32- Los veranos de la Torre de la Horadada
Cuando por fin llegábamos al mar, tras intuirse éste mucho antes en la lejana y tenue línea azul que aparecía tras algún pronunciado cambio de rasante, le tocaba el turno al meyba para pasar las horas entre el sol y las olas, guareciéndonos de vez en cuando bajo la sombra de algún toldo mientras practicábamos el juego del cuchillo en la arena. Nos lavábamos la cabeza en el agua con champú Edelmira, ese que venía en un pequeño tarro verde con tapón blanco. Por todo protector solar utilizábamos Nivea.
Nosotros nos bañábamos habitualmente en la playa de los Jesuitas. La del Conde estaba siempre desierta, era una playa de culto, el UHF de las playas, una reserva virgen, salvaje, sin domesticar. En uno de sus extremos, en la Cola del Caballo, había abundancia de pulpos, meros, morenas y magres. Años más tarde, de manera tímida, alguna familia pionera la fue colonizando, aunque mantuvo durante mucho tiempo ese carácter de cala no civilizada, de último territorio comanche de la Torre, como si fuera la Isla de la Tortuga del pirata Morgan.
Ponerse entonces unas gafas de bucear era asistir a un espectáculo increíble, que ya no conocerán nunca los veraneantes actuales. El mar era pródigo y generoso, como bien sabían mi querido y añorado tío Mariano y sus compañeros de pesca submarina, Matías Ros, Jaime Gadea y otros que no recuerdo ahora mismo.
Tras el baño, después de limpiarnos con algodón y aceite el "galipote" de la playa, con la sensación de la sal en la piel, venía la comida familiar y la obligatoria siesta ejecutada bajo la supervisión de las madres y las abuelas. Todo esto se podía sobrellevar si teníamos a mano algún tebeo del Capitán Trueno o del Jabato.
La siesta concluía técnicamente cuando alguna mujer comenzaba a rociar a mano la calle con un cubo de agua. A la vez, ese momento solía coincidir con la llegada del confitero ambulante, con las palmeras, los palos catalanes y las mediaslunas dentro de una pequeña cámara acristalada adosada a una bicicleta.
Después de la merienda emulábamos a base de balonazos a los Pirri, Amancio, Rifé o Sadurní de la época en alguno de los muchos solares desiertos que jalonaban aquel enclave costero.
La iglesia estaba a medio construir y en ella, entre ladrillos y hormigón, don Antonio Roda, sacerdote llegado de Orihuela, decía misas turnándose con don Arturo, canónigo de la catedral de Murcia y avezado jugador de dominó en aquellas sobremesas veraniegas. Los poderes públicos de la época ya habían descubierto el filón del turismo y el mito de las suecas circulaba entre las mentes más calenturientas. De ahí que don Antonio, cuando recorría las calles después de la siesta llamando a los niños a la catequesis con un megáfono proclamara de vez en cuando: "Señor, en otras playas te ofenden y en ésta te reparamos". No creo que el Ministerio de Información y Turismo se diera por aludido. También a media tarde, el escultor don José Sánchez Lozano, grave y austero, salía del caserón Buenos Aires, junto al acantilado de la playa de los Jesuitas, para dar su paseo vespertino.
Luego, como tal vez esa noche el Cine Horadada daba "Los chicos con las chicas", de Los Bravos, o "El Guateque" de Peter Seeller, había que preparar bocadillos de tortilla francesa a toda prisa y requisar todos los posibles cojines de la casa. La felicidad podía estar agazapada en esas horas al aire libre, bajo las estrellas, visualizando alguna película en cinemascope.
Faltaba ya poco para que el laborioso Evaristo aterrizara para montar en la plaza del pueblo su comercio, desde el que marcó toda una época. El Estanco, con Pepe y Maruchi, ponía un punto entrañable en la calle que iba desde la Rambla hasta el viejo cuartel de la Guardia Civil. Enfrente, en el bar Mónaco, habia un tocadiscos de monedas y un televisor que en las siestas de julio retransmitía las gestas de Eddy Merckx. Y los Beatles aún no se habían separado.
De vez en cuando pasaba el carro del vendedor de hielo, el "Manchego" vendía quesos por las casas y el "tío Fructuoso", con su pequeña balanza romana, ofertaba desde un carromato su mercadería, entre la que se hallaba siempre alguna pieza frutal de la que había que desalojar algún gusano, pero que tenía un sabor que ya no volveremos a recuperar nunca.
Por lo demás, las calles polvorientas, sin asfaltar, eran el reino de las orbeas y las beaches. Sin alumbrado público, las noches nos deparaban un observatorio astronómico privilegiado a la orilla del mar, con cielos estrellados que se nos caían encima y que no conocerán ya las generaciones venideras.
Casi todo el mundo se conocía en esa época en La Torre de la Horadada. Allí estaban los Guillamón, los López Matencio, los López Bernal, los López Dávalos, los Botija, los Fontes (esa familia encantadora que venía todos los veranos desde Sevilla), los Rodríguez de Miguel, (con José Víctor ejerciendo de hermano mayor, retirado prematuramente como futbolista por un problema cardíaco, aunque luego triunfaría ampliamente como entrenador), los Forcén, los Pujalte y otros que me dejo en el tintero.
Son muchos los recuerdos y podríamos seguir por tiempo ilimitado con ellos, auténticos lugares comunes ya repetidos muchas veces. Las verbenas, el cine de verano, las excursiones a Río Seco ("ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras...") mientras bordeábamos las eras llenas de ñoras y pimientos esparcidos secándose al sol, los bailes inocentes tirando de picú...
Bicicletas Orbea, guateques, verbenas, primeros amores de verano con promesa de reencuentro, iniciaciones... era un tiempo de descubrimientos y despertares; al regresar a Murcia en octubre para comenzar las clases ya no seríamos los mismos, algo en la nueva mirada que echábamos sobre las cosas delataba que la infancia iba quedando atrás.
Y
cuando comenzaba a refrescar por las noches y ya no venía mal llevarse alguna
rebeca al cine, los pluriempleados padres de familia, asumiendo que tocaba a su
fin la gloriosa libertad que les había concedido su condición
de "rodríguez", comenzaban a cargar nuevamente las bacas de los
seiscientos, gordinis, dos caballos, etc. El verano se acababa.
(Adenda: considero que, aunque administrativamente pertenezca a Alicante, la Torre de la Horadada es una salida natural de Murcia al mar. Durante décadas, toda la sociología de este enclave costero ha girado en torno a los murcianos, quienes, salvo algunos pocos madrileños enamorados del lugar, constituían la población flotante de los veranos)
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