92- Por tu camarín, por tu camarín...
No
habitaban precisamente el llano las antiguas deidades griegas. En el monte
Olimpo tenían su augusta residencia Zeus y todo su mitológico staff. Y en otro
monte, el Parnaso, se encontraba el oráculo de Delfos donde la sacerdotisa
Pitia entraba en trance para descifrar el destino de los atenienses y demás
pueblos helenos. No sabemos si en alguna ladera cercana a ese lugar había
algún "protoquitapesares" donde las familias de las ciudades estado de la Hélade
tomaran el aperitivo los días festivos, un bolito para el niño y cerveza y
ensaladilla rusa para todos. (Quizá está última reflexión solo la capten los
murcianos)
Yahvé
tuvo a bien reunirse con Moisés con la condición de que éste emulara a César
Pérez de Tudela y ascendiera hasta la cumbre del monte Sinaí, pero sin sherpas,
aunque en el campamento base lo echaran todo a perder con el becerro de oro.
Está claro, cuanta más altitud más pureza de espíritu.
Por
otra parte, el profeta Elías, después de flamígeras admoniciones a algún que
otro embaucado por el culto de Baal, hacía senderismo ascendiendo al monte
Carmelo para recibir la inspiración divina.
Sí,
en las alturas montañosas la espiritualidad es más acendrada y las experiencias
místicas encuentran su ámbito natural, entre grutas y fuentes, muy lejos de la
baja tierra impregnada de los males del mundo.
Las
apariciones marianas también propenden a desarrollarse en montes y colinas,
siempre van en paralelo, de manera proporcional, el ascenso espiritual y la
mayor elevación de la cota de altitud para este tipo de sublimaciones.
Así
como la Santina en Covadonga es depositaria de la veneración de los asturianos
devotos y la Moreneta, en las montañas de Monserrat, de la de gran cantidad de
catalanes, la Fuensantica, desde el santuario situado en el monte que se
enseñorea sobre la vega, es el centro de la devoción de de un buen número de
murcianos. Y son Vírgenes que habitan en montañas porque como decíamos al
principio, parece ser que en las alturas florece la espiritualidad.
Este
tipo de cultos habría que analizarlo más bien desde lo sociológico porque
excede claramente los límites de lo religioso. ¿Restos de muy antiguos
paganismos adaptados a la fe cristiana? Porque tal competencia de Vírgenes con
sus correspondientes seguidores y hasta hooligans desatados en algún que otro
caso, es materia digna de algún estudio no precisamente teológico.
A
la hora de monopolizar la veneración mariana de los murcianos, la Fuensantica,
la Virgen de la Fuensanta, la Morenica, tuvo una cierta competencia al
principio con la Virgen de la Arrixaca. Esta última estuvo de patrona de Murcia
hasta que la de la Fuente Santa fue sacada en rogativa para pedir por la lluvia
durante una terrible sequía, con el resultado de que no solo llovió casi de
inmediato sino que además nevó. Así, a principios del XVIII, la medieval y
entrañable Virgen de la Arrixaca se tuvo que resignar y ceder el patronazgo
murciano, que databa del siglo XIII, a la milagrosa Morenica.
El
monte, la patrona en su templo, la grandiosidad de las vistas con la urbe muy
abajo perdida en el océano verde de la huerta, todo ello lo relaciono ahora con algunas impresiones y experiencias de mis años infantiles.
Los
recuerdos más lejanos que tengo ya me hablan del santuario de la Fuensanta y de
su entorno como de un ámbito sereno y aislado del tráfago cotidiano de la
ciudad. Subías con el colegio o con la familia en algún domingo soleado y
tenías la sensación de acceder a un lugar donde la percepción de las cosas era
muy diferente a la que sentías en la tierra llana de la ciudad y la huerta.
Arriba parecía que el tiempo se detenía y notabas una excepcionalidad muy
nítida en relación a la vida cotidiana de trabajos, afanes y preocupaciones de
tu día a día urbano.
El
aire puro, los pinos, la quietud del lugar, la panorámica de la vega y la
ciudad, todo invitaba a la contemplación tranquila de las cosas, con lo cual
volvías a cierto estado de inocencia destinado, sin embargo, a perderse una vez
dejaras las alturas.
El
santuario en la niñez lo contemplabas también como una variación extraordinaria
de las distintas iglesias que visitabas en la ciudad, un monumento con
cualidades muy peculiares por el entorno y por las sensaciones descritas
anteriormente. Para la gente era un templo que, de natural, prestigiaba las
celebraciones que en él se daban. Bodas, bautizos, comuniones, cualquier ritual
que se diera en ese entorno adquiría cierto toque elitista para quien asistía a
él. Por lo menos así lo intuía yo con mis pocos años. La salida de dichas
ceremonias, con la formación de los típicos corrillos informales antes de la
dispersión general, se acompañaba de unas vistas que
ensanchaban el espíritu y de un esplendor de pinada y piedras centenarias, todo un
escenario para días celebratorios en que la gente parece más encantadora de lo
normal.
También
recuerdo cuando el órgano, solemne, acometía las primeras notas del Himno a la
Fuensanta para continuar luego las voces con la salmodia de una música
ciertamente muy bella, con ese agudísimo y prolongado final que tanto
emocionaba. Por tu camariiiín... Esa frase había que repetirla tres veces y
siempre había alguien que se saltaba una y colocaba la nota aguda a
destiempo.
Después
de la misa dominical solo faltaba tomarse el aperitivo en el Quitapesares -ese
Cinzano, esas Mirindas- y extasiarse con la panorámica de la huerta y la
ciudad. Eran momentos de mucha plenitud que nos hacían olvidar las
preocupaciones por los deberes de Lengua y Aritmética. La vida parecía entonces
sonreír y el futuro pintaba lleno de optimismo cuando te servían la ensaladilla
rusa y tras la barandilla de la terraza contemplabas a vista de pájaro un
paisaje que no parecía de este mundo. Luego, los años fueron pasando y esas
sensaciones quedaron cristalizadas para siempre entre lo más entrañable (valioso) que
recopiló nuestra memoria, incluidos los gallos que algunos daban al entonar el "por tu camariiín...".
Sí,
las montañas son sagradas. Yo diría que incluso para los ateos.
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