos están muy fragmentadas y dispersas, son estampas que me vienen a la memoria sin orden cronológico, ha pasado mucho tiempo y no tengo escrito ningún diario de aquel viaje para detallar sus pormenores y su transcurso. Alguna vez que me he reunido con antiguos compañeros descubro cosas que me pasaron desapercibidas al igual que aporto alguna experiencia reveladora de episodios del viaje que ellos habían olvidado. Como pasa con todas las vivencias compartidas después de muchos años. 

Así, puedo recordar una noche de primavera junto a la Torre de Pisa, caminando por lo que parecía una alfombra verde en medio del Conjunto Monumental al que pertenecía. Sobre un césped muy tupido contemplábamos esa edificación tan popularizada en la memoria colectiva por la curiosidad de su inclinación, un error de cimentación al que tanto debe históricamente dicha localidad, puesta en el mapa gracias a ese fallo de cálculo. ¿Qué sería de Pisa y de su prosperidad sin la falta de destreza de aquel arquitecto que le dio fama y renombre con lo que en su momento debió parecer una tremenda chapuza a sus contemporáneos? Ese monumento tan peculiar era uno de esos lugares comunes que te acompañan desde la niñez cuando había que referirse al país de la bota, en un tiempo en que las pizzerías sólo las imaginabas en las películas del neorrealismo italiano de Vittorio De Sica y no en las calles de Murcia. 

En otra estampa perdida en el tiempo, totalmente aislada de cualquier contexto, me veo caminando por las calles de Milán bajo un cielo grisáceo, en medio de un tráfico desbocado que me habla ahora -y no entonces, cuando no reparaba en esas cosas- de una ciudad industrial llena de actividad, un polo económico dentro de aquella Europa que comenzaba a entrar en crisis tras los acontecimientos de 1973 en Oriente Próximo. Después de la visita de rigor al Duomo y otros monumentos históricos nos habían dado una hora libre y yo paseaba al albur por aquellas avenidas, preguntando de vez en cuando a los transeúntes en italiano macarrónico, para no desorientarme en la ciudad desconocida, "Per favore, la stazione?. Grazie". En un puesto callejero compré una cassette de guitarra clásica de Ramón Herrera, intérprete desconocido para mí que sólo sabía de Andrés Segovia y Narciso Yepes. Otra imagen que me queda de aquel Milán, que aún no asociábamos al todopoderoso Silvio Berlusconi, es la de un gran mercado cercano a la estación, con una abundancia y una variedad como no había visto hasta entonces. 

El siguiente escenario que me llega después de tirar del hilo de la memoria es la Plaza de San Marcos de Venecia, también en un día nublado y lluvioso. Estoy ahora en una ciudad integrada en el imaginario de nuestra infancia, simplificador y alimentado por anécdotas, por la sencilla razón, no de tener torres inclinadas sino calles de agua, otra curiosidad aprendida desde que uno se recuerda.  No me alcanzaba entonces la dimensión inspiradora que la urbe de los canales ejercía sobre tantas creaciones culturales, me era ajena la melancolía de la decadencia que tantas obras de arte y literatura había gestado en los artistas más sensibles. Yo paseaba en aquella lluviosa mañana por dicha plaza constatando, sí, lo peculiar de aquella población cuyo tráfico se desarrollaba en embarcaciones y no en automóviles. Conservo escenas de una travesía en góndola mientras dejábamos atrás el Puente de los Suspiros y un gondolero hacía referencia, con cierta sorna, al régimen político de la España de entonces, experiencia viajera completada con una posterior visita a la fábrica de vidrio de Murano. 

 Pero si hay una imagen que asocio a estas alturas a aquel aire crepuscular que los paradigmas culturales otorgan a Venecia, esa es la de una travesía nocturna en vaporetto por el Gran Canal junto a dos o tres compañeros. Seguramente por el cansancio de la intensa jornada íbamos en silencio, comentando algún pormenor del día en un tono apagado, con la mirada puesta en ese entorno tan distinto a las estructuras urbanas a las que estábamos acostumbrados, un marco de iluminadas edificaciones cargadas de historia, palacios y casas monumentales reflejándose en el agua, todo tan novedoso y de una estética tan diferente al lugar del que veníamos que nos parecía irreal.  En la cubierta, sin apenas gente, dos muchachas con aspecto nórdico, rubias y esbeltas, con pantalones de campana muy ceñidos, miraban en silencio la estela que dejaba el vaporetto. Se adivinaba en ellas un aire melancólico en armonía con la situación de aquella noche tan calmada, con el leve murmullo de la embarcación surcando las aguas. El declinar del día era una mezcla de desolación y serenidad. Las dos jóvenes tenían un aire que recordaba a las modelos de Botticelli. Esas percepciones suponían un contraste muy grande para quien venía de un mundo de partidas de futbolín, bromas de patio de colegio y balonazos contra los muros del recreo, aunque aquel COU lleno de compañías femeninas a ras de pupitre y continuas iniciaciones nos orientara hacia actitudes de más madurez y conocimiento. Muchos años después comprendí mejor esas sensaciones que me dejó la travesía nocturna por el Gran Canal.

Y sigo rescatando escenas de aquel viaje. Ahora estamos en el autobús, ya de noche, expectantes ante el anuncio de la inminente llegada a Roma. Inminente llegada muy demorada, la metrópolis se extiende por un área muy grande y la curiosidad por descubrir esa ciudad de tantas connotaciones para nuestra corta memoria tarda en satisfacerse. Atravesamos suburbios y extrarradios en avenidas interminables y por fin llegamos a nuestro destino. Encienden las luces y descubro el arrobamiento de mi amigo, el enamoradizo, que ocupa asiento contiguo al de nuestra amada secreta. Por fin, llegamos a tiempo de la cena en una residencia de monjas que será nuestro albergue durante los días romanos. "Un panino, per favore" es la frase que se hará popular en el comedor donde las hacendosas religiosas nos atienden. Y esa frase es, después de cincuenta años, uno de los leitmotiv que recuerdo de aquellos avituallamientos nocturnos tras jornadas intensas recorriendo la Ciudad Eterna. Aquella primera noche puedo evocarla envuelta en una euforia que borraba definitivamente la melancolías y desolaciones venecianas. Al igual que la ciudad de los canales te envolvía en esas brumas nostálgicas y decadentes, Roma transmitía una alegría palpable, una luminosidad que te animaba a recorrer sus calles sorprendiéndote con los vestigios dejados por tantos siglos de historia. Estábamos en primavera, con dieciséis o diecisiete años, lejos y olvidados de nuestras localistas raíces, compartiendo avenidas, plazas y monumentos con multitudes animosas y cosmopolitas. Es así como recuerdo aquellos días de estancia en la ciudad de las siete colinas. Curiosamente, en otra visita muy posterior, las sensaciones fueron muy parecidas. Esa es la impronta, alegre y despreocupada, que me dejaron aquellas jornadas romanas.

 La Basílica de San Pedro del Vaticano (en la que adquirí un libro guía plagado de ilustraciones y textos en lengua italiana que aún conservo), la Basílica de San Pablo Extramuros, la Fontana de Trevi, el Coliseo, la Plaza de España, el Foro Romano, fueron algunos de los enclaves de obligada visita que recuerdo ahora, lugares concurridos por abigarradas muchedumbres en una época en que el turismo aún no expulsaba a los vecinos del centro de las ciudades, como sucede actualmente. Fueron días trepidantes, de continuo callejeo, con la mirada de "buen salvaje" puesta sobre las sucesivas Romas que se abrían a nuestro paso, en esa urbe cargada de capas históricas sedimentadas a través de los siglos, donde unas ruinas de la Antigüedad Clásica compartían espacio con monumentos del Barroco.  Hay escenas que no se borran, como aquella de la audiencia vaticana de Pablo VI y su aparición en silla gestatoria por el pasillo central de la enorme sala atestada de peregrinos, o la de la Fontana de Trevi, con el lanzamiento de monedas de espaldas pidiendo un deseo, deseo que yo adivinaba en mi amigo, el enamorado de nuestra amada secreta, que lanzaba una moneda de 10 liras con los ojos cerrados, pidiendo posiblemente lo que nunca consiguió. 

 Ya por la noche, en la cena, seguíamos practicando nuestro italiano,("un panino, per favore"), con las amables monjitas que atendían el comedor de la residencia. Así pasaron unos días de itinerarios y visitas, una de éstas, ya de las últimas, a la sede central que los Maristas tenían en Roma, de la que recuerdo un campo de fútbol de hierba y unas instalaciones muy funcionales, todo con el aspecto de una buena organización. Nuestro tiempo romano iba llegando a su fin mientras nos ejercitábamos como auténticos rompesuelas a base de caminatas interminables para conocer una minúscula parte de tanto como ofrecía la  histórica urbe.

Se acababa el viaje, volvíamos a Murcia para la Semana Santa embebidos de anécdotas y monumentos, de hallazgos y experiencias muy nuevas, el mundo no se acababa en nuestra querida Murcia, entre la calle Pasos de Santiago y el Malecón; si cruzabas el Puerto de la Cadena y seguías hacia el Norte sin nada que te retuviera, había muchas maravillas por descubrir.

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