113- Muñoz Barberán en la
Catedral
Mi padre era un asiduo
lector de La Verdad. Algunos de sus momentos de más sosiego se daban cuando
sentado en el sillón del salón, después de la comida del mediodía, ojeaba
tranquilamente las páginas del diario haciendo un alto en su intensa jornada de
trabajo, marcada por su estajanovista actividad como empresario ejemplar, sin
límite de horarios, con las preocupaciones y la carga del día a día de su
negocio siempre presentes.
Una vez consumada la lectura
paterna, después de que el periódico quedara libre, era mi turno para buscar en
él las cosas de mi interés. Crónicas deportivas relativas al Real Murcia, la
sección de discos y música, curiosidades, ocurrentes textos firmados por el
maestro García Martínez donde daba cuenta de sus lecturas y las humorísticas
conversaciones con su cabra... Es el caso que durante el curso 72/73, en que
estudiaba la Historia del Arte de 6º de Bachiller, descubrí unos artículos
firmados por Muñoz Barberán donde describía con minuciosidad los elementos
históricos y artísticos de algunos rincones de la Catedral de Murcia. Decidí
entonces recortar esas columnas y guardarlas en una carpeta en la que
finalmente durmieron el sueño de los justos hasta hace unos pocos años en que
llevé a cabo un traslado de domicilio, lo que me obligó a hacer inventario del
material acumulado en el trastero. Así fue como descubrí esta pequeña cápsula
de tiempo en forma de rectángulos de papel amarillento con dibujos y textos del
artista murciano. Fueron, por mi parte, los primeros intentos de muchos de
archivar y preservar cosas de interés cultural en un tiempo analógico en que
las carpetas eran físicas y no digitales. Era una manera de rescatar del olvido
tantos restos interesantes de cuantas publicaciones iban cayendo en mis manos.
Vano intento, todo ese caudal se iba archivando en cajas pendientes de alguna
revisión que nunca se realizaba porque la vida siempre impone otras
prioridades. El tiempo todo se lo llevará por delante, Dios sabe a dónde irá
tanto material como hemos ido acumulando con el paso de los años.
Mi generación transitó durante
la mayor parte de su existencia sin conocer más que el soporte físico como
receptáculo de contenidos. Tardaríamos en descubrir el mundo de los bytes, con
sus enormes capacidades de almacenamiento y sus archivos digitales a salvo del
polvo de los trasteros. En el fondo será igual, qué pena de tanto documento que
quedará para siempre sin abrir en algún rincón de la nube, en carpetas de
alguno de los múltiples programas Windows que se van sucediendo a
lo largo del tiempo.
Pero mira por dónde, habrá que
dar por buena esa obsesión por preservar lo en realidad impreservable cuando
descubro estas columnas de Muñoz Barberán. Aunque no tuve la
precaución, al recortarlas, de dejar visible o apuntar la fecha, se pueden datar
con el año de 1973 de nuestra era, información cotejada con san Google.
Como curiosidad cabe
consignar que, en el reverso de una de ellas, el Corte Inglés anuncia su
inminente inauguración para el 3 de mayo de ese año y convoca un concurso
infantil de relatos. Sigo repasando el dorso de estos recortes, antes de entrar
en materia con los artículos sobre el gran templo murciano, y me encuentro con
una minúscula hemeroteca. Se habla de cómo se ha declarado de urgente ejecución
la concentración parcelaria de la zona regable del Campo de Cartagena, de que a
finales de año estará terminado el encauzamiento del Segura, de que se va a
crear la Asociación Provincial de Mujeres Empresarias, de la existencia en
Murcia de un "goya" a la venta por 20 millones de pesetas, del V
Simposium Internacional del Albaricoque, del asesoramiento de Murcia sobre la
producción e industrialización del esparto a Argelia. Hay anuncios como el de
Eurovosa Renta S.A. invitando a la inversión de los ahorradores, otro de rieles
para cortinas y visillos de la marca Kirsch, de televisores Philips, de la
financiera FIMUR, de carretillas elevadoras Saxby, con delegación en la
carretera de Algezares, etc,.etc.
Pero vayamos al asunto que nos
ocupa. Son siete columnas de las treinta que publicó el polifacético artista
-recopiladas recientemente en un libro- las que aparecen
en la vieja carpeta. Y constituyen un dechado de erudición sobre las
contingencias artísticas de lo descrito. Cada uno de estos artículos viene
encabezado por un dibujo alusivo con la firma de Muñoz Barberán. La
serie se titula La catedral piedra a piedra. Los textos recogen
referencias bibliográficas como las de Baquero Almansa y su obra De los
profesores de las Bellas Artes en Murcia, Antonio Bonet Correa y su
estudio Aspectos renacentistas de la Catedral murciana y José
Camón Aznar con su Historia General del Arte en que da cuenta
de las obras italianizantes de nuestro templo catedralicio.
En uno de sus artículos alude a
la erosión y desgaste que sufren los relieves escultóricos del exterior de la
capilla de Junterones, lamentando la falta de medidas por parte de quien ha de
responsabilizarse de su conservación, sin entrar a dilucidar, pues no es su
cometido, quién es el responsable de esa labor, la Iglesia o Bellas
Artes.
En otro comentario se hace
eco de los tesoros artísticos que guarda el interior de la capilla de
Junterón (así la nombra en este caso, en singular) y especula con la posible
procedencia italiana del relieve central y del tímpano que lo corona. Para ello
extrae de la bibliografía antes referida el dato probable de que estos
elementos renacentistas fueran traídos de Roma por el arcediano de Lorca don
Gil Rodríguez de Junterón. Al hilo de esta información, opina que los otros relieves equiparables artísticamente con los
descritos son los de la capilla de la Encarnación y los del sepulcro de Jacobo
de las Leyes, advirtiendo, además, sobre la amenaza de destrucción que se cierne
sobre ellos.
Sigo leyendo y en otra de las
columnas de la serie M. B. plantea la existencia de un primer trascoro gótico
sustituido en el siglo XVII por otro barroco, el actual, durante el episcopado
del franciscano don Francisco Antonio Trejo Paniagua, obispo de Cartagena desde
1618 hasta 1636, quien trajo de Roma la Inmaculada situada en el altar de
mármol que lo preside.
En otro de sus opúsculos expresa
también el convencimiento de que toda la obra escultórica renacentista
realizada en el intervalo de un siglo y atribuida a Quijano, Florentín y tal
vez a Alcalá Monte, fue ejecutada por un ejército de artistas pertenecientes a
algún taller de los citados maestros, con la supervisión, obviamente, de los mismos.
También hace referencia a
la Capilla del Sacramento, donde el arte renacentista alcanza un preciosismo
que presagia la llegada del estilo plateresco, asimismo procedente de Italia,
gran centro emisor de tendencias estéticas. Y a la de la Encarnación, descrita por él como un nicho abierto en el interior de una arcada fruto de un trabajo muy laborioso, con los cuatro evangelistas como testigos y el águila posada en la clave del arco. Recomienda encarecidamente la visita de esta última, de la que resalta a su vez la altísima calidad de sus relieves con las figuras de los doce apóstoles, bajo la apariencia de haber sido inspirados en dibujos de Leonardo da Vinci., todo ello según su personal opinión.
Por otra parte, la mezcla de
estilos artísticos de diferentes épocas, con las consiguientes yuxtaposiciones
y amenazas de pastiche, plantea para el autor una serie de consideraciones que
va dilucidando en otra de sus columnas. Para él, poco importa, por ejemplo, el
espectacular contraste entre la portada y el interior gótico de bóvedas ojivales, traicionado
estéticamente por ese imafronte considerado como una cima del Barroco. Para
M.B. lo que salva del pastiche a este templo monumental es que los sucesivos
artistas que en orden cronológico iban dejando su huella no intentaban imitar
la de los estilos anteriores, sino que plasmaban los suyos propios, los de su
tiempo.
Todo esto lo descubro ahora, tras la lectura tardía de estos papeles guardados durante más de 50 años en una carpeta azul bastante desgastada. El adolescente que los archivó, quizá aquejado de un incipiente síndrome de Diógenes cultural, no estaba entonces para tales inmersiones catedralicias y no leyó ni un párrafo de los mismos, aunque intuyera que había en ellos hallazgos valiosos. Ese adolescente quizá estaba más interesado entonces en los guateques y en las partidas de futbolín.