74- Estampas del 73
Periódicamente
se organizaban en el salón de actos sesiones de cinefórum donde nos colocaban
algún denso ladrillo de Igmarn Bergman o de Antonioni. Después de sesudas y
plúmbeas intervenciones con las luces de la sala encendidas tras la visualización
del largometraje, salíamos al Malecón (sin autovía entonces) y la muchacha
de mirar de terciopelo seguía hablando con convicción del
"compromiso". Alguien proponía entonces ir a las tascas. Después de
algún que otro vino, y con las trenkas desprendiendo un intenso olor a
tabaco, cada mochuelo se volvía a su olivo.
-Hacíamos
ejercicios espirituales en los Jerónimos. En la megafonía de las habitaciones
sonaban canciones de Mocedades, ("Adiós
amor, piensa en mí alguna vez, que aquí te espera la primavera, adiós
amor"). La primera noche de esas jornadas de espiritualidad, el
sacerdote, antes de retirarnos a dormir, nos hablaba con claridad del grave
problema al que nos enfrentaríamos en caso de irnos de este mundo en pecado
mortal. Desde luego no era para tomárselo a broma. Después de escuchar estas admoniciones nos retirábamos muy serios a los dormitorios. Pero paralelamente a eso, un hermano
marista nos descubría en clase a un tal Hélder Câmara. No había que ser muy
agudo para percibir que este docente no estaba en la misma onda que el clérigo que nos alertaba sobre las penas del infierno.
-El
Corte Inglés acababa de inaugurarse. Entre clase y clase nos íbamos a su
moderna y novedosa cafetería y consumíamos unas ensaladillas rusas que eran el
preámbulo de la audición con auriculares de algún vinilo en la sección
de música. En una mesa con varios platos, una amable
dependiente hacía cabalgar la aguja del tocadiscos por los
surcos de los LPs que le entregábamos. Tras un buen rato de escuchar canciones solíamos
retirarnos sin comprar ningún disco.
-De
este año tengo también el recuerdo nítido, ya comentado en otro capítulo, de una desapacible tarde de otoño en
que regresaba a casa con dos libros de la Colección Austral, (Miscelánea
histórico- literaria de Menéndez Pidal y Las inquietudes de Shanti
Andia de Pío Baroja) tras adquirirlos en Biblión, librería situada en la calle Pascual frente a los Almacenes Coy y junto al estudio fotográfico Orga en la que ya ejercía
de factótum
de bibliófilos un joven librero llamado Diego Marín
que amueblaba su cabeza con infinidad
de fondos editoriales. Al salir hacía un viento frío que arrastraba por el
suelo las hojas secas, mientras oscurecía y en una esquina de la calle alguna
castañera liaba sus cucuruchos con papeles de periódico. Los volúmenes de esta
colección, editada por Espasa, comenzaban a formar una masa crítica tal que a
lo que había en la leja de mi habitación podía comenzar a llamársele, quizá algo
pretenciosamente, biblioteca. Aunque la literatura de culto seguía siendo para
mí la referente a las historias del Capitán Trueno.
-El
73 fue también el año fundacional de la religión del cruyfismo. El astro holandés
llegó, vio y venció, anunciando la buena nueva con un 0-5 en el Bernabéu
al Real Madrid y haciendo feliz, entre otros, al entrañable
maestro Pepe Garre. Éste, culé de pro, había
sentado sus reales en la plaza de Santa Catalina, en lo que ahora es el bar-cafetería
Fénix.
Allí,
entre corte a navaja y cuidados capilares, se desarrollaban sabrosas tertulias
futbolísticas
y se le tomaba el pulso a la actualidad de la ciudad. En una época
en que no había WhastApp ni Facebook, espacios como la peluquería del maestro
Garre te aseguraban un mínimo de sociabilidad. El circuito se cerraba de manera
solvente con alguna caña posterior en el Rhin o en la Tapa.
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