64- Las birlochas, el Jabato y las huchas del Domund
La
mayoría de las veces no se adquirían en la tienda. Siempre aparecía algún
vecino habilidoso que, a base de cañas finas, papel e hilo palomar, elaboraba
unos artefactos aerodinámicos que cobraban altura a la mínima brisa que se
levantara.
Las
ciudades estaban entonces atravesadas por solares vacíos y descampados,
escenarios de juegos infantiles hasta el anochecer, desde el fin de la siesta
hasta la vuelta al hogar familiar, caídas ya las últimas luces. Eran lugares
propicios para echar a volar esas naves de juguete en aquellos tiempos en que
solo existía lo analógico, lo digital ni se imaginaba y no había aplicaciones
que descargar, la única aplicación que se conocía consistía en tener buena
conducta en clase y ser diligente a la hora de hacer las tareas escolares.
Ya
digo, las birlochas aseguraban muy sabrosos ratos de entretenimiento y nos
ponían en contacto con la Naturaleza. Vienen a la mente ahora tardes inolvidables de mi
infancia, cuando la aldea costera donde veraneábamos eran cuatro casas y una
calle principal de tierra y polvo, sujetando el cordel que tremolaba con fuerza
antes las embestidas del viento que venía del mar. No se podía ser más feliz
con menos.
Las
cometas tienen su origen en la milenaria China. Por cierto, corroborando
este extremo, el Jabato, el inolvidable héroe íbero de los tebeos, junto con
sus fieles Taurus y Fideo de Mileto, pasó unos momentos muy tensos cuando un
avieso mandarín chino los colgó, bien atados, de algunos de estos ingenios a
cientos de metros de altura. Víctor Mora no daba puntada sin hilo
China... Por aquel entonces, lo que nos llegaba del populoso país asiático era la acuciante necesidad de bautizar a tantos niños que de seguro iban a acabar en el Limbo caso de no recibir las bendecidas aguas. En un principio, las huchas para la cuestación llevaban incluso la figura de un chinito. Eso también forma parte de nuestra infancia, los domingos otoñales, fríos y luminosos, recién comenzado el curso, recorriendo las calles con los compañeros y colocando pegatinas del Domund en las solapas de quienes iban a las confiterías después de salir de la misa de 12. De la exótica China apenas nos llegaba nada más. Bueno, y el Flan Chino Mandarín, que en realidad fue un genial invento de Alfonso Valdés García, químico español con una gran visión comercial.
Estábamos
muy lejos todavía de bajar a las 11 de la noche a la tienda de Yuan a comprar
Nescafé para el desayuno del día siguiente.
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