117- La hierba para los camellos de los Reyes Magos
-Vete an ca el tío Faroles y trae hierba para los camellos de los Reyes Magos, que vienen esta noche.
Navidades infantiles llenas de prodigios. La hierba en los zapatos cerca de la ventana para que las monturas de aquellos personajes mágicos pudieran reponerse después de un viaje tan largo.
Ya quedaba enviada al correo una carta con aspiración de máximos más que de mínimos, pero posibilista a la vez. Se descartaba por completo el carbón.
por Alcantarilla,
ya le traen al Niño
manteca y mantillas.
Campanitas verdes,
hojas de limón,
la Virgen María,
Madre del Señor."
La noche de Reyes era el último cartucho que nos quedaba antes de dar por finiquitadas las vacaciones navideñas y volver a clase. Papá Noël ni estaba ni se le esperaba. Y el árbol de Navidad seguiría muchos años bien plantado en el monte antes de hacerse familiar en los hogares.
Eran los belenes los que se enseñoreaban de los salones de las casas. Pero no eran sencillos Nacimientos sino verdaderas aldeas en miniatura plantadas sobre una o dos mesas de comedor, pegadas a una pared que cubríamos con cartulina azul marino para simular el firmamento donde aparecía la estrella que guiaba a sus Majestades. Río de papel plateado con su correspondiente puente, algunos oficios en sus pequeños talleres, pastores con su rebaño de ovejas, el castillo de Herodes en algún montículo y los verdaderos protagonistas: la Virgen con San José y el Niño y los Reyes Magos, avanzando día a día hacia su destino. Sin olvidarnos de la mula y el buey.
Durante algunos años los Maristas organizaron concursos de belenes. No había casa donde no se montara esa pequeña escenografía de figuritas artesanales que íbamos comprando en los mercadillos navideños. Los días de Navidad tenían magia durante la niñez. No hay edad en que se forjen más ilusiones alrededor de esas fechas como en aquellos años de inocencia.
Uno contemplaba esa bonhomía pasajera que se instalaba en los adultos, el aumento de la iluminación de las calles, la calidez de las tiendas que hacían su agosto, con tantas manifestaciones populares de un sabor añejo y pensaba que habitaba un tiempo mágico.
Todo empezaba cuando en los telediarios en blanco y negro de la época aparecía gente eufórica descorchando botellas de champán y calando a toda persona que se encontrara a tiro para celebrar que se había vuelto rica de la noche a la mañana. Uno ya intuía un ambiente de optimismo en los adultos que iba impregnando las relaciones personales, por lo menos aparentemente.
Las primeras nochebuenas que recuerdo las pasábamos, con gran cónclave familiar de primos y tíos, en la casa de mis abuelos, en un huerto situado en lo que ahora son las calles Bando de la Huerta y Escultor Roque López. Mi tío Pepe, que durante aquellos años vivía en Alemania haciendo unos estudios de Ingeniería, nos sorprendía con artículos de chocolate desconocidos en España de los que los alemanes eran unos auténticos maestros. Eran unas Navidades, aquellas de la casa del huerto familiar, en las que aún pensaba yo que la hierba de los zapatos le vendría muy bien a los agotados camellos.
Esa fe ciega en sus Majestades hacía no sospechar de la intensísima actividad del Bazar Murciano, lleno siempre de adultos comprando juguetes. Pocos años antes de descubrir que los Reyes eran los Padres, el primer baño de realidad de nuestra vida, el primer desencanto, intentaba aguantar al máximo sin dormirme, a ver si fingiendo que estaba en brazos de Morfeo podía observarles, aunque fuera por el rabillo del ojo. Pero aquellos Magos eran muy cucos y, a lo que se ve, tenían mucha paciencia, así que nunca los descubrí. Por la mañana aparecían los regalos como si tal cosa, algún tren eléctrico, monedas de chocolate, o un traje de vaquero, con su chaleco, su estrella de sheriff, su pistola en su cartuchera, con la correa llena de municiones...
Los zapatos aparecían sin la hierba de la noche anterior.
Cuando llegó la pérdida de la inocencia me convertí en cómplice de aquellas paternales Majestades, porque siendo como éramos una familia numerosa, propia de lo que ahora llaman baby boom, aún quedaban miembros de ella que seguirían yendo an ca el tío Faroles a por hierba, aunque aquel curioso establecimiento, a espaldas de la iglesia de San Miguel, no tardó muchos tiempo en cerrar.
También descubrí que durante aquellos años los juguetes se guardaban, a salvo de nuestra curiosidad, en el altillo de un armario de imposible acceso para nosotros, situado al fondo de un largo pasillo, tan típico de las casas de entonces.
Poco tiempo quedaba para disfrutar de aquel tren eléctrico o del cinexin, dos días después ya estábamos camino del colegio con la cartera de material cargada de libros de Edelvives. Hasta la Semana Santa nos quedaba una larga travesía del desierto y ya nos estaban los camellos de sus Majestades para hacerla más llevadera. De nada servía ya la hierba del tío Faroles.

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