martes, 17 de marzo de 2026

77- Tal como éramos

 77- Tal como éramos

 Jóvenes con pantalones campana y jerséis muy cortos y ajustados, de los que sobresalía un cuello vuelto o de cisne, tomaban unos vinos en La Viña apilando en las sillas trencas y apuntes de Romano o de Análisis Químico. Algunos, los más avanzados, llevaban bajo el brazo un Cambio 16, siempre que esa semana no lo hubieran secuestrado. La tuna daba serenatas bajo las ventanas de Oblatas y universitarios con barba y gafas de pasta descubrían claves ocultas, para todos menos para ellos, en algunas plúmbeas películas de "arte y ensayo". En los quioscos, uno se podía culturizar adquiriendo libros RTV editados por SALVAT a 25 pesetas el volumen. 

Los viernes por la noche, en la pequeña pantalla, incipientes promesas de la música ponían a prueba sus habilidades canoras en "La gran ocasión", un programa presentado por el por aquel entonces mediático Miguel de los Santos. Y durante las veladas de los lunes, la distracción de los españolitos estaba asegurada mediante un concurso de preguntas conducido por un simpático presentador peruano junto a su contraparte, un viejo actor que encontraba por fin el papel de su vida haciendo de don Cicuta. Además, había una mínima minoría alternativa que conectaba el UHF, la segunda cadena de televisión, cuando no había programación de teatro clásico en ESTUDIO 1, auténtica joya de la corona de aquellas programaciones.

 Los sábados, nosotros, adolescentes aún, recién comidos y con el bocado en la boca, ya estábamos tomando café en el Hungaria, en la Plaza de Santo Domingo, un poco antes de escuchar el sonido seco y metálico de la "Rey de diamantes" cuando daba partidas gratis en los recreativos Zumeta de Santo Domingo, que regentaban los hermanos Palomares. Luego, a media tarde, jugábamos en unos futbolines muy modernos de tres defensas y cuatro delanteros antes de acabar al anochecer tomando vinos en el Yerbero. Pero todo esto ya está contado en otro capítulo.

En aquel tiempo, el folk estaba de moda y muchachos en pantalones de pana y muchachas en maxifalda rascaban con cucharas botellas de anís "El mono" para llevar el ritmo de las canciones tradicionales. Un grupo murciano que tuvo mucho éxito nos aseguraba que "si el vino viene, viene la vida". Bien lo comprobaba luego la juventud de entonces, trasegando tinto en jarras de arcilla acompañando algún jalufo en las primeras tascas que comenzaban a proliferar en las inmediaciones del Campus de la Merced, como El Paleto, El Candil o La Taberna, y un poco más alejada de allí, El Cuervo, con sus célebres sobrasadas a la plancha.

Algunos domingos nos acercábamos a la vieja Condomina para, entre olor a humo de puro y tragos de gaseosa de las que vendían por las gradas, animar al pundonoroso Real Murcia, cuyas gestas y miserias glosaba al día siguiente un locutor de radio local con gafas, perilla y voz aguardentosa, que también se dedicaba al teatro. Y quien quería disfrutar de información gráfica relativa a los lances de juego del equipo pimentonero solo tenía que acercarse al número 3 de Trapería para contemplar las imágenes expuestas en un escaparate de la tienda-laboratorio de Fotos López.  

 El tiempo pasaba muy rápido y no declinaba nuestra juvenil capacidad de asombro ante las novedades que la vida nos deparaba. Había un temblor de emoción en los descubrimientos que nos sorprendían a cada paso y nos alejaban de la niñez.  Hasta que llegó el verano y antes de irnos a la playa entonamos un sentido "Adiós al colegio, adios" porque nos hacíamos mayores y llegaba el momento de las grandes decisiones. La vida salía al encuentro. 

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