sábado, 31 de enero de 2026

27- La visita del practicante

 27- La visita del practicante

 A media tarde, poco antes de que oscureciera en la Murcia pequeña y provinciana de aquellos años, amable, educado, llegaba de traje gris y corbata (como la mayoría de los varones adultos de la época) y comenzaba a instalar en la mesa del salón toda su logística. A esa hora posiblemente estábamos frente al televisor viendo las aventuras de Bugs Bunny, el Pájaro Loco o las historias de Hanna Barbera. Ya habíamos merendado, poco después de la vuelta del colegio. 

Pero la llegada de este discreto personaje, todo educación, muy calvo y con gafas rectangulares de montura metálica, partía radicalmente la tarde en dos. Ya no importaban los dibujos animados. Zozobrantes, observábamos con resignación cómo oficiaba su ritual de todos los días. Montaba un fuego con alcohol y sujetando con las pinzas una cajetilla metálica, comenzaba a hervir en ella jeringuillas y agujas. Mis hermanos y yo lo observábamos agazapados en el sofá igual que el reo mira cómo los carpinteros van montando el patíbulo en la plaza del pueblo. 

No había marcha atrás. Minutos después ya habíamos recibido las correspondientes estocadas. Inyecciones de "hígado y calcio", como decíamos coloquialmente. A pesar de la destreza del prudente y eficiente sanitario, dolían. Yo me libraba poco de ellas porque estaba muy delgado, casi escuchimizado, y además en mis reconocimientos médicos anuales siempre redactaban: "biotipo constitucional: asténico". (Envidiaba a aquellos compañeros descritos en esos informes como "atléticos", pero no me cambiaba por los calificados de "pícnicos").

Mis hermanos, más robustos que yo, apenas pasaban por ese trance, solo de vez en cuando, y no perdían casi nunca el hilo de las historias del Correcaminos, que en ese momento le hacía la vida imposible al Coyote. A mí, después del sonido del timbre, se me daba una higa que éste último se despeñara por el Cañón del Colorado. Mi atención estaba puesta en las amenazantes llamas azules que encendía el practicante. 

Permitidme que lo recuerde ahora por su nombre, después de tantos años: Don José Campuzano. Un caballero, un auténtico profesional y un amigo de la familia. 

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