93- El Teatro Romea
Dentro del paisaje de fondo de nuestros primeros años -ese callejero sentimental que se va difuminando con el tiempo, que ya está más en el recuerdo que en lo real- hay lugares marcados por las primeras miradas, por ese descifrar cosas nuevas desde la inocencia que delimita la geografía de aquella edad de continuos descubrimientos. Estaban las calles, las iglesias, las tiendas, los bares, los cines, el colegio, el campo de la Condomina, la huerta ... y estaba también el Teatro Romea.
Para
un crío de pocos años que comenzaba a abrir los ojos al mundo, había una
especie de solemnidad en ese histórico edificio que lo diferenciaba de otros
lugares conocidos. La había, por supuesto, en los templos, pero era otro tipo
de solemnidad más arcaica y con la que estábamos más familiarizados. Aquí se
trataba de algo que uno intuía, dentro de su ingenuidad, como selecto y teñido
de un prestigio que no sabía explicar.
Las
visiones más antiguas que recuerdo de su interior avalan esa percepción
inicial. Era como entrar en una dimensión diferente, en un recinto
aristocrático y elitista, algo muy distinto a lo que deparaba la vida cotidiana
en la provinciana Murcia de entonces, en una época en que se viajaba muy poco y
las ventanas al mundo estaban mucho más limitadas que ahora.
Siempre
había una sensación de descubrimiento y novedad al traspasar su puerta. Era
como sentirte de repente en un ámbito propio de película de época, esas
películas un poco astracanadas con referencias históricas y toques
grandilocuentes. Pero no, no estábamos en el París de Dumas o en la Viena
imperial sino en una pequeña y agradable capital de provincia.
El
Casino podría haber sido también un espacio capaz de transmitir sensaciones
parecidas, pero yo apenas lo frecuenté. Ya digo que eran las percepciones de un
niño. Y con esto también aclaro que a esa edad no se tiene el conocimiento
necesario para diferenciar un pastiche de una obra de arte.
Mis
primeros recuerdos del Teatro Romea se asocian a ciertas mañanas dominicales de
invierno en las que el Colegio de los Maristas organizaba una entrega de
diplomas. Son evocaciones muy lejanas ya y desvaídas después de tantos años.
Íbamos subiendo los compañeros galardonados desde el patio de butacas al
escenario, donde había una mesa, al estilo de los tribunales académicos,
ocupada por el director del colegio y alguna otra autoridad escolar. Allí nos
iban entregando los diplomas entre los flases de los fotógrafos y los aplausos
del público, constituido prácticamente por los familiares de los alumnos.
Luego
pasaron los años y el Romea seguía allí, viendo desfilar imperturbable a más
generaciones de murcianos, como una invariable referencia cultural de la
ciudad. Giras de prestigiosas compañías teatrales que "hacían las
provincias" antes de estrenar en Madrid, conciertos de música clásica en
una época en que la asistencia a los mismos dotaba de una cierta pátina de
elitismo, obviemos si de manera impostada o no (y música clásica, por cierto,
aún no sometida a la visión historicista que se impuso alguna década
después), tenorios de primeros de noviembre cultivando añejas
tradiciones que todavía perduran, espectáculos más modernos impuestos por la
rabiosa actualidad... Sí, el Teatro Romea es historia de Murcia y explica parte
de su sociología.
Construido
sobre un terreno que perteneció a los dominicos antes de la desamortización de
Mendizábal, había sido inaugurado en 1862 con la presencia de la reina Isabel
II, que asistió a su primera representación teatral consistente en una obra de
Ventura Vega con el actor Julián Romea (de quien vino posteriormente su nombre)
en el papel protagonista.
Desde
sus inicios dinamizó la vida cultural murciana. Jacinto Benavente y otros popes
del teatro nacional recalaron en nuestra ciudad para asistir a representaciones
de sus obras. Echegaray asistió a la puesta en escena de su drama El
gran Galeoto en junio de 1881. Tal fue el entusiasmo y la aclamación
del público murciano, una vez bajado el telón, que el nobel de Literatura
español no tuvo más remedio que improvisar unas palabras de agradecimiento
desde el escenario. En diciembre de 1916 fue repuesta nuevamente dicha obra
como homenaje a su autor, que había fallecido en septiembre de ese mismo año.
García
Lorca también dejó huella en sus tablas con la compañía universitaria de la
Barraca el martes 3 de enero de 1933. En medio de un lleno absoluto que
retaba (confrontaba) la maldición sobre su aforo, de la que se
hablará más adelante, representó un entremés cervantino, Los
habladores (o "El pícaro hablador") y La
vida es sueño de Calderón de la Barca. Entrando en detalles, digamos
que la escenografía de la primera obra llevaba la firma de Ramón Gaya, mientras
que la decoración del auto sacramental calderoniano corrió a cargo de Ceferino
Palencia. Las crónicas del día siguiente, tanto en El Liberal como en La
Verdad, se mostraban unánimes en cuanto al éxito cosechado por aquella
representación.
Para
entonces el teatro había sufrido dos incendios, en 1877 y 1899, que hicieron
necesarias sendas reconstrucciones, la segunda de ellas solo circunscrita a su
interior, ya que no había sido dañada su fachada. Estos dos siniestros abonaron
una leyenda referida a cierta maldición lanzada por un monje del convento de
Santo Domingo tras la desamortización de los terrenos en que se alzaba el
teatro. Este vaticinio se refería a tres incendios, de los cuales el primero se
daría sin víctimas, el segundo con un fallecido entre las llamas y el tercero,
a teatro lleno, con la muerte de todos los espectadores y la destrucción total
del recinto. Como las dos primeras premoniciones se habían cumplido al pie de
la letra, desde entonces siempre se deja una entrada sin vender para que no se
cumpla la profecía, que requiere de un aforo completo para la consumación de la
tercera tragedia. Aunque, como vemos, la visita de Lorca con la Barraca rompió
por una vez con esa tradición.
Los años han ido pasando, las costumbres y las modas evolucionan, pero el Romea sigue allí, con su historia, con su leyenda mantenida a través del tiempo. Los pormenores y el día a día de este templo de las artes escénicas constituyen ya una cierta crónica no solo de la vida cultural de la ciudad sino de los afanes y hechos cotidianos de los murcianos. ¿Quién no se ha sentado alguna vez en sus butacas mientras las luces se apagaban y se levantaba el telón para mostrar lo que no nos podía ofrecer la prosaica realidad? Siempre será necesaria la Cuarta Pared.
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