sábado, 31 de enero de 2026

29- De colmados y ultramarinos

 29- De colmados y ultramarinos

 Unos más modestos que otros, aquellos colmados, aquellas tiendas de ultramarinos de la época, apuntalaron en tiempos difíciles la subsistencia de los más menesterosos porque fiaban productos básicos en momentos críticos, con la credibilidad que daba la proximidad, cuando todo el mundo se conocía y estaba al tanto de las circunstancias por las que atravesaba cada vecino. Azúcar, aceite, cereales, legumbres, huevos... el suministro de estos artículos de primera necesidad lo aseguraba el probo y laborioso tendero que calculaba las cuentas con aquel lápiz que llevaba encima de la oreja.  

Poco a poco despuntaban también los establecimientos que intentaban satisfacer las apetencias de los clientes más exquisitos.

 Y había, entre ellos, tiendas de comestibles con solera, de tradición familiar, cercanas, exponentes de una Murcia que oteaba ya modernidades pero que todavía anclaba muchos paradigmas en tiempos pretéritos. Se daba el trato próximo, la confianza, la comunicación: hablamos de negocios gestionados por avezados menestrales del comercio al por menor que intuían los gustos del cliente y trataban de satisfacerlos con eficacia. 

 Digno era de ver el impecable corte de los excelentes ibéricos que atestaban los mostradores, lejos de los hiperprocesados y plastificados actuales. Qué decir del despliegue de quesos de toda naturaleza y origen, de los selectos patés, parientes ricos del humilde foie-grass de los bocadillos del recreo, de las latas de los más elitistas frutos del mar, del novedoso huevo hilado que colonizaba toda mesa navideña que se preciara… Podemos hablar de auténtica excelencia a la hora de surtir a la clientela de productos que generaban unanimidades y convencidas aceptaciones entre los paladares más exigentes. En aquella sociedad nada globalizada comenzaban a aparecer delicatessen prestigiadas por el marchamo que les daba su condición de artículos importados.   

La sabia recomendación de exquisiteces, la solvencia a la hora de buscar proveedores para los artículos de mayor calidad, la eficacia para llevar al escaparate los productos más exclusivos, todo ello nos hablaba de una actividad llevada a cabo desde la vocación y el conocimiento. No puedo dejar de acordarme aquí de Sánchez-Pedreño, de La Fonda Negra y de algún otro establecimiento donde se apostaba también por lo más escogido. 

 Eran comercios que perduraban a través de generaciones, de dinastías dedicadas al noble oficio de proveer de comestibles a los vecinos de aquellas épocas. Pero esa tradición se perdió con la llegada de las grandes superficies y el desembarco de fondos de capital en el negocio de la alimentación.

Era otra batalla perdida por el pequeño y entrañable comercio murciano.

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