78- Adiós al colegio, adiós (La vida sale al encuentro)
Tengo
un recuerdo agridulce de aquel último día de clase. Por un lado, el aliciente
de los nuevos tiempos que llegaban, la novedad de trasladarme a una ciudad
desconocida para comenzar los estudios universitarios, el impulso de la juventud que me hacía creer que eran posibles tantas metas...
y por otro, la nostalgia de decir adiós a muchos años de colegio, a los amigos,
a tantos recuerdos.
Había que recapitular. De golpe, todo un mundo
infantil, nuestro mundo, quedaba atrás. Una cierta intemperie nos aguardaba.
Muchas protecciones, muchos refugios iban a desaparecer. La vida nos
pondría a prueba con vicisitudes nuevas. Comenzaba el tiempo de
la juventud, de la universidad para quien decidiera seguir estudios superiores,
con sus dificultades y la posibilidad de frustrantes abandonos, de las primeras novias,
de los primeros descubrimientos y desencantos, de las crisis de fe, de las
primeras deserciones en batallas personales…
Tuve muchas dudas a la hora de elegir la
carrera. Habitaban en mí dos vocaciones que parecían irreconciliables, aunque
muchos años después descubrí que podían ser complementarias. Me interesaban la literatura y la historia, sacaba unas excelentes notas en esas
asignaturas pero disfrutaba también con la biología y me manejaba pasablemente
con la química. ¿Qué estudiar? Consideré varias opciones: lo que entonces se conocía por Filosofía y Letras, Biológicas, o Farmacia. Me
decanté por esta última y arrostré muchas dificultades para culminarla y
llevarla a buen puerto (aunque cumplí y saqué la licenciatura); y siempre,
además, con la nostalgia de las letras y con la duda de si había acertado en la
elección.
El final de COU trajo consigo también la diáspora de
unos compañeros con los que llevaba siete años, o más, compartiendo pupitres, exámenes, chuletas, juegos, excursiones… La infancia y la adolescencia se cerraban de
golpe al mismo tiempo que te despedías de los amigos, sabiendo que a partir de
ese momento los verías muy de tarde en tarde. Aunque te quedaba el aliciente de
tanta gente nueva que ibas a conocer, de tantas experiencias que
te aguardaban.
Hace dos años celebramos el 50 aniversario de aquel último curso y volví a coincidir por primera vez, después de muchos años, con aquellos niños con los que tantas vivencias compartí en mi infancia. Eran ahora abuelos con un aspecto tal que no los habría reconocido por la calle. Una sensación de vértigo y de impensada fugacidad de las cosas flotaba en el ambiente cuando, con indisimulada emoción, nos saludamos después de tantísimo tiempo sin vernos. Había la percepción de que un círculo enorme se cerraba y nuevamente estábamos los mismos compañeros de aquellos lejanos y míticos tiempos de la niñez. Parecía que 50 años no eran nada. ¿Pero qué quedaba a esas alturas de los muchachos que, ilusionados, habían salido a enfrentarse vigorosamente con la vida diez lustros atrás?. Tempus fugit.
No hay comentarios:
Publicar un comentario