jueves, 26 de febrero de 2026

65- La Colección Austral

 65- La Colección Austral

  A primeros de los setenta del pasado siglo me dio por frecuentar los viernes por la tarde una pequeña librería llamada  Biblion ubicada en la  calle Pascual, la misma donde estaba el estudio fotográfico Orga y enfrente más o menos de los almacenes Coy.  También creo recordar lejanamente que había en la misma acera una tienda de café, con molinillos eléctricos que no paraban de funcionar. 

 Allí atendía un joven empleado muy dinámico que, en esa época en que no había ordenadores, llevaba en su memoria un enorme caudal de datos bibliográficos. Sabía por dónde circulaba cada volumen y te conseguía rápidamente el que le pedías. El joven empleado se llamaba, y se llama, Diego Marín. No exageramos al decir que es una de las personas que más han hecho por la cultura en esta tierra.

 En ese establecimiento, a   espaldas   de la   Plaza de las Flores, pasaba yo mis buenos ratos ojeando libros después de clase. En una de aquellas visitas supe de la existencia de la   Colección Austral. “Aquí está toda la historia de la literatura”, cavilaba yo, lector adolescente con una temprana vocación de letraherido, mientras repasaba con detenimiento la lista interminable de obras que aparecían en las páginas finales de cada ejemplar. En ellas venía detallado el extenso catálogo de la colección, autor por autor.

   Mi primera adquisición fue Miscelánea histórico-literaria, de don  Ramón Menéndez Pidal, número 1.110 de la primitiva numeración. Se trataba de una recopilación de ensayos del viejo erudito, quien había sido director de la RAE hasta la fecha de su fallecimiento en 1969. Conservo todavía dicho volumen, con su color verde desvaído en las tapas y sus páginas de un color añejo, casi marrón oscuro. Me fui a casa, en ese frío y lejano atardecer de invierno, con la sensación de que llevaba entre mis manos poco menos que la Piedra Filosofal. Luego, claro, vinieron bastantes más hallazgos.  

   Por esos mismos años, unos viejísimos ejemplares editados en Buenos Aires, también pertenecientes a la colección Austral, se sumaron a los adquiridos en Biblion.   Estoy hablando de unas novelas de caballería del siglo XV, de autor anónimo, en tapas rojas y con las páginas también marrones de tan antiguas: La historia de los nobles caballeros Oliveros de Castilla y Artús Dalgarbe (nº 337), La historia del rey Canamor y del infante Turián, su hijo. La   destruición de Jerusalén (nº 374)  y  Libro del esforzado caballero don Tristán de Leonís (nº 359).  Estos títulos los encontré en la librería de mi querida y añorada tía Carmina, la librería García-Melgares, frente a la Fonda Negra.

   Cada   temática tenía un color. Los libros de literatura clásica eran grises, los de novela contemporánea, azules, los de ensayo, verdes, los de novelas de aventuras, rojos, los de viajes, negros, los de biografías y vidas novelescas, naranjas, los referentes a documentos  de época, amarillos, los de poesía y teatro, morados etc. Por las noches repasaba con delectación el índice de autores, haciendo elucubraciones sobre el contenido de cada una de sus obras. Esos ratos que ocupaba recreándome en el hipotético contenido de libros que nunca leería, eran para mí una puerta que se abría para imaginar historias y escenarios. Comenzaba a soñar antes de caer dormido.

 Aunque no compraba todos los volúmenes que hubiera deseado, fui almacenando los suficientes como  para que la pequeña leja de mi dormitorio fuera adquiriendo una cierta masa crítica y comenzara a parecerse a una biblioteca... Iba saliendo del mundo del   Capitán Trueno   para entrar en el de las lecturas serias.

La Colección Austral, perteneciente a Espasa-Calpe y editada en Buenos Aires a través de su filial argentina a partir de 1937, había sido pionera dentro de las publicaciones de libros de bolsillo. A comienzos de los años 50 comenzó a sacar sus ediciones en España. 

Por lo demás, supuso un aporte cultural sin parangón, ya digo, el fondo bibliográfico era extensísimo y cubría con creces amplios periodos de la historia de la literatura. 

Hacia los años 80 se reestructuró la colección, cambió el diseño de sus ejemplares y una cantidad enorme de títulos fue descatalogada. Con eso perdimos los lectores un auténtico yacimiento cultural como no se había  visto hasta entonces. Luego, en 1991 la editorial fue adquirida por el grupo Planeta, aunque mantuvo la identidad de su histórico sello. Posteriormente hubo otras tantas reestructuraciones a las que ya no les he seguido la pista. 

Pero los viejos volúmenes de Austral han seguido circulando en librerías de viejo, en tiendas de segunda mano y en ferias de libros de ocasión. Desde entonces, yo les he seguido los pasos en su nueva vida de publicaciones descatalogadas, una especie  de segunda vida clandestina transitada por caminos más apartados y alternativos. He intentado descubrir los nuevos circuitos por donde se movían y de vez en cuando regreso a casa con la satisfacción de algún rescate valioso de libros raros y escondidos, de autores clásicos olvidados de los que leía en los índices de las últimas páginas en mis noches adolescentes. En esos casos,  durante algunos momentos, mientras recorro ese antiguo y ya inexistente catálogo impreso en un papel  saturado por el paso de muchos años, vuelvo a soñar despierto antes dormirme. 


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  Luego pasaron los años hasta llegar a lo que somos ahora. Nada que ver con la sociedad de aquel tiempo. Pero, de todas formas, cuando recorro de vez en cuando las librerías que instalan en los paseos o bulevares anualmente y descubro algún ejemplar de la Colección Austral, todavía recuerdo con nostalgia los viejos libros de aquellos viernes por la tarde.   

A primeros de los setenta (1971) estaba yo cursando  Literatura en 4-° de bachillerato. Cuando comenzaron las lecturas  de textos nos recomendaron la Colección Austral. Allí estaba todo. Tenía un fondo bibliográfico enorme. Se organizaba por colores según la temática. Gris para los clásicos. Azul para la novela. Morado para el teatro. Amarillo para libros de viajes. Verde para los ensayos etc, etc...

Investigando di con una librería que había en la calle Pascual, la misma donde estaba el estudio fotográfico Orga.  Enfrente más o menos de los almacenes Coy.  También creo recordar lejanamente que había en la misma acera una tienda de café, con molinillos eléctricos que no paraban de funcionar. 
Poco a poco fui organizando una biblioteca que  fue haciéndose hueco entre los cientos de tebeos que tenía del Capitán Trueno y del Jabato. 
Recuerdo que todo ese pequeño establecimiento lo llevaba un joven empleado muy nervioso, con aspecto muy vivo que -en esa época en que los datos no se almacenaban en un  ordenador- albergaba en su cabeza toda la información bibliográfica imaginable. Era impresionante la cantidad de datos sobre libros que manejaba. Sabía por donde circulaba cada volumen y te conseguía rápido el que no estaba. 
Allí me hice con el tiempo de un gran número de ejemplares de la Colección Austral. 

El joven empleado se llamaba, y se llama, DIEGO MARÍN. 

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