30- Salzillo, el espíritu del Viernes Santo en Murcia.
El hijo de un escultor italiano, que se había
establecido en este luminoso y fértil lugar del sureste español, llevó a cabo
durante su larga existencia, siempre bajos los cielos murcianos, una obra sin
parangón que transita por el siglo atravesando estilos, desde el más puro
barroco hasta el neoclasicismo, ya en las postrimerías de su vida.
Fueron
muchas décadas de alumbrar
obras maestras ya desde la bocetación en dibujos, de crear escuela que perdura
hasta nuestros días (preguntad por la tradición belenística de esta tierra,
investigad quién fue José Sánchez Lozano, fallecido no hace tantos años) y de
dejar en multitud de templos de la región y tierras vecinas su genial impronta
en imágenes que ya querrían para sí los mejores museos del mundo.
Yo recuerdo ahora la impresión que me producía en esos lejanos viernes primaverales la escena del Prendimiento, cuando avanzaba por las calles abigarradas y se detenía con los costaleros cogiendo aire y afianzando el enorme paso con los soportes de madera. Dejaré para los expertos el análisis técnico de ese grupo escultórico e intentaré describir, desprovisto de cualquier conocimiento académico previo, partiendo de una declarada ignorancia de la materia imaginera, las sensaciones que me genera la contemplación de esa escena de la Pasión con mis ojos de "buen salvaje".
Y observo una plástica del movimiento portentosa en esa enérgica curva invisible que describe la espada de San Pedro. La sensación cinética es tan real que después de tantos siglos no comprendo cómo no está ya ensartado el esbirro caído en el suelo. Y algo más atrás, un hombre con rasgos faunescos, pelirrojo (parece ser que en la iconografía de la época los malos y atravesados eran zurdos y de cabello bermejo) da un beso excesivo -como para convencer a alguien de que está besando realmente- a otro hombre que lo observa de soslayo, sin perder la dignidad, con una mirada serenísima pero muy grave que confirma que los pasos de un drama inmenso originado desde el principio de los tiempos se van cumpliendo inexorables, sin posibilidad alguna de que no se den. Detrás lo contempla todo un soldado no muy tendente, parece ser, a los gestos bondadosos y con el que no convendría mantener contenciosos demasiado serios en la vida cotidiana. La escena en su conjunto respira una belleza inefable, que no encuentra palabras para ser descrita, unida a una tragedia que se prevé terrible...
Viajero,
si tus pasos te traen por la barroca y hospitalaria ciudad de Murcia pregunta
por Francisco Salzillo.
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