martes, 17 de marzo de 2026

81- Un día en la vida

 81- Un día en la vida

 Las plazas y las avenidas eran tranquilas y el escaso tráfico circulaba al ralentí. Junto a tantos solares y descampados, los chavales encontrábamos en las calles un espacio natural para los juegos con las cuadrillas de amigos a la salida de clase, cuando llegaba el buen tiempo y las tardes se alargaban. Partidos de fútbol en improvisados y precarios terrenos de juego, churro-mediamanga-mangotero contra desvencijados muros urbanos, las canicas, el escondite, el "pillao", siempre en movimiento, quemando la energía de aquellos tiernos años. 

A media tarde había que subir a casa a merendar. En la fresquera podíamos encontrar sobrasada y otros fiambres, pero también se le podía añadir al pan mantequilla y azúcar.

 Mientras, en la radio, una voz infantil que ahora suena arcaizante y vintage pregonaba cantando "Yo soy aquel negrito del África tropical...", en esa misma radio en la que, durante la siesta, las mujeres de la casa, con toda la hogareña faena resuelta, escuchaban aquella novela donde se contaban las peripecias de algún humilde huerfanito que resultaba ser el hijo de un marqués o las de una bella muchacha pobre y desvalida, casada finalmente con el hombre de sus sueños, que no podía ser otro que el apuesto señorito. 

Podía ser la misma emisora en la que sonaban discos dedicados ("...para Esperancita, de quien ella sabe...") y donde era posible escuchar que "el coñac es cosa de hombres"; y todo ello al margen de otras recomendaciones publicitarias que nos ayudaban a saber, por ejemplo, el momento en que vivíamos ("...reloj festina es su reloj, es la hora, es la hora del reloj festina...").

La venta a plazos comenzaba a transformar los hábitos sociales y domésticos de aquellos años y una constelación de nombres comerciales, publicitados de forma sencilla y naïf, comenzaba a hacérsenos familiar. Kelvinator, Zanussi, Telefunken, Fagor, Corberó, Vanguard...

Eran tiempos en los que se iniciaba una pacífica coexistencia entre la fresquera de tela de malla y las neveras con una barra de hielo como elemento refrigerante, entre las piletas donde restregar la ropa con energía y las primeras, rudimentarias y traqueteantes lavadoras. Algunos hogares, en el colmo de la modernidad, tenían televisor, aparato que promovía la sociabilidad del vecindario que se reunía en casa del afortunado televidente para ver "Galas del sábado" o "¿Es usted el asesino?"

Las amas de casa rellenaban un cuadernillo con pegatinas ilustradas con dibujos de claveles, que resultaban ser pequeñas bonificaciones por las compras domésticas, intercambiables a su vez por algún regalo para el hogar.

En la plaza San Julián, junto a Verónicas, se montaba un mercado con puestos de frutas y verduras. En alguna ocasión, en vacaciones, acompañé a mi madre en su desempeño de llenar la despensa de productos frescos de la huerta, para contemplar cómo la frutera, mujer madura y con mucho desparpajo para tratar a los clientes, pesaba con una romana los tomates, los peros o las naranjas. 

De allí salíamos a la populosa calle del Pilar, siempre llena de actividad y movimiento y de la que recuerdo alguna mercería, pajarerías y una droguería, en cuyo mostrador de madera el droguero rellenaba una probeta de colonia a granel para calcular la cantidad que iba despachar. Y mucha se vendía habida cuenta de los litros que utilizaban nuestras madres para peinarnos, mientras nos marcaban la raya de manera milimétrica. 

Después, calle Sagasta, Santa Teresa y Acisclo Díaz, hasta Pasos de Santiago, y comida con vino y sifón o agua de litines, escuchando el parte por la radio o, si ya teníamos televisor, viendo el telediario que presentaba Jesús Álvarez (el padre del locutor actual). 

Y luego, por la tarde, vuelta a empezar. La calle volvía a ser nuestra. 

La vida pasaba lentamente. Parecía que la niñez iba a durar para siempre. 

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