28- Anita y Matías, tienda de comestibles
Este establecimiento lo llevaba un matrimonio vecino, Matías y Anita. Muy buena gente, amigos de la familia, nuestra tienda de toda la vida. Matías era algo bromista y Anita una mujer muy dulce, la bondad
personificada. Todavía recuerdo la disposición de aquel local de pequeñas dimensiones, con dos puertas a la calle y el mostrador en alto desde una pared a la otra.
De buena mañana te hacían unos bocadillos magníficos de atún o caballa con mayonesa (de unas latas enormes que había en el mostrador) con los panecillos que habíamos comprado previamente en la panadería Carlos ubicada en el otro extremo de la calle. Esto te resolvía con creces el almuerzo del recreo en el colegio.
Matías era, por otra parte, compañero de pesca submarina de mi tío Mariano. Muchos fines de semana hacían excursiones, junto con otros amigos, hacia enclaves de la costa muy habituales para la práctica de aquel deporte. Se iban de "pesquera", como decían coloquialmente, y volvían con capturas dignas de aquellos náufragos de las novelas de aventuras que basaban su subsistencia en lo que conseguían buceando. El archivo familiar todavía conserva una foto dedicada de mi tío mostrando un espléndido mero recién capturado.
Los sábados, si no íbamos a la playa a pasar el fin de semana, algún encargo en la tienda de Matías tenía continuación con una visita a "ca la Antoñica", un pequeño establecimiento cercano, en la misma acera, donde vendían refrescos, cascarujas, pipas y caramelos (recuerdo ahora los Sugus de Suchard) y que albergaba un futbolín donde jugábamos nuestras buenas partidas.
La tienda de Matías y Anita me remite a la infancia, al barrio de San Miguel, si se le puede llamar así a ese territorio por el que nos movíamos de niños, y que para mí iba desde los Pasos de Santiago hasta Santa Teresa. Y me recuerda la familiaridad de aquellos comercios de alimentación de la época, provistos de un género más artesanal que el de ahora, de calidad probada, y donde te atendían desde la cercanía y la confianza.
A
veces, cuando voy a las grandes superficies de ahora y observo los productos de
alimentación asépticamente plastificados y ordenados, recuerdo esas tiendas de
ultramarinos de barrio y “colmados” donde discurría la vida y en las que
accedías a texturas y aromas que nunca lograremos recuperar. Tempus
fugit.
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