111- El amigo Félix
En el curso 67/68, correspondiente a Primero de Bachiller, nuestro tutor don Antonio Martínez nos llevó una mañana a la sección de los internos que dirigía el Hermano Rafael y, después de ponernos ante un televisor, dijo que tomáramos nota de lo que iba a salir en la pantalla porque con esos apuntes tendríamos que hacer un trabajo para la asignatura de Ciencias Naturales.
Se trataba de Televisión Escolar, un programa que la primera cadena pública comenzó a emitir en enero de 1968 y que se prolongó hasta 1970. Algunas mañanas, de 11 a 12, los alumnos salíamos de las aulas para visualizar en esos antiguos aparatos en blanco y negro diversas materias didácticas, complementarias de la enseñanza impartida en las clases.
El programa elegido por don Antonio Martínez lo presentaba un personaje que ponía un entusiasmo y una pasión como pocas veces se habían visto en ninguno de los dos canales televisivos de entonces . Describía una determinada fauna con tales inflexiones en la voz y tal asertividad en sus comentarios que era muy difícil no sentirse implicado en esa celebración de la vida salvaje de lobos, quebrantahuesos o halcones.
Sus monólogos parecían el evangelio de una religión laica, tal era la emoción que había en sus palabras. Su parla sonaba tan peculiar que los humoristas encontraron un filón en sus agradecidas imitaciones.
Era Félix Rodríguez de la Fuente, un médico burgalés que de manera autodidacta había adquirido unos conocimientos oceánicos sobre biología y vida animal. Ya había destacado unos años antes como experto en cetrería en otro programa de televisión. A partir de aquellas incursiones en la pequeña pantalla cobró una fama que le acompañaría durante la siguiente década con series que aún se recuerdan entre los más veteranos, tales como Planeta azul y El Hombre y la Tierra. La trepidante música del comienzo de esta última ha permanecido en la memoria colectiva de aquel tiempo y con sólo escuchar sus primeros compases se nos vienen a la memoria aquellas escenas míticas de Naturaleza en que la vida discurría en su estado más primigenio, desprovista de la influencia humana, tal como se había manifestado, pura y armónica, desde hacía miles de años.
Lo que este apóstol de aquel incipiente ecologismo preconizaba en realidad era una imbricación total del ser humano con la Naturaleza, una comunión con el hábitat natural en la que residiría una suerte de felicidad y equilibrio. Yo escuché en cierta ocasión unos comentarios suyos donde idealizaba la época en que el hombre era nómada, cazador y recolector, es decir, el Paleolítico y Neolítico, como si fuera un tiempo virginal, un periodo que nos remitía a mitos, ya anunciados por las primeras literaturas y cosmogonías, tales como la Edad Dorada y el Paraíso perdido. Era una suerte de adanismo que invitaba a la emancipación de aquella vida tan artificial en la que parecíamos estar inmersos.
Ya digo, hablamos de alguien que gozó de una popularidad inmensa, un comunicador de raza que parecía predicar una buena nueva ante la que era muy difícil permanecer indiferente. En mi casa recibíamos una revista coleccionable semanal, Fauna, editada por SALVAT, en que Félix desplegaba su gran erudición sobre la materia zoológica de todo el mundo, acompañada de cientos de imágenes con el color típico de los revelados fotográficos de entonces. Ahora contemplo en la estantería toda esa publicación encuadernada en volúmenes con tapas de color marrón como un testimonio de aquellos hallazgos de materias novedosas, tan habituales hoy en día por otra parte, basta ver los infinitos documentales de la 2.
Hace poco di con el cuaderno donde redacté los trabajos de Ciencias Naturales que nos encargaba don Antonio Martínez tras la visualización de aquellos programas matinales. Por allí desfilan víboras, boas, halcones, corales, equinodermos, orugas, mariposas, elefantes, cocodrilos, lagartos, tortugas marinas, mantis religiosas, abejas, osos, albatros, colibrís, cigüeñas, golondrinas, avestruces, pulpos, cangrejos, tiburones, manta rayas, etc., etc. Esos textos infantiles vienen acompañados de dibujos a color que me sorprenden ahora por su trazo más que aceptable. Dicho material da fe de las primeras apariciones televisivas de quien se haría tan popular a lo largo de la década siguiente con su apología del "hermano lobo".
La trayectoria de este entusiasta de la Naturaleza libre y salvaje se cortó de manera abrupta un día de 1980, fecha en que se estrelló la avioneta con la que surcaba los cielos de Alaska en busca de nuevos escenarios para sus trabajos divulgativos. Todo un modo de hacer televisión se clausuraba con su muerte.

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