lunes, 1 de junio de 2026

114- De misas, iglesias y rosarios

 114- De misas, iglesias y Rosarios

 Es sabido que la sociedad de aquella época estaba menos secularizada que la actual. La asistencia a las misas dominicales era mucho mayor, los paradigmas sociales eran otros y la práctica religiosa estaba mucho más extendida. Quizá se vive ahora la religiosidad más en su vertiente cultural que en la espiritual propiamente dicha. Las procesiones de Semana Santa desbordan las calles con una mezcla de devotos, turistas y curiosos y las romerías en torno a la Virgen de la Fuensanta concitan multitudes llenas de fervor que luego desertarán de las celebraciones eucarísticas de los fines de semana en las parroquias. Bautizos y comuniones han derivado en festejos suntuosos en los que priman valores muy lejanamente relacionados con los auténticos motivos que justificarían esos eventos sociales.  Y actualmente no llegan al 50 por ciento los recién nacidos que pasan por la pila bautismal. Es el signo de estos tiempos. 

Hablamos pues de unos hábitos religiosos muy distintos a los actuales. En esos años estaba vigente un Concordato que regulaba las relaciones entre la Iglesia y el Estado, el cual habría de sufrir alteraciones sustanciales en 1979 para adaptarlo a la recién proclamada Constitución.

Era un tiempo en que el catolicismo, considerado religión oficial, impregnaba muchos ámbitos de la vida cotidiana y la afluencia a los templos era mayoritaria. Estaba reciente el Concilio Vaticano II que, entre otros cambios, propició la sustitución del latín por las lenguas vernáculas en las misas, así como la celebración de éstas con el sacerdote situado de cara a los fieles y no mirando hacia el sagrario. Se puso de moda también la intercalación de canciones acompañadas por guitarras llevada a cabo por jóvenes feligreses. Nada que ver con los antiguos repertorios organísticos que dotaban de solemnidad a la liturgia. En el fondo, estos cambios respondían a un intento de aggiornamento por parte de la Iglesia ante la incipiente secularización de la sociedad. 

 Aunque era muy común la presencia de sacerdotes con sotana por las calles, ya comenzaban a dejarse ver curas vestidos de paisano con el llamado clergyman o clèriman como distintivo eclesiástico. Esto se interpretaba entonces como algo muy moderno. Y ya se hablaba también de crisis de vocaciones, aunque sin llegar, por supuesto, a lo de ahora. 

Estaba claro que la Iglesia intentaba moverse, a su modo, en vista de las aceleradas transformaciones que se daban en el mundo. Los 60 se caracterizaron por un crecimiento económico inédito. La vida se llenó de comodidades auspiciadas por la tecnología y la modernidad trajo consigo, a su vez, el germen de la secularización. Como en todos los ámbitos, también entre el clero se dieron ciertas polarizaciones. Un estamento que durante décadas había hecho causa común con el franquismo contemplaba ahora cómo algunos de sus miembros se mostraban críticos, a su manera, con la situación política. Se popularizó la figura del cura obrero. Mi generación fue testigo de aquellas nuevas realidades que se dieron entre los últimos años del régimen franquista y los primeros de la Transición. 

Así, de un curso para otro pasamos de los devotos rezos del Rosario en clase, del mes de Mayo con flores a María, de los Ejercicios Espirituales plagados de admoniciones y amenazas de condenación, a una misa, de la que aún guardo recuerdo, celebrada en el salón de un piso de barrio por un cura ataviado con un jersey de lana y que se ganaba la vida trabajando como obrero en una fábrica, todo ello en medio de una austeridad que no estaba en los escritos. Los cinco o seis compañeros que asistimos al minimalista ritual éramos conscientes de que aquello suponía una vuelta de tuerca con respecto a las experiencias religiosas que habíamos vivido hasta entonces. 

Porque nuestra niñez y adolescencia coincidió con un tiempo en que la sociedad española era muy afecta a los actos litúrgicos. Así, confesiones, comuniones, misas y visitas al Santísimo eran prácticas con las que estaba familiarizado un segmento mayoritario de la población. Se intentaba cumplir, como mínimo, con la asistencia semanal a la celebración eucarística. A tal fin, y para facilitar esa práctica, la Iglesia dio por válida la misa de los sábados por la tarde como justificante del deber dominical de participación en la Eucaristía.

Ese contacto permanente con los ritos eclesiásticos hacía que frecuentáramos los distintos templos de la ciudad. Echando la vista atrás recuerdo visitas a la mayoría de ellos, según las circunstancias. Había domingos en que buscabas a última hora de la tarde alguna iglesia para escuchar esa misa que quedaba pendiente, no fuera que la semana se pasara sin el cumplimiento de la preceptiva asistencia, lo cual te obligaría a pasar por el confesionario.

Así, quedan en la memoria escenas muy nítidas, recuerdos concretos de aquellas juveniles experiencias en recintos sagrados. Como el de una fría y anochecida tarde de invierno en la iglesia de San Andrés a donde fui como último recurso, pues solo quedaba esa misa en toda Murcia por aquel domingo. Allí, en su interior, con los bancos atestados de fieles, conseguí en el más apartado rincón una silla de enea desde la que, sin apenas ver al sacerdote, y junto a dos viejas vestidas de negro que murmuraban oraciones sin parar, pude seguir la ceremonia y cumplir con el precepto. 

 Esas misas tardías de la noche de los domingos tenían su carga melancólica.  Salías de ellas con la desolación que daba la inminencia del lunes, con sus obligaciones y deberes, lejos ya del recién consumado fin de semana, un pequeño paraíso perdido que por fortuna se renovaba cada siete días. Regresabas a casa, cruzando calles desiertas, con la resignación que daba el constatar que del burbujeo y las luces de  los días de fiesta solo quedaban cenizas y en unas horas te enfrentarías a los quebrados, los polinomios y las oraciones subordinadas. Las graves palabras del sacerdote durante la homilía junto al inexorable madrugón que te esperaba al día siguiente te convencían de la lógica que encerraba el considerar esta vida terrenal como un valle de lágrimas. Nada que ver todo esto con la liturgia de los sábados por la tarde, a la que asistía con la familia en la iglesia de San Pedro del Pinatar si pasábamos el weekend en la playa, como solía ser habitual. Con los tebeos semanales recién comprados y el tapeo posterior en los bares de la zona, salías de esas misas con un optimismo y una joie de vivre que era la antítesis de las celebraciones de las últimas horas de los domingos.

Sí, de casi todas las iglesias quedó algún poso en la memoria, algún recuerdo que sobrevive a la bruma del tiempo. Por supuesto, de la de San Miguel, mi parroquia, cercana a mi casa y  que debe de conservar en algún archivo el acta de mi bautismo. Y la de Santo Domingo, templo de origen dominico regido por Jesuitas desde 1871, a la que solían ir mis padres a confesarse. Muy popular por su ubicación en una especie de kilómetro cero de las citas y quedadas murcianas.

En la iglesia de Santa Catalina me confesé una tarde con un sacerdote de una ancianidad muy avanzada, una imagen espectral de huesos y piel. Consumido, expresándose con un apenas audible hilo de voz, me dio la absolución como si de despidiera de este mundo. Falleció poco tiempo después lo cual  me hizo reflexionar por primera vez con algo de profundidad en el hecho ineludible de la muerte. Fue un precoz y fugaz memento mori, un recordatorio de que todo esto es efímero, aunque por aquel entonces la vida de los adultos quedara lejanísima, como si faltaran siglos para irrumpir en ella. 

San Bartolomé y San Lorenzo completaban la lista de iglesias visitadas, asociadas al recuerdo de alguna misa de anocheceres dominicales y posteriores calles solitarias camino de casa, con la preceptiva semanal cumplida y el lunes acechando.

El rezo del Rosario también era una práctica habitual en aquellos años. Muchos quedan en el recuerdo, con su salmodia monótona e hipnótica, hebras interminables de avemarías  que apaciguaban el ánimo y adormecían los sentidos en la siesta, al inicio de las clases de la tarde. Como hasta que no acabara su rezo no comenzaba el hermano marista a impartir la asignatura, dilatábamos su final con una lentitud sospechosa, la oración de los misterios se hacía interminable, robándole tiempo a las materias académicas. Las avemarías se recitaban a cámara lenta y en voz apagada, con la modorra de la siesta acentuada por los primeros calores de la primavera y la luz amortiguada del aula. Eran sólo tres tipos de misterios los que se prestaban entonces a la oración, los Gozosos, los Dolorosos y los Gloriosos, aún no se habían instaurado los Luminosos. En esas tardes calurosas y tranquilas, intentando evitar  somnolientas cabezadas comprometedoras, recorríamos la vida de Jesús a través de aquellos misterios que nos recordaban el relato inocente y puro que habíamos aprendido años atrás en la Historia Sagrada. 

 Todo ello se acentuaba con el mes de Mayo, el mes de las flores a María, del Bendita sea tu pureza,  el de aquella cancioncilla que decía: "el 13 de mayo la virgen María bajó de los cielos a Cova da Iria."

Qué lejanas parecían entonces las crisis de fe. Qué poco sabíamos de lo que nos iba a deparar el futuro. Pero el mundo de los mayores podía esperar. Todavía nos quedaba la inocencia.

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