jueves, 26 de febrero de 2026

66- Los Maristas nos dan el día libre por el fallecimiento de don Ramón Menéndez Pidal

 66- Los Maristas nos dan el día libre por el fallecimiento de don Ramón Menéndez Pidal

 El 24 de noviembre de 1968, después de estar formados en fila en el patio para entrar a clase tras el recreo, tomó la palabra el hermano Luis Fermín y nos indicó que, tras recoger nuestras cosas, nos marcháramos a casa. El motivo era que acababa de fallecer, casi centenario, don Ramon Menéndez Pidal, el director de la Real Academia Española. He de reconocer que no fueron el dolor y la tristeza precisamente aquel día los sentimientos que nos embargaron a mis compañeros y a mí por la muerte de aquel a quien consideramos un Matusalén del que no habíamos tenido noticia hasta ese momento. Salimos en desbandada, celebrando eufóricos ese día libre que nos habíamos encontrado de forma tan sorpresiva. Estábamos al comienzo del segundo curso del bachillerato y yo tenía 11 años recién cumplidos.

 Pero el tiempo pasó, fuimos dejando atrás la niñez, llegamos a Sexto y entonces nos tocó cursar la asignatura de Literatura Universal, lo cual implicaba hacerse de una serie de libros para llevar a cabo las lecturas propias de dicha materia.

Ya referí en otro capítulo el descubrimiento de la colección Austral en la librería Biblion y el hallazgo de uno de sus volúmenes, Miscelánea histórico- literaria, del citado don Ramón Menéndez Pidal. Aunque, evidentemente, no se trataba de una lectura preceptiva de aquel curso, al verlo me vino a la memoria aquella lejana fecha en que nos fuimos del colegio tan contentos sin terminar las clases. Sin dudarlo, adquirí ese ejemplar y me lo llevé con toda la curiosidad del mundo. Aún me recuerdo por la plaza de Santa Isabel, aquel atardecer frío y lluvioso en que de vez en cuando alguna castañera ofertaba su mercancía, deseando llegar a mi casa para comenzar a descodificarlo.

 Pocas referencias tenía por aquel entonces de aquel maestro de la filología. Lo asociaba a esos viejos sabios distraídos, con aspecto decimonónico y susceptibles de ser encajados en un cliché muy típico de aquellos años, muchas veces cercano a la caricatura, como los que salían en algunas películas o inclusive en las historietas de Tintín. Pero pronto reparé en el hecho de estar ante un personaje que, con una pasión que no era de este mundo, se había pasado toda su vida investigando la Edad Media, una época que a mí me fascinaba.

   En ese tiempo de finales de la niñez no tenía precio prender la imaginación en aventuras con castillos, mazmorras, torneos, doncellas, caballeros andantes, etc. Yo tenía mitificado ese periodo de la historia desde que me hice asiduo lector de los tebeos del Capitán Trueno.  Supongo que lo mismo le pasaría a muchos más chavales por aquellos años, a la vista del éxito de aquellas publicaciones.

 Más tarde averigüé que este titán de la erudición había buceado a pulmón por lo más profundo de nuestros siglos altomedievales, desencriptando una Historia y una Literatura que hasta entonces constituían un continente sumergido. Los restos del naufragio que habían llegado a la playa desde esas centurias eran manuscritos -algunas veces hallados al azar- de una precariedad desmoralizante, leyendas que se entreveraban con la Historia dando lugar a puntos ciegos en que era sumamente complicado discernir la realidad de la ficción. Él fue quien pacientemente, en el silencio de los archivos y las bibliotecas, fue reconstruyendo el Relato - como se dice ahora- de esa época "enorme y delicada" (Verlaine dixit)

 La Gramática Histórica, la Épica medieval, el Romancero, el Cid... múltiples vertientes de esos siglos de historiografía tan limitada las iba desentrañando pacientemente mientras viajaba recorriendo los pueblos de Castilla, las iglesias, los archivos, desempolvando códices y legajos, escudriñando y asociando elementos  hasta que arrojaran alguna luz, acudiendo a los veneros más puros de la literatura popular cuales son las gentes que en su labor diaria todavía cantaban los viejos romances seculares,  al tiempo que dirigía la Real Academia Española, ejercía desde su cátedra su fructífera labor docente y creaba una escuela de discípulos que continuaran su labor investigadora.

 Y el Cid... Su pasión cidiana hizo que el viaje de novios junto a su mujer, María Goiri, siguiera el itinerario marcado por el héroe medieval muchos siglos atrás. Es la llamada "ruta del Cid". No es casualidad tampoco que a su hija le pusiera el nombre de Jimena, el mismo que llevaba la mujer del personaje histórico. Él fue, en definitiva, quien fijó la historia deslindándola de la literatura y de la tradición para dar una visión científica en torno a la existencia del guerrero de Vivar, el mismo que había sido trasunto de leyendas plasmadas en un cantar de gesta y en los romances.

Son muy significativas las fotografías en que aparece, en un descanso del rodaje, junto con algunos protagonistas de la película El Cid, aquella producción de Samuel Bronston con Charlton Heston y Sofía Loren como estrellas principales. Al fin y al cabo, ese héroe medieval rescatado de la leyenda y fijado en la Historia era en cierto modo una criatura suya. La sola y fugaz presencia del maestro en alguno de los intervalos del rodaje ya prestigiaba sobremanera ese filme.

 La solvencia de su sabiduría y de sus conocimientos históricos le llevó también, entre otras cosas, a ejercer, a propuesta de España, como comisionado de un laudo arbitral para deslindar unos límites territoriales muy confusos en la frontera entre Ecuador y Perú. Era una referencia mundial en algunas materias sobre las que sus dictámenes eran incuestionables.

 Siguió trabajando en sus investigaciones y proyectos hasta una avanzadísima edad. Es digna de recordar la fotografía en que aparece encaramándose a una escalera para acceder a las estanterías más altas de su biblioteca cuando frisaba ya los 95 años.

Tan fructífera y dilatada vida se apagó un día de noviembre de 1968, con 99 años, horas antes de que el hermano Luis Fermín nos comunicara, en una luminosa mañana, que recogiéramos nuestras cosas y marcháramos a casa.

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