martes, 17 de marzo de 2026

79- Aquel verano del 75

 79- Aquel verano del 75

 No se pueden entender los juveniles veranos de los 70 en la Torre de la Horadada (una de las salidas naturales de Murcia al mar, aunque sea en otra provincia) sin haber conocido los litros de Evaristo. Se trataba de un ritual muy típico del lugar consistente en trasegar algunas botellas de cerveza Heninger acompañadas de patatas fritas de bolsa, o en su defecto alguna lata de berberechos o de mejillones, con los bañadores aún mojados tras subir, al mediodía, de alguna de las magníficas calas de esta localidad costera. 

Esta liturgia partía en dos el día, clausuraba técnicamente la mañana y servía de lanzadera para los planes de la tarde y noche, que consistían básicamente en partidas de dominó en el chiringuito La Alegría de Joaquín, fútbol en la playa, cena en casa, maqueo posterior y expediciones en busca de Larios-cola, vodka con naranja, Beefeater con tónica y chicas guapas en alguno de los abrevaderos de la costa por la Zenia, Cabo Roig o Campoamor. El límite hacia el norte estaba establecido en Torrevieja. Todavía no estábamos en los 80 en que el centro de gravedad se trasladó al legendario Varadero.

Los planes nocturnos contemplaban también alguna variante, como la búsqueda de la oscuridad junto al mar con alguna muchacha en el, a estas alturas, mítico Embarcadero, antes de que lo sepultaran en cemento para construir el puerto deportivo. (Esto último fue en el verano del 80). 

 Era sociología pura lo que se daba en esa terraza de sillas de madera abocadas a la polvorienta plaza de tierra del pueblo. Por allí pasaron varias generaciones de jóvenes analógicos, desconocedores del infierno digital que vendría décadas después. Por eso, el instante no se intentaba registrar neuróticamente para una posteridad improbable, sino que se vivía con intensidad. Solo si alguien de manera excepcional llevaba una kodak, quedaba inmortalizado el momento. La mayoría de las instantáneas, en aquel tiempo, solamente quedaban grabadas en la traicionera memoria. 

 Yo recuerdo ahora algún aperitivo del verano del 75, el primero tras comenzar los estudios universitarios en otra ciudad. Nos sentíamos como si hubiéramos soltado amarras con toda una época que procedía directamente de la infancia. Allí estábamos, seguros de haber cruzado ya todos los ritos iniciáticos que nos aseguraban el paso a la edad adulta sin retorno. 

Ahora mismo estoy contemplando una foto de uno de esos mediodías. Como si del ritual de una particular logia masónica veraniega se tratara, allí estamos cinco amigos que nos conocemos desde la infancia con el litro de cerveza y la lata berberechos. Los 70's eran nuestros.

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