27- La visita del practicante
Pero
la llegada de este discreto personaje, todo educación, muy calvo y con gafas
rectangulares de montura metálica, partía radicalmente la tarde en dos. Ya no
importaban los dibujos animados. Zozobrantes, observábamos con resignación cómo
oficiaba su ritual de todos los días. Montaba un fuego con alcohol y sujetando
con las pinzas una cajetilla metálica, comenzaba a hervir en ella jeringuillas
y agujas. Mis hermanos y yo lo observábamos agazapados en el sofá igual que el
reo mira cómo los carpinteros van montando el patíbulo en la plaza del
pueblo.
No
había marcha atrás. Minutos después ya habíamos recibido las correspondientes
estocadas. Inyecciones de "hígado y calcio", como decíamos
coloquialmente. A pesar de la destreza del prudente y eficiente sanitario,
dolían. Yo me libraba poco de ellas porque estaba muy delgado, casi
escuchimizado, y además en mis reconocimientos médicos anuales siempre
redactaban: "biotipo constitucional: asténico". (Envidiaba a aquellos
compañeros descritos en esos informes como "atléticos", pero no me
cambiaba por los calificados de "pícnicos").
Mis
hermanos, más robustos que yo, apenas pasaban por ese trance, solo de vez en
cuando, y no perdían casi nunca el hilo de las historias del Correcaminos, que
en ese momento le hacía la vida imposible al Coyote. A mí, después del sonido
del timbre, se me daba una higa que éste último se despeñara por el Cañón del
Colorado. Mi atención estaba puesta en las amenazantes llamas azules que
encendía el practicante.
Permitidme
que lo recuerde ahora por su nombre, después de tantos años: Don José
Campuzano. Un caballero, un auténtico profesional y un amigo de la
familia.
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