80- Las calles de la memoria
Comienzo
mi recorrido por Alfonso X (desconozco si todavía podemos hablar de Tontódromo)
y mientras camino por lo que ahora es una gran esplanada de aspecto
aeroportuario decido apagar mi móvil. Por momentos no puedo evitar
acordarme de aquellos tiempos de juventud en que aquí, en el paseo
central arbolado, tenía lugar la liturgia de la ensaladilla con caña o
Coca-Cola de la terraza del Café- Bar, aquel ritual que contaba con una mise
en scene muy característica donde prosperaban aperitivos salpicados de
polos Lacoste y gafas de sol Ray-Ban. Bajo un cielo muy azul, con un sol
que doraba los cabellos de primaverales muchachas vestidas de marca, tenían
lugar escarceos de primeras aproximaciones sentimentales, tertulias donde surgía el lado amable de la
vida, tapeo que aseguraba un retorno optimista al domicilio para acometer la
comida familiar, previo paso por alguna de las confiterías de los
alrededores. Era un latido más de la provinciana Murcia.
Rumiando
añoranzas continúo paseando hasta desembocar en Santo Domingo, actualmente otro inmenso
aeropuerto, y descubro sentado en su silleta a un consumado
acordeonista que inunda de melancólicas notas el aire de la plaza.
Procedente de un país que puso nombre al acto de aprobar congresos de partido
único por mayorías aplastantes, con una boina calada hasta las cejas, fumando,
ejerciendo de instrumentista virtuoso, este personaje se ha convertido ya en
parte del paisaje urbano del casco histórico de nuestra ciudad.
Avanzo
pues por la calle que ocupaba el antiguo gremio de los traperos, sintiendo
no poder comprar ya las celebérrimas tortas de chicharrones de Guillén, hasta
que accedo a una cafetería, plena de vida social, que tiene maniquíes en
algunos puntos de su barra, una curiosa respuesta al reto de
mantener distancias de seguridad entre los clientes (escribo estas líneas en los tiempos inmediatamente posteriores a la pandemia) . Sentado en una mesa del exterior contemplo luego el deambular del
río humano que transita absorto en sus afanes y quehaceres. Mientras que a mi
lado unos seniors muy seniors, clases pasivas provectas, comentan algo
referente a las extintas diputaciones provinciales, un joven millennial se
marca un bizum para convidar a su novia sin levantar los ojos de la
pantalla de su móvil en ningún momento. Y en la administración de lotería
cercana la gente guarda cola disciplinadamente, tal vez con el íntimo pálpito,
a juzgar por las caras que se ven, de que esta vez tampoco tocará el
premio.
Degusto
el excelente café que me han servido, al mismo tiempo que hojeo un libro que
compré en Diego Marín antes de emprender este periplo, y reflexiono sobre el
paso del tiempo. Nunca nos bañamos dos veces en el mismo río, decían los
presocráticos. Y es así, este caudal incesante de personas que circula
delante de mí, desde Santo Domingo a la Plaza de la Cruz y viceversa, jamás ha
dejado de fluir desde que se formó esta vía allá por el siglo XIII. Y nosotros
nos iremos y otros continuarán paseando sus inquietudes por este mismo lugar,
aunque lo hagan con gafas de realidad virtual del 5 o del 20G.
Después
de abonar mi consumición, (¿cuantas propinas se perderán con el pago con
tarjeta?) entro en la vecina oficina bancaria y me encuentro con una proverbial
metáfora de la España vaciada. En lo que antes era un espacio cargado de
actividad, con ventanillas que gestionaban las pequeñas o grandes economías de
la gente de a pie, hoy me encuentro con una sala desierta, silenciosa,
donde dos jubilados con cara de desorientación intentan resolver algún asunto
menor relacionado con su libreta de ahorros.
Rememorando
entonces los giros bancarios que me mandaba mi padre a Granada cuando estudiaba la
carrera y que me anotaba a bolígrafo en mi extracto de movimientos el empleado de turno, de la forma más analógica posible, salgo a la calle y observo a un pequeño grupo de despistados turistas,
dirigidos por un guía, que se acerca hacia el Casino.
Yo
continúo con mi hoja de ruta e instintivamente me aproximo a un lugar muy
frecuentado en tiempos, hasta que recuerdo y constato que ya no queda nada de
él, de ese gran templo del papel couché y la prensa escrita de antaño. Así
es la vida, las cabeceras de los diarios más prestigiosos que repasábamos en
las mañanas soleadas de la Covachuela las llevamos ahora en el
smartphone.
Sigo
avanzando por Trapería y no puedo evitar, ya al final del trayecto, que me
invada la nostalgia definitivamente. Los almacenes El Siglo, el
Café Americano, los Soportales de la Catedral... ese era el entorno por el que
deambulaba aquellas tardes de la niñez en que me acercaba por la librería de mi
querida y añorada tía Carmina, toda bondad, frente a la Fonda Negra, esas
tardes de merienda de monas con chocolate y tebeos del Capitán Trueno y El
Jabato, como preámbulo de los juegos en la Glorieta con los primos.
Termino
mi itinerario entrando en la catedral, esa grandiosa cápsula de tiempo
antiguo, donde busco el sosiego que me robó el tráfago de la calle. El móvil
continúa apagado.
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