sábado, 4 de abril de 2026

92- Por tu camarín, por tu camariín...

 92- Por tu camarín, por tu camarín...

 Las montañas tienen un toque sagrado que se manifiesta a través de muy diferentes cosmogonías. Conforme se asciende a las cumbres, el aire es más puro y las ideas se tiñen de trascendencia. En las alturas, los espíritus propenden a la contemplación y las pasiones terrenales, por muy desatadas que estén, se reconducen hacia el aprisco de la mansedumbre. Y esos estados de elevación del alma parece que propician el encuentro de los humanos con divinidades de todo tipo y condición.

No habitaban precisamente el llano las antiguas deidades griegas. En el monte Olimpo tenían su augusta residencia Zeus y todo su mitológico staff. Y en otro monte, el Parnaso, se encontraba el oráculo de Delfos donde la sacerdotisa Pitia entraba en trance para descifrar el destino de los atenienses y demás pueblos helenos. No sabemos si en alguna ladera cercana a ese lugar había algún "protoquitapesares" donde las familias de las ciudades estado de la Hélade tomaran el aperitivo los días festivos, un bolito para el niño y cerveza y ensaladilla rusa para todos. (Quizá está última reflexión solo la capten los murcianos)

Yahvé tuvo a bien reunirse con Moisés con la condición de que éste emulara a César Pérez de Tudela y ascendiera hasta la cumbre del monte Sinaí, pero sin sherpas, aunque en el campamento base lo echaran todo a perder con el becerro de oro. Está claro, cuanta más altitud más pureza de espíritu. 

Por otra parte, el profeta Elías, después de flamígeras admoniciones a algún que otro embaucado por el culto de Baal, hacía senderismo ascendiendo al monte Carmelo para recibir la inspiración divina. 

Sí, en las alturas montañosas la espiritualidad es más acendrada y las experiencias místicas encuentran su ámbito natural, entre grutas y fuentes, muy lejos de la baja tierra impregnada de los males del mundo. 

Las apariciones marianas también propenden a desarrollarse en montes y colinas, siempre van en paralelo, de manera proporcional, el ascenso espiritual y la mayor elevación de la cota de altitud para este tipo de sublimaciones. 

Así como la Santina en Covadonga es depositaria de la veneración de los asturianos devotos y la Moreneta, en las montañas de Monserrat, de la de gran cantidad de catalanes, la Fuensantica, desde el santuario situado en el monte que se enseñorea sobre la vega, es el centro de la devoción de de un buen número de murcianos. Y son Vírgenes que habitan en montañas porque como decíamos al principio, parece ser que en las alturas florece la espiritualidad. 

Este tipo de cultos habría que analizarlo más bien desde lo sociológico porque excede claramente los límites de lo religioso. ¿Restos de muy antiguos paganismos adaptados a la fe cristiana? Porque tal competencia de Vírgenes con sus correspondientes seguidores y hasta hooligans desatados en algún que otro caso, es materia digna de algún estudio no precisamente teológico.

A la hora de monopolizar la veneración mariana de los murcianos, la Fuensantica, la Virgen de la Fuensanta, la Morenica, tuvo una cierta competencia al principio con la Virgen de la Arrixaca. Esta última estuvo de patrona de Murcia hasta que la de la Fuente Santa fue sacada en rogativa para pedir por la lluvia durante una terrible sequía, con el resultado de que no solo llovió casi de inmediato sino que además nevó. Así, a principios del XVIII, la medieval y entrañable Virgen de la Arrixaca se tuvo que resignar y ceder el patronazgo murciano, que databa del siglo XIII, a la milagrosa Morenica. 

El monte, la patrona en su templo, la grandiosidad de las vistas con la urbe muy abajo perdida en el océano verde de la huerta, todo ello lo relaciono ahora con algunas impresiones y experiencias de mis años infantiles.

Los recuerdos más lejanos que tengo ya me hablan del santuario de la Fuensanta y de su entorno como de un ámbito sereno y aislado del tráfago cotidiano de la ciudad. Subías con el colegio o con la familia en algún domingo soleado y tenías la sensación de acceder a un lugar donde la percepción de las cosas era muy diferente a la que sentías en la tierra llana de la ciudad y la huerta. Arriba parecía que el tiempo se detenía y notabas una excepcionalidad muy nítida en relación a la vida cotidiana de trabajos, afanes y preocupaciones de tu día a día urbano.  

El aire puro, los pinos, la quietud del lugar, la panorámica de la vega y la ciudad, todo invitaba a la contemplación tranquila de las cosas, con lo cual volvías a cierto estado de inocencia destinado, sin embargo, a perderse una vez dejaras las alturas. 

El santuario en la niñez lo contemplabas también como una variación extraordinaria de las distintas iglesias que visitabas en la ciudad, un monumento con cualidades muy peculiares por el entorno y por las sensaciones descritas anteriormente. Para la gente era un templo que, de natural, prestigiaba las celebraciones que en él se daban. Bodas, bautizos, comuniones, cualquier ritual que se diera en ese entorno adquiría cierto toque elitista para quien asistía a él. Por lo menos así lo intuía yo con mis pocos años. La salida de dichas ceremonias, con la formación de los típicos corrillos informales antes de la dispersión general, se acompañaba de unas vistas que ensanchaban el espíritu y de un esplendor de pinada y piedras centenarias, todo un escenario para días celebratorios en que la gente parece más encantadora de lo normal. 

También recuerdo cuando el órgano, solemne, acometía las primeras notas del Himno a la Fuensanta para continuar luego las voces con la salmodia de una música ciertamente muy bella, con ese agudísimo y prolongado final que tanto emocionaba. Por tu camariiiín... Esa frase había que repetirla tres veces y siempre había alguien que se saltaba una y colocaba la nota aguda a destiempo. 

Después de la misa dominical solo faltaba tomarse el aperitivo en el Quitapesares -ese Cinzano, esas Mirindas- y extasiarse con la panorámica de la huerta y la ciudad. Eran momentos de mucha plenitud que nos hacían olvidar las preocupaciones por los deberes de Lengua y Aritmética. La vida parecía entonces sonreír y el futuro pintaba lleno de optimismo cuando te servían la ensaladilla rusa y tras la barandilla de la terraza contemplabas a vista de pájaro un paisaje que no parecía de este mundo. Luego, los años fueron pasando y esas sensaciones quedaron cristalizadas para siempre entre lo más entrañable (valioso) que recopiló nuestra memoria, incluidos los gallos que algunos daban al entonar el "por tu camariiín...".

Sí, las montañas son sagradas. Yo diría que incluso para los ateos. 

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