martes, 23 de junio de 2026

116- Estampas de los 70


116- Estampas de los 70

 Mientras los cuellos de las camisas y los bajos de los pantalones alcanzaban dimensiones rayanas en lo circense, tres célebres Pablos (un poeta, un músico y un pintor) pasaban a mejor vida. También falleció algún año después un campesino chino que después de una Larga Marcha había creado el embrión de la que ahora es segunda potencia mundial. Su nombre adjetivó a una serie de pequeños partidos políticos que se dieron a conocer durante la Transición. 

A su vez, los norteamericanos metabolizaban el trauma vietnamita utilizando su materia para la creación de obras maestras del séptimo arte. Y dos periodistas destapaban las tramposas maniobras empleadas por el presidente de los EEUU para derrotar a sus adversarios políticos. Eso también daría lugar a algún otro laureado largometraje. Por lo demás, los estudios de Hollywood echaban el resto con la producción de películas de catástrofes colectivas, una joven enamorada declaraba en la gran pantalla que "amar significa no tener que decir nunca lo siento", Marlon Brando se ponía algodones en la boca para caracterizar a un personaje descendiente de sicilianos y un film inspirado en una novela de Scott Fitzgerald puso de moda la estética de los años 20.

Aquí en Murcia cenábamos pasteles de carne en las gradas de La Condomina disfrutando con la Selección Juvenil Murciana, que ganó el Campeonato de España derrotando en la final al combinado de Guipúzcoa. Este último fue la base, unos años después, de aquella Real Sociedad que ganó dos ligas seguidas. Pero el Real Murcia no levantó cabeza. Y hasta ahora.

Más de doscientas monjas de clausura salían a la calle por primera vez en su vida religiosa para reunirse, en el Aula Magna de la entonces llamada Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Murcia, con el padre general de los franciscanos, el brasileño Constantino Koser. Nosotros hacíamos ejercicios espirituales en los Jerónimos y desayunábamos unos enormes tazones de café con leche que nos preparaban las monjitas que estaban a cargo de dicho monasterio. El Concilio Vaticano II seguía marcando las tendencias modernizadoras de la Iglesia. Los jóvenes tocaban la guitarra en las celebraciones eucarísticas acompañando joviales canciones religiosas. En la Torre de la Horadada una pequeña comunidad jesuita pasaba los veranos en una residencia frente al mar y daba unas misas muy rápidas y posconciliares a primera hora de la mañana en una pequeña capilla que siempre se llenaba.

Por aquel entonces la continuación invernal de los divertimentos de la pandilla de la playa, en medio de la dispersión tras la vuelta de las vacaciones veraniegas, consistía en alguna cena en el Centro Gallego de la calle de Correos, a base de marisco asequible a bolsillos adolescentes, con aterrizaje posterior en el Santos en pos de algún chocolate nocturno. 

En un callejón cercano a la plaza del Teatro Romea había un pequeño bajo donde rehacía mi colección de tebeos del Capitán Trueno. Ejemplares atrasados de los llamados Trueno Color, que aparecían semanalmente en los quioscos a 8 pesetas, los encontrabas aquí a mitad de precio, eso sí, con el pico superior izquierdo recortado.

Y mientras Henry Kissinger y Andrei Gromiko, Míster Niet, mantenían continuas negociaciones para que la Guerra Fría no se recalentara demasiado, nosotros jugábamos al futbolín en los Zumeta de Santo Domingo y nos tomábamos algún vino en el Yerbero. 

En enero de 1972 la prensa informaba de que el Mercado Común había bajado los aranceles para España en un 20 por ciento. También se hablaba de conversaciones entre las dos Alemanias. 

Y en enero de 1974 llegaban al puerto de Cartagena para su refinado en Escombreras las 35.000 toneladas de petróleo que el gobierno baazista de Iraq, cuya vicepresidencia ocupaba un entonces desconocido Sadam Hussein, había regalado a España como prueba de "los sentimientos que unen a los dos pueblos hermanos", según palabras del embajador iraquí en la ceremonia del acto de entrega, celebrado en las instalaciones portuarias. 

La marca Phillips, tan familiar para los que seguíamos por televisión los partidos de fútbol que se disputaban en el Santiago Bernabéu, con sus vallas colonizadas monográficamente por la publicidad del gigante holandés, anunciaba en prensa una línea de radio-cassetes caracterizados según la publicidad por su "perfecta sintonización y fidelidad de grabación". Era un avance con respecto a ese sencillo magnetófono de la misma marca que nos había traído de Canarias nuestro tío Guillermo años atrás, con el que tanta música habíamos escuchado. Aún recuerdo las dos cintas que acompañaban al aparato, una de Tom Jones y otra de una Big Band norteamericana. Poco después mi padre adquirió unas cuantas más que ahora duermen como reliquias en algún cajón de la casa. Matt Monroe, Los Pekenikes, Mireille Mathieu, Antonio Machín, Los Tres Hernández, Los Indios Tabajaras, Paul Mauriat, Glenn Miller... todas esas y otras más fueron conformando la banda sonora familiar de aquellos años.

Pero ahora ya podíamos grabar canciones de la radio, siempre rezando para que el locutor no hablara en medio del registro. Y los bolígrafos BIC se convirtieron en compañeros inseparables de aquellas cassettes cuando descubrimos que su diámetro poliédrico encajaba exactamente en las dos pequeñas ruedas dentadas que desenrollaban y recogían la cinta magnética. Los vinilos habían encontrado un competidor y aun faltaba tiempo para que llegaran los CDs. Cuando eso se sucedió mucho repertorio popular terminó refugiándose en las cassettes vendidas en las gasolineras, creando una especie de subgénero que años más tarde se utilizó como un elemento costumbrista capaz de definir una época y un entorno.

La década quedó partida en dos, política y sociológicamente, en 1975. Poca gente confiaba en la viabilidad de un franquismo sin Franco. Incluso los más cafeteros eran conscientes de que la continuidad del Régimen exigía reformas y adaptaciones a los cambiantes tiempos que se estaban viviendo. Pero el viento de la Historia soplaba con más fuerza de lo que ellos pensaban y homologar una democracia en el entorno de Occidente pedía cambios de mayor calado, con algún doble salto mortal y sin red. Las cancillerías occidentales tenían claro que, en plena Guerra Fría, no podían prescindir de un enclave de la importancia geoestratégica de España. Pero sabían que eso pasaba en esos momentos por una serie de transformaciones que permitieran pasar la prueba del algodón democrático al sistema político resultante de todo ese proceso. Entrábamos en el proceloso tiempo de la Transición. Fue una travesía pilotada por un hombre que venía del Régimen, elegido por el Rey de entre una terna y cuyo nombramiento provocó una frase, como título de un artículo, que quedó para la Historia: "Qué error, qué inmenso error". Pero visto con distancia no parece que fuera un error ni mucho menos. Incluso se cumplió en ese personaje el célebre adagio del clásico "la fortuna favorece a los audaces" (Audentes fortuna iuvat).

Sí, este personaje pilotaba la nave, pero en la sala de máquinas había ingenieros que intentaban diseñar la estructura de la embarcación para futuras navegaciones. Más tarde sería tirado por la borda por otros miembros de la tripulación, quizá cuando cayó en desgracia ante el patrón del barco. Pero de éstos y otros extremos se ha teorizado profusamente en muchas publicaciones (aunque siempre quedarán puntos ciegos sobre los que quizá se haga la luz cuando ya no estemos ninguno de nosotros) y yo no pretendo en estas páginas extenderme en contenidos que piden otro tipo de género literario. 

Por esas fechas, finales de la década, descubrimos los pistachos como acompañantes de los gin-tonics que tomábamos en los novedosos locales de copas que comenzaban a proliferar en Murcia. Yo supe de aquel fruto seco de la mano de los larios y beefeater de mis primeros circuitos nocturnos. El cultivo de esa especie de pipas gigantes entreabiertas que nos presentaban en un cuenco junto al cubata estaba monopolizado en aquellas fechas por el Irán del Sha. Y seguiría siendo uno de los buques insignia de aquel país tras la llegada de los ayatolás.

Oriente Medio continuaba siendo un punto caliente de la geopolítica mundial, dominada a su vez por los efectos de la Guerra Fría. En 1973 se produjo uno de los recurrentes conflictos que se daban en aquel enclave, la Guerra del Yom Kipur, con consecuencias desastrosas para la economía mundial, inmersa a partir de entonces en una crisis que se prolongaría hasta la década siguiente tras la subida descontrolada del petróleo como represalia por parte los países árabes. En España quebraron miles de empresas a lo largo de aquellos años debido a estos hechos. Inmerso como estaba el país en el paso de la dictadura a la democracia, tuvo muchas dificultades para sortear las turbulencias que agitaban su economía. Los Pactos de la Moncloa fueron un intento de respuesta ante la debacle a la que se veía abocado el tejido productivo tras el encarecimiento sin precedentes del precio de la energía. 

Mientras tanto, al despuntar la década el españolito de a pie comenzaba a trasnochar con el transistor bajo la almohada, escuchando a un locutor deportivo de voz muy aguda que asumía el rol de látigo del Poder. En un momento en que la crítica política transcurría en sordina, las diatribas contra los popes del deporte por parte de aquel pequeño e intenso periodista eran una válvula de escape ante las limitaciones impuestas a la total libertad de expresión. 

Eran años también en que el boxeo, un deporte totalmente estigmatizado en la actualidad, gozaba de una popularidad enorme. Los boxeadores eran auténticas celebridades y la disputa de algún campeonato del mundo, si había púgil español de por medio, paralizaba el país tal como sucede ahora con el Mundial de fútbol o la Champions. Un avatar muy señalado de aquel deporte fue el llamado "fenómeno Urtain", el meteórico ascenso de un muchacho procedente de un caserío de Guipúzcoa donde había destacado por su descomunal fuerza física en el deporte vasco del harri-jasotzea o "levantamiento de piedras". Todavía recuerdo aquel combate por el campeonato de Europa en abril de 1970 en que derrotó a Peter Weiland, un alemán pasado de kilos y muy bajo de forma. Al día siguiente, en el patio del recreo no se hablaba de otra cosa. Los chavales estábamos exultantes tras la victoria del llamado "morrosko de Cestona". Incluso un profesor en clase glosaba la hazaña con una exaltación patriótica propia de una gesta mítica, como aquellas que estudiábamos en los libros de historia. 

 Visto en la distancia, este deporte parecía la punta del iceberg de un mundo sórdido, con su leyenda de tongos y amaños urdidos por personajes oscuros, con juguetes rotos y retirados púgiles "sonados" que pasaban de la gloria al olvido.

En esa década convulsa los de mi promoción avanzábamos curso a curso hasta completar los seis del bachiller más el COU. Pero fuimos afortunados en lo académico al ser los primeros en quedar exentos de reválidas y los últimos en ingresar en la Universidad sin pruebas de acceso. No conocimos, pues, aquellas barreras de Cuarto y Sexto de bachiller, generadoras de tanta mitología popular, que curtían la disciplina de los estudiantes a base "de codos", como se decía antes, y que les exigía un auténtico tour de force. En abril de 1974 la prensa local de Murcia se hacía eco de unas declaraciones de cierto consejero nacional donde se insinuaba que ese año no habría pruebas de acceso a la Universidad. En esa información no se deslindaba aún el globo sonda de la noticia verificable, pero los tiros parecían ir en la dirección apuntada por aquel prócer patrio, como así se confirmó meses después. 

En ese mismo mes de abril los noticieros quedaron monopolizados durante unos días por la Revolución de los claveles de nuestros vecinos portugueses. Los mismos militares, hartos de la sangría de vidas y riquezas provocada por las anacrónicas guerras coloniales en África, que consumían la mitad del presupuesto estatal, junto a una dictadura asfixiante que aislaba al país del resto de naciones libres, tomaron el poder bajo el mando de Spínola. Para el recuerdo queda la lírica que acompañó a estos hechos, con la Grândola, Vila Morena de José Afonso sonando en la radio como contraseña para el inicio de las acciones militares.

 A su vez, en Occidente, intelectuales muy ideologizados, teóricos del anticapitalismo más radical, se creían con la suficiente iluminación y legitimidad como para llevar a cabo una revolución global que socavara los cimientos del sistema, costara lo que costara, por muy dolorosos y sangrientos que fueran los métodos, tan convencidos estaban de lo elevado de sus aspiraciones. Fueron los llamados "años de plomo”, tristemente célebres en Italia y Alemania. Pero la vida seguía y éste último país, en su versión federal y occidental, se alzaba con la estatuilla de oro macizo de 18 quilates que le avalaba como campeón del Mundial de fútbol de 1974.

Mientras tanto, en Murcia seguían los niños criando gusanos de seda en cajas de zapatos con hojas de morera. Era esa una de las estampas más reconocibles de la primavera en esta tierra, junto a los vendedores ambulantes de polos y chambis a la salida del colegio, compartiendo mercado con los de regaliz y brea, más estables durante el curso. Como todos los años, la prensa local se hacía eco de la bendición de la simiente de la seda el primer viernes de marzo en el monasterio de Santa Catalina. Para cuando llegaran los calores, los más pequeños tendrían preparadas sus cajas de cartón y el forraje necesario para que se formaran las crisálidas.


viernes, 12 de junio de 2026

115- Una noche de Estudio 1

115- Una noche de Estudio 1

 En un peculiar blanco y negro, no exactamente igual al del celuloide proyectado en las salas de cine, doce actores que ya eran como de la familia, doce actores consagrados de un enorme talento, debatían en torno a una larga mesa como componentes de un jurado popular acerca del veredicto de inocencia o culpabilidad de un reo que, sin hacer acto de presencia en ningún momento, aguardaba tal trascendente resolución en la que le iba la vida. Se trataba de la obra Doce hombres sin piedad del estadounidense Reginald Rose, dirigida y adaptada en esta ocasión para la pequeña pantalla por Gustavo Pérez Puig. La emisión tuvo lugar el 16 de marzo de 1973 y en ella desplegaron lo mejor de su arte interpretativo Jesús Puente, Pedro Osinaga, José Bódalo, Luis Prendes, Manuel Alexandre, Antonio Casal, Sancho Gracia, José María Rodero, Carlos Lemos, Ismael Merlo, Fernando Delgado y Rafael Alonso.  

 Esa obra ha pasado a la historia como lo mejor que produjo la programación dramática de Televisión Española. 

La simbólica cuarta pared, tan mitificada desde siempre por los cómicos que se subían a las tablas, no daba en esta ocasión a un patio de butacas sino a millones de hogares donde las familias, al tiempo que daban buena cuenta de la sopa y la tortilla francesa, asistían a una lección magistral de dramaturgia. Se trataba de ESTUDIO 1, el espacio televisivo dedicado al teatro que por aquellos años acercaba lo mejor del repertorio escénico a los españolitos de a pie. Como solo había dos cadenas y las únicas pantallas ajenas a la que presidía el salón de la casa eran las de los cines, las audiencias de las referidas representaciones teatrales eran multitudinarias. De esta manera los actores y actrices que solían formar aquellos elencos gozaban de una gran popularidad y, ya digo, nos eran enormemente familiares. 


Pero fueron muchas las representaciones de calidad que se dieron en aquellos años. La lista de autores refleja lo mejor que ha dado el arte de Talía. Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, José Zorrilla, Benito Pérez Galdós,  Miguel Mihura, Carlos Arniches, Alfonso Paso, Víctor Ruiz Iriarte, Alejandro Casona, Enrique Jardiel Poncela, Hermanos Álvarez Quintero, Jacinto Benavente, Antonio Buero Vallejo y alguno más, entre los españoles, y los  Shakespeare, Molière, Chéjov, Pirandello, Oscar Wilde, Arthur Miller, Ibsen, George Bernard Shaw,  junto a algún otro, entre los autores extranjeros, prestigiaron sobremanera aquellas emisiones de la cadena pública. 

 Esos programas dramáticos fueron también un auténtico salvavidas laboral para muchos intérpretes que alternaban las funciones teatrales con las televisivas. El paro endémico de la profesión quizá se atenuaba con aquellos espacios teatrales que semanalmente irrumpían en la mayoría de los hogares españoles. 

Al cabo de los años, de tanto teatro de calidad como se dio en aquel Estudio 1 me queda el recuerdo de una obra concreta, quizá por las circunstancias de aquella noche de su emisión. Era final de curso y ya se avizoraban en cercanía las vacaciones de verano en medio de magníficos augurios, dado que las buenas notas me habían acompañado durante todo el año y las obligaciones escolares que restaban eran ya un puro trámite. O sea, ya se vislumbraban la playa y la libertad absoluta. Después de la cena sólo quedábamos en el salón familiar mis padres y yo, pues la programación llegaba hasta una hora muy avanzada y mis hermanos se habían retirado a dormir. En la pantalla se desarrollaba un argumento ambientado en la Belle Époque, a primeros de 1900, en una pequeña población de la costa cantábrica. Contaba la historia de una mujer abandonada por su novio al pie del altar que toma la determinación de no quitarse el vestido de novia hasta volver a casarse, extravagancia que da mucho que hablar en aquel pueblo descrito como muy tendente a la murmuración.  A eso se le añaden la llegada de un forastero que le pide relaciones y las dudas planteadas sobre la sinceridad de esa petición. Con esos mimbres se plantea un relato de trazos costumbristas, sin caer en dramatismos excesivos, junto a algunas pinceladas de humor marca de la casa, que llega al sumun de la sentimentalidad al final, cuando se resuelve la historia. A mí por aquel entonces todo eso no me despertaba ningún interés, me parecía una antigualla muy diferente a las novelas de aventuras que acostumbraba a leer, a los tebeos y a las series televisivas con tramas de acción que nos enganchaban por las noches transgrediendo horarios, con las consabidas dificultades a la hora de madrugar al día siguiente para enfrentarnos a la pizarra y las preguntas de los profesores desde la tarima. En aquel curso había leído Zalacaín el Aventurero en un fin de semana, una lectura trepidante que me tuvo prendido de sus páginas, sin soltarlas prácticamente hasta llegar a la última. No era pues esa historia costumbrista de desamores en una villa cantábrica, con su posible paseo marítimo transitado por damas y caballeros que vendrían posiblemente a tomar baños de ola como mandaban los médicos más higienistas de la época, no era pues esa historia, digo, el tipo de relato que me llamaba la atención. Pero no tenía sueño, el curso estaba casi acabado y se estaba bien en la penumbra del salón, con la tranquilidad de espíritu de aquellos años juveniles y las buenas perspectivas del verano. Además, me era grata en aquellos momentos la compañía de mis padres, a quienes veía suspensos con aquella trama que les parecía tan entrañable. La historia de amor que subyacía en la obra no tenía la grandilocuencia de los típicos dramas pasionales, era un amor muy doméstico, ese que encuentra la felicidad en las cosas sencillas y cotidianas. Y luego, cuando llegaban los equívocos del final, la sombra que amenazaba el desenlace feliz se desvanecía y triunfaban los buenos sentimientos.

  Unos instantes después, cuando aparecieron en pantalla los letreros del final de la representación, mi madre no pudo evitar decir: "qué bonitas eran las historias de antes". 

Se trataba de la obra La bella Dorotea, de Miguel Mihura, con María Fernanda d'Ocón y Antonio Casal en los papeles principales. 

 Yo, en la semioscuridad del comedor (veíamos la tele entonces con todas las luces apagadas) era consciente del buen rato que estaban pasando mis padres, un grato paréntesis quizá en sus preocupaciones habituales; tal vez por presenciar esos momentos suyos en “modo felicidad ma non tropo” había valido la pena trasnochar y calzarme esa historia a la que tan poco proclive me sentía en un principio.

La jovialidad que transmitían los dos cuando encendí las luces les acompañó al dormitorio después de que se despidieron de mí.

Luego, después de darle un tiento al bote de leche condensada del frigorífico por una de las dos aberturas perpetradas con el abrelatas, me fui a refugiar a mi cubil para seguir con la lectura de La isla del tesoro, mínima lectura porque no tardé mucho en caer en brazos de Morfeo.


lunes, 1 de junio de 2026

114- De misas, iglesias y rosarios

 114- De misas, iglesias y Rosarios

 Es sabido que la sociedad de aquella época estaba menos secularizada que la actual. La asistencia a las misas dominicales era mucho mayor, los paradigmas sociales eran otros y la práctica religiosa estaba mucho más extendida. Quizá se vive ahora la religiosidad más en su vertiente cultural que en la espiritual propiamente dicha. Las procesiones de Semana Santa desbordan las calles con una mezcla de devotos, turistas y curiosos y las romerías en torno a la Virgen de la Fuensanta concitan multitudes llenas de fervor que luego desertarán de las celebraciones eucarísticas de los fines de semana en las parroquias. Bautizos y comuniones han derivado en festejos suntuosos en los que priman valores muy lejanamente relacionados con los auténticos motivos que justificarían esos eventos sociales.  Y actualmente no llegan al 50 por ciento los recién nacidos que pasan por la pila bautismal. Es el signo de estos tiempos. 

Hablamos pues de unos hábitos religiosos muy distintos a los actuales. En esos años estaba vigente un Concordato que regulaba las relaciones entre la Iglesia y el Estado, el cual habría de sufrir alteraciones sustanciales en 1979 para adaptarlo a la recién proclamada Constitución.

Era un tiempo en que el catolicismo, considerado religión oficial, impregnaba muchos ámbitos de la vida cotidiana y la afluencia a los templos era mayoritaria. Estaba reciente el Concilio Vaticano II que, entre otros cambios, propició la sustitución del latín por las lenguas vernáculas en las misas, así como la celebración de éstas con el sacerdote situado de cara a los fieles y no mirando hacia el sagrario. Se puso de moda también la intercalación de canciones acompañadas por guitarras llevada a cabo por jóvenes feligreses. Nada que ver con los antiguos repertorios organísticos que dotaban de solemnidad a la liturgia. En el fondo, estos cambios respondían a un intento de aggiornamento por parte de la Iglesia ante la incipiente secularización de la sociedad. 

 Aunque era muy común la presencia de sacerdotes con sotana por las calles, ya comenzaban a dejarse ver curas vestidos de paisano con el llamado clergyman o clèriman como distintivo eclesiástico. Esto se interpretaba entonces como algo muy moderno. Y ya se hablaba también de crisis de vocaciones, aunque sin llegar, por supuesto, a lo de ahora. 

Estaba claro que la Iglesia intentaba moverse, a su modo, en vista de las aceleradas transformaciones que se daban en el mundo. Los 60 se caracterizaron por un crecimiento económico inédito. La vida se llenó de comodidades auspiciadas por la tecnología y la modernidad trajo consigo, a su vez, el germen de la secularización. Como en todos los ámbitos, también entre el clero se dieron ciertas polarizaciones. Un estamento que durante décadas había hecho causa común con el franquismo contemplaba ahora cómo algunos de sus miembros se mostraban críticos, a su manera, con la situación política. Se popularizó la figura del cura obrero. Mi generación fue testigo de aquellas nuevas realidades que se dieron entre los últimos años del régimen franquista y los primeros de la Transición. 

Así, de un curso para otro pasamos de los devotos rezos del Rosario en clase, del mes de Mayo con flores a María, de los Ejercicios Espirituales plagados de admoniciones y amenazas de condenación, a una misa, de la que aún guardo recuerdo, celebrada en el salón de un piso de barrio por un cura ataviado con un jersey de lana y que se ganaba la vida trabajando como obrero en una fábrica, todo ello en medio de una austeridad que no estaba en los escritos. Los cinco o seis compañeros que asistimos al minimalista ritual éramos conscientes de que aquello suponía una vuelta de tuerca con respecto a las experiencias religiosas que habíamos vivido hasta entonces. 

Porque nuestra niñez y adolescencia coincidió con un tiempo en que la sociedad española era muy afecta a los actos litúrgicos. Así, confesiones, comuniones, misas y visitas al Santísimo eran prácticas con las que estaba familiarizado un segmento mayoritario de la población. Se intentaba cumplir, como mínimo, con la asistencia semanal a la celebración eucarística. A tal fin, y para facilitar esa práctica, la Iglesia dio por válida la misa de los sábados por la tarde como justificante del deber dominical de participación en la Eucaristía.

Ese contacto permanente con los ritos eclesiásticos hacía que frecuentáramos los distintos templos de la ciudad. Echando la vista atrás recuerdo visitas a la mayoría de ellos, según las circunstancias. Había domingos en que buscabas a última hora de la tarde alguna iglesia para escuchar esa misa que quedaba pendiente, no fuera que la semana se pasara sin el cumplimiento de la preceptiva asistencia, lo cual te obligaría a pasar por el confesionario.

Así, quedan en la memoria escenas muy nítidas, recuerdos concretos de aquellas juveniles experiencias en recintos sagrados. Como el de una fría y anochecida tarde de invierno en la iglesia de San Andrés a donde fui como último recurso, pues solo quedaba esa misa en toda Murcia por aquel domingo. Allí, en su interior, con los bancos atestados de fieles, conseguí en el más apartado rincón una silla de enea desde la que, sin apenas ver al sacerdote, y junto a dos viejas vestidas de negro que murmuraban oraciones sin parar, pude seguir la ceremonia y cumplir con el precepto. 

 Esas misas tardías de la noche de los domingos tenían su carga melancólica.  Salías de ellas con la desolación que daba la inminencia del lunes, con sus obligaciones y deberes, lejos ya del recién consumado fin de semana, un pequeño paraíso perdido que por fortuna se renovaba cada siete días. Regresabas a casa, cruzando calles desiertas, con la resignación que daba el constatar que del burbujeo y las luces de  los días de fiesta solo quedaban cenizas y en unas horas te enfrentarías a los quebrados, los polinomios y las oraciones subordinadas. Las graves palabras del sacerdote durante la homilía junto al inexorable madrugón que te esperaba al día siguiente te convencían de la lógica que encerraba el considerar esta vida terrenal como un valle de lágrimas. Nada que ver todo esto con la liturgia de los sábados por la tarde, a la que asistía con la familia en la iglesia de San Pedro del Pinatar si pasábamos el weekend en la playa, como solía ser habitual. Con los tebeos semanales recién comprados y el tapeo posterior en los bares de la zona, salías de esas misas con un optimismo y una joie de vivre que era la antítesis de las celebraciones de las últimas horas de los domingos.

Sí, de casi todas las iglesias quedó algún poso en la memoria, algún recuerdo que sobrevive a la bruma del tiempo. Por supuesto, de la de San Miguel, mi parroquia, cercana a mi casa y  que debe de conservar en algún archivo el acta de mi bautismo. Y la de Santo Domingo, templo de origen dominico regido por Jesuitas desde 1871, a la que solían ir mis padres a confesarse. Muy popular por su ubicación en una especie de kilómetro cero de las citas y quedadas murcianas.

En la iglesia de Santa Catalina me confesé una tarde con un sacerdote de una ancianidad muy avanzada, una imagen espectral de huesos y piel. Consumido, expresándose con un apenas audible hilo de voz, me dio la absolución como si de despidiera de este mundo. Falleció poco tiempo después lo cual  me hizo reflexionar por primera vez con algo de profundidad en el hecho ineludible de la muerte. Fue un precoz y fugaz memento mori, un recordatorio de que todo esto es efímero, aunque por aquel entonces la vida de los adultos quedara lejanísima, como si faltaran siglos para irrumpir en ella. 

San Bartolomé y San Lorenzo completaban la lista de iglesias visitadas, asociadas al recuerdo de alguna misa de anocheceres dominicales y posteriores calles solitarias camino de casa, con la preceptiva semanal cumplida y el lunes acechando.

El rezo del Rosario también era una práctica habitual en aquellos años. Muchos quedan en el recuerdo, con su salmodia monótona e hipnótica, hebras interminables de avemarías  que apaciguaban el ánimo y adormecían los sentidos en la siesta, al inicio de las clases de la tarde. Como hasta que no acabara su rezo no comenzaba el hermano marista a impartir la asignatura, dilatábamos su final con una lentitud sospechosa, la oración de los misterios se hacía interminable, robándole tiempo a las materias académicas. Las avemarías se recitaban a cámara lenta y en voz apagada, con la modorra de la siesta acentuada por los primeros calores de la primavera y la luz amortiguada del aula. Eran sólo tres tipos de misterios los que se prestaban entonces a la oración, los Gozosos, los Dolorosos y los Gloriosos, aún no se habían instaurado los Luminosos. En esas tardes calurosas y tranquilas, intentando evitar  somnolientas cabezadas comprometedoras, recorríamos la vida de Jesús a través de aquellos misterios que nos recordaban el relato inocente y puro que habíamos aprendido años atrás en la Historia Sagrada. 

 Todo ello se acentuaba con el mes de Mayo, el mes de las flores a María, del Bendita sea tu pureza,  el de aquella cancioncilla que decía: "el 13 de mayo la virgen María bajó de los cielos a Cova da Iria."

Qué lejanas parecían entonces las crisis de fe. Qué poco sabíamos de lo que nos iba a deparar el futuro. Pero el mundo de los mayores podía esperar. Todavía nos quedaba la inocencia.

118-Índice

ÍNDICE 45- El juego del cuchillo en la arena

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