sábado, 31 de enero de 2026

26- El ojo clínico del doctor don José Salvat

 26- El ojo clínico del doctor don José Salvat 

 Era el pediatra de la familia y tenía la consulta en la calle San Nicolás. Normalmente nos solía reconocer por las mañanas, poco antes del mediodía. La sala de espera era muy luminosa, con algún cuadro con motivos huertanos colgado en la pared. Uno de ellos, creo recordar, representaba a una mujer con una cesta llena de panochas. El despacho era muy espacioso, también con mucha luz. La mesa la recuerdo con un material de escribanía muy clásico, parecía la de un notario. Al fondo estaba el cuarto de los rayos X. 

(Esto, lo de los rayos X, nos llevaría a una digresión bastante larga. Baste decir que esta técnica de diagnóstico estaba incorporada en la mayoría de las consultas privadas de la época; la costumbre, entonces, era utilizarla a la mínima tosecilla que uno tuviera. “Quítate la medalla y quédate en camiseta sport”, nos solían decir. En los primeros años del bachillerato, con una periodicidad anual pasábamos un reconocimiento médico en el que nos hacían a todos los niños una radiografía del pecho. Allí montaban el chiringuito los sanitarios contratados por el colegio y comenzaban a tirar placas a diestro y siniestro. No se veían entonces muchos petos emplomados...)

 Pero don José Salvat Quetglas, por otra parte, tenía un ojo clínico portentoso que le ahorraba en la mayoría de las ocasiones la utilización de los rayos X. Muy serio y amable a la vez, tenía una sagacidad fuera de lo común. Siempre acertaba. En alguna ocasión, ante la preocupación de mis padres por alguna dolencia nuestra algo más seria de lo normal, sentenciaba el diagnóstico con una precisión matemática. “Tendrá mucha fiebre durante 4 o 5 días y al sexto estará restablecido”. Y vaya que si se cumplían sus predicciones. Inspiraba una confianza absoluta.

 Tras la consulta con don José Salvat, uno de los rituales clásicos de nuestra infancia, tocaba acercarse a la farmacia Sandoval a por las especialidades farmacéuticas prescritas, entre las que sin duda alguna había siempre algún inyectable que auguraba la temida visita del practicante. Pero eso ya es material para el siguiente capítulo.

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