63- Mortadelo y
Filemón, Agencia de Información
Mortadelo
y Filemón, 13 Rue del Percebe, Rompetechos, el Botones Sacarino, Pepe Gotera y
Otilio, la familia Trapisonda... Se conoce que el buen humor y la visión
risueña de la vida son el mejor fármaco para la longevidad: Francisco Ibáñez,
el padre de estos inolvidables personajes nos dejó con 87 años y hasta el final
dio muestras de una creatividad fuera de lo común.
Pertenecía a aquella
generación de dibujantes e historietistas, émulos de Stajanov, que hicieron de
Bruguera una editorial de referencia en los 60. (Esa misma editorial, que
exprimía como un limón a sus creadores, llegó a tanto en su exigencia desmesurada
de páginas semanales que unos cuantos de aquellos se independizaron para crear
la revista Tío Vivo. Aunque esta simpática publicación fue absorbida por la
propia Bruguera unos años después. No duró mucho la aventura editorial de
Escobar, Conti, Cifré y Giner).
Francisco Ibáñez, de padre
valenciano y madre andaluza, había nacido en Barcelona el 15 de marzo de 1936.
A los catorce años ya trabajaba de botones en el Banco Español de Crédito.
Quizá esa experiencia le inspirara la creación del botones Sacarino, uno de sus
personajes más conocidos. Al mismo tiempo comenzó a compatibilizar esta
ocupación con sus colaboraciones como historietista en distintas publicaciones,
hasta que en 1958 entró a formar parte de la editorial Bruguera de forma
exclusiva, abandonando definitivamente su empleo anterior en el banco. A partir
de ahí su labor creativa fue en aumento y debido al éxito de las historietas de
Mortadelo y Filemón, se le impuso un ritmo de trabajo muy intenso centrado en esa
cómica pareja.
El problema vino en 1985
cuando decidió fichar por Ediciones Grijalbo. En los acuerdos que Bruguera
firmaba con sus creadores se incluía una cláusula donde se especificaba que la
propiedad intelectual de los personajes no pertenecía al autor sino a la
editorial. Así, cuando Francisco Ibáñez rescinde su contrato pierde a Mortadelo
y Filemón, sus geniales creaciones, que son llevados a partir de entonces por
un grupo de guionistas y dibujantes encuadrados en lo que se llamó Bruguera
Equip. Se sucederán publicaciones que ya no llevan la firma del autor sino de
este colectivo creado para dar continuidad a los célebres e hilarantes
detectives.
Hasta que en 1987 hay una reforma de la Ley de
Propiedad intelectual que confirma los derechos de los autores sobre sus obras.
Ibáñez se integra entonces en Ediciones B y sigue con la publicación de las
aventuras del famoso dúo de personajes, incorporando en ellas guiños referentes
a temas de actualidad más o menos en candelero.
Las historietas de Francisco
Ibáñez atraviesan varias generaciones y nos remiten a nuestros comienzos, a
aquellos legendarios tiempos, tan recordados, en que nos acercábamos al quiosco
de la plaza para comprar pipas, chicles Bazooka y algún tebeo que nos alegrara
las horas muertas del fin de semana. Junto a las del Capitán Trueno y el
Jabato, nos aseguraban una diversión muy sana, sin necesidad de recurrir a
ninguna pantalla que nos abdujera la voluntad.
Con una imaginación asombrosa,
dándole la vuelta cómica a las situaciones más insospechadas, dejó su sello
personal en miles y miles de viñetas en las que los textos eran cuidados
escrupulosamente, aunque eso no se notara. Según el creador, se trataba de no
repetir palabras muy seguidas, de tirar para ello de sinónimos, aunque
manteniendo un nivel que fuera asequible para todo el mundo, de conseguir que
los dibujos y los textos estuvieran plenamente armonizados.
Era un humor blanco lleno
de ocurrencias descacharrantes. ¿Quién no se sonreía al contemplar los temores
de Mortadelo y Filemón ante la inminente salida de la cárcel del temible Kid
Piñata, con el que tenían alguna turbia cuenta pendiente que sólo ellos
conocían? Las soluciones que el larguirucho y estrafalario personaje le
proponía a su jefe para salir de cualquiera de estas encrucijadas nos
aseguraban unas mínimas dosis de hilaridad para sacudirnos de encima cualquier
tristeza. Seguro que si Unamuno hubiera leído sus historietas nunca habría
publicado "Del sentimiento trágico de la vida".
Honor y gloria a quien
alegró la existencia de millones de personas durante tantos años. Eso es
impagable. Siempre estaremos en deuda con él.
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