sábado, 31 de enero de 2026

34- El juego del cuchillo en la playa

 34- El juego del cuchillo en la playa

 Bajabas a la playa y te sentabas a la sombra del toldo haciendo un círculo con los amigos. Normalmente traías alguna pieza de fruta que te comías a lo largo de la mañana y un cuchillo. Pero éste no era para pelar el melocotón o la manzana. Con ese cuchillo jugabais a un juego que consistía en lanzarlo con la mano derecha desde diferentes posiciones de la mano izquierda, del brazo y del hombro en que lo apoyabais, para clavarlo con claridad en la arena. Al final de la partida se armaba un montículo y allí se sepultaba el cuchillo. El perdedor, entre chanzas y bromas de los demás, lo tenía que sacar de entre la arena con la boca. Y después de este ritual, todos corriendo al agua, sin otra preocupación. No había entonces móviles para grabar todas estas gansadas y colgarlas en el WhatsApp, Instagram, FaceBook, TikTok y demás sombras de las sombras de la caverna. Pero vivíamos el momento con intensidad sin pensar  que éste era más importante difundido que vivido.

La playa era sinónimo de felicidad. El hecho de estar situada al fondo de un pequeño acantilado la aislaba de alguna manera del pueblo que desde la arena lo imaginabas arriba, en otro plano, y eso te hacía sentir que estabas en un ámbito apartado, era como entrar en otro mundo. Parecía que allá en lo alto, en las calles polvorientas, en la civilización, dejabas parte del lastre con que la vida te va cargando y al bajar a la arena y a las olas te sentías más ligero, más libre, entrabas en otra dimensión más pura, había como un adanismo, una vuelta a lo primordial no maleado por las experiencias del día a día.  Te era muy sencillo entonces dejarte llevar por  sensaciones primarias, procesadas sólo por los sentidos sin ningún tipo de  interferencia mental que las desnaturalizase. La impresión del primer contacto con el agua, el sol, la brisa, las olas, toda esa catarsis sensorial te despojaba de contaminaciones del pensamiento provocadas por la inevitable dimensión social en que nos movemos. Era, pues, como instaurar en nuestra vida la faceta de "buen salvaje" que llevamos oculta en algún pliegue apartado de nuestro ADN. Por eso, tras los tres mese de veraneo habituales de aquella época, la vuelta a la ciudad, a la civilización, tenía algo de traumático, no por el abandono de la vida ociosa y la llegada de las obligaciones, sino por el contrate entre el reinado de los sentidos y la vuelta a la vida reglada, con el consiguiente embridamiento de aquellas sensaciones puras de las olas y la arena.

Hubo un año  en que un joven veraneante, amigo de la familia en aquella época en que todos nos conocíamos, decidió llevar al extremo esa inmersión en el universo playero. Bajaba  a primera hora de la mañana con una hamaca, una toalla, un libro, fruta y algún "emparedado", como se llamaba entonces a los sandwichs, y no subía al pueblo hasta que oscurecía. Tostado por el sol, con el aspecto de un náufrago, un rincón en el extremo de la cala donde nos bañábamos fue su hogar durante los meses estivales. Imagino la complicada transición que tuvo que experimentar a su regreso en septiembre a la vida urbana. Pero no era difícil percibir  la plenitud que sentía durante aquellos días de  abandono a la orilla del mar.

De vez en cuando las madres preparaban fiambreras y comíamos en familia bajo el toldo. Esto se solía programar durante el desayuno o el día de antes. “Mañana comemos en la playa”. Ese pensamiento le daba un aliciente extra al baño. Pero luego, después de dar cuenta de la tortilla de patatas con tomate frito o los filetes empanados junto con los refrescos, con el cuerpo lleno de arena y el sopor de la siesta, daba un poco de bajón y uno prefería en ese momento estar  tumbado en la cama leyendo tebeos del Capitán Trueno.

Por las tardes la playa quedaba semidesierta, no como ahora en que la gente la ocupa con sus sombrillas poniendo en valor el baño vespertino. Aprovechábamos entonces para jugar partidos de fútbol que se eternizaban hasta que la luz iba declinando y apenas se veía. Eran  esos años de la primera juventud en que comenzaban a escasear los descampados y la colonia veraniega se expandía con nuevas edificaciones. Con dos cañas cortadas disponíamos de una portería. Luego de muchas carreras y muchos balonazos venía el capuzón en el agua. Cuando terminábamos era ya la hora de la cena.

 Recordando aquellos días de sol, olas y viento, a salvo de las preocupaciones del invierno, no me fue difícil captar años después, cuando la escuché por primera vez, el espíritu de aquella canción de Vinicius de Moraes, "Tarde em Itapoã" en que describía la sensación del la mirada olvidada en el encuentro de cielo y mar, los espacios serenos sin ayer ni mañana escuchando el mar de Itapoa, la estera de mimbre en la arena, el escalofrío del viento que trae la noche...


 

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