110-El destape (sólo si lo exige
el guion)
Pero estaba claro que
muchas de las creaciones difundidas tanto en el cine como en la canción se
amparaban en la excusa de la censura para ocultar una mediocridad innegable.
Eran tiempos excepcionales en cuanto a la expresión cultural y parecía valer
todo con tal de conseguir más cotas de libertad.
No quiere decir que no se
dieran casos de calidad artística, en ese totum revolutum había de todo. El
tiempo y las posteriormente alcanzadas libertades decantaron muchas
manifestaciones culturales poniendo a cada cual en su sitio. Se agradecieron los
servicios prestados en pro de la causa común, no sin constatar la nula calidad
de muchas expresiones artísticas, y aquí paz y después gloria.
Mi generación se
identificó con los cantautores, "cansautores" según el término
acuñado por los más sarcásticos, algunos de los cuales aguantaron el paso del
tiempo con obras que envejecieron con dignidad. A destacar, aparte de los
consabidos Serrat, Raimon, Labordeta, Víctor Manuel, etc., la contribución de
Paco Ibáñez, especializado en la musicación de poemas clásicos de nuestra
literatura con el austero acompañamiento de su guitarra. Yo descubrí sus discos
en algunas audiciones llevadas a cabo en el Bachiller, como complemento de las
clases de Lengua Española. Cierta tarde, un hermano marista apareció con el
picú y un vinilo con el que pudimos escuchar poemas del Arcipreste de Hita,
Quevedo, Góngora, Rafael Alberti, García Lorca, etc, etc.
El sistema de censura impuesto
por el Régimen había variado desde la Ley de Prensa auspiciada en 1966 por
Manuel Fraga Iribarne, a la sazón ministro de Información y Turismo. Antes de
esa fecha, toda publicación debía pasar antes de ver la luz bajo la lupa de los
censores, los cuales hacían uso de su tijera para cercenar aquello que les
parecía inconveniente. Una vez espulgado el material, adquiría el plácet
necesario para su divulgación. A partir de la nueva ley, desaparece la censura
previa, pero los autores han de responsabilizarse de las consecuencias derivadas
de sus creaciones, sometidas a posteriori a un estricto código con sus
correspondientes cargas penales. Esa legislación contemplaba también el
secuestro de las publicaciones que transgredieran la legalidad vigente. Todo lo
cual dio lugar a la autocensura. La cuestión era dilucidar el punto al que se
podía llegar antes de que se pusiera en marcha la maquinaria represora.
Como decíamos al
principio, tras la muerte de Franco y el inicio de la Transición hay una
apertura que desemboca en un aluvión de contenidos censurados hasta ese momento
que por fin ven la luz. Y dentro del ámbito del cine se produce un fenómeno que
excede lo artístico para caer en la vertiente de lo sociológico. Es el llamado
"destape", moda que se caracteriza por la proliferación de desnudos
femeninos en todo tipo de géneros cinematográficos. Hay mucha hambre atrasada
que se intenta saciar de golpe. Para mostrar abiertamente la anatomía de
nuestras Evas vale cualquier motivo, por peregrino que sea. Poco a poco se va
decantando un tipo de películas muy concretas, de nula calidad artística, en
las que el único fin de su producción es el aprovechamiento del gancho
comercial que supone mostrar a las féminas tal como vinieron al mundo. Estos
desnudos se suelen insertar, en general, en comedias populacheras como las de
la factoría de los Ozores entre otros, en que, aprovechando que el Pisuerga
pasa por Valladolid, de vez en cuando aparece alguna señora mostrando sus
encantos. En realidad, se trata de un fenómeno que se da en otros países
durante esos primeros años de la década de los 70. Italia facturará múltiples
largometrajes a mayor gloria de actrices como Edwige Fenech, Serena Grandi,
Barbara Bouchet, Gloria Guida, Carmen Russo o Laura Antonelli (ésta última será
rescatada para el cine de calidad por Visconti en El Inocente, película
basada en la novela de D'Annunzio). Como comparsas cómicos solían aparecer
Alvaro Vitali, Lino Banfi, Renzo Montagnani o Mario Carotenuto, equivalentes a nuestros
Esteso, Pajares, Antonio Ozores y compañía. Aunque el caso italiano se da
bajo parámetros políticos diferentes, como es obvio.
Uno de los desnudos más emblemáticos de
aquellos años, el primero integral, será el de María José Cantudo
en La trastienda, película no englobada en esas comedias descritas
antes y rezumantes de caspa. Aquí se plantea la controversia moral de un médico
del Opus, en la Pamplona de los sanfermines, ante la tentación de un romance
adúltero con una enfermera. Desde entonces se habló del "felpudo de la
Cantudo", expresión muy gráfica que describe la aparición de la actriz en
todo su esplendor durante algunos fotogramas.
Nadiuska fue también otra
de aquellas musas que enriqueció a los productores con la exhibición de su
palmito despojado de ropa en las pantallas. Musa de aquellos nuestros años
jóvenes en que las hormonas eclosionaban, coincidentes para más inri con esa
exaltación de los desnudos femeninos en el celuloide y las revistas, Nadiuska
fue un icono dentro de aquella pléyade de actrices que se encueraban a golpe de
claqueta. Las cuales justificaban esas exhibiciones con una frase que
hizo fortuna: "Sólo me desnudo si lo exige el guion". Lo
exigiera más o menos, el caso es que las pantallas rezumaban de cuerpos
gloriosos y los cines hacían su agosto. El hambre atrasada era mucha, por lo
visto.
Susana Estrada, África Prats,
Isabel Luque, María Salerno, Adriana Vega, etc. eran algunas de las que nos
invitaban a acercarnos a media tarde a las salas de proyección, dejando
aparcados los apuntes, para caer luego, por más que intentáramos evitarlo, en
el pecado en soledad. Pero éramos de una generación en la que nuestra juventud
coincidía de pleno con esa explosión de placeres visuales tan vetados hasta
entonces.
El complemento a todo ese
festival de tetas, culos y felpudos estaba en los quioscos, con la revista Interviú
como buque insignia de tanto papel couché exhibidor de mujeres en sazón
y sin ropa. Y precisamente fue Interviú la que cerró todo un ciclo simbólico
con aquel reportaje en que Marisol mostraba su esplendorosa desnudez. Marisol,
la niña prodigio del cine del franquismo, el espejo en que tantas niñas se
miraban en los 60, aparecía ahora como un fogonazo de sensualidad en la portada
de la revista del grupo Z. Esa imagen parecía clausurar toda una época y hay
quien dijo que era el final de cierta inocencia. Pero visto con la perspectiva
que da el tiempo, pienso que seguíamos siendo unos inocentes, ignorantes de
tantas cosas que estaban por suceder e imposibles de imaginar entonces.

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