77- Tal como éramos
Los
viernes por la noche, en la pequeña pantalla, incipientes promesas de la música
ponían a prueba sus habilidades canoras en "La gran ocasión", un
programa presentado por el por aquel entonces mediático Miguel de los Santos. Y durante las
veladas de los lunes, la distracción de los españolitos estaba asegurada
mediante un concurso de preguntas conducido por un simpático presentador
peruano junto a su contraparte, un viejo actor que encontraba por fin el papel
de su vida haciendo de don Cicuta. Además, había una mínima minoría alternativa
que conectaba el UHF, la segunda cadena de televisión, cuando no había
programación de teatro clásico en ESTUDIO 1, auténtica joya de la corona de
aquellas programaciones.
Los
sábados, nosotros, adolescentes aún, recién comidos y con el bocado en la boca,
ya estábamos tomando café en el Hungaria, en la Plaza de Santo Domingo, un poco
antes de escuchar el sonido seco y metálico de la "Rey de diamantes"
cuando daba partidas gratis en los recreativos Zumeta de Santo Domingo, que
regentaban los hermanos Palomares. Luego, a media tarde, jugábamos en unos
futbolines muy modernos de tres defensas y cuatro delanteros antes de acabar al
anochecer tomando vinos en el Yerbero. Pero todo esto ya está contado en otro capítulo.
En
aquel tiempo, el folk estaba de moda y muchachos en pantalones de pana y muchachas en maxifalda rascaban con cucharas botellas de anís "El mono" para
llevar el ritmo de las canciones tradicionales. Un grupo murciano que tuvo
mucho éxito nos aseguraba que "si el vino viene, viene la vida". Bien
lo comprobaba luego la juventud de entonces, trasegando tinto en jarras de
arcilla acompañando algún jalufo en las primeras tascas que comenzaban a
proliferar en las inmediaciones del Campus de la Merced, como El Paleto,
El Candil o La Taberna, y un poco más alejada de allí, El Cuervo, con sus
célebres sobrasadas a la plancha.
Algunos domingos nos acercábamos a la vieja Condomina para, entre olor a humo de puro y tragos de gaseosa de las que vendían por las gradas, animar al pundonoroso Real Murcia, cuyas gestas y miserias glosaba al día siguiente un locutor de radio local con gafas, perilla y voz aguardentosa, que también se dedicaba al teatro. Y quien quería disfrutar de información gráfica relativa a los lances de juego del equipo pimentonero solo tenía que acercarse al número 3 de Trapería para contemplar las imágenes expuestas en un escaparate de la tienda-laboratorio de Fotos López.
El tiempo pasaba muy rápido y no declinaba nuestra juvenil capacidad de asombro ante las novedades que la vida nos deparaba. Había un temblor de emoción en los descubrimientos que nos sorprendían a cada paso y nos alejaban de la niñez. Hasta que llegó el verano y antes de irnos a la playa entonamos un sentido "Adiós al colegio, adios" porque nos hacíamos mayores y llegaba el momento de las grandes decisiones. La vida salía al encuentro.
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