martes, 17 de marzo de 2026

85- Cafrune en el Romea

 85- Cafrune en el Romea

 Estaba de moda cierta música folk sudamericana, argentina y chilena sobre todo, que nos llegaba en la voz de cantores como Atahualpa Yupanqui, Los Calchaleros o Jorge Cafrune y, en menor medida, José Larralde, éste último para los más iniciados con "Vamos p'al sur". Los chilenos Quilapayun, con sus flautas andinas y sus ponchos, también sonaban desde su exilio en París, donde se habían exiliado huyendo de la represión pinochetista. 

La música latinoamericana en general, teñida de raíces populares, tenía una amplia difusión. Las edulcoradas melodías de Los Panchos, acompañando por aquel entonces a la cantante Eydie Gormé, nos hablaban de románticas noches tropicales con lunas que plateaban el mar en playas con palmeras. Ya sonaban muy vintages en esos tiempos. Era el universo del bolero, con descripciones de desazones y tragedias sentimentales que a nosotros, adolescentes primerizos, nos parecían llegar de mundos de adultos que sufrían continuamente de mal de amores. El chileno Lucho Gatica, por ejemplo, se desesperaba porque su reloj marcaba las horas tozudamente, sin contemplaciones, y el tiempo para disfrutar de su amada se iba acortando para su desdicha

También recuerdo la vibrante "Alma llanera" venezolana, que siempre asociaré a una luminosa mañana de verano de mi niñez, con el familiar doscaballos descapotable surcando a toda máquina la carretera en dirección a la playa, con la brisa marina anunciando las olas que nos esperaban y sonando "galopeeeraaa...", a todo volumen, en la radio del coche. Era una sensación de plenitud y optimismo que nunca he olvidado y de la que conservo un recuerdo muy vívido. 

Luego llegarían las primeras salidas juveniles a las tascas. Entre jarras de vino y sobrasadas y quesos a la plancha, sonaba la música por los altavoces del local con algún "...adeentroo...", en medio de la guitarra y la percusión que acompañaban a zambas y chacareras. Eran sonidos que se hicieron muy populares. Nos hablaban de la soledad de los arrieros en las desoladas llanuras de la pampa, de alazanes y orgullosos gauchos, de la quietud de la naturaleza solitaria en estado puro, todo ello impregnado de una sabiduría poética que, por ejemplo, ensalzaba el ruido de los ejes de una carreta sin engrasar porque ocultaba silencios teñidos de algún antiguo desamor. O sea, canciones más bien reflexivas con un punto de tristeza en muchos casos. Parecía el signo de los tiempos. 

Uno de aquellos cantores vino a Murcia en esa época. Jorge Cafrune, acompañado por Marito, un niño con una voz privilegiada, actuó en un Romea lleno de público que disfrutó sobremanera de su Virgen morenita y su Zamba de la esperanza entre otras canciones. Yo estuve entre los que asistieron a ese concierto. Junto a algunos compañeros de clase, desde el gallinero del teatro, pude escuchar la voz profunda, contrapunto de la blanca e infantil de Marito, y los arpegios de guitarra de aquel cantor de pobladas barbas y aspecto de gaucho. 

Pocas cosas recuerdo ahora de ese recital. Simplemente que fue un día entre semana, en mitad del curso, lo cual me procuró una noche inocentemente transgresora: la primera en que llegaba a casa a una hora intempestiva para mis recién cumplidos quince años. Más que del evento en sí, puedo rememorar ahora lo excepcional de esa salida y la emoción que ese hecho me proporcionó. Y alguna escena suelta de la actuación, con Cafrune sentado en una silla con su guitarra de pallador y el pequeño Marito, de pie y a su lado, entonando ambos unas sentidas loas a su Virgen Morenita, iluminados por una luz muy cálida que llegaba de un único foco que pendía de las alturas del teatro. 

El Romea acogía nocturnamente a adolescentes que pocos años antes recibían, en ese mismo escenario, infantiles diplomas en las mañanas dominicales. 

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