33- "Ahora que vamos despacio..."
Caminábamos a través de ese territorio lindante con la costa pero despojado a la vez del carácter marino habitual de aquellos días estivales. Nosotros, niños de ciudad, transitando por ese enclave tan de secano captábamos pequeñas señales, de modo muy sensitivo, que nos hacían intuir muy lejanamente aquel mundo rural de sabores y olores tan distintos a los de nuestra urbanita vida cotidiana. Aunque no desapareciera totalmente de nuestra vista la lejana línea azul de la playa, ese entorno seco y silvestre parecía refractario a la arena y a las olas, era otro mundo tras el que se sospechaban labores de campo y gentes muy diferentes a los veraneantes procedentes de la ciudad. Apenas te alejabas mínimamente de la costa, sin necesidad de perderla de vista, descubrías una vida despojada de aquel espíritu playero que nos envolvía durante los veranos. Sabías que había personas que vivían muy cerca del mar y llevaban existencias indiferentes a su atracción y su disfrute. Nuestras familias, en cambio, se desplazaban desde mucho más lejos imantadas por la playa, buscando la máxima cercanía a los rompientes de las olas. Eran dos universos diferentes. Apenas te internabas hacia el interior desaparecía esa incipiente modernidad que proporcionaba aquel turismo primerizo para ingresar en un mundo arcaico de labores agrícolas y vida antigua.
Sí, nosotros, en aquellas horas vespertinas, caminábamos por esas pinadas y campos resecos por el sol del verano desde donde vislumbrábamos las pequeñas calas de los baños del mediodía. "Esta tarde, excursión a los pinos" había propuesto alguien de la pandilla, entre capuzones y juegos en la arena. Cantimploras y bocadillos quedaban pues pendientes de preparar para después de la siesta. Eran excursiones parecidas a las que hacíamos de pequeños con nuestras madres, tías o abuelas, mientras los padres pasaban el verano en Murcia con sus pluriempleos. Pero ahora, ya entrados en la adolescencia, íbamos solos y con visiones e inquietudes muy diferentes
Más tarde, entre risas y bromas llegábamos a las dunas y jugábamos a las prendas. Allí el rubor de aquella muchacha tan tímida te hizo desertar de tu mundo feliz de juegos y tebeos. Estaba anocheciendo y a lo lejos se sentía el rumor del mar.
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