116- Estampas de los 70
Mientras los cuellos de las camisas y los bajos de los pantalones alcanzaban dimensiones rayanas en lo circense, tres célebres Pablos (un poeta, un músico y un pintor) pasaban a mejor vida. También falleció algún año después un campesino chino que después de una Larga Marcha había creado el embrión de la que ahora es segunda potencia mundial. Su nombre adjetivó a una serie de pequeños partidos políticos que se dieron a conocer durante la Transición.
A su vez, los norteamericanos
metabolizaban el trauma vietnamita utilizando su materia para la creación de
obras maestras del séptimo arte. Y dos periodistas destapaban las tramposas
maniobras empleadas por el presidente de los EEUU para derrotar a sus adversarios
políticos. Eso también daría lugar a algún otro laureado largometraje. Por lo
demás, los estudios de Hollywood echaban el resto con la producción de
películas de catástrofes colectivas, una joven enamorada declaraba en la gran
pantalla que "amar significa no tener que decir nunca lo siento",
Marlon Brando se ponía algodones en la boca para caracterizar a un personaje
descendiente de sicilianos y un film inspirado en una novela de Scott
Fitzgerald puso de moda la estética de los años 20.
Aquí en Murcia cenábamos
pasteles de carne en las gradas de La Condomina disfrutando con la Selección
Juvenil Murciana, que ganó el Campeonato de España derrotando en la final al
combinado de Guipúzcoa. Este último fue la base, unos años después, de aquella
Real Sociedad que ganó dos ligas seguidas. Pero el Real Murcia no levantó
cabeza. Y hasta ahora.
Más de doscientas monjas de
clausura salían a la calle por primera vez en su vida religiosa para reunirse,
en el Aula Magna de la entonces llamada Facultad de Filosofía y Letras de la
Universidad de Murcia, con el padre general de los franciscanos, el brasileño
Constantino Koser. Nosotros hacíamos ejercicios espirituales en los Jerónimos y
desayunábamos unos enormes tazones de café con leche que nos preparaban las
monjitas que estaban a cargo de dicho monasterio. El Concilio Vaticano II
seguía marcando las tendencias modernizadoras de la Iglesia. Los jóvenes
tocaban la guitarra en las celebraciones eucarísticas acompañando joviales
canciones religiosas. En la Torre de la Horadada una pequeña comunidad jesuita
pasaba los veranos en una residencia frente al mar y daba unas misas muy
rápidas y posconciliares a primera hora de la mañana en una pequeña capilla que
siempre se llenaba.
Por aquel entonces la
continuación invernal de los divertimentos de la pandilla de la playa, en medio
de la dispersión tras la vuelta de las vacaciones veraniegas, consistía en
alguna cena en el Centro Gallego de la calle de Correos, a base de marisco asequible
a bolsillos adolescentes, con aterrizaje posterior en el Santos en pos de algún
chocolate nocturno.
En un callejón cercano a la
plaza del Teatro Romea había un pequeño bajo donde rehacía mi colección de
tebeos del Capitán Trueno. Ejemplares atrasados de los llamados Trueno Color,
que aparecían semanalmente en los quioscos a 8 pesetas, los encontrabas aquí a
mitad de precio, eso sí, con el pico superior izquierdo recortado.
Y mientras Henry Kissinger y
Andrei Gromiko, Míster Niet, mantenían continuas negociaciones para que
la Guerra Fría no se recalentara demasiado, nosotros jugábamos al futbolín en
los Zumeta de Santo Domingo y nos tomábamos algún vino en el Yerbero.
En enero de 1972 la prensa
informaba de que el Mercado Común había bajado los aranceles para España en un
20 por ciento. También se hablaba de conversaciones entre las dos
Alemanias.
Y en enero de 1974 llegaban al
puerto de Cartagena para su refinado en Escombreras las 35.000 toneladas de
petróleo que el gobierno baazista de Iraq, cuya vicepresidencia ocupaba un
entonces desconocido Sadam Hussein, había regalado a España como prueba de
"los sentimientos que unen a los dos pueblos hermanos", según
palabras del embajador iraquí en la ceremonia del acto de entrega, celebrado en
las instalaciones portuarias.
La marca Phillips, tan familiar
para los que seguíamos por televisión los partidos de fútbol que se disputaban
en el Santiago Bernabéu, con sus vallas colonizadas monográficamente por la
publicidad del gigante holandés, anunciaba en prensa una línea de radio-cassetes
caracterizados según la publicidad por su "perfecta sintonización y
fidelidad de grabación". Era un avance con respecto a ese sencillo
magnetófono de la misma marca que nos había traído de Canarias nuestro tío
Guillermo años atrás, con el que tanta música habíamos escuchado. Aún recuerdo
las dos cintas que acompañaban al aparato, una de Tom Jones y otra de una Big
Band norteamericana. Poco después mi padre adquirió unas cuantas más que ahora
duermen como reliquias en algún cajón de la casa. Matt Monroe, Los Pekenikes,
Mireille Mathieu, Antonio Machín, Los Tres Hernández, Los Indios Tabajaras, Paul
Mauriat, Glenn Miller... todas esas y otras más fueron conformando la banda
sonora familiar de aquellos años.
Pero ahora ya podíamos grabar
canciones de la radio, siempre rezando para que el locutor no hablara en medio
del registro. Y los bolígrafos BIC se convirtieron en compañeros inseparables
de aquellas cassettes cuando descubrimos que su diámetro poliédrico encajaba
exactamente en las dos pequeñas ruedas dentadas que desenrollaban y recogían la
cinta magnética. Los vinilos habían encontrado un competidor y aun faltaba
tiempo para que llegaran los CDs. Cuando eso se sucedió mucho repertorio
popular terminó refugiándose en las cassettes vendidas en las gasolineras,
creando una especie de subgénero que años más tarde se utilizó como un elemento
costumbrista capaz de definir una época y un entorno.
La década quedó partida en dos,
política y sociológicamente, en 1975. Poca gente confiaba en la viabilidad de
un franquismo sin Franco. Incluso los más cafeteros eran conscientes de que la
continuidad del Régimen exigía reformas y adaptaciones a los cambiantes tiempos
que se estaban viviendo. Pero el viento de la Historia soplaba con más fuerza
de lo que ellos pensaban y homologar una democracia en el entorno de Occidente
pedía cambios de mayor calado, con algún doble salto mortal y sin red. Las
cancillerías occidentales tenían claro que, en plena Guerra Fría, no podían
prescindir de un enclave de la importancia geoestratégica de España. Pero
sabían que eso pasaba en esos momentos por una serie de transformaciones que
permitieran pasar la prueba del algodón democrático al sistema político
resultante de todo ese proceso. Entrábamos en el proceloso tiempo de la
Transición. Fue una travesía pilotada por un hombre que venía del Régimen,
elegido por el Rey de entre una terna y cuyo nombramiento provocó una frase,
como título de un artículo, que quedó para la Historia: "Qué error, qué
inmenso error". Pero visto con distancia no parece que fuera un error
ni mucho menos. Incluso se cumplió en ese personaje el célebre adagio del
clásico "la fortuna favorece a los audaces" (Audentes fortuna
iuvat).
Sí, este personaje pilotaba la
nave, pero en la sala de máquinas había ingenieros que intentaban diseñar la
estructura de la embarcación para futuras navegaciones. Más tarde sería tirado
por la borda por otros miembros de la tripulación, quizá cuando cayó en
desgracia ante el patrón del barco. Pero de éstos y otros extremos se ha
teorizado profusamente en muchas publicaciones (aunque siempre quedarán puntos
ciegos sobre los que quizá se haga la luz cuando ya no estemos ninguno de
nosotros) y yo no pretendo en estas páginas extenderme en contenidos que piden
otro tipo de género literario.
Por esas fechas, finales de la
década, descubrimos los pistachos como acompañantes de los gin-tonics que
tomábamos en los novedosos locales de copas que comenzaban a proliferar en
Murcia. Yo supe de aquel fruto seco de la mano de los larios y beefeater de mis
primeros circuitos nocturnos. El cultivo de esa especie de pipas gigantes
entreabiertas que nos presentaban en un cuenco junto al cubata estaba
monopolizado en aquellas fechas por el Irán del Sha. Y seguiría siendo uno de
los buques insignia de aquel país tras la llegada de los ayatolás.
Oriente Medio continuaba siendo
un punto caliente de la geopolítica mundial, dominada a su vez por los efectos
de la Guerra Fría. En 1973 se produjo uno de los recurrentes conflictos que se
daban en aquel enclave, la Guerra del Yom Kipur, con consecuencias desastrosas
para la economía mundial, inmersa a partir de entonces en una crisis que se
prolongaría hasta la década siguiente tras la subida descontrolada del petróleo
como represalia por parte los países árabes. En España quebraron miles de
empresas a lo largo de aquellos años debido a estos hechos. Inmerso como estaba
el país en el paso de la dictadura a la democracia, tuvo muchas dificultades
para sortear las turbulencias que agitaban su economía. Los Pactos de la
Moncloa fueron un intento de respuesta ante la debacle a la que se veía abocado
el tejido productivo tras el encarecimiento sin precedentes del precio de la
energía.
Mientras tanto, al despuntar la
década el españolito de a pie comenzaba a trasnochar con el transistor bajo la
almohada, escuchando a un locutor deportivo de voz muy aguda que asumía el rol
de látigo del Poder. En un momento en que la crítica política transcurría en
sordina, las diatribas contra los popes del deporte por parte de aquel pequeño
e intenso periodista eran una válvula de escape ante las limitaciones impuestas
a la total libertad de expresión.
Eran años también en que el
boxeo, un deporte totalmente estigmatizado en la actualidad, gozaba de una
popularidad enorme. Los boxeadores eran auténticas celebridades y la disputa de
algún campeonato del mundo, si había púgil español de por medio, paralizaba el
país tal como sucede ahora con el Mundial de fútbol o la Champions. Un avatar
muy señalado de aquel deporte fue el llamado "fenómeno Urtain", el
meteórico ascenso de un muchacho procedente de un caserío de Guipúzcoa donde
había destacado por su descomunal fuerza física en el deporte vasco del harri-jasotzea o
"levantamiento de piedras". Todavía recuerdo aquel combate por el
campeonato de Europa en abril de 1970 en que derrotó a Peter Weiland, un alemán
pasado de kilos y muy bajo de forma. Al día siguiente, en el patio del recreo
no se hablaba de otra cosa. Los chavales estábamos exultantes tras la victoria
del llamado "morrosko de Cestona". Incluso un profesor en clase
glosaba la hazaña con una exaltación patriótica propia de una gesta mítica,
como aquellas que estudiábamos en los libros de historia.
Visto en la distancia,
este deporte parecía la punta del iceberg de un mundo sórdido, con su leyenda
de tongos y amaños urdidos por personajes oscuros, con juguetes rotos y
retirados púgiles "sonados" que pasaban de la gloria al olvido.
En esa década convulsa los de mi
promoción avanzábamos curso a curso hasta completar los seis del bachiller más
el COU. Pero fuimos afortunados en lo académico al ser los primeros en quedar
exentos de reválidas y los últimos en ingresar en la Universidad sin pruebas de
acceso. No conocimos, pues, aquellas barreras de Cuarto y Sexto de
bachiller, generadoras de tanta mitología popular, que curtían la
disciplina de los estudiantes a base "de codos", como se decía antes,
y que les exigía un auténtico tour de force. En abril de 1974 la prensa local
de Murcia se hacía eco de unas declaraciones de cierto consejero nacional donde
se insinuaba que ese año no habría pruebas de acceso a la Universidad. En esa información
no se deslindaba aún el globo sonda de la noticia verificable, pero los tiros
parecían ir en la dirección apuntada por aquel prócer patrio, como así se
confirmó meses después.
En ese mismo mes de abril los
noticieros quedaron monopolizados durante unos días por la Revolución de los
claveles de nuestros vecinos portugueses. Los mismos militares, hartos de la
sangría de vidas y riquezas provocada por las anacrónicas guerras coloniales en
África, que consumían la mitad del presupuesto estatal, junto a una dictadura
asfixiante que aislaba al país del resto de naciones libres, tomaron el poder
bajo el mando de Spínola. Para el recuerdo queda la lírica que acompañó a estos
hechos, con la Grândola, Vila Morena de José Afonso sonando en
la radio como contraseña para el inicio de las acciones militares.
A su vez, en Occidente,
intelectuales muy ideologizados, teóricos del anticapitalismo más radical, se
creían con la suficiente iluminación y legitimidad como para llevar a cabo una
revolución global que socavara los cimientos del sistema, costara lo que
costara, por muy dolorosos y sangrientos que fueran los métodos, tan
convencidos estaban de lo elevado de sus aspiraciones. Fueron los llamados
"años de plomo”, tristemente célebres en Italia y Alemania. Pero la vida
seguía y éste último país, en su versión federal y occidental, se alzaba con la
estatuilla de oro macizo de 18 quilates que le avalaba como campeón del Mundial
de fútbol de 1974.
Mientras tanto, en Murcia seguían los niños criando gusanos de seda en cajas de zapatos con hojas de morera. Era esa una de las estampas más reconocibles de la primavera en esta tierra, junto a los vendedores ambulantes de polos y chambis a la salida del colegio, compartiendo mercado con los de regaliz y brea, más estables durante el curso. Como todos los años, la prensa local se hacía eco de la bendición de la simiente de la seda el primer viernes de marzo en el monasterio de Santa Catalina. Para cuando llegaran los calores, los más pequeños tendrían preparadas sus cajas de cartón y el forraje necesario para que se formaran las crisálidas.

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