37- Un amor de playa
Cuando tenía 11 años me enamoré de una chica de 13. No lo tuve nada fácil, pues yo no dejaba de ser un crío para ella y en su pandilla había muchachos “muy mayores”, de 14, 15 o 16 años, que siempre estaban hablando del bachiller de ciencias y del Preu, junto a otras cosas importantes y trascendentales como las reglas de cálculo. El caso es que yo andaba nervioso cuando la veía en misa o en la playa y si me miraba de manera accidental intentaba hacerme el interesante, aunque en realidad me volvía torpe y patoso.
Primeros amores que te
ponían mariposas en el estómago y te hacían sentirte un héroe romántico en
plena adolescencia. Una de las bandas sonoras de aquellos enamoramientos
primerizos fue para mí La playa de Marie Laforet. Aunque por aquí
se popularizó su versión en español, también quedaba muy chic escucharla en
francés. Esa cadencia tan melancólica parecía iniciarte en una nueva religión
en la cual, para ser uno de sus adeptos, tenías que dejar atrás la paz de la
niñez y convertirte en un nuevo y precoz Werther. Así, asumías dramatismos, que
ahora te hacen sonreír ante su inocencia, a cambio de exaltaciones anímicas
desconocidas por ti hasta entonces. Solo te faltaba abrazar furtivamente el tabaco y entornar los ojos con aire soñador pensando en cierta muchacha, al
tiempo que exhalabas el humo que momentos antes te había hecho toser.
Los amores primerizos le daban
al verano un plus de sentimentalidad que sustituía el despreocupado disfrute
infantil de las cosas por emociones sometidas a vaivenes de montaña rusa.
Porque de pronto pasabas de un estado de felicidad como nunca habías conocido a
tristezas y desazones que solo imaginabas lejanamente en los adultos.
Esas tardes que hasta hace poco
iniciabas, ajeno a cualquier problema, tomándote un chambi de los que llevaba
el heladero ambulante y pensando en volar birlochas con los amigos en algún
descampado, estaban pasando a la historia y lo que llevabas en mente era la
logística previa para organizar un baile en el patio de tu casa y declararte a
una muchacha en la que no dejabas de pensar desde hacía una o dos semanas.
Baile como aquel cuya historia paso a relatar.
Había llegado una chica nueva a
la pandilla de la playa. Era la más joven, apenas 12 años cuando la mayoría de
nosotros teníamos 14. Rubia, muy mona, un petisuit, como se
decía hace años, y compañera de clase de mi hermana para más inri.
Inmediatamente nos fijamos en ella un amigo y yo. Estábamos todo el día
teniéndola como centro de nuestras conversaciones y eso retroalimentaba el
interés por aquella jovencísima belleza. Pero como tantas elucubraciones
terminaban siendo un sinvivir decidimos dar un paso adelante y aclarar la
situación, para bien o para mal. Así que le dije a mi hermana que le preguntara
a la muchacha quién de los dos le gustaba más, mi amigo o yo. Durante un día
estuvimos esperando el veredicto llenos de incertidumbre como si estuviéramos a la espera de
un juicio sumarísimo en que nos jugábamos la vida. Hasta que por fin llegó la
sentencia. Le gustaba yo. Mi amigo, en aquel momento, como en esas segundas
vueltas presidenciales en que se apuesta por uno de los candidatos que pasaron la criba, aunque no sea del
mismo partido, asumiendo que yo había ganado aquellas primarias, aceptó
deportivamente el resultado y se sumó a mi causa, dándome ánimo en la empresa y
ayudándome a organizar una estrategia para el asalto final.
Resolvimos hacer un baile en el patio de mi casa e invitarla a ella, como es natural. Sería a las siete de la tarde e iba a asistir la pandilla al completo. Pronto trascendió entre todo el grupo que ese guateque era totalmente instrumental y estaba destinado a que yo me declarase a la jovencísima recién llegada. Por lo cual la gente asistió como quien va a una representación, a una película. Esperaban ver el acontecimiento en primera fila. Sólo faltaba que llevaran palomitas. Yo apenas probé bocado al mediodía, de tan nervioso como estaba. Mi amigo tuvo la idea de que previamente pasara por su casa porque había conseguido distraer la botella de vino que su padre tenía en la comida para que yo le diera un pequeño tiento y me animase. Ya he dicho en otra ocasión en este libro que entre la quina San Clemente, la quina Santa Catalina y los bolitos de cerveza, el alcohol no era una bebida tan extraña para los niños de entonces. Así que me bebí medio vaso de vino y empecé a ver las cosas con un poco más de optimismo. Volví a mi casa y comencé a organizar el espectáculo. Una mesa con el picú, las bebidas y algo para picar. A continuación, distribuí las sillas en corro a lo largo del perímetro del patio. Luego fue llegando la gente y ella también. Yo notaba que no tenía la calma suficiente como para que todo fluyera de manera natural, iba muy acelerado y aquello quizá necesitaba más lentitud. Pero yo quería resolver la situación cuanto antes. Las dudas me quemaban. Así que sin preparación previa, sin buscar ningún tipo de clímax le di a mi amigo el disco Hey Jude de los Beatles, lento y muy largo, para que lo pusiera inmediatamente en el tocadiscos, con las amistades recién llegadas y sin apenas haberse aposentado aún. Fue comenzar a sonar la canción cuando saqué a bailar a la muchacha.
La escena era la siguiente: ella y yo bailando, con sus brazos muy estirados, manteniendo la distancia, y el resto de la pandilla sentado en torno nuestro mirándonos con atención. Al poco de comenzar la música le dije:
-Me gustas mucho. Me encantaría
salir contigo ¿Yo te gusto a ti?
-No- respondió ella muy seria. Y
no dijo nada más. Yo también me callé, quedándome perplejo. Ya hablaría con mi
hermana para que me aclarase qué había pasado.
Pero Hey Jude duraba
casi siete minutos y acababa de empezar. Todo ese tiempo tuve que mantener el
tipo ante tal surrealista situación, los dos bailando sin hablar una palabra y
la gente a nuestro alrededor intentando adivinar qué sucedía. Aunque yo intuí
que se habían enterado ya del resultado de mi tentativa porque permanecían en
silencio, con la mirada puesta en nosotros, y nadie salía a bailar. Yo seguía llevando el ritmo demorado de la música manteniendo el contacto con ella, bellísima, con su pelo rubio y la piel dorada de los soles de la playa. Conforme seguía sonando la canción me iba despidiendo en mi interior de aquella quimérica aventura que me había robado la calma durante unos días.
Cuando por fin acabó aquel
guateque fallido y se retiró la gente le pedí a mi hermana que me explicase qué
había sucedido, cómo me había dado su amiga unas calabazas tan espectaculares
después de haberme hecho albergar tantas esperanzas. Me prometió volver a
hablar con ella y aclarar qué había pasado.
La respuesta llegó al día
siguiente.
-Mira, dice que entre tu amigo y
tú, tú le gustas más. Pero no tanto como otro chico que le gusta más que
nadie.
Acabáramos. Menudo fallo de comunicación. Pero asumí con deportividad el resultado de aquel intento y reconduje lo que quedaba de verano hacia actividades lúdicas como el monopoly y el ajedrez, al margen de la tarea de vacaciones del colegio. Sin olvidarme de las incursiones a la Cola Del Caballo de la playa del Conde con las gafas de bucear. Todavía quedaban más veranos y guateques en los que persistir en aquellos amores adolescentes.

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