sábado, 4 de abril de 2026

93- El Teatro Romea

 93- El Teatro Romea 

 Dentro del paisaje de fondo de nuestros primeros años -ese callejero sentimental que se va difuminando con el tiempo, que ya está más en el recuerdo que en lo real- hay lugares marcados por las primeras miradas, por ese descifrar cosas nuevas desde la inocencia que delimita la geografía de aquella edad de continuos descubrimientos. Estaban las calles, las iglesias, las tiendas, los bares, los cines, el colegio, el campo de la Condomina, la huerta ... y estaba también el Teatro Romea. 

Para un crío de pocos años que comenzaba a abrir los ojos al mundo, había una especie de solemnidad en ese histórico edificio que lo diferenciaba de otros lugares conocidos. La había, por supuesto, en los templos, pero era otro tipo de solemnidad más arcaica y con la que estábamos más familiarizados. Aquí se trataba de algo que uno intuía, dentro de su ingenuidad, como selecto y teñido de un prestigio que no sabía explicar.

Las visiones más antiguas que recuerdo de su interior avalan esa percepción inicial. Era como entrar en una dimensión diferente, en un recinto aristocrático y elitista, algo muy distinto a lo que deparaba la vida cotidiana en la provinciana Murcia de entonces, en una época en que se viajaba muy poco y las ventanas al mundo estaban mucho más limitadas que ahora. 

 Siempre había una sensación de descubrimiento y novedad al traspasar su puerta. Era como sentirte de repente en un ámbito propio de película de época, esas películas un poco astracanadas con referencias históricas y toques grandilocuentes. Pero no, no estábamos en el París de Dumas o en la Viena imperial sino en una pequeña y agradable capital de provincia.

El Casino podría haber sido también un espacio capaz de transmitir sensaciones parecidas, pero yo apenas lo frecuenté. Ya digo que eran las percepciones de un niño. Y con esto también aclaro que a esa edad no se tiene el conocimiento necesario para diferenciar un pastiche de una obra de arte. 

Mis primeros recuerdos del Teatro Romea se asocian a ciertas mañanas dominicales de invierno en las que el Colegio de los Maristas organizaba una entrega de diplomas. Son evocaciones muy lejanas ya y desvaídas después de tantos años. Íbamos subiendo los compañeros galardonados desde el patio de butacas al escenario, donde había una mesa, al estilo de los tribunales académicos, ocupada por el director del colegio y alguna otra autoridad escolar. Allí nos iban entregando los diplomas entre los flases de los fotógrafos y los aplausos del público, constituido prácticamente por los familiares de los alumnos. 

Luego pasaron los años y el Romea seguía allí, viendo desfilar imperturbable a más generaciones de murcianos, como una invariable referencia cultural de la ciudad. Giras de prestigiosas compañías teatrales que "hacían las provincias" antes de estrenar en Madrid, conciertos de música clásica en una época en que la asistencia a los mismos dotaba de una cierta pátina de elitismo, obviemos si de manera impostada o no (y música clásica, por cierto, aún no sometida a la visión historicista que se impuso alguna década después), tenorios de primeros de noviembre cultivando añejas tradiciones que todavía perduran, espectáculos más modernos impuestos por la rabiosa actualidad... Sí, el Teatro Romea es historia de Murcia y explica parte de su sociología. 

Construido sobre un terreno que perteneció a los dominicos antes de la desamortización de Mendizábal, había sido inaugurado en 1862 con la presencia de la reina Isabel II, que asistió a su primera representación teatral consistente en una obra de Ventura Vega con el actor Julián Romea (de quien vino posteriormente su nombre) en el papel protagonista. 

Desde sus inicios dinamizó la vida cultural murciana. Jacinto Benavente y otros popes del teatro nacional recalaron en nuestra ciudad para asistir a representaciones de sus obras. Echegaray asistió a la puesta en escena de su drama El gran Galeoto en junio de 1881. Tal fue el entusiasmo y la aclamación del público murciano, una vez bajado el telón, que el nobel de Literatura español no tuvo más remedio que improvisar unas palabras de agradecimiento desde el escenario. En diciembre de 1916 fue repuesta nuevamente dicha obra como homenaje a su autor, que había fallecido en septiembre de ese mismo año.

 García Lorca también dejó huella en sus tablas con la compañía universitaria de la Barraca el martes 3 de enero de 1933. En medio de un lleno absoluto que retaba (confrontaba) la maldición sobre su aforo, de la que se hablará más adelante, representó un entremés cervantino, Los habladores (o "El pícaro hablador") y La vida es sueño de Calderón de la Barca. Entrando en detalles, digamos que la escenografía de la primera obra llevaba la firma de Ramón Gaya, mientras que la decoración del auto sacramental calderoniano corrió a cargo de Ceferino Palencia. Las crónicas del día siguiente, tanto en El Liberal como en La Verdad, se mostraban unánimes en cuanto al éxito cosechado por aquella representación.

 Para entonces el teatro había sufrido dos incendios, en 1877 y 1899, que hicieron necesarias sendas reconstrucciones, la segunda de ellas solo circunscrita a su interior, ya que no había sido dañada su fachada. Estos dos siniestros abonaron una leyenda referida a cierta maldición lanzada por un monje del convento de Santo Domingo tras la desamortización de los terrenos en que se alzaba el teatro. Este vaticinio se refería a tres incendios, de los cuales el primero se daría sin víctimas, el segundo con un fallecido entre las llamas y el tercero, a teatro lleno, con la muerte de todos los espectadores y la destrucción total del recinto. Como las dos primeras premoniciones se habían cumplido al pie de la letra, desde entonces siempre se deja una entrada sin vender para que no se cumpla la profecía, que requiere de un aforo completo para la consumación de la tercera tragedia. Aunque, como vemos, la visita de Lorca con la Barraca rompió por una vez con esa tradición.

Los años han ido pasando, las costumbres y las modas evolucionan, pero el Romea sigue allí, con su historia, con su leyenda mantenida a través del tiempo. Los pormenores y el día a día de este templo de las artes escénicas constituyen ya una cierta crónica no solo de la vida cultural de la ciudad sino de los afanes y hechos cotidianos de los murcianos. ¿Quién no se ha sentado alguna vez en sus butacas mientras las luces se apagaban y se levantaba el telón para mostrar lo que no nos podía ofrecer la prosaica realidad? Siempre será necesaria la Cuarta Pared.

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