81- Un día en la vida
Las plazas y las avenidas eran tranquilas y el escaso tráfico circulaba al ralentí. Junto a tantos solares y descampados, los chavales encontrábamos en las calles un espacio natural para los juegos con las cuadrillas de amigos a la salida de clase, cuando llegaba el buen tiempo y las tardes se alargaban. Partidos de fútbol en improvisados y precarios terrenos de juego, churro-mediamanga-mangotero contra desvencijados muros urbanos, las canicas, el escondite, el "pillao", siempre en movimiento, quemando la energía de aquellos tiernos años.
A
media tarde había que subir a casa a merendar. En la fresquera podíamos
encontrar sobrasada y otros fiambres, pero también se le podía añadir al pan
mantequilla y azúcar.
Mientras,
en la radio, una voz infantil que ahora suena arcaizante y vintage pregonaba
cantando "Yo soy aquel negrito del África tropical...", en esa misma
radio en la que, durante la siesta, las mujeres de la casa, con toda la
hogareña faena resuelta, escuchaban aquella novela donde se contaban las
peripecias de algún humilde huerfanito que resultaba ser el hijo de un marqués
o las de una bella muchacha pobre y desvalida, casada finalmente con el hombre
de sus sueños, que no podía ser otro que el apuesto señorito.
Podía
ser la misma emisora en la que sonaban discos dedicados ("...para
Esperancita, de quien ella sabe...") y donde era posible escuchar que
"el coñac es cosa de hombres"; y todo ello al margen de otras recomendaciones publicitarias que nos ayudaban a saber, por ejemplo, el momento
en que vivíamos ("...reloj festina es su reloj, es la hora, es la hora del
reloj festina...").
La
venta a plazos comenzaba a transformar los hábitos sociales y domésticos de
aquellos años y una constelación de nombres comerciales, publicitados de forma
sencilla y naïf, comenzaba a hacérsenos familiar. Kelvinator, Zanussi,
Telefunken, Fagor, Corberó, Vanguard...
Eran
tiempos en los que se iniciaba una pacífica coexistencia entre la fresquera de
tela de malla y las neveras con una barra de hielo como elemento refrigerante,
entre las piletas donde restregar la ropa con energía y las primeras,
rudimentarias y traqueteantes lavadoras. Algunos hogares, en el colmo de la
modernidad, tenían televisor, aparato que promovía la sociabilidad del
vecindario que se reunía en casa del afortunado televidente para ver
"Galas del sábado" o "¿Es usted el asesino?"
Las
amas de casa rellenaban un cuadernillo con pegatinas ilustradas con dibujos de
claveles, que resultaban ser pequeñas bonificaciones por las compras
domésticas, intercambiables a su vez por algún regalo para el hogar.
En
la plaza San Julián, junto a Verónicas, se montaba un mercado con puestos de
frutas y verduras. En alguna ocasión, en vacaciones, acompañé a mi madre en su
desempeño de llenar la despensa de productos frescos de la huerta, para
contemplar cómo la frutera, mujer madura y con mucho desparpajo para tratar a
los clientes, pesaba con una romana los tomates, los peros o las
naranjas.
De
allí salíamos a la populosa calle del Pilar, siempre llena de actividad y
movimiento y de la que recuerdo alguna mercería, pajarerías y una droguería, en
cuyo mostrador de madera el droguero rellenaba una probeta de colonia a granel
para calcular la cantidad que iba despachar. Y mucha se vendía habida cuenta de
los litros que utilizaban nuestras madres para peinarnos, mientras nos marcaban
la raya de manera milimétrica.
Después,
calle Sagasta, Santa Teresa y Acisclo Díaz, hasta Pasos de Santiago, y comida
con vino y sifón o agua de litines, escuchando el parte por la radio o, si ya
teníamos televisor, viendo el telediario que presentaba Jesús Álvarez (el padre
del locutor actual).
Y
luego, por la tarde, vuelta a empezar. La calle volvía a ser nuestra.
La
vida pasaba lentamente. Parecía que la niñez iba a durar para siempre.
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