jueves, 26 de febrero de 2026

74- Estampas del 73

 74- Estampas del 73

 -Nos calzábamos las chirucas y nos íbamos al monte de excursión. Luego, alguien cantaba a la guitarra canciones de Joan Baez. A lo mejor había alguna muchacha de mirada soñadora que no cesaba de hablar del "compromiso", un concepto que nos infundía un respeto reverencial.      

 Periódicamente se organizaban en el salón de actos sesiones de cinefórum donde nos colocaban algún denso ladrillo de Igmarn Bergman o de Antonioni. Después de sesudas y plúmbeas intervenciones con las luces de la sala encendidas tras la visualización del largometraje, salíamos al Malecón (sin autovía entonces) y la muchacha de mirar de terciopelo seguía hablando con convicción del "compromiso". Alguien proponía entonces ir a las tascas. Después de algún que otro vino, y con las trenkas desprendiendo un intenso olor a tabaco, cada mochuelo se volvía a su olivo.

 -Hacíamos ejercicios espirituales en los Jerónimos. En la megafonía de las habitaciones sonaban canciones de Mocedades, ("Adiós amor, piensa en mí alguna vez, que aquí te espera la primavera, adiós amor"). La primera noche de esas jornadas de espiritualidad, el sacerdote, antes de retirarnos a dormir, nos hablaba con claridad del grave problema al que nos enfrentaríamos en caso de irnos de este mundo en pecado mortal. Desde luego no era para tomárselo a broma. Después de escuchar estas admoniciones nos retirábamos muy serios a los dormitorios.  Pero paralelamente a eso, un hermano marista nos descubría en clase a un tal Hélder Câmara. No había que ser muy agudo para percibir que este docente no estaba en la misma onda que el clérigo  que nos alertaba sobre las penas del infierno.  

  -El Corte Inglés acababa de inaugurarse. Entre clase y clase nos íbamos a su moderna y novedosa cafetería y consumíamos unas ensaladillas rusas que eran el preámbulo de la audición con auriculares de algún vinilo en la sección de música. En una mesa con varios platos, una amable dependiente  hacía cabalgar la aguja del tocadiscos por los surcos de los LPs que le entregábamos. Tras un buen rato de escuchar canciones solíamos retirarnos sin comprar ningún disco.

 -De este año tengo también el recuerdo nítido, ya comentado en otro capítulo, de una desapacible tarde de otoño en que regresaba a casa con dos libros de la Colección Austral, (Miscelánea histórico- literaria de Menéndez Pidal y Las inquietudes de Shanti Andia de Pío Baroja) tras adquirirlos en Biblión, librería situada en la calle Pascual frente a los Almacenes Coy y junto al estudio fotográco Orga en la que ya ejercía de factótum de bibliólos un joven librero llamado Diego Marín que amueblaba su cabeza con innidad de fondos editoriales. Al salir hacía un viento frío que arrastraba por el suelo las hojas secas, mientras oscurecía y en una esquina de la calle alguna castañera liaba sus cucuruchos con papeles de periódico. Los volúmenes de esta colección, editada por Espasa, comenzaban a formar una masa crítica tal que a lo que había en la leja de mi habitación podía comenzar a llamársele, quizá algo pretenciosamente, biblioteca. Aunque la literatura de culto seguía siendo para mí la referente a las historias del Capitán Trueno.

 -El 73 fue también el año fundacional de la religión del cruysmo. El astro holandés llegó, vio y venció, anunciando la buena nueva con un 0-5 en el Bernabéu al Real Madrid y haciendo feliz, entre otros, al entrañable maestro Pepe Garre. Éste, culé de pro, había sentado sus reales en la plaza de Santa Catalina, en lo que ahora es el bar-cafetería Fénix. Allí, entre corte a navaja y cuidados capilares, se desarrollaban sabrosas tertulias futbolísticas y se le tomaba el pulso a la actualidad de la ciudad. En una época en que no había WhastApp ni Facebook, espacios como la peluquería del maestro Garre te aseguraban un mínimo de sociabilidad. El circuito se cerraba de manera solvente con alguna caña posterior en el Rhin o en la Tapa.

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