115- Una noche de Estudio 1
Esa obra ha pasado a la historia como lo mejor que produjo la programación dramática de Televisión Española.
La
simbólica cuarta pared, tan mitificada desde siempre por los
cómicos que se subían a las tablas, no daba en esta ocasión a un patio de
butacas sino a millones de hogares donde las familias, al tiempo que daban
buena cuenta de la sopa y la tortilla francesa, asistían a una lección
magistral de dramaturgia. Se trataba de ESTUDIO 1, el espacio televisivo
dedicado al teatro que por aquellos años acercaba lo mejor del repertorio
escénico a los españolitos de a pie. Como solo había dos cadenas y las únicas
pantallas ajenas a la que presidía el salón de la casa eran las de los cines,
las audiencias de las referidas representaciones teatrales eran
multitudinarias. De esta manera los actores y actrices que solían formar aquellos elencos gozaban de una gran popularidad y, ya digo, nos eran
enormemente familiares.
Pero
fueron muchas las representaciones de calidad que se dieron en aquellos años.
La lista de autores refleja lo mejor que ha dado el arte de Talía. Lope de
Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, José Zorrilla, Benito Pérez
Galdós, Miguel Mihura, Carlos Arniches, Alfonso Paso, Víctor Ruiz
Iriarte, Alejandro Casona, Enrique Jardiel Poncela, Hermanos Álvarez Quintero,
Jacinto Benavente, Antonio Buero Vallejo y alguno más, entre los españoles, y
los Shakespeare, Molière, Chéjov, Pirandello, Oscar Wilde, Arthur Miller,
Ibsen, George Bernard Shaw, junto a algún otro, entre los autores
extranjeros, prestigiaron sobremanera aquellas emisiones de la cadena pública.
Esos
programas dramáticos fueron también un auténtico salvavidas laboral para muchos
intérpretes que alternaban las funciones teatrales con las televisivas. El paro
endémico de la profesión quizá se atenuaba con aquellos espacios teatrales que
semanalmente irrumpían en la mayoría de los hogares españoles.
Al cabo de los años, de tanto teatro de calidad como se dio en aquel Estudio 1 me queda el recuerdo de una obra concreta, quizá por las circunstancias de aquella noche de su emisión. Era final de curso y ya se avizoraban en cercanía las vacaciones de verano en medio de magníficos augurios, dado que las buenas notas me habían acompañado durante todo el año y las obligaciones escolares que restaban eran ya un puro trámite. O sea, ya se vislumbraban la playa y la libertad absoluta. Después de la cena sólo quedábamos en el salón familiar mis padres y yo, pues la programación llegaba hasta una hora muy avanzada y mis hermanos se habían retirado a dormir. En la pantalla se desarrollaba un argumento ambientado en la Belle Époque, a primeros de 1900, en una pequeña población de la costa cantábrica. Contaba la historia de una mujer abandonada por su novio al pie del altar que toma la determinación de no quitarse el vestido de novia hasta volver a casarse, extravagancia que da mucho que hablar en aquel pueblo descrito como muy tendente a la murmuración. A eso se le añaden la llegada de un forastero que le pide relaciones y las dudas planteadas sobre la sinceridad de esa petición. Con esos mimbres se plantea un relato de trazos costumbristas, sin caer en dramatismos excesivos, junto a algunas pinceladas de humor marca de la casa, que llega al sumun de la sentimentalidad al final, cuando se resuelve la historia. A mí por aquel entonces todo eso no me despertaba ningún interés, me parecía una antigualla muy diferente a las novelas de aventuras que acostumbraba a leer, a los tebeos y a las series televisivas con tramas de acción que nos enganchaban por las noches transgrediendo horarios, con las consabidas dificultades a la hora de madrugar al día siguiente para enfrentarnos a la pizarra y las preguntas de los profesores desde la tarima. En aquel curso había leído Zalacaín el Aventurero en un fin de semana, una lectura trepidante que me tuvo prendido de sus páginas, sin soltarlas prácticamente hasta llegar a la última. No era pues esa historia costumbrista de desamores en una villa cantábrica, con su posible paseo marítimo transitado por damas y caballeros que vendrían posiblemente a tomar baños de ola como mandaban los médicos más higienistas de la época, no era pues esa historia, digo, el tipo de relato que me llamaba la atención. Pero no tenía sueño, el curso estaba casi acabado y se estaba bien en la penumbra del salón, con la tranquilidad de espíritu de aquellos años juveniles y las buenas perspectivas del verano. Además, me era grata en aquellos momentos la compañía de mis padres, a quienes veía suspensos con aquella trama que les parecía tan entrañable. La historia de amor que subyacía en la obra no tenía la grandilocuencia de los típicos dramas pasionales, era un amor muy doméstico, ese que encuentra la felicidad en las cosas sencillas y cotidianas. Y luego, cuando llegaban los equívocos del final, la sombra que amenazaba el desenlace feliz se desvanecía y triunfaban los buenos sentimientos.
Unos instantes después, cuando aparecieron
en pantalla los letreros del final de la representación, mi madre no pudo
evitar decir: "qué bonitas eran las historias de antes".
Se trataba de la obra La bella Dorotea, de Miguel Mihura, con María Fernanda d'Ocón y Antonio Casal en los papeles principales.
Yo,
en la semioscuridad del comedor (veíamos la tele entonces con todas las luces
apagadas) era consciente del buen rato que estaban pasando mis padres, un grato
paréntesis quizá en sus preocupaciones habituales; tal vez por presenciar esos
momentos suyos en “modo felicidad ma non tropo” había valido la pena trasnochar
y calzarme esa historia a la que tan poco proclive me sentía en un principio.
La jovialidad que transmitían los dos cuando encendí las luces les acompañó al dormitorio después de que se despidieron de mí.
Luego, después de darle un
tiento al bote de leche condensada del frigorífico por una de las dos aberturas
perpetradas con el abrelatas, me fui a refugiar a mi cubil para seguir con la
lectura de La isla del tesoro, mínima lectura porque no tardé mucho
en caer en brazos de Morfeo.

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