85- Cafrune en el Romea
Estaba de moda cierta música folk sudamericana, argentina y chilena sobre todo, que nos llegaba en la voz de cantores como Atahualpa Yupanqui, Los Calchaleros o Jorge Cafrune y, en menor medida, José Larralde, éste último para los más iniciados con "Vamos p'al sur". Los chilenos Quilapayun, con sus flautas andinas y sus ponchos, también sonaban desde su exilio en París, donde se habían exiliado huyendo de la represión pinochetista.
La
música latinoamericana en general, teñida de raíces populares, tenía una amplia
difusión. Las edulcoradas melodías de Los Panchos, acompañando por aquel
entonces a la cantante Eydie Gormé, nos hablaban de románticas noches
tropicales con lunas que plateaban el mar en playas con palmeras. Ya sonaban
muy vintages en esos tiempos. Era el universo del bolero, con descripciones de
desazones y tragedias sentimentales que a nosotros, adolescentes primerizos,
nos parecían llegar de mundos de adultos que sufrían continuamente de mal de
amores. El chileno Lucho Gatica, por ejemplo, se desesperaba porque su reloj
marcaba las horas tozudamente, sin contemplaciones, y el tiempo para disfrutar
de su amada se iba acortando para su desdicha
También
recuerdo la vibrante "Alma llanera" venezolana, que siempre asociaré
a una luminosa mañana de verano de mi niñez, con el familiar doscaballos
descapotable surcando a toda máquina la carretera en dirección a la playa, con
la brisa marina anunciando las olas que nos esperaban y sonando
"galopeeeraaa...", a todo volumen, en la radio del coche. Era una
sensación de plenitud y optimismo que nunca he olvidado y de la que conservo un
recuerdo muy vívido.
Luego
llegarían las primeras salidas juveniles a las tascas. Entre jarras de vino y
sobrasadas y quesos a la plancha, sonaba la música por los altavoces del local
con algún "...adeentroo...", en medio de la guitarra y la percusión
que acompañaban a zambas y chacareras. Eran sonidos que se hicieron muy
populares. Nos hablaban de la soledad de los arrieros en las desoladas llanuras
de la pampa, de alazanes y orgullosos gauchos, de la quietud de la naturaleza
solitaria en estado puro, todo ello impregnado de una sabiduría poética que,
por ejemplo, ensalzaba el ruido de los ejes de una carreta sin engrasar porque
ocultaba silencios teñidos de algún antiguo desamor. O sea, canciones
más bien reflexivas con un punto de tristeza en muchos casos. Parecía el signo
de los tiempos.
Uno
de aquellos cantores vino a Murcia en esa época. Jorge Cafrune, acompañado por
Marito, un niño con una voz privilegiada, actuó en un Romea lleno de público
que disfrutó sobremanera de su Virgen morenita y su Zamba de la esperanza entre
otras canciones. Yo estuve entre los que asistieron a ese concierto. Junto a
algunos compañeros de clase, desde el gallinero del teatro, pude escuchar la
voz profunda, contrapunto de la blanca e infantil de Marito, y los arpegios de
guitarra de aquel cantor de pobladas barbas y aspecto de gaucho.
Pocas
cosas recuerdo ahora de ese recital. Simplemente que fue un día entre semana,
en mitad del curso, lo cual me procuró una noche inocentemente transgresora: la
primera en que llegaba a casa a una hora intempestiva para mis recién cumplidos
quince años. Más que del evento en sí, puedo rememorar ahora lo excepcional de
esa salida y la emoción que ese hecho me proporcionó. Y alguna escena suelta de
la actuación, con Cafrune sentado en una silla con su guitarra de pallador y
el pequeño Marito, de pie y a su lado, entonando ambos unas sentidas loas a su Virgen Morenita, iluminados por una luz muy cálida que llegaba de un único foco
que pendía de las alturas del teatro.
El
Romea acogía nocturnamente a adolescentes que pocos años antes recibían, en ese
mismo escenario, infantiles diplomas en las mañanas dominicales.
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